Santa Fe y las elecciones que vienen
EDUARDO VAN DER KOOY
El país está asomado ya al último tramo rumbo a las elecciones legislativas de octubre. El panorama es similar al de otros momentos de la democracia reconquistada en 1983: la vida política pivotea alrededor de lo que, mal o bien, le ocurre al peronismo.
Raúl Alfonsín lo padeció, anarquizado, en la oposición. Ni bien se recompuso terminó desplazándolo. La inconsistencia de la Alianza le abrió las puertas para que retomara el poder, de modo forzado, apenas dos años después de haberlo perdido. El 62% del electorado votó en los comicios de 2003 por candidatos peronistas, cuando salió victorioso Néstor Kirchner.
Todo hace presumir que el PJ volverá a triunfar en octubre en el orden nacional. Y que ese éxito fortalecerá la imagen del Presidente. Pero aún así, habría que prestarle atención a un detalle: el partido de gobierno ya no se mueve como una fuerza maciza, y en su interior existe un respeto a la autoridad presidencial basado en el buen momento de gestión, pero no una adhesión incondicional.
Esa situación permite avizorar la esperanza de matices de cambio en la política. Esa posibilidad podrá concretarse también acorde a la conducta que tenga la oposición y su capacidad para atraer al electorado. La oposición está frágil en el marco nacional pero hay, en cambio, bolsones en los cuales podría sacar rédito.
Uno de ellos es Santa Fe. El peronismo lleva gobernando 22 años y –más allá de los balances– ha sabido neutralizar durante todo ese tiempo la construcción de una alternativa.
Las elecciones del 23 de octubre son legislativas, por lo cual su resultado no modificará el poder central de la provincia ni el poder nacional, pero podrá marcar hasta dónde la oposición tiene posibilidades de empezar a rehacerse.
El voto en la provincia –en particular en Rosario– posee un enorme valor para la orientación global de la política. Representa el 9% del padrón nacional, sólo por debajo de Buenos Aires con el 38,1% y de la Capital con el 10,6%. Dicho de otra manera, de cada 100 votos positivos 9 se generan en nuestra provincia.
El equilibrio político es fundamental para cualquier democracia. La Argentina carece de ese equilibrio. Un buen gobierno requiere siempre de una buena y necesaria oposición.
Acerca de los tres hospitales nuevos
OSCAR BERTONE
“Vamos a construir tres hospitales especializados en accidentología en la zona oeste de Rosario, y dispusimos un presupuesto de un millón de pesos para comprar los terrenos”.
Lo dijo Juan Héctor Silvestre Begnis, mi-nistro de Salud de la provincia, para más datos, amigo de Ginés González García, el titular nacional del área más respetado desde que regresó la democracia al país. No lo afirmó uno de los tantos funcionarios santafesinos que acostumbran a anunciar obras que luego jamás se construirán. De ser así, hubiera pasado inadvertida dentro del catálogo de promesas electorales.
Las autoridades municipales, que también profesan un gran respeto hacia quien se animó, entre otras cosas, a promover la ley de genéricos en el país, no abrieron a priori la boca y esperaron la pertinente reunión formal, ya que sorpresivamente, la provincia anunciaba su intención de construir hospitales en la ciudad donde la prestación del servicio de salud goza de mucho prestigio.
Si se trata de ejecutar presupuestos en un país con mucho superávit y poca obra pública, es pertinente preguntar si vale la pena abrir tres hospitales más, antes de optimizar los que tenemos en vía de reconstrucción. Veamos: el Hospital Clemente Alvarez dispondrá, a partir de su remodelación, del doble de camas de terapia intensiva para accidentados (24) y también duplicará las de unidad coronaria (de 6 a 12).
El Hospital del Centenario está en vías de recuperación. El Zona Norte anunció la habilitación de más camas, pero el propio ministro despotrica en público contra una burocracia que no se sabe cuando permitirá rodear esa habilitación del personal preparado para hacerla funcionar.
En ese marco, un hospital nuevo en la zona oeste parece razonable, aunque la ciudad también ha crecido hacia la desprotegida zona sur, donde una cooperadora hace maravillas para mantener en funcionamiento el emblemático Roque Sáenz Peña, que atiende pacientes de la ciudad y del interior.
Tres hospitales sobre un solo borde geográfico, construidos sin consenso con la autoridad sanitaria local, administrados por un gobierno provincial que hoy tiene una conducción idónea pero cuya presencia en las últimas décadas fue penosa, no parece un anuncio fácilmente digerible para los rosarinos.
Es que seguimos padeciendo el mal de todas las administraciones democráticas desde 1983. La falta de coordinación entre provincia y municipio ha cristalizado el espacio de poder de una burocracia funesta bajo cuya esfera quedarán las decisiones en caso de que, por ejemplo, el ministro tenga que emigrar hacia la Cámara de Diputados de la Nación luego de las elecciones.
Mientras, en la provincia que pudo anunciar la eliminación del sarampión, murieron dos niños por efecto de una enfermedad controlable como la varicela, y siguen apareciendo infectados por la fiebre hemorrágica argentina con una víctima fatal.
De los 30 pacientes crónicos que se atienden por diálisis en el Clemente Alvarez (hospital que sólo debería atender agudos) el 20% no son de Rosario. El 30% de los niños atendidos oncológicamente en el Hospital Vilela son del interior.
Si no es este el momento de discutir la autonomía municipal plena, por lo menos aspiremos a que los buenos funcionarios no caigan dentro de la lógica del enfrentamiento político que neutraliza los mejores esfuerzos.