La permanente reinvención del peronismo
EDUARDO VAN DER KOOY
Elisa Carrió, la líder de la Coalición Cívica, ha dicho que para gobernar en el futuro el Acuerdo Cívico (radicales, socialistas y Coalición), necesitaría del PJ. Gabriela Michetti, la figura pública más saliente del PRO después de Mauricio Macri, expresó que su partido, en soledad, no estaría en el 2011 aún en condiciones de gobernar. Se sabe que el macrismo enlaza ahora su existencia electoral a un pacto con el peronismo disidente.
Lo que parece quedar en claro, oculta en las palabras de aquellas dos mujeres políticas, es una realidad inmutable en la Argentina desde 1946: nadie logra imaginar la gobernabilidad de la nación prescindiendo del peronismo; mucho menos en su contra.
Esa disyuntiva se vuelve a extender como una enorme sombra a un año de las elecciones presidenciales que deben definir la continuidad por otros cuatro años del matrimonio Kirchner en el Gobierno o su relevo. Otros cuatro años llevaría al peronismo a superar su propio récord: el de Juan Domingo Perón, a mediados de 1940-50, y de Carlos Menem, en los 90.
El peronismo sigue teniendo una vigencia que se explica, especialmente, en la capacidad de atravesar en forma vertical la pirámide social. El peronismo de Perón se sostuvo, sobre todo, en la alianza de algunos sectores medios con las bases populares a la cuales dio vida política y social. El peronismo de Menem anudó los dos extremos en una entente de perfil ahistórico: los ricos y poderosos con los humildes. El peronismo de Kirchner es más complejo: hay un entramado de sectores humildes, líneas medias ligadas a la intelectualidad y clases altas vinculadas a los negocios y a las coyunturas prósperas de la economía. Esa amalgama tiene siempre como eje a los dineros del Estado. Esa amalgama es también, en sí misma, una contradicción: trasladada al terreno de la política, es incapaz de traslucir integración y armonía. Se afirma sólo en la fractura y la confrontación. En la degradación de lo institucional.
José Pablo Feinmann, un académico peronista, ha utilizado dos ejemplos de la historia para ilustrar la capacidad abarcativa del peronismo, en cualquiera de sus variantes. Remite al célebre abrazo entre Perón y Ricardo Balbín, a comienzos de los 70. Remite además a otro no menos célebre encuentro: el de Menem con el almirante Isaac Rojas. Feinmann arriesga que, tal vez, por ser tan abarcativo el peronismo, sería todo y nada al mismo tiempo. Y que esa ambigüedad podría marcar, en el caso de la Argentina, lo que la teoría política-social define como identidad nacional.
Aquella ambigüedad, en parte, explicaría el acompañamiento que siempre cosecha el peronismo. Dejemos la historia lejana de Perón. En los 90 Menem hizo trizas la tradición estatista del PJ y produjo, con millones de votos de su lado, la desarticulación más salvaje del Estado. Desde hace ocho años, los Kirchner se ocuparon de rehacer aquel mismo Estado que Menem destruyó, transformándolo en una formidable herramienta de poder político.
Enfrente de los Kirchner se alzan los peronistas disidentes, sorprendentes abanderados de las instituciones y la democracia. Eduardo Duhalde, uno de los articuladores de la maquinaria clientelística más furiosa que tuvo Buenos Aires. O los hermanos Rodríguez Saá, que reproducen en San Luis un modelo feudal. Similar al que construyeron los Kirchner en Santa Cruz, antes de dar el salto a la escena nacional.
El 2011 asoma de nuevo con la impronta del peronismo. Sea desde el poder o desde la oposición. Sucedió en el 2003, cuando en medio de la gran crisis tres postulantes peronistas se llevaron casi el 60% de los votos. Esa crisis económica pasó. La crisis política, por lo visto, sigue intacta.
No estudian ni trabajan
OSCAR BERTONE
Un indicador aparentemente contradictorio con los números de la economía, no parece figurar en las agendas políticas, pero es el problema principal del que derivan otros que sí parecen angustiantes: sólo en la provincia de Santa Fe, 170.000 jóvenes no trabajan ni estudian.
Con una visión interesante, el Grupo Trascender, conformado por empresarios locales que se nuclearon en los años feroces de la crisis del comienzo de siglo para reafirmar su intención de seguir en la región, elaboró un informe que será discutido en una próxima reunión en Reconquista, señalando que es fundamental “considerar el alto valor del tema educativo, tanto desde la inclusión social como del apoyo a los talentos… Debe haber una decisión política de fomentar el desarrollo de las carreras orientadas a las ingenierías e innovación tecnológica”.
La estadística dice que decenas de miles de jóvenes santafesinos no estudian ni trabajan, mientras crece la demanda laboral, que incluye como requisito previo cierta mínima capacitación. ¿Es una tarea sólo del Estado la de incorporar este colectivo a la actividad educativa y productiva? ¿Hay alguna urgencia más prioritaria?
La preocupación de la inseguridad ciudadana tiene que ver con este fenómeno. Sin embargo, la cuestión no figura en la agenda mediática, o al menos no está en el mismo nivel de la insólita guerra del helado artesanal, o la tarifa de los taxis.
Pero que no esté en los medios no quiere decir que no sea prioridad entre el público. Algunas recomendaciones en ese sentido, dirigidas a planificadores de campañas políticas, deslizó Eduardo Fidanza, director de Poliarquía Consultores, en el reciente precoloquio de Idea.
El devenir económico no va a presentar sobresaltos de consideración en los próximos meses. Por primera vez desde que se reinstauró la democracia, un gobierno que lleva dos períodos presidenciales enfrenta unas elecciones sin crisis económica.
Ni la embajada paralela de Venezuela, ni la impracticable panacea del 82% móvil, ni las retenciones al agro, por nombrar temas hoy en boga, parecen ser prioridad entre la población, como sí lo son las cuestiones vinculadas a la educación como herramienta de inclusión.
La oposición no aparenta haberlo advertido. El oficialismo sí, y es probable que lance algunos golpes mediáticos dirigidos hacia ese frente, cuya efectividad es siempre equivocadamente relativizada por los principales dirigentes opositores en primera instancia.
Mientras todo esto pasa, el Ministerio de Educación provincial advierte que, después de establecido el subsidio económico para los menores de familias en apremio, la demanda por ingresar a los colegios secundarios está creando dificultades no previstas para atender a una matrícula creciente sin la infraestructura necesaria.
¿Puede un ministerio provincial per sé, por más recursos que maneje, hacerse cargo de tamaña tarea de recomposición social? ¿Puede desentenderse la sociedad civil del futuro de 170.000 jóvenes?
Entidades como Trascender deben pasar de la declaración al hecho, encontrándose con el Estado en una actitud desprejuiciada, asociativa y dispuesta. Manejan información de demanda de recursos humanos, capacidad de gestión y visión fina sobre adónde apunta el desenvolvimiento económico.
Lejanas las urgencias económicas de la macroeconomía, aparecen estas cuestiones en primer plano. Si la democracia y cierto desahogo económico no alcanzan para meter mano de lleno en este problema, el fracaso colectivo es inevitable.
Si no es ahora el momento, ¿cuándo?