Los caminos de Cristina
EDUARDO VAN DER KOOY
Es muy probable que la Argentina ingrese en un paréntesis político y electoral hasta después del verano. Esa afirmación se apuntalaría en cuatro razones. Por un lado, la perduración del impacto emocional colectivo que provocó la muerte súbita de Néstor Kirchner. También el periodo natural de acomodamiento que demandará a Cristina Fernández su nueva triple función: la de Presidenta, que venía desempeñando, la de conductora del peronismo, que estará obligada a validar y, a la vez, la de administradora de un sistema de construcción política y de poder de alta complejidad, que descansaba sólo en manos del ex Presidente.
El año parlamentario, por otro lado, quedó clausurado con un triunfo estratégico del kirchnerismo que consistió en la paralización virtual del Congreso. De hecho, sólo dos leyes de importancia fueron sancionadas por ambas Cámaras: la del matrimonio igualitario y la del 82% móvil para las jubilaciones mínimas, que Cristina terminó vetando. La última razón de aquel posible paréntesis habría que buscarla en la oposición: ese espacio voló por el aire con la muerte de Kirchner y retornó a un estado de honda indefinición, de pérdida de identidad, similar al que tenía antes de las elecciones legislativas del 2009.
La Presidenta podrá aprovechar todo ese tiempo de hipotética tregua para planificar su futuro político y su destino de vida. Una cosa se entrelaza con la otra. Su futuro político tiene relación, de manera excluyente, con la posibilidad de la reelección en el 2011. Pero antes Cristina deberá resolver si su situación personal, familiar y afectiva está acorde con el desafío en ciernes, o si prefiere cerrar el año próximo quizás en la cima de la consideración social, el ciclo de kirchnerismo en el país que en el 2003 inauguró junto a su marido.
Sólo corresponde, en este caso, correr el velo de las especulaciones políticas. La Presidenta tendría, en el corto plazo, dos perspectivas seguras: la considerable mejora de su imagen, según la unanimidad de las encuestas, espoleada en gran medida por la tragedia de Kirchner ; el silencioso y disciplinado acompañamiento del PJ, que perdió a su jefe natural pero que no parece dispuesto a presentarle ahora mismo problemas a Cristina. Esas dos circunstancias, unidas, potencian la figura presidencial.
El sostenimiento de aquella buena imagen dependerá de la gestión de Gobierno en los diez meses que restan hasta las elecciones. Si logra ese objetivo, ningún peronista desertará, porque se mantendrá la expectativa existencial de la permanencia en el poder. Existe para esa jungla peronista un condimento adicional: Cristina podría ser desde el 2011 una Presidenta a plazo fijo, sólo con cuatro años por delante. La mayoría de los que aspiran a sucederla –entre ellos, Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires– estarían en buenas condiciones biológicas de esperar ese lapso.
En esas aparentes fortalezas de la Presidenta, sin embargo, se ocultarían sus propias debilidades. La expiración anunciada del poder con tanta antelación podría desatar las luchas internas en el peronismo. Esas luchas, según enseña la historia, suelen trasladarse al Gobierno. En ese caso, amenazarían a Cristina con un epílogo de su carrera menos glamoroso que el que proyecta esta época.
La apertura de una sucesión en el 2011 tampoco presentaría para el peronismo una resolución sencilla. El kirchnerismo, en ocho años de poder, no ha generado ninguna herencia al margen de los Kirchner. El postulante mejor posicionado es Scioli: pero el gobernador bonaerense no representa –a priori– el gusto político de los kirchneristas puros. Todo un dilema y un conflicto potencial.
El peronismo no es, tampoco, protagonista exclusivo de la escena. El tiempo de las candidaturas, aun con todas sus flaquezas, terminaría por conceder algún orden al desflecado arco opositor.
Ahora es posible observar en la Argentina sólo la fotografía política del luto, la Presidenta, el peronismo respetuoso y una oposición sin norte. Pero esa fotografía sería apenas un tramo de la película a la que le restan aún diez meses.
