Los extremos
EDUARDO VAN DER KOOY
Cristina Fernández está cerca de alcanzar la cúspide, si es que ya no la alcanzó. Falta la rúbrica de las presidenciales del 23 de octubre, aunque las internas abiertas parecieran haber sido un anticipo. Como contrapartida, la oposición ha descendido a su punto electoral más bajo desde la recuperación democrática en 1983.
Salvo en la elección que Juan Perón le ganó al jefe radical Ricardo Balbín en septiembre 1973, por 61.7% contra 24.12%, en ninguna instancia presidencial se produjo una brecha tan grande entre el ganador y los perdedores. Carlos Menem también obtuvo el 50% en la reelección de 1995, pero José Bordón reunió casi el 30% de los sufragios.
Difícilmente esa fotografía –de no mediar un imprevisto– pueda ser modificada de manera sustancial en octubre. Si eso fuera así, los Kirchner habrán establecido una nueva marca en la historia política de la Argentina: la de tres períodos consecutivos con el mismo sello, uno del ex presidente y dos de la actual mandataria. Un ciclo de doce años, impensable para una nación donde siempre las vísperas de la década en el ejercicio del poder augura la llegada de una crisis. Se trataría, sin dudas, de un período por múltiples razones excepcional, donde la economía se ha convertido en un sólido puntal de la política. Sin esa armadura, tal vez, la política partidaria e institucional hubiera sufrido detonaciones de mayores consecuencias. El empobrecimiento político pasa también sin tanta estridencia, quizás, porque los Kirchner anclaron su poder en el Estado antes que en el propio peronismo. El llamado kirchnerismo fluye y se refugia, sobre todo, bajo el calor estatal. Desde allí, el matrimonio supo construir una fortaleza que empequeñeció al resto. En el papel político y económico de un Estado capitalizado como nunca desde 1983, podría buscarse la clave de la arrolladora victoria de Cristina y de la evidente futura ausencia de equidad que existirá entre las diferentes fuerzas políticas.
Cristina se asoma al tercer mandato K con las cualidades de una presidenta nueva, sin el desgaste de los tiempos que la antecedieron y con la identidad de un liderazgo remozado. Enterrada parece haber quedado la erosión política que sufrió hasta el 27 de octubre del 2010, cuando murió Kirchner. Su autoridad de hoy, además, no depende ni fue heredada de nadie. Ese síndrome la acompañó durante casi todo el primer mandato. La Presidenta revalidó su poder con una cosecha de votos como nunca tuvo su marido.
Vicente Palermo, politólogo e investigador del CONICET, ensayó una mirada distinta a las habituales, políticas y económicas, para explicar la dimensión del fenómeno. Sostuvo que en la Argentina ninguna elección se gana por la mitad de los votos si no tiene lugar bajo un clima de época. Pasó con Raúl Alfonsín, que trazó una frontera entre la Argentina autoritaria y la democrática. Sucedió también con Menem, que ligó el fin de la hiperinflación con el supuesto ingreso al primer mundo. Ocurre con Cristina y el kirchnerismo, que habrían instalado la idea de que el país ha dejado atrás los males de los 90, el neoliberalismo fatal, la decadencia y el sometimiento a las corporaciones.
Palermo no señala un aspecto también para ser tenido en cuenta. Los climas de época se construyen siempre con mucho esfuerzo, aunque se suelen disipar, ante las equivocaciones, de una manera vertiginosa. Les ocurrió a Alfonsín y a Menem. Una lección que Cristina debería tener en cuenta para administrar su ahora formidable capital con prudencia, sin los despilfarros de su primer mandato.
La vivienda como prioridad
OSCAR BERTONE
La comidilla electoral se ha empobrecido. Después del aplastante resultado de las elecciones primarias na-cionales, y de algún débil intento de implantar la idea disparatada del fraude, no hay más misterios políticos.
El corrillo político ahora se vuelca a las predicciones sobre las iniciativas que tendrán quienes asuman en diciembre, y una cuestión intenta colarse en la agenda provincial: la problemática de la vivienda.
El fantasma de la recesión en Argentina se diluye, sobre todo después de que en 2008 se pusieron en práctica algunas recetas heterodoxas que tuvieron resultados aceptables, aunque pocos economistas lo reconozcan.
