Entre la debilidad y la obstinación
EDUARDO VAN DER KOOY
Muy pocos gobiernos han tenido la capacidad, como éste, de tenerlo casi todo y de perderlo casi todo. Esa es la parábola que en seis años recorrieron Néstor y Cristina Kirchner. Pero tampoco se trata de una parábola habitual: la construcción de su poder, nacido de la nada de un 22% de votos en 2003, resultó ardua y se hizo en condiciones difíciles. En la Argentina de la gran crisis y del default. Aun así, en cuatro años Kirchner fue el primer ex presidente argentino que dejó el poder con índices muy importantes de consenso social (56%). Su heredera y esposa, Cristina, se convirtió en Presidenta con el 46% de los votos en 2007 dejando atrás por más de 20 puntos de diferencia a una oposición inexpresiva. Cumplido la mitad de este mandato, la realidad pareciera desoladora. No basta para reflejarla con recordar que en las legislativas de junio pasado el Gobierno obtuvo apenas el 31% de los votos. Que perdió todas las provincias grandes, incluida Buenos Aires. Y que hasta cedió el por décadas inexpugnable bastión de Santa Cruz.
Los verdaderos reflejos de la derrota se observan ahora. El Gobierno de los Kirchner resignó el control de las Cámaras de Diputados y el Senado. Un registro inédito en el retorno de la democracia en nuestro país. ¿Por qué razón? Carlos Menem, junto a los Kirchner fueron, los únicos que alcanzaron un dominio parlamentario absoluto. Pero Menem entregó su Gobierno sin haber cedido el control de ninguna de las dos Cámaras. Ni siquiera luego de perder las legislativas de 1997. Raúl Alfonsín manejó solamente Diputados hasta 1987. Ese año el peronismo también le arrancó la supremacía. Fernando de la Rúa siempre contó con minoría en Diputados y el Senado, a tal punto que la caída electoral en el 2001 licuó definitivamente su poder político y abrió las puertas a la gran crisis.
La pérdida del control de ambas Cámaras significó desde 1983 la pérdida de gobernabilidad en la Argentina. Aunque no fueron para nada iguales los epílogos de Alfonsín y De la Rúa: el ex presidente fallecido logró controlar la situación, aun cuando debió anticipar la entrega del mando. Nada indica todavía que los Kirchner se enfrenten a un de-safío similar. Pero es cierto también que su falta de sensibilidad política –un rasgo nuevo en el ex presidente—abre demasiados interrogantes acerca de cómo se desarrollará el proceso político hasta octubre del 2011, fecha prevista para la renovación presidencial.
Los Kirchner están enfrascados en una pelea contra casi todos. La oposición, desde luego, el Poder Judicial, sectores del propio peronismo y los medios de comunicación. El “país real” y “el país virtual”, como repitió la Presidenta, con deleite y poca originalidad, al inaugurar las sesiones del Congreso.
La confrontación los somete a un desgaste permanente con derivaciones sorprendentes: ¿Alguien suponía en diciembre, cuando cedió terreno en diputados, que dos meses después resignaría el Senado? Esa pérdida se produjo, además, por el vuelco de dos votos peronistas (los senadores pampeanos) que decidieron alinearse con la estrategia de la oposición.
Los contratiempos, sin embargo, no consiguen alterar sus estrategias ni sus obstinaciones. Está claro que los Kirchner se proponen seguir gobernando soslayando todo lo posible al Congreso. Así lo demostraron con los dos nuevos decretos –uno simple y otro DNU—con los cuales se apropiaron de U$S 6.500 millones de reservas del Banco Central para abonar compromisos externos. Pretendieron cerrar un escándalo político con la oposición y abrieron otros. Profundizaron también la distancia con el Poder Judicial, no sólo por las críticas que le dispensó Cristina. También por los nuevos decretos: los jueces y la Cámara dijeron que el uso de reservas sólo es posible con un proyecto de ley y en situaciones de urgencia. No sería ésta.
