De aquel optimismo a este desaliento
EDUARDO VAN DER KOOY
Debemos reconocer que algunas percepciones de la realidad no fueron como habíamos vislumbrado. “El aniversario coincide con el final de un proceso electoral cuyos resultados globales parecen generar esperanzas”, escribí en noviembre del 2005 cuando Rosario Express cumplió el primer año de vida y fijó un vínculo que, tres años después, asoma bien consolidado con la comunidad.
Detrás de aquel equívoco se ocultaría, sin embargo, un mérito editorial. Rosario Express fue registrando en cada edición cómo aquellas previsiones iniciales viraban, progresivamente, hacia un norte distinto. Lo hicimos respetando el compromiso asumido desde el primer día: con honestidad intelectual, lejos del intento de cualquier falsificación. En agosto de este año señalé que "son demasiadas las dudas del Gobierno como para suponer que la Argentina avanza por un camino seguro". Un mes después dejé planteada una duda indisimulada: "saber si las inconsistencias económicas y políticas del Gobierno son capaces de aguantar otro largo año".
¿Qué sucedió entre un tiempo y el otro? Demasiadas cosas. Porque la realidad política y económica de la Argentina resulta siempre voraz, vertiginosa y alocada. El matrimonio de Néstor y Cristina Kirchner tampoco ha sabido cumplir, por lo visto, con una pregonada promesa: la de ir construyendo una nación algo más normal. Con conflictos e inequidades propias de cualquier país, incluso, como se observa en estas épocas, de las naciones más modernas y desarrolladas. Pero la ausencia de normalidad se agiganta, en especial, en aquellos países con debilidad política e institucional y con enormes deudas sociales. La Argentina de los Kirchner se ha convertido ahora en un huerto de incertidumbres.
Kirchner ha tenido dos ciclos bien marcados. Su Gobierno tuvo un saldo favorable de aciertos sobre los errores hasta que ganó las legislativas del 2005. Esa victoria fue concentrando su poder y sus decisiones. Esa victoria fue aumentando su soledad. Esa misma victoria le terminó colocando candado al escaso debate que siempre caracterizó a su administración. Se podrían recoger dos ejemplos, entre tantos: la salida de Roberto Lavagna dejó hasta hoy a la Argentina sin ministro de Economía; la salida de Rafael Bielsa no sólo silenció a un polemista sino que enmudeció también a la política exterior. Literalmente. El mundo ignora qué quiere la Argentina de ese mundo, aunque en estos días, tal vez, presuma lo peor.
Kirchner sobrellevó los últimos años de su gestión apuntalado en el motor de la economía y en su sensibilidad política. Dio golpes de timón cuando lo debió hacer –declinó reelecciones ni bien fue derrotado en Misiones–, y dio paso a un ensayo político e institucional sorprendente: resignó su reelección y dejó la candidatura presidencial expedita para su esposa, Cristina Fernández. Se trató de una estrategia electoral perfectamente maquinada que contó con la ayuda inestimable de la oposición, cuya oferta provocó más espanto que atracción. Esa conjugación de fenómenos explicó la rotunda victoria de Cristina.
El problema, observado desde este pedestal del tiempo, fue que aquella estrategia electoral se agotó en sí misma. Cristina nunca logró construir su perfil de gobernante e imprimir identidad a su Gobierno porque la sombra de Kirchner la acechó. La acecha. No está planteada en esa aparente competencia ningún conflicto institucional. ¿Cómo puede ser? Ocurre que la que fue senadora de carácter indómito, actriz de jornadas parlamentarias inolvidables, poseería una dependencia política y tal vez emocional de quien fue durante toda la vida su jefe político, Kirchner. También su marido.
Con este nuevo sistema de poder político, que el mundo tampoco alcanza a comprender, la Argentina se está asomado nuevamente a la posibilidad de una crisis. La economía, al influjo del estallido financiero internacional, declina; la institucionalidad no ha dado casi señales de mejoría desde la crisis del 2001, y la política partidaria está tan empobrecida como entonces. Es natural, pues, que aquel optimismo de hace cuatro años haya mutado en el desaliento actual que surca a la Argentina.
Cambio climático
OSCAR BERTONE
Un clima que mezcla temores con una dosis perceptible de desconfianza ha suplantado la autoestima y cierta razonable prepotencia actitudinal que distinguía a los rosarinos. Esta ya no parece ser la ciudad donde todos los sueños son realizables.
Han mediado para ello no sólo los conflictos que importamos durante el año desde Buenos Aires. La cuestión del campo, y más cercanamente la idea de reformular el sistema jubilatorio por parte del gobierno nacional, no escapan a la conformación del humor rosarino.
Tampoco nos es ajena, en una ciudad portuaria y abierta como la nuestra, la decepción por la caída global de las finanzas, y, se presume, de la economía toda. Hasta se puede aceptar como racional el reflejo de stop and wait que se observa en algunos indicadores de consumo.
Pero asoman dificultades propias; indicios de malhumores colectivos que cíclicamente se apropian de gran parte de la población, que mellan la moral colectiva. No sólo se trata de la ya inocultable falta de recursos municipales, con su secuela de proyectos que se demoran, servicios que no pueden crecer al ritmo de la demanda, retrasos en los pagos a proveedores.
