Acomodar todo de nuevo
EDUARDO VAN DER KOOY
Sucedió un terremoto, aunque el suelo no se haya estremecido. Murió el hombre que manejó por ocho años el país. Murió el ingeniero excluyente del poder en la Argentina. Murió el domador de un partido, el peronista difícil de amansar. Murió también, a modo de paradoja, el hombre que fomentó alrededor suyo la construcción del arco opositor. Murió un presidente, un ex presidente, un ministro de economía y muchas cosas más. Murió un hombre que marcó con la undécima letra del abecedario (la K) casi una década de la política en la Argentina. Murió un hijo dilecto, también, del gran derrumbe del 2001.
Se comprende por qué razón la política argentina, de punta a punta, deberá reconfigurarse. La muerte de Néstor Kirchner podría liberar, de repente, todo aquello que concentró por años entre sus puños de hierro. Ningún balance podrá estar exento de una sobredosis de subjetividad, porque la concentración de tantas cosas en la vida pública, como tuvo el ex presidente, induce siempre a las arbitrariedades. Y las arbitrariedades, sin excepciones, despiertan odios y despiertan amores. Habrá que preguntarse si es posible la construcción de una nación íntegra sobre esa parva de pasiones.
La irrupción de Kirchner dejó, entre infinidad de cosas imposibles de abarcar en un trazo, tres huellas bien gruesas. Fue el reconstructor de un país -tomado antes con destreza por Eduardo Duhalde- que estuvo en el 2001 a punto de su disolución. Fue también quien repuso al Estado en una función colectiva de la que había desaparecido durante la década de los 90. Fue, además, quien intentó recrear el sentido de la política barrido cuando aquí y en el mundo se proclamó, con frivolidad, el fin de las ideologías.
Su mayor obra, sin embargo, estuvo salpicada por enormes claroscuros. En la reconstrucción invalorable repuso la noción de orden y autoridad que se habían extraviado con la caída de Fernando de la Rúa. Fue en ese tiempo una máquina de decidir, casi de modo autocrático. Sirvió, porque sólo una frágil formalidad de la democracia sobrevivía entonces sobre las ruinas de la crisis.
El problema surgió cuando la Argentina empezó a tomar ciertos rumbos de normalidad. Kirchner no supo o no quiso amoldarse a ese cambio. Convirtió lo que debió ser transitorio en definitivo y deformó la edificación política del tiempo nuevo. Esa deformación tuvo mucho que ver luego con las confrontaciones incesantes.
Con el papel del Estado también ocurrieron distorsiones. Carlos Menem desguazó salvajemente aquel Estado, condenando a la sociedad a la indefensión y allanando al camino a los poderes de facto. Kirchner rehizo ese Estado con la misma lógica con que había llegado a agotarse en la década de los 80. Pero lo nutrió de herramientas que le sirvieron, sobre todo, para la consolidación de su poder.
Hubo una matriz nunca desmontada que identificó —aunque a muchos pueda sonarles ingrato— a Kirchner con Menem. Esa matriz fue la de la corrupción. Menem la espoleó alrededor de las privatizaciones; Kirchner con la obra pública y el abultamiento del capital del Estado, el mayor que haya manejado un presidente desde la recuperación de la democracia.
Su reivindicación de la política, al fin, también resultó parcelada. Poseyó un discurso que, con empeño, fue en esa dirección. El mismo empeño demostró para volcar la política en forma de mitines callejeros. Pero quedó la impresión, tras su muerte, de que esa tarea se detuvo allí. Kirchner pareció, mucho más, un hombre del poder que de la política. Aunque exista en esa división un límite difícil de establecer. Un dirigente que respetó, a rajatabla, el legado recibido en su indiscutida cuna peronista.
Si así no hubiera sido, varias de las consecuencias de su muerte repentina no se estarían debatiendo ahora en la Argentina con la intensidad con que se hace. No se hablaría tanto del enorme vacío que dejó. No existirían tantas sombras en torno a lo que pueda suceder con el peronismo y los sindicatos. No se visualizaría tal vez, tampoco, la desnortada oposición que permanece. No se dudaría sobre cómo podría hacer Cristina Fernández para administrar el legado del poder que le dejó Kirchner. En síntesis, pocos dudan de que la política, partidaria e institucional, no está ahora mucho mejor que en los tiempos posteriores a la gran crisis.
Cristina deberá hacerse cargo de todo. La Presidenta ha sido siempre dirigente de bancas, debates o academias: deberá transitar también el lodazal diario que significa el poder, y que Kirchner hacía sin importarle la inmaculidad.
Nada indica todavía que vaya a explorar algún sendero diferente por el que anduvo junto a su marido. “No vamos a cambiar justo ahora”, dijo cuando había concluido el funeral de Kirchner.
Le aguarda, entre tantos desafíos, la necesidad de ordenar a un peronismo que siempre se convierte en peligro latente cuando carece de jefe o de caudillo. Esa tarea deberá desarrollarla además en medio de un año electoral. De continuidad o no de su proyecto; de continuidad o no del peronismo en el poder.
El peronismo ha reaccionado como reacciona siempre frente a una demostración popular como fue el sepelio de Kirchner: replegándose y mostrándose sumiso. El sindicalismo de Hugo Moyano respondió, con matices, de manera parecida. Llamando incluso a una tregua social. Pero entre ese peronismo y el líder camionero existe una competencia política en la cual Cristina deberá interceder.
La Presidenta no será de arranque, en cambio, como lo era su marido, casi el motivo del ser opositor. Aunque de sus pasos dependerá que ese fenómeno no vuelva a repetirse. La oposición está obligada a rastrear otra razón de aquel ser. Está obligada a aceptar que ha nacido otra época política. Con las cosas fuera de lugar. Como les ocurre a todos.
