Fotografía fiel
EDUARDO VAN DER KOOY
La Argentina se asoma a un recorrido electoral importante antes de las presidenciales de octubre. Esperan las votaciones en Capital (primera ronda y el ballotage), Santa Fe, Córdoba y las internas nacionales, abiertas, simultáneas y obligatorias, del 14 de agosto. No son las únicas, aunque por resonancia política sobresalen sobre el resto.
Ese tránsito vertiginoso podría aproximarnos a tres conclusiones: determinar el verdadero humor social que todavía oscila entre la indiferencia y una adhesión clara a Cristina Fernández; precisar los volúmenes electorales de cada fuerza para saber si la Presidenta sorteará la prueba de un golpe o si deberá someterse a una segunda vuelta; descubrir si alguna de la sobreoferta opositora tendrá capacidad de atraer la atención de los sectores sociales que resisten al Gobierno o si ese voto terminará irremediablemente diseminado.
Esas nociones podrían ayudar a imaginar el mapa del poder capaz de alumbrar a partir de diciembre del 2011. Nada de todo aquello, en cambio, lograría revertir el nítido registro de empobrecimiento político y partidario que el Gobierno y la oposición dejaron con sus armados electorales.
Habría una fotografía implacable, en ese sentido, tomada en uno y otro bando. Las ocho candidaturas de la oposición expresan, a modo de rompecabezas, la destrucción del sistema de partidos que tuvo su expresión pico con la crisis del 2001. La construcción unipersonal y casi absolutista de Cristina, reproduciría los trazos principales de la obsolescencia caudillista. De una práctica que, en otros tiempos, se circunscribía a ciertos regímenes feudales anidados en el país. Esa práctica parece haberse extendido ahora como mancha peligrosa.
El comportamiento político de Cristina resultó tan extremo que pareciera haber realzado algunas condiciones que signaron la trayectoria de Néstor Kirchner. El ex presidente fue, como lo es la Presidenta, proclive a la concentración del poder y de las decisiones, a veces hasta orillas patológicas. Pero nunca se animó a soslayar a los principales dirigentes K o al entramado peronista para encarar un proceso electoral. La elección de Daniel Scioli como su vicepresidente fue un ejemplo. La unción de Julio Cobos reflejó todavía una vocación de mayor apertura. Esa fórmula fue clave para el éxito de Cristina en el 2007 –significó el aporte de más de un millón de votos– aunque luego haya resultado un auténtico fracaso como expresión de gobierno.
Era lógico, después de la experiencia vivida en el poder, que Cristina no pensara de nuevo en un ensamble electoral de política mixta. Pero tampoco tuvo en cuenta, en su resolución, al peronismo. Ni siquiera a kirchneristas consumados, varios de los cuales –como Agustín Rossi y José Pampuro– fueron condenados al olvido. Cristina se terminó refugiando en ella misma, en el tiempo que acaba de bautizar como el cristinismo.
Amado Boudou y Gabriel Mariotto, candidatos a vicepresidente y vicegobernador de Buenos Aires, sintetizarían como ninguna otra cosa aquella concepción. La veintena de jóvenes –y no tanto– de La Cámpora incorporados a las listas de legisladores en muchos distritos del país, la completan.
¿Por qué razón Boudou, Mariotto y La Cámpora como proa de la embarcación electoral? Cristina resaltó en todos los casos el valor de la lealtad. La lealtad como una condición excluyente de la política. Un argumento que anticiparía quizás el rumbo de la Presidenta, que desnuda al peronismo y confirmaría el estado indigente de la política.
Se vota por la gobernabilidad
OSCAR BERTONE
Empieza un calendario agotador de elecciones en Capital Federal, Santa Fe, Córdoba, Tucumán, Chaco, y, en la mitad, las primarias generales. El escenario que surja de la suma de esas compulsas, cualquiera sea, va a estar dominado por un dato que ya es un secreto a voces, descontado por los mercados y los informes internacionales que analizan el futuro argentino: Cristina Fernández de Kirchner es, hoy por hoy, la única garantía sólida de gobernabilidad que tiene nuestro país en el corto y mediano plazo.
