Cuando se juega con fuego
EDUARDO VAN DER KOOY
Los escollos que la oposición aún no logra plantarle a Cristina Fernández en su trayectoria hacia octubre, estarían empezando a asomar, con riesgo, desde la tierra propia. Habrá que seguir en las próximas semanas dos vínculos políticos cruciales del Gobierno: el que mantiene con el sindicalismo histórico; también con la maquinaria más poderosa que conserva el peronismo, Buenos Aires. Ese distrito representa el 38% del padrón nacional electoral. En algún lugar imaginario del universo político, aquellas dos expresiones convergerían en un punto.
El ciclo kirchnerista iniciado en el 2003 mostró al matrimonio Kirchner oscilando entre las estructuras gremiales tradicionales del PJ y las reformistas representadas por la CTA, cuya referencia es Víctor De Gennaro. Ese proceso tuvo dos escalas que significaron un giro oficial: la elección del 2007 que ganó con amplitud Cristina y que solidificó la figura de Hugo Moyano; la elección legislativa del 2009 que el kirchnerismo perdió y que convenció a Kirchner, en medio de la debilidad, a transar de modo definitivo con el viejo sindicalismo.
Moyano logró en todos estos años una acumulación notable de poder. Su gremio, el de camioneros, se transformó en un gran sindicato de logística, absorbiendo afiliados de diversas organizaciones gremiales. Los camioneros disponen ahora de más de 200 mil afiliados.
La Justicia ha colocado a ese gremialismo en estado de alerta. Pocos se mosquearon cuando, hace más de un año, fue detenido el jefe de los bancarios, Juan José Zanola, por la causa de la mafia de los remedios que lleva el juez Norberto Oyarbide. La reacción defensiva gremial fue unánime, en cambio, ni bien el mismo magistrado avanzó sobre Jerónimo Venegas, titular del gremio de los peones rurales. ¿Por qué esa reacción? Porque Venegas representa a un gremio de más de medio millón de afiliados y es el jefe de las 62 organizaciones. La actividad agraria y el transporte de materias primas –por tierra, pues la red ferroviaria fue desmantelada en los 90– son dos de las bases de la actividad económica de este tiempo. Venegas milita con Eduardo Duhalde, aunque eso no fue impedimento para la pública solidaridad de la CGT de Moyano.
La soledad en que quedó otro encarcelado, José Pedraza, estaría explicada, justamente, por aquella reacción corporativa. Pedraza es la cabeza de la débil Unión Ferroviaria. Su encarcelamiento tiene que ver con el asesinato del militante del PO, Mariano Ferreira, y no con la mafia de los remedios. Por esa causa están en la mira las Obras Sociales de casi todos los gremios. En primera línea el de los camioneros.
El sindicalismo peronista no quiere tampoco resignar posiciones políticas en las elecciones que vienen. Por esa razón observan con recelo la brutal guerra interna detonada entre el kirchnerismo y el PJ de Buenos Aires. Los sindicalistas se refugian en el peronismo. Esa guerra involucra, sobre todo, al gobernador Daniel Scioli. Los frentes abiertos son dos. El regreso de las listas colectoras, que la reforma política sancionada por el kirchnerismo en el 2009 dijo desterrar. La polémica sobre la política de seguridad en la provincia más conflictiva de la nación.
Los K alientan al diputado Martín Sabbatella, de Nuevo Encuentro, para que compita “desde la izquierda” contra Scioli (al estilo de lo que Juan Perón hizo en los ‘70 con Jorge Abelardo Ramos) y agregue votos a Cristina por un andarivel paralelo al del PJ. La lucha contra el delito, a su vez, enfrenta la postura ideológica y garantista de los K contra el pragmatismo eterno de Scioli, que se resume en la “decisión y la firmeza” para enfrentar la inseguridad.
Es difícil saber si esas batallas se desarrollarán hasta que haya vencedores y vencidos. O si imperará, en algún momento, una tregua. Es difícil saber si, al final, tendrán o no reflejo en los resultados de octubre. No es difícil aventurar que el kirchnerismo y el PJ estarían, ahora mismo, jugando con fuego.
