Edición Nº 61

La política está en un tobogán

EDUARDO VAN DER KOOY

La Argentina está a muy pocos meses de celebrar su Bicentenario. Esa celebración la encontrará, entre fastos y discursos seguramente presuntuosos, de cara a una pobre realidad: esos 200 años no han servido aún para consolidar a una clase dirigente; tampoco sirvieron para que la política se convierta en vehículo capaz de armonizar los diferentes intereses económicos y de otorgarle a las instituciones un sentido permanente y fiable; menos todavía para que la sociedad se entusiasme con aquellos desafíos pendientes. La sociedad, en gran medida, se muestra vacante, lejana, impenetrable.

La reflexión resulta irremediable no sólo por la cercanía de la conmemoración del 25 de mayo. También por la enorme defraudación que se ha vivido en la última década, en especial a partir del estallido de la crisis del 2001. Esa misma defraudación ha quedado reflejada en el primer mes largo del 2010, con una crisis que había amanecido el 14 de diciembre del año anterior, cuando Cristina Kirchner anunciaba la creación del Fondo del Bicentenario (6.500 millones de dólares de las reservas del Banco Central para garantizar vencimientos externos), y que ha escalado de manera mayúscula, absurda, asombrosa. A punto tal que detrás de cada insinuación de una posible salida a la crisis, pareciera esconderse una emboscada.

Como en los tiempos del conflicto con el campo, este pleito por la utilización de las reservas del Banco Central –la renuncia de Martín Redrado eliminó sólo un foco del problema—, no pareciera responder tanto a la medida en sí, igualmente debatible, como a la forma de ejecución. ¿Alguien podía cuestionar la necesidad y la utilidad para la Argentina de intentar una reinserción en los mercados internacionales de crédito? Pues bien, la crisis, plagada de escándalos, no sólo ha puesto en tela de juicio aquella necesidad. El mundo observa con demasiado azoramiento las cosas que suceden en la Argentina y toma nuevas prevenciones antes de animarse a soltarle una moneda. En esta crisis se han combinado dos fenómenos. Entró por un lado en jaque la estrategia del kirchnerismo que apuntaba a gobernar hasta diciembre del 2011, apelando a los Decretos de Necesidad y Urgencia cuando el Congreso no aprobaba lo que el Ejecutivo quería, y del veto cuando se sancionaba algo que el Ejecutivo no deseaba. El par de DNU utilizados por Cristina en el caso del Banco Central tropezaron con aquel Congreso y con la intervención de la Justicia.

La otra cuestión, muy preocupante, es que a la vista de estos acontecimientos pareciera como si el ciclo kirchnerista hubiera implicado el quiebre de las instancias de cooperación política. Es decir, el Gobierno debilitado de los Kirchner por un lado, y la oposición fragmentada y sin líderes por otro. Eso implicaría claras dificultades de gobernabilidad y la vigencia de una crisis con derivaciones difíciles de prever.

¿Por qué razón se ha llegado a este punto? Vale reparar en el modo autoritario de los Kirchner para administrar –recordar cómo se comportaron luego de perder políticamente las elecciones de junio—, y el resentimiento que esa conducta y su propia impotencia e impericia incubaron en la oposición.

Pero podría ensayarse también una mirada más allá de la circunstancia. Lo que aflora en toda su dimensión es la decadencia del sistema político que voló por el aire en el 2001 y que se rehizo luego con hilvanes. Los dos grandes partidos (peronistas y radicales) sufrieron profundas divisiones, y las nuevas agrupaciones son heterogéneas, personalistas y mediáticas.

De esa manera, resulta complejísimo cualquier equilibrio político e institucional. Y no únicamente por el fracaso del sistema. También por las conductas individuales de los políticos que se afanan por degradarlo todo con gestos y con palabras. Las palmas, en ese sentido, bien podrían corresponderle a Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete, que cada día deleita con su lenguaje de alcantarilla.

El costo del consumo

OSCAR BERTONE

Probablemente sea una estupidez considerar la tarea periodística como un acto de servicio. Consecuentemente, puede ser un estúpido el periodista que escriba según ese principio, trasladándole la idiocia al lector que lo siga. La aventura de leer estas próximas líneas conlleva entonces el peligro de transformarse en un acto estúpido.

Los días de enero en la ciudad transcurrieron tan contradictorios como emblemáticos. El consumo estacionario alto como pocas veces. Automóviles 0 Km, equipos de aire acondicionado, ropa deportiva cara, operaciones inmobiliarias y gastos para vacaciones, sumaron facturaciones más que interesantes.

