Edición N° 84 - octubre de 2011

Después de octubre

EDUARDO VAN DER KOOY

Falta apenas un puñado de días para que concluya la campaña mas pálida, atípica y previsible desde que la Argentina recuperó en 1983 su democracia. Se podría decir que se ha tratado, casi, de una no campaña.

Una singularidad que se encadenó a la perfección con otra: mucho antes de las elecciones, quizás desde las internas del 14 de agosto, el país empezó a vivir un clima pos electoral. La función efectiva de aquellas primarias, contrariando su sentido original, fue la generación de un nivel de certidumbre político-electoral que prácticamente dejó petrificada la escena política. El Gobierno de Cristina logró instalar una amalgama notable con esa sensación colectiva de una compulsa definida. Tanto como la oposición se encargó de seguir sembrando desconfianza alrededor de ella.

Las verdaderas incógnitas políticas, entonces, habría que rastrearlas para después de octubre. Para diciembre, cuando Cristina inicie su segundo período presidencial, el tercero del ciclo kirchnerista que inauguró en el 2003 el ex presidente muerto en octubre del año pasado.

Uno de los interrogantes podría radicar en la necesidad de descubrir cuál sería el perfil de la Presidenta. Hay un menú de dos opciones: la mujer cordial y sufrida que emergió de la tragedia, que sumó también luego de las internas un tono consensual, o aquella confrontativa que se conoció mientras Kirchner protegió sus espaldas.

Aquellas opciones no tendrían relación sólo con un problema de carácter o de estado de ánimo de la mandataria. Influirá de modo clave la construcción política que esté dispuesta a realizar a su alrededor.

¿Sólo kirchnerismo duro? ¿También kirchnerismo moderado? ¿La vuelta del viejo peronismo? No podría haber aún una respuesta definitiva, apenas pistas. Está claro que la Presidenta privilegió en el diseño electoral a dos sectores: los jóvenes de La Cámpora y la dirigencia que de la mano de Amado Boudou, el ministro de Economía y candidato a la vicepresidencia, se arrimó al poder desde otras vertientes ideológicas, más liberales que los K.

Pareciera evidente, en cambio, que no cabría esperar a priori lugares protagónicos para el PJ tradicional. Ese peronismo, muchas veces crítico de los K, se terminó arropando también con la contundente victoria de Cristina en las internas abiertas.

La Presidenta tiene, precisamente, las manos libres para avanzar en la dirección que le parezca conveniente. Al menos mientras conserve los índices de popularidad que posee y que reflejaron las internas. Su estilo moderado le permitió, entre varias razones, el crecimiento que exhibió. Aunque muchas veces las formas no tienen que ver con el fondo: el kirchnerismo dispondrá de una enorme cuota de poder institucional, potenciada además por las debilidades de la oposición.

La política no podrá tomar un rumbo si la economía tomara otro distinto. En estos meses de tránsito se descubre una coincidencia. La Presidenta, a la par de su cordialidad pública, también tuvo gestos de acercamiento con empresarios y con el campo.

Esa conducta presidencial permitiría suponer que la economía venidera estaría más vinculada a ciertas ideas propias y de Boudou que “al populismo sustentable” que promovió el viceministro de Economía, Ricardo Feletti. Pero tampoco las ideas de Cristina y su compañero de fórmula sobre la economía futura son concretas e indubitables. ¿Se hará algo con la inflación? ¿Volverá la Argentina al mercado financiero internacional? ¿Se moderará el gasto público y se buscará regresar al equilibrio fiscal? Esos interrogantes en el campo económico, como acontece también con el político, tendrían todavía un carácter conjetural.

Certezas hay pocas. Apenas la realización de elecciones que, como paradoja argentina, antes de hacerse ya se conoce quien las ganó.

La violencia en Rosario

OSCAR BERTONE

Más de 120 muertes violentas en Rosario en lo que va del año. No se puede negar, ni se debe. Ni siquiera en el caso de que la estadística indique que los números decrecen, aunque desgraciadamente esto no suceda.

Las características y la cantidad de estos asesinatos nos remiten a la visión de ciudades colombianas o mexicanas sumidas en la violencia cotidiana y generalizada, que siembran las calles suburbanas y céntricas con cadáveres de ciudadanos inocentes. No es así.

No se trata, generalmente, de crímenes vinculados a ataques a la propiedad, caratulados habitualmente como “asesinatos en ocasión de robo”. Pero el fenómeno de “asesinato por venganza”, se lleva la vida de decenas de jóvenes excluidos y constituye un problema nuevo, que crece y debe ser abordado con una dedicación especial.

Rosario no es una ciudad socialmente inmanejable. Su millón de habitantes, el sentido de pertenencia de sus ciudadanos, la convivencia entre sectores de distinta extracción social, el diálogo entre sectores políticos y religiosos, la inclusión de una buena cantidad de inmigrantes, un nivel cultural medio aceptable, son características que identifican a nuestra urbe, más allá de los catálogos turísticos.

Sin embargo, el ciudadano medio sólo reacciona frente a las muertes violentas cuando éstas suceden en ocasión de un robo. Sólo se considera víctima a quien se supone tiene algo material que perder, más allá de su vida. Y tiende a identificar el problema con el submundo de la droga.

La visión generalizada es que la vida de los otros, de los que mueren por una disputa por un territorio, una traición personal, una pintada ofensiva vinculada a una pasión amorosa o futbolera, no tiene el mismo valor.

Éste es el error, no sólo por consideraciones elementales de ética humana, sino porque se está generalizando la costumbre de dirimir a balazos lo que se puede arreglar de otro modo, o lo que directamente puede no tener solución y debería ser aceptado como un avatar desagradable de la convivencia.

Otra cuestión que lastima cualquier sensibilidad es la edad de los involucrados, la mayoría jóvenes o muy jóvenes. Esta consideración invita a un desafío: tienen una edad donde la transformación de las conductas es posible; por algo se los denomina adolescentes.

Se cree también que la solución salvadora vendrá desde la legislatura nacional, que estudia distintos proyectos destinados a bajar la edad de imputabilidad, haciendo a los menores penalmente responsables. Puede ayudar, pero la lógica vulgar cree ver detrás de ello la posibilidad de recluir a estos adolescentes en lugares similares a las cárceles para mayores. Todas las experiencias locales e internacionales señalan lo quimérico de esta idea.

¿Por qué no probar desde el Estado con una iniciativa específica para esta problemática? ¿No se debería crear una institución, repartición, dependencia, o como sea que se llame, que se enfoque en el problema y haga confluir a la justicia, las fuerzas de seguridad y los organismos de promoción social en un programa común?

Seguramente, no debe ser imposible usar la información policial, llegar a los barrios, promover iniciativas de inclusión para estos grupos específicos –que no deberían ser difíciles de identificar–, presentarse como Estado, llegar con la información sobre las ventajas de transformarse en ciudadanos, promover la inclusión, ofrecer salidas.