Jugando con fuego
OSCAR BERTONE
Quizás la decisión de Hermes Binner de anunciar su preferencia por Antonio Bonfatti para que lo suceda en el cargo de gobernador, no se haya ajustado a la ortodoxia de estilo. La sinceridad, es sabido, tiene a veces costos altos en política.
Y si alguna virtud tuvo aquella actitud de adelantarse y pedir que su ministro más cercano lo continúe como gobernador, fue la sinceridad. Nadie puede señalar que Binner actuó sorpresivamente, porque durante meses, quizás años, había dicho a quien quisiera escucharlo en confianza lo que pensaba sobre su sucesión. Quien esto escribe es testigo directo.
Si alguien se hizo el sorprendido, sobreactuó. El gobernador se había encargado de filtrar su opinión delicada pero insistentemente. Su idea es elemental: considera que Antonio Bonfatti es quien le puede garantizar que el plan de obras públicas y la reforma hasta el tuétano del sistema judicial, continúen durante cuatro años más, cerrando un ciclo de transformación en la provincia.
Ni siquiera alimenta el sueño de concurrir al corte de cintas inaugurales de emprendimientos cuya terminación se producirá más allá del 10 de diciembre del 2011. No es un dato histórico menor su ausencia en el acontecimiento más preciado que dejó en manos de su sucesor en la intendencia de Rosario: Binner no estuvo en los actos del Congreso de la Lengua, una tribuna de impacto garantizado peleada a codazo limpio por las figuras políticas en 2004.
Pero desconfía de que un eventual sucesor pueda (o quiera) hacerse rápidamente de la expertise suficiente como para terminar una serie de obras que considera refundacionales para la provincia. Son siete hospitales, cuatro de ellos de proporción regional; quince escuelas, dos acueductos que duplican en costo al recientemente inaugurado por el gobierno nacional, y el ansiado Puerto de la Música. No se trata sólo de ladrillos, porque la reforma del sistema judicial consume un tiempo y una enérgica y constante presión sobre un establishment que resiste cada paso.
Dice haberle explicado hasta al cansancio a Mario Barletta que un ciclo de transformación no alcanza su maduración en cuatro años, y pone como ejemplo a Rosario. Se lo ha dicho con el doble propósito de que entienda que la gestión del intendente santafesino podría marcar historia, y para que postergue sus aspiraciones a la Casa Gris.
Pero esos argumentos no causaron efecto, y un día el gobernador se despertó para ver las calles de las principales ciudades de Santa Fe empapeladas con un afiche literalmente apócrifo, donde aparece sonriente al lado del intendente capitalino. “Barletta a la Provincia; Binner a la Nación” fue la inscripción elegida por un nada inocente creativo para titular el pliego propagandístico.
“No me disgustó, pero me hizo acordar al morajú”, replicó Binner, aludiendo en lenguaje mocoví al tordo que se caracteriza por no construir sus propios nidos y depositar los huevos en los nidos de otras especies.
La caracterización ornitológica no arredró al siempre sonriente intendente capitalino, que no esquivó las fotos con dirigentes radicales como Jorge Boasso, que supo calificar al gobierno municipal de Binner como “el más corrupto de la historia de Rosario”, o los aristas Carlos Comi y Pablo Javkin, espadachines locales de la intolerante Elisa Carrió.
Su frente interno partidario tampoco luce sólido. Los dientes apretados del resignado Miguel Lifschitz, el persistente jugueteo mediático de Rubén Giustiniani y la pléyade de precandidatos a intendentes socialistas con poco ascendiente popular para el estratégico distrito Rosario, no cierran un panorama auspicioso para un gobernador que sigue conservando una buena imagen en todo el territorio provincial, pero no puede ser candidato.
Las elecciones provinciales se adelantan a las nacionales, y la notable mejora de la imagen del gobierno de Cristina Fernández anuncia que el kirchnerismo no entregará tan fácilmente un territorio clave como el santafesino. La interna del Frente Progresista tiene límites que no pueden traspasarse sin riesgo electoral posterior. Muchas experiencias locales e internacionales así lo enseñan.