El calor, que como todos los años desciende impiadoso en la subtropical Rosario, castigó como siempre. También, como en los últimos años, se conocieron “estadísticas científicas” sobre el efecto del calentamiento global y su incidencia en estos nuevos veranos que suponemos más crueles, a pesar de que la serie histórica que da cuenta de las temperaturas promedio y absolutas no han variado.

Consecuencia de, entre otras cosas, ese consumo masivo, que sólo había tenido un cierto respiro durante algunos meses de 2009 al compás de los pronósticos aciagos sobre las consecuencias de la “crisis global” desatada a fines del 2008, se produjeron en distintas zonas de la ciudad cortes en el suministro de energía eléctrica de distinta duración y extensión.

No fueron ni las interrupciones masivas de años pasados, ni tuvieron la extensión de las programadas del anterior verano. Sin duda molestas, sofocantes, irritantes hasta lo insoportable, causaron una sensación de indefensión que las estadísticas de inversión de la empresa que presta el servicio no puede contener en números.

Estrictamente, un periodista estúpido puede valorar que estamos frente a una crisis de crecimiento, que tiene explicaciones. Una es la alta demanda, graficada en una mayor entrega de energía año a año; otra es la demagogia, que llevó a gobernados y gobernantes a aceptar que se pueden mantener los servicios sin modificar durante años y años las tarifas, a pesar de que mejoró la posibilidad de pagarlas.

Las dos empresas de servicios, energía eléctrica y suministro de agua potable, no están fuera de control. Tienen planes y han mejorado sus prestaciones, y esto es fácil de comprobar si las colocamos en una perspectiva de comparación con lo que sucedía cinco años atrás.

Desde los últimos años de la gestión Obeid se detectaron los problemas principales, se determinó definitivamente que pasaran a manos del Estado, se hizo alguna inversión, pero se les puso un cepo tarifario que le planteó un techo al crecimiento.

Parte de esos planes permitieron que el actual gobierno concretara una obra fundamental para que los veranos no vengan acompañados con la falta de suministro de agua: se garantizó, con líneas y transformadores especiales, la energía para el bombeo del agua potable. Pero por cada $ 100 que recauda la empresa de aguas, el Estado provincial tiene que ayudar con un subsidio de… $ 100, el 100%.

Algo parecido pasa con la empresa de la energía. Se dice livianamente que la EPE tiene una tarifa superior a la que cobra Edenor en Capital Federal. Hay una diferencia no sutil entre las dos compañías: la porteña atiende a dos millones de clientes que se concentran en un radio no mucho mayor a la superficie de Rosario; la santafesina debe abastecer a un millón en un territorio de 800 kilómetros de largo.

El 80% de sus abonados instaló, en la última década, equipos de aire acondicionado domiciliarios; la mitad tiene más de uno. La empresa, en los últimos dos años, construyó tres estaciones transformadoras, y en los próximos, dos más (9 en total en la provincia), a un ritmo hasta ahora desconocido.

Los rosarinos y los santafesinos, argentinos al fin, disfrutamos con ciertos espejismos. Uno de ellos es el de creer que el consumo de agua y energía eléctrica puede crecer indefinidamente sin mayores costos. Y el broche dorado lo ponen los medios de comunicación, tan ágiles para el comentario escandaloso y apocalíptico. No es el caso. En el peor momento estuvieron sin servicio unos 15.000 usuarios de los 300.000 clientes que pagan su factura en la ciudad.

Mientras, el clima en la calle era exasperante, casi desbordado. Cortes de calle, quema de gomas, declaraciones tremendistas, y la oposición proponiendo que se suspendan los ajustes de tarifas, la misma fórmula que llevó a este cuello de botella que no permite acompañar el pico máximo de consumo de energía de la historia.

Tomás Eloy Martínez, una voz inteligente que se apagó a fines de enero, creía que el periodismo era un acto de servicio. Y en el último artículo que escribió sobre la Argentina en el diario El País (*), nos retrató con frases demoledoras: “La grandeza está en la imaginación de todos; nadie parece resignarse a los límites de la realidad.” (…) “Los diagnósticos sobre el futuro son pesimistas, porque el país pone sus esperanzas muy en alto.” (…) “Una de las obsesiones argentinas era alcanzar la grandeza. Ahora es el miedo a la pequeñez.”

(*) Para lectores atentos recomendamos el enlace de Internet para leer el artículo de Tomás Eloy Martínez. http://www.elpais.com/articulo/internacional/Argentina/doscientos/anos/soledad/elpepuint/20091029elpepuint_3/Tes