La sensación de que cierta prosperidad va a continuar, es sentida por la mayoría, y algunos datos que no vale la pena referir en profundidad, la certifican. El consumo sigue en aumento y la recaudación de nación y provincia también.
Pero esa madurez no le alcanza, por ahora, para un juego tan complejo como la elección nacional. Llegar al 10% de los votos el 14 de agosto sería, a esta altura, un resultado satisfactorio para él. Aunque no lo diga, sigue más apegado a cuidar su territorio provincial, después de comprobar que todo lo hecho en cuatro años se transformó en un argumento electoral de relativa eficacia: el Frente Progresista no perdió la provincia, pero tampoco arrasó en los comicios. El “efecto Santa Fe” con que soñaban sus seguidores más entusiastas no tiene la incidencia nacional esperada.
En este marco, la falencia de iniciativas activas en torno al déficit habitacional por parte del Estado, empieza a generar una demanda cada vez más activa y vehemente. No sólo cristalizan en ocupaciones de tierras y de espacios públicos para protestar en nombre de los sectores que menos posibilidades tienen para acceder al techo propio; hay otro reclamo más sordo: el de familias jóvenes con empleo y recursos que, sin ser despreciables, no alcanzan para atender el costo de un crédito hipotecario que les permita acceder a alguno de los miles de departamentos que se construyen todos los días en las ciudades más importantes.
Hay un imperativo de orden político: no podrá haber una solución mínimamente sustentable si estos dos grandes frentes de demanda no se atienden en forma simultánea.
Difícilmente, los sectores medios –que siempre se sienten contribuyentes y acreedores del Estado–, acepten una política de soluciones habitacionales masiva dirigida a los de menores recursos, si no se atiende también la demanda de quienes, pudiendo pagar un techo, siguen sin tenerlo.
Contrario sensu, las organizaciones que dicen representar a los más necesitados no van a quedarse de brazos cruzados si el Estado interviene a favor de sectores de ingresos medios que, sin ser extremadamente pudientes, fueran auxiliados por alguna iniciativa oficial.
Le guste o no al gobierno provincial, la única experiencia medianamente exitosa que se ha ensayado en el país para atender al primer sector, la protagonizó el Estado cordobés, que mediante el subsidio de tasas puso en práctica un plan de viviendas junto con su banco provincial estatal. En cuatro años, entregaron más de 5.000 viviendas de calidad, que se pagan con una cuota fija, no mayor a la que correspondería a un alquiler.
Las características del plan fueron publicadas en esta revista en noviembre de 2010. Con banco estatal o sin él, con subsidio de tasa o un mecanismo similar, no podrá pasar mucho tiempo sin que alguna iniciativa del próximo gobierno santafesino se haga pública.
Y para atender las necesidades de vivienda del sector de menores recursos, la dirigencia política deberá reorientar algunos conceptos que están en la raíz de la mora actual.
Uno es la impresión de que existe “una avalancha incontenible de gente que se hacina en las grandes ciudades”, hecho que no reflejan los censos. Rosario sigue sin superar el millón de habitantes, y algunas afirmaciones apocalípticas sobre “el 30% de la población que vive en villas”, no parecen tener mucho asidero.
El Fondo de Población de Naciones Unidas advierte que los pobres formarán gran parte del desarrollo futuro de las ciudades, y que deben respetarse sus derechos a la ciudad (no intentar expulsarlos), y planificarlas de modo “que las familias pobres puedan disponer de un lote con suficiente superficie y acceso a abastecimiento de agua, saneamiento y energía eléctrica y transporte, donde construir su vivienda y mejorar su vida.”
Al mismo tiempo, la ONU previene que “de no emprenderse acciones certeras y masivas, la acumulación de carencias podría llegar a ser inmanejable en muchos países de la región”. En términos más utilitarios y acaso egoístas, cabe preguntarse si esa mano de obra, muchas veces desaprovechada, no será la que permitirá cubrir los puestos de trabajo que el crecimiento demanda.
Está en la idea del próximo gobernador encarar un audaz plan que puede revertir la tendencia de la falta de viviendas. Previamente habrá que desarmar otros prejuicios muy instalados en gobernantes y gobernados. Uno es insólito: creer que en un país como Argentina falta tierra para edificar viviendas; y otro es congénito: suponer que un dirigente iluminado, per se, puede terminar con el déficit.
Es que para resolver cuestiones de Estado, no sólo hay que apelar a la responsabilidad del Estado.