Edición N° 82 - agosto de 2011

Cristina y el peronismo

EDUARDO VAN DER KOOY

El desafío político quedó abierto en el primer tramo electoral grueso que transita la Argentina. Se va abriendo, de modo indisimulado, una grieta que empezaría a separar la construcción política ideada por Cristina Fernández del peronismo tradicional. Sobre aquella histórica y compleja trama partidaria los Kirchner supieron apuntalar su poder desde el 2003.

Las luces de alarma se encendieron después de tres elecciones clave: dos veces en la Capital (primera vuelta y balotaje), Santa Fe y Córdoba. Resultó evidente, en todos los casos, que el voto peronista sufrió una diseminación frente a la propuesta kirchnerista. Cada caso tuvo su particularidad. En Capital, el kirchnerismo puro (o cristinismo) obtuvo en las legislativas la mitad de los votos de su candidato, el senador Daniel Filmus. En Santa Fe, el 20% de los votos peronistas de la interna de mayo emigraron hacia Miguel Del Sel. En Córdoba, José Manuel de la Sota aglutinó a todo el PJ pero dejó claro, con gestos y palabras, que el kirchnerismo es una corriente interna ajena a su dilección.

Esas señales, aunque no impidan a Cristina seguir punteando con holgura la carrera hacia octubre, estarían denunciando una crisis en la consolidación del kirchnerismo como pretendida vanguardia del PJ. La suma de Capital, Córdoba y Santa Fe, superaría con creces el predominio político K en los territorios del norte y del sur argentino.

Tal vez la báscula que pudiera establecer otro equilibrio esté en Buenos Aires. Daniel Scioli oscila siempre entre dos orillas. Mantiene incondicionalidad hacia Cristina pero lanza también señas simbólicas de autonomía: lo hizo con la irrupción de Del Sel en Santa Fe y con la victoria de De la Sota en Córdoba.

El nuevo escenario que comienza a insinuarse obedecería, tal vez, a la mayor audacia de Cristina desde la muerte de Néstor Kirchner. Su determinación de echar al peronismo de los lugares más expectantes, desde los cuales se pueden sembrar expectativas políticas y electorales. Esos despidos, que tuvieron consecuencias en la conducta electoral de Capital, Santa Fe y Córdoba, podrían sintetizarse en dos candidaturas: las de vicepresidente y vicegobernador de Buenos Aires. Amado Boudou y Gabriel Mariotto significan expresiones políticas circunscriptas sólo al criterio de la Presidenta y alejadas del PJ.

La designación de Mariotto como virtual interventor de Scioli, colocó en guardia al peronismo bonaerense. La unción de Boudou inquietó, en cambio, al partido en su conjunto. En la figura extravagante del ministro de Economía, el peronismo creería descubrir la intención de Cristina de digitar su sucesión si, en efecto, triunfa en octubre y si no prospera, tampoco, algún proyecto de reforma constitucional que le permitiera continuar luego del 2015.

En ese punto radica el corazón del conflicto entre Cristina y el PJ, que se manifiesta de manera electoral. En marzo, cuando ganó la reelección en Salta, Juan Manuel Urtubey lanzó su candidatura para el 2015. La misma intención persigue, aún en silencio, De la Sota. En la misma competencia, aunque rezagado ahora, asoma Scioli. El peronismo considera que el ciclo K debería concluir, sin remedio, con el segundo supuesto mandato de Cristina.

El conflicto de fondo que despunta sería, al fin, el que siempre caracterizó al peronismo. El de su incapacidad para generar la sucesión política cuando está en ejercicio del poder. El propio Juan Perón prefirió delegar la responsabilidad en una mujer inepta, Isabel, antes que diagramar otro futuro. Carlos Menem llegó al colmo de elegir la derrota de Eduardo Duhalde, como sucedió, antes que se coronara su heredero. Kirchner pensó una martingala de sucesiones con Cristina, que se vio interrumpida sólo por su muerte súbita. La Presidenta imagina un hipotético delfín –Boudou– que responda únicamente a su tutoría.

Aquel gran conflicto irresuelto del peronismo es, sin dudas, el que refleja, en buena proporción, la inestabilidad y la pobreza política e institucional de la Argentina.