Sucedió un terremoto y empieza el momento de la reconstrucción.
Kirchner y Rosario
OSCAR BERTONE
Néstor Kirchner partió de este mundo sin terminar de entender la compleja geografía política santafesina. La primera vez que llegó a Rosario como precandidato a presidente, a principios de 2003, buscó el apoyo de Jorge Obeid; no lo pudo encontrar.
En aquella oportunidad, quien había sido como él, ex militante de la Juventud Peronista en los años 70, era ahora candidato a la gobernación, pero rehuyó el encuentro. “Avísenme en qué hotel se aloja, así lo evito”, le dijo a un conocido periodista local, cuando le preguntó si iba a participar del acto de lanzamiento de la campaña del Frente Para la Victoria. Esta era una provincia menemista, gobernada por Reutemann.
Cuando el santacruceño ya se había asegurado la Presidencia, Obeid, que lo había evitado meses antes, hizo su campaña provincial junto a Kirchner, distanciándose por unos meses de Reutemann, aunque todos seguían más o menos juntos gracias a la inefable ley de lemas.
Pasaron dos años hasta que se consolidó la figura de Agustín Rossi como el más determinado operador del oficialismo nacional en la provincia. Mientras, el santacruceño parecía tener una relación más cordial con los socialistas que con los pejotistas santafesinos. ¿Quién no recuerda la palabra transversalidad?
BINNER
Una anécdota que define esa relación fue la resolución instantánea a favor de que Rosario fuera sede del Congreso Internacional de la Lengua.
“Jesús Silva, el ex cónsul de España en Rosario, me llamó una noche para advertirme que Rosario tenía antecedentes como para que se transformara en la sede del Congreso de la Lengua, sobre todo porque era costumbre de la Academia que estos encuentros se lleven a cabo en ciudades que no son capitales de países”, recuerda Binner, que en aquel momento era intendente.
“Allí nomás, lo llamé a Kirchner para pedirle una entrevista por este tema; él recién había asumido. Me escuchó, lo llamó a Alberto Fernández y le dijo que preparara inmediatamente la papelería para que se designara a Rosario como sede. Ni siquiera me pidió un par de días para pensarlo”, cuenta Binner agradecido.
En cuanto a las imágenes políticas más determinantes de Kirchner en los últimos tiempos, Binner destaca: “Siempre las últimas imágenes pesan más fuerte en el recuerdo; y yo no puedo olvidar la rapidez con que convocó a los presidentes cuando estuvo en peligro la democracia en Ecuador”. Cuando le recordamos que la prensa argentina en general calificó a aquel incidente internacional como un hecho menor, el gobernador es terminante: “No sé lo que dijo cierta prensa; lo que yo creo es que si no nos movíamos rápido teníamos otro caso como el de Honduras, con un golpe de Estado institucionalizado”.
LIFSCHITZ
A Miguel Lifschitz le tocó convivir casi una luna de miel con Néstor Kirchner. Fueron aquellos primeros días de su intendencia, con la decisión tomada ya de hacer el Congreso de la Lengua en Rosario y la distancia del Presidente con el gobernador Obeid. En esos momentos, Binner había perdido la elección a gobernador y Agustín Rossi era sólo un concejal destacado de la ciudad.
“Dejó una huella muy fuerte”, reconoce Lifschitz. Y enumera: “La profundidad de la huella está vinculada a la decisión de que sea la política la que determine el rumbo del Estado; a la actitud de independencia económica internacional; la puesta en marcha de muchas industrias; el recupero del respeto de los derechos de los trabajadores; las iniciativas por la inclusión; son decisiones fuertes que dejan una impronta positiva…”
Escarbamos en la historia de aquellos días, cuando era público el coqueteo entre el gobierno nacional y los socialistas santafesinos. Lifschitz lo recuerda y lo reconoce, pero fija los límites: “En aquel momento, flotó una idea de apertura del peronismo hacia otros sectores, bajo el rótulo de la transversalidad; pero no llegó a concretarse, ya que después el gobierno se recostó sobre lo más orgánico del peronismo.”
“Nosotros somos dialoguistas siempre, pero yo nunca me hice ilusiones con ese tipo de frentismo; porque cuando el peronismo hace un frente, termina destruyendo al partido aliado”, asegura. “De todos modos, esos años fueron de mucho diálogo y, como consecuencia, de muchos logros”.
ROSSI
Dos que sí tuvieron una relación intensa fueron Agustín Rossi y el ex presidente. En la elección de 1985, Rossi aceptó presidir la lista de diputados nacionales. Ese período de la historia política nacional marcó definitivamente la relación entre el santacruceño y el peronismo santafesino. Se habían negado a encabezar aquella lista de legisladores nacionales un delfín de Reutemann, Horacio Rosatti, y otro de Obeid, María Eugenia Bielsa.
El Presidente no era de perdonar ese tipo de desplantes. Seguramente, los protagonistas de aquellos hechos no calcularon la dimensión política posterior de Kirchner. Cada uno llevaba sobre el lomo dos elecciones ganadas en la provincia. ¿Por qué se iban a poner a las órdenes de un ignoto mandatario patagónico? Carlos Reutemann sólo aceptaba órdenes de Carlos Menem; y Jorge Obeid obedecía a Eduardo Duhalde. A veces los triunfos territoriales, en vez de abrir las mentes de los dirigentes hacia perspectivas más amplias y universales, abonan una visión aldeana de la política.
Con la misión de construir una opción justicialista en Santa Fe, Agustín Rossi no sólo fue el primero en la lista de diputados nacionales, sino el jefe de la bancada del Frente Para la Victoria, cargo que jamás abandonó, y al que se dedicó, en buenas y malas, aportando puