Edición N° 86 - diciembre de 2011

Cristina, ventajas y herencia

EDUARDO VAN DER KOOY

Aun antes de la asunción, a Cristina Kirchner la sorprendieron algunas señales contradictorias de su propia herencia. Nada le impedirá, sin embargo, por un buen tiempo, ejercer un liderazgo político surgido de su arrasador triunfo e instalado en una escena despoblada. Posee, en ese sentido, dos enormes ventajas: un peronismo disciplinado y mudo detrás de ella; una oposición que luego de la debacle de octubre aumentó su dispersión y no constituirá ni un obstáculo para la gestión presidencial ni una amenaza para la nítida mayoría kirchnerista en el Congreso.

Las incomodidades para su segundo mandato, en todo caso, estarían asomando por otro lado. Se trata de la herencia, de las viejas deudas y los problemas irresueltos. Entre tantas facilidades se advierte un aspecto esquivo para Cristina: los ocho años precedentes también correspondieron a los Kirchner. La Presidenta recogió, por lo visto en las urnas, una abundante cosecha. Pero carece del derecho de endilgar responsabilidades a otros para explicar algunos evidentes problemas.

No cabe en este tiempo referir a los desajustes de la moral pública porque no forman parte de la atención prioritaria de la sociedad. Pero esa misma sociedad, en cambio, parece estar colocando la mira sobre las sombras de la economía.

Los tiempos posteriores a la victoria se convirtieron en un vértigo de muchas decisiones de Cristina que llamaron la atención. El rígido control sobre el mercado cambiario; el comienzo de la poda de la montaña de subsidios que es una fuente de distorsión del modelo; el ajuste en empresas del Estado que se inició con Aerolíneas Argentinas, un ejemplo de mala administración y despilfarro.

La Presidenta ha sobrellevado esas medidas con escaso costo gracias a su revalidado capital político. También a la facilidad política que implica predicar en el desierto: el Gobierno asegura haber hecho lo que hizo en nombre de la equidad. Una forma de enmascarar lo que constituye un simple, llano, irremediable y necesario ajuste.

Se dejó hablar de blindaje, como era frecuente antes de la elección. Se admitió la existencia de una crisis internacional aún sin brújula cuyas aguas llegarán –se verá cómo y cuándo– a las playas de nuestro país. Brasil, el principal socio comercial de la Argentina, empezó a sentir los rigores.

Existe una resistencia infranqueable todavía para aceptar que el giro que insinúa Cristina responde a debilidades propias del modelo económico. Néstor Kirchner, cuando asumió el proceso de reconstrucción tras la gran crisis, había establecido un pentálogo: asegurar siempre el superávit fiscal; también el superávit de la balanza comercial; garantizar una paridad cambiaria competitiva (el llamado dólar gerenciado); profundizar el desendeudamiento; mejorar la acumulación de reservas como modo de afrontar los compromisos externos y emprender proyectos internos.

Una mirada de la realidad indica que: el superávit fiscal ya devino en déficit; la balanza comercial sufre un daño creciente; al gerenciamiento del dólar se lo reemplazó por una operatoria policial; el Gobierno, desde el 2007, detuvo su política de desendeudamiento que ahora intentaría retomar; Cristina inició su segundo período con menos reservas en el Banco Central de las que dispuso en el 2007.

El gran desafío de Cristina está, probablemente, en rehacer aquellas bases del modelo. Esas bases apuntalaron los mejores momentos kirchneristas y la recuperación del país. La Presidenta tiene capital de sobra para su tarea. Pero la política nunca es la fotografía de un momento.

El largo camino del socialismo

OSCAR BERTONE

No fue una trampa periodística ni hubo una intención deliberada, pero las diferencias saltaron rápidamente cuando editamos las notas. A esta revista le pareció apropiado realizar sendas entrevistas al gobernador e intendente salientes. No tienen idéntica visión sobre el triunfo electoral de Cristina Fernández.

No es nada grave, quizás sean matices, y hasta es saludable que dentro de un mismo partido existan diferencias de apreciación. Demuestra cierta vitalidad; pero en el devenir político de los tiempos, esas diferencias pueden ponerse a prueba, estirándose o sintetizándose.

Una crisis a punto de estallar en Europa, una economía norteamericana que no define una tendencia, y un Brasil que, según algunos analistas, ingresó en una etapa de "crecimiento negativo" -exótica neo calificación de algunos neo economistas- pueden poner a prueba el modelo argentino.

Así, ante el requerimiento presidencial de activar una "sintonía fina", la oposición deberá definir qué grado de colaboración prestará ante eventuales cimbronazos que puedan producirse, y esa actitud dependerá, sin duda, de la visión que las fuerzas políticas tienen sobre el desenvolvimiento de la economía y las consecuencias de la aplicación de las propuestas oficiales.

Hermes Binner, frente a la pregunta sobre la inédita diferencia de votos que obtuvo Cristina en la última elección, responde: "Lo que no es inédito es que alguien haya sacado más del 50% de los votos y después los haya perdido: Menem, De la Rúa..."

Cuando Miguel Lifschitz analiza el triunfo kirchnerista, espontáneamente lanza otro tipo de apreciaciones: "…Hubo mensajes para los industriales, medidas concretas para las personas mayores que se pudieron jubilar, para los más humildes con la asignación básica, para los artistas y científicos. Para todos los sectores hay alguna iniciativa del gobierno que terminó siendo importante. El resultado de las elecciones es el reflejo de esa realidad, y por otro lado, también el fracaso de la oposición salvaje. De la oposición destructiva…", y agrega, "además, en particular, yo he tenido y sigo teniendo una mirada positiva sobre muchas cosas que lleva adelante este gobierno."

Son visiones distintas, que quizás reflejen el lugar que cada uno tuvo que ocupar este año en el escenario político. Binner debió enfrentar la marea kirchnerista en la primera línea de fuego de la elección presidencial. No hizo mal papel; sobre todo porque demostró que la oposición destructiva no daba réditos electorales. Pero quedó grabado en los números que la construcción de una fuerza opositora progresista de peso no será tarea sencilla. Lifschitz dejó la intendencia con un "fuerte respaldo a mi gestión, que se manifestó en cuatro turnos electorales", según sus propias palabras.

También el gobernador saliente pudo refrendar su popularidad cuando consiguió la continuidad del socialismo al frente de la provincia, aunque no le alcanzó –por pocos votos, ciertamente– para derrotar a Cristina en su propio territorio. ¿Influirá en las apreciaciones de Binner algún lógico componente residual de rencor acumulado en la campaña?

Lo cierto es que con crisis económica o sin ella, los próximos dos años transcurrirán bajo la influencia de ese 54%, y, particularmente en Santa Fe, con un gobierno del Frente Progresista que tendrá que entrar de alguna manera en esa "sintonía fina" si quiere mantener el espectacular ritmo de obra pública y reformas del Estado que le imprimió el gobernador que dejó su mandato.

Discutir a esta altura las realizaciones y las iniciativas de Binner en los cuatro años de gobierno, es ocioso. La incógnita es si se puede mantener ante una hipotética baja de recursos, que muchos pronostican pero que la realidad, por ahora, desmiente. Y también frente a un cuadro de relaciones políticas que obliga a negociar: el socialismo es minoría en ambas cámaras legislativas.

Como adelantáramos en otros comentarios. Hermes Binner comenzará a transitar el país para armar la fuerza con que soñó –y no pudo ver concretada– Guillermo Estévez Boero. Siempre mirando de reojo el pago chico, su provincia, más grande, más visible, más progresista, pero políticamente más aislada.

Sigue siendo su mayor patrimonio político y no la puede descuidar.