Esa marcha forzada de los Kirchner y su debilitamiento político objetivo son las que dan lugar, con aflicción, a un interrogante. ¿Hasta cuándo podrán seguir así?
El peor momento
OSCAR BERTONE
Hace dos meses que terminó en un fracaso la caravana disuasoria planificada por el gobierno provincial para convencer a propios y extraños sobre los beneficios de la reforma tributaria; prácticamente igual a la que tampoco había podido imponer un año antes.
Era, según Hermes Binner, la única salida para garantizar la gobernabilidad de Santa Fe, salir de la incertidumbre sembrada por la crisis global que había comenzado en noviembre de 2008, y garantizar un plan de obras, sobre todo en educación, salud e infraestructura, como nunca antes había tenido la provincia.
Probablemente haya tenido razón. Pero chocó de frente con los votos adversos en el Senado, dominado por el peronismo. El PJ unido, otra vez, tampoco fue vencido.
El gobernador se había puesto al frente de la iniciativa cumpliendo con todos los trámites formales y políticos para conseguir un resultado positivo que no fue. Las reuniones regionales organizadas por el Frente Progresista (los socialistas y los ministros al frente), fueron verdaderas asambleas, donde recogió cierto apoyo y comprensión.
En los encuentros sectoriales con cámaras empresarias y gremios, el clima ya era distinto. El socialismo comprobó que era imposible conseguir que los llamados representantes de los empresarios aceptaran aumentos de impuestos, por más estudios y carpetas que se distribuyeran en las reuniones.
Se escuchó sólo algún tibio respaldo de las empresas de la construcción santafesinas, que saben que en último término, más recursos para el Estado puede significar más obra pública. Desde la industria y el campo las señales fueron muecas de desagrado de unos y veladas advertencias de otros.
En los gremios, más allá del aliento en privado y algún que otro comentario de nuevos dirigentes de ATE Capital, no se demostró un interés que llevara a los sindicalistas a poner el cuerpo o a presionar políticamente.
Quizás el microclima de la ciudad capital, con clara conciencia del impacto económico que tienen los ingresos estatales en la vida cotidiana de sus habitantes, le haya hecho pensar al socialismo que la reforma era viable.
Pocas veces un debate había ocupado tanta geografía provincial. No se puede negar que fue profundo y fundamentado de ambas partes. Hasta esta revista participó en noviembre, organizando un encuentro donde se discutió áspera pero lealmente.
Todo terminó en dos rápidas sesiones legislativas, donde los senadores impusieron su criterio. El andar democrático también debe tener en cuenta los números, y los números fueron adversos.
¿Y EL “PLAN B”?
Sobre las conductas opositoras en la política argentina se puede escribir mucho; sobre el inefable peronismo también. Pero las jugadas a todo o nada siempre tienen riesgos que hoy está padeciendo el gobierno de Binner.
Se puede decir que los resultados que obtuvo son parecidos a los que recogió Cristina Fernández, aunque los métodos para conseguir el objetivo no se parecen en nada.
Mientras, el clima en la calle era exasperante, casi desbordado. Cortes de calle, quema de gomas, declaraciones tremendistas, y la oposición proponiendo que se suspendan los ajustes de tarifas, la misma fórmula que llevó a este cuello de botella que no permite acompañar el pic/o máximo de consumo de energía de la historia.
Queda de todos modos la impresión de que no había un plan alternativo para una hipótesis negativa del trámite parlamentario. El peronismo fue impiadoso, ni siquiera le permitió al gobierno utilizar sus propios recursos transitoriamente, unificando los fondos disponibles para ir salvando los pagos mínimos reasignando partidas. Quiere obligarlo a pedir plata afuera pagando intereses.
A partir de allí, los hechos tuvieron un desenlace más o menos previsible, agravados con errores propios no forzados por la oposición. La presentación de la oferta de aumento salarial a los maestros se hizo en porcentajes (7%), y para colmo después de haberse filtrado a la prensa, desde el Enres, un documento de trabajo de Aguas Santafesinas que proponía, a lo largo del año, un incremento tarifario del 80%. También se había aumentado, aunque segmentadamente, el impuesto inmobiliario.