La opción Binner

OSCAR BERTONE

Sin duda, Hermes Binner es una rara avis, de difícil encasillamiento en la fauna política. Aún en plena campaña electoral, y en un mismo acto, después de esgrimir uno de sus argumentos de manual destinado a cosechar votos antikirchneristas en su distrito, se despacha con una cerrada defensa al juez Eugenio Zaffaroni, víctima de una campaña mediática impulsada para limar las posibilidades electorales de la Presidenta.

Las dos declaraciones, aparentemente contradictorias, lo definen. “El Monumento, donde se debe celebrar el aniversario de la enseña patria, se transformó en un acto partidario”, dijo, recordando aquel acto fallido protagonizado por militantes del Frente Para la Victoria el 20 de junio pasado, cuando la agresividad verbal de un grupo de seguidores de Cristina cayó muy mal ante los rosarinos. Es una frase típica de campaña que galvaniza a sus votantes locales.

“Zaffaroni es una de las personas más prestigiosas del mundo, premiado con grandes reconocimientos, que ha escrito 200 libros… Es necesario proteger a la intelectualidad argentina… y no tomar el tema con una actitud circense”, resumió durante el mismo interrogatorio, aun sabiendo que el universo anti K –donde él abreva– clama por la defenestración del juez de la Corte.

Su olfato había advertido que una oleada política de magnitudes de difícil medición se había expresado en la primera vuelta de las elecciones porteñas. “Lo que pasó en Capital Federal debería llamarnos la atención”, prevenía. Y aunque la frase fue repetida, nadie quiso profundizar. Por eso debe haber sido el menos sorprendido cuando el recuento de votos en Santa Fe ponía al debutante Miguel Del Sel a pocos puntos de su candidato Bonfatti.

Pero esa madurez no le alcanza, por ahora, para un juego tan complejo como la elección nacional. Llegar al 10% de los votos el 14 de agosto sería, a esta altura, un resultado satisfactorio para él. Aunque no lo diga, sigue más apegado a cuidar su territorio provincial, después de comprobar que todo lo hecho en cuatro años se transformó en un argumento electoral de relativa eficacia: el Frente Progresista no perdió la provincia, pero tampoco arrasó en los comicios. El “efecto Santa Fe” con que soñaban sus seguidores más entusiastas no tiene la incidencia nacional esperada.

La victoria, algo exigua, le alcanza sin embargo para consolidar su figura como jefe del socialismo. Apegado casi religiosamente a la plataforma que exhibió antes de las elecciones que lo ungieron gobernador, seguramente su obsesión será vigilar a cierta distancia que se complete el plan de obras y de reforma institucional de la provincia, que en algunos ítems recién empieza.

Pero para que nada quede trunco, deberá ayudar a su delfín a sortear un inconveniente mayor que, aunque esperado, no deja de ser amargo. La Cámara de Diputados de la provincia quedó en manos de la oposición, donde se destaca María Eugenia Bielsa, dueña de una cantidad apreciable de votos y de una enemistad personal manifiesta con los socialistas santafesinos.

Quizás la dificultad no sea tan insalvable, pero hasta que no se sienten los nuevos legisladores en sus bancas, lo que va a ocurrir después de las elecciones nacionales que determinen quién gobierna en el país, el escenario es de difícil pronóstico. Tanto como saber qué mecanismo desconocido utilizará el peronismo para evitar el estallido contenido de la caldera interna provincial.

Hermes Binner cumplió con el ritual de acompañamiento de sus aliados regionales. En Córdoba no sólo intentó apuntalar a Luis Juez; trató públicamente de infundirle ánimo luego de una elección que consideró positiva a pesar de la derrota. Redobló la apuesta y se hizo más visible cuando le pidió una reunión a la CGT de Hugo Moyano y se animó a hacer un acto de cierre en el Luna Park, un espacio público que había que atreverse a llenar.

En Buenos Aires, verá en qué puede serle útil a Margarita Stolbizer. Empezó un camino mucho más complejo del que suponían sus seguidores cuando lo convencieron de lanzar su candidatura a Presidente. Su consideración pública trascendió los límites provinciales. No es poco si su pretensión era esa. No alcanza para transformarse, por ahora, en una opción real para el electorado de un país al que le gusta jugar con los fantasmas del pasado.