Resultados previsibles
OSCAR BERTONE
Los escollos que la oposición aún no logra plantarle a Cristina Fernández en su trayectoria hacia octubre, estarían empezando a asomar, con riesgo, desde la tierra propia. Habrá que seguir en las próximas semanas dos vínculos políticos cruciales del Gobierno: el que mantiene con el sindicalismo histórico; también con la maquinaria más poderosa que conserva el peronismo, Buenos Aires. Ese distrito representa el 38% del padrón nacional electoral. En algún lugar imaginario del universo político, aquellas dos expresiones convergerían en un punto.
El ciclo kirchnerista iniciado en el 2003 mostró al matrimonio Kirchner oscilando entre las estructuras gremiales tradicionales del PJ y las reformistas representadas por la CTA, cuya referencia es Víctor De Gennaro. Ese proceso tuvo dos escalas que significaron un giro oficial: la elección del 2007 que ganó con amplitud Cristina y que solidificó la figura de Hugo Moyano; la elección legislativa del 2009 que el kirchnerismo perdió y que convenció a Kirchner, en medio de la debilidad, a transar de modo definitivo con el viejo sindicalismo.
Moyano logró en todos estos años una acumulación notable de poder. Su gremio, el de camioneros, se transformó en un gran sindicato de logística, absorbiendo afiliados de diversas organizaciones gremiales. Los camioneros disponen ahora de más de 200 mil afiliados.
La Justicia ha colocado a ese gremialismo en estado de alerta. Pocos se mosquearon cuando, hace más de un año, fue detenido el jefe de los bancarios, Juan José Zanola, por la causa de la mafia de los remedios que lleva el juez Norberto Oyarbide. La reacción defensiva gremial fue unánime, en cambio, ni bien el mismo magistrado avanzó sobre Jerónimo Venegas, titular del gremio de los peones rurales. ¿Por qué esa reacción? Porque Venegas representa a un gremio de más de medio millón de afiliados y es el jefe de las 62 organizaciones. La actividad agraria y el transporte de materias primas –por tierra, pues la red ferroviaria fue desmantelada en los 90– son dos de las bases de la actividad económica de este tiempo. Venegas milita con Eduardo Duhalde, aunque eso no fue impedimento para la pública solidaridad de la CGT de Moyano.
La soledad en que quedó otro encarcelado, José Pedraza, estaría explicada, justamente, por aquella reacción corporativa. Pedraza es la cabeza de la débil Unión Ferroviaria. Su encarcelamiento tiene que ver con el asesinato del militante del PO, Mariano Ferreira, y no con la mafia de los remedios. Por esa causa están en la mira las Obras Sociales de casi todos los gremios. En primera línea el de los camioneros.
El sindicalismo peronista no quiere tampoco resignar posiciones políticas en las elecciones que vienen. Por esa razón observan con recelo la brutal guerra interna detonada entre el kirchnerismo y el PJ de Buenos Aires. Los sindicalistas se refugian en el peronismo. Esa guerra involucra, sobre todo, al gobernador Daniel Scioli. Los frentes abiertos son dos. El regreso de las listas colectoras, que la reforma política sancionada por el kirchnerismo en el 2009 dijo desterrar. La polémica sobre la política de seguridad en la provincia más conflictiva de la nación.
Los K alientan al diputado Martín Sabbatella, de Nuevo Encuentro, para que compita “desde la izquierda” contra Scioli (al estilo de lo que Juan Perón hizo en los ‘70 con Jorge Abelardo Ramos) y agregue votos a Cristina por un andarivel paralelo al del PJ. La lucha contra el delito, a su vez, enfrenta la postura ideológica y garantista de los K contra el pragmatismo eterno de Scioli, que se resume en la “decisión y la firmeza” para enfrentar la inseguridad.
Es difícil saber si esas batallas se desarrollarán hasta que haya vencedores y vencidos. O si imperará, en algún momento, una tregua. Es difícil saber si, al final, tendrán o no reflejo en los resultados de octubre. No es difícil aventurar que el kirchnerismo y el PJ estarían, ahora mismo, jugando con fuego.