No evidencia otra cosa el ahora mayoritariamente reconocido fenómeno de la recuperación de la imagen del gobierno nacional, con una aceptación que supera el 50%, más allá de la intención de voto que refleje una u otra encuesta. Dicho en términos oficialistas, amplios sectores de la clase media vislumbran al “modelo” como sustentable para la actual coyuntura. En lenguaje opositor, “el viento de cola fue bien aprovechado por el gobierno”.
Como sea, está en juego el concepto de gobernabilidad, soslayado una y otra vez por mucha prensa, pero subyacente en el discurso de la gente, mucho más metida en la política de lo que se cree.
Muchos jóvenes han recuperado cierto interés por las cuestiones del manejo de la cosa pública, y no sólo de la economía. También las discusiones sobre las elecciones, sobre todo la de octubre, que siempre terminan haciendo eje en el quehacer de la Presidenta, dividen familias, exasperan ánimos, provocan chistes de toda naturaleza, y están presentes en los más diversos ámbitos.
Y en el fondo, si se perdona la simplificación, todo se resume en una pregunta, molesta pero recurrente: ¿Quién está más capacitado hoy para asegurar un gobierno estable en la Argentina?
La Iglesia, el gremialismo, las cámaras industriales, el sector más concentrado de los exportadores, el grupo más reticente de las entidades rurales, suelen reiterar, cada vez más débilmente, reclamos sectoriales u objeciones a aspectos parciales de la vida política o de las decisiones económica oficiales.
Cada uno de esos pronunciamientos suelen ser tomados por el público, pero sólo como expresiones sectoriales, que no logran conformar un discurso apocalíptico como los de hace no más de un año, cuando cada titular de un diario ponía en entredicho el sistema de gestión.
A eso puede deberse también la increíble dispersión opositora, y la debilidad de la opción encabezada por los restos del radicalismo que lidera Ricardo Alfonsín, en busca de dirigentes y caudillos que suelen espantar los votos propios y le impiden conformar una base sólida de electores y de representación ideológica.
Paradójicamente, esa idea del votante, de hacer prevalecer la gobernabilidad por sobre otros valores, favorece en la provincia al Frente Progresista. El gobierno socialista sorteó las dificultades que algunos previeron antes de que asumiera, y le sumó a su capacidad para gobernar algunos otros atributos que hoy pueden parecer secundarios, pero que pasan a primer plano en la consideración popular cuando se supera el nivel mínimo esperado de un gobierno: su capacidad para mantener el funcionamiento del Estado.
El propio Binner advirtió a los pocos días de su lanzamiento como candidato a Presidente, que esa patriada no debía poner en peligro lo conquistado en la provincia. Primero tuvo que aceptar el desgaste al que lo sometió la intempestiva separación de Pino Solanas de la precaria alianza que había constituido. Después entendió que cualquier cosa que diga a partir de ahora será tomada como una declaración de un candidato nacional, y puede ser usado en su contra en la provincia.
Habló de “hiperinflación” y uno de sus propios funcionarios, Jorge Moore, del Instituto Provincial de Estadís-tica y Censos, le enmendó la plana al estimar, en un medio nacional, “que aun siendo preocupante, la inflación parece haber atenuado el ritmo de crecimiento de principios del año”.
Después tuvo que mandar a su ministro de Justicia, Héctor Superti, a aclarar algunos aspectos de la contratación para la impresión de las boletas para implementar el exitoso sistema de boleta única. La acusación era virtualmente una chicana de baja sustancia. No es precisamente Binner un político que necesite aclarar su relación con el grupo Clarín, habida cuenta de sus manifestaciones públicas en torno a la ley de medios audiovisuales.
Difícilmente vuelva a hacer pronunciamientos ásperos antes del 24 de julio. él sabe que la gobernabilidad es un valor demasiado apreciado por los argentinos, acostumbrados a que cada diez años todo se derrumba. Y aun después, si quiere lograr el objetivo de plantarse como una opción nacional visible, nunca pondrá a su retaguardia en peligro. Cree que hay mucho para hacer todavía desde Santa Fe y el interior.