Los paros de empleados públicos fueron automáticos. La fiereza de los planes de lucha del gremio docente, con tres paros de 72 horas semanales, marcó la tendencia general. No se explica semejante reacción sólo por la desalmada interna sindical del gremio.
La inflación, de una magnitud difícil de determinar, la indisimulablemente esquiva relación del socialismo con varios medios de comunicación importantes y las consecuentes simplificaciones periodísticas, completan un cuadro político adverso para el oficialismo provincial, donde no faltan algunos hechos, dentro del indomable aparato de seguridad, de difícil explicación.
Hubo una fuga de presos del penal de la Jefatura y desapareció sin dejar rastros visibles Raúl Flores, uno de los sicarios responsable de la muerte de Abel Berois, el sindicalista acribillado y apuñalado hace dos años en pleno centro de la ciudad. Los movimientos en las cúpulas policiales –se sospecha siempre sin pruebas- tienen que ver con las desagradables malas nuevas.
EN MANOS DEL ADVERSARIO
Hubo en los últimos meses una innecesaria alta exposición pública de la persona del gobernador, que no parece tener escuderos de talla para discutir con la oposición ni con los gremios.
La imagen de su gobierno está lastimada, aunque los encuestadores insisten en diferenciar entre “imagen de gestión” e “imagen personal”. Como sea, aún conservando Binner su prestigio, le urge salir de un escenario muy incómodo.
Desde Buenos Aires, las noticias que recibe no le alcanzan. Apegado a las formas planteó parte de su pelea por los recursos provinciales en la Suprema Corte y tuvo algún eco. Para la audiencia de conciliación que consiguió, falta un tiempo larguísimo. Y para una respuesta positiva, ni hablar. La reforma presentada por Rubén Giustiniani por el impuesto al cheque es, a los efectos prácticos, una quimera. Debe votarse y pasar por el veto presidencial.
Sí se pueden esperar mejoras del ingreso vía aumento del consumo y de los retoques impositivos, pero falta… el dinero para parar los conflictos gremiales.
Mientras esta revista iba a imprenta, se habilitaban tres proyectos para discutirse en la Legislatura en sesiones de verano, y el titular del principal matutino de Rosario aseguraba: “Hay consenso”. Lamentamos no tener la misma visión.
La única novedad es la aparición del diputado Alberto Cejas, titular de la CGT de Santa Fe, que empezó a derivar hacia un posible acuerdo con el oficialismo. Algunos ven detrás de él la mano de Alberto Maguid, sindicalista que nunca cortó lanzas con el gobernador. Darle al gobierno la atribución de manejar sus fondos integralmente a través del FUCO, la extensión del gravamen por Ingresos Brutos a la construcción y al campo pero no a la industria, forman parte de su proyecto.
Otra es la idea de los diputados kirchneristas encabezados por Luis Rubeo, que le endilgan al socialismo compromisos con la Mesa de Enlace e insisten en extender Ingresos Brutos al sector rural. Una propuesta más, del oficialismo, que pretende retraer parte de los descuentos que se hacen por DREI del pago de los impuestos provinciales, gravar a la industria y a la construcción, completa el juego de opciones.
De todos modos, salvo la presencia de un tercero en discordia –Cejas–, la disposición a levantar la mano no parece muy distinta a la previa de las jornadas que terminaron con un rechazo a las pretensiones del Frente Progresista, o, mejor dicho, del socialismo y algunos de sus más estrechos aliados. Porque otro ingrediente que pone incertidumbre al panorama futuro se llama Unión Cívica Radical, que prácticamente mira desde la tribuna.
Cuando Binner pueda retomar la iniciativa política, esa cuestión ya no será secundaria. Es que cualquier salida impondrá algún tipo de consenso con alguien fuera del Frente, que terminará de definir qué papel juega cada uno dentro.
A pesar del mal momento, todos saben que el liderazgo tiene nombre y apellido.