Hay un patrón de conducta que se empezó a desviar del hábito de convivencia política que nos distinguía a los rosarinos. Verbigracia: hay escasez presupuestaria, pero los empleados municipales, cuyos sueldos han sido actualizados dos veces, apelan a un enfrentamiento virulento que paraliza a la ciudad.
Otra: el gobierno provincial recibió un sonoro cachetazo en la Cámara de Senadores cuando, sin observar formas ni modales, el peronismo le rechazó sin discutir su proyecto de actualización de impuestos, que había sido presentado por Hermes Binner y sus más conspicuos ministros como la piedra angular de su gestión futura.
El tropiezo no sería grave si se lo analiza desde la costumbre poco educada que tiene el justicialismo para aferrarse a un espacio de poder. Pero se complica cuando se advierte que la mayoría de los que dicen representar a la producción se sintieron contentos por saber que de sus bolsillos no saldrán más aportes al presupuesto que los que desde hace una década ingresan a las arcas provinciales.
Si todo esto ocurrió antes del tsunami financiero global, nadie se atreve a pensar cómo hará ahora el gobernador para conseguir la colaboración de los que más tienen para su plan ambicioso de construcción de escuelas, caminos, hospitales, o para el equipamiento de las fuerzas de seguridad, la implementación de un nuevo sistema judicial o el fantástico proyecto del Puerto de la Música (ver artículo en este número), que a pesar de su inocultable trascendencia no pudo alcanzar la tapa de los dos principales diarios de la provincia.
"Después de la crisis que se desató en el mundo, el presupuesto que mandamos es viejo", alcanzó a decir Binner a modo de consuelo. Ya es una discusión abstracta si fue Wall Street o el Senado provincial el responsable del necesario cambio de planes. Santa Fe se manejará con el presupuesto enviado, o con el del 2008, o redistribuyendo partidas.
EL DIÁLOGO
Pero hay cuestiones más relevantes. La discusión sobre el futuro de las AFJP reabrió otra vez metodologías del combate político que, si se trasladan a Santa Fe, pueden ser más peligrosas que la carencia de recursos.
No sólo Elisa Carrió, la abanderada del Apocalipsis, entró en la vorágine dialéctica que orilla el insulto y la descalificación sistemática. Gran parte del radicalismo optó por sumarse a los reclamos de sectores políticos que empiezan a plantear más o menos desembozadamente el cambio de gobierno.
Las disculpas de Eduardo Buzzi, que en otro acto de sincericidio dejó escapar que “hay que desgastar al gobierno todo lo que se pueda”, en un momento donde se juega la estabilidad económica, no sirven para esconder el propósito cada vez más manifiesto de extremar las diferencias políticas, aun cuando falta mucho para las elecciones. Lo de Buzzi fue brutal, aunque más sincero que lo de otros actores de la política actual.
No sirvió de mucho que Raúl Alfonsín, quien todavía consigue conmover a la opinión pública cuando habla, al resumir los 25 años cumplidos desde la recuperación de la democracia, haya tomado una frase de José Mujica, candidato a presidente de Uruguay, como consejo para los argentinos: "Quiéranse más".
Desde el oficialismo no se advierten señales de la mejora institucional prometida cuando asumió Cristina Fernández de Kirchner; desde la oposición tampoco se avizora un ánimo de conciliación. Las responsabilidades son compartidas.
Muchos advierten que difícilmente pueda el abigarrado arco político que cuestiona al gobierno consolidar una opción. Es hora de empezar a preguntarse: en la Argentina real que debe transitar una crisis global ¿alguien puede construir y encarnar una opción de modelo económico creíble, que pueda confrontar políticamente con algún éxito?
El gobernador de Santa Fe se apresuró a declarar, frente a la iniciativa kirchnerista de retomar el control de los aportes jubilatorios, su adhesión al sistema de reparto. Sabe que su mirada tiene algún peso en la opinión pública nacional, y de entrada quiso decir “no me busquen para ninguna coalición a favor de las AFJP”. Influyó decisivamente para que su partido pidiera algunas modificaciones, pero que votara favorablemente el proyecto.
Siempre tuvo claro que su futuro político está ligado al éxito que tenga su gestión en Santa Fe. Pero si no aporta alguna iniciativa que atenúe el clima de exasperación generalizada, teme que las urgencias lo obliguen a aceptar acuerdos que decididamente no entran en su universo político de alianzas.
Se reúne con embajadores extranjeros, tiene llegada propia a funcionarios de países vecinos y es conocido en organismos internacionales. No tiene problemas para hablar con los ministros nacionales, pero sabe que si no hay una modificación drástica en el reparto de los recursos que cada vez se concentran más en las cajas recaudadoras centralizadas del gobierno nacional, su gestión en la provincia se verá ahogada en un futuro cada vez más cercano. Y en épocas de crisis los tiempos se aceleran.
Está obligado a transformarse en algo más que el gobernador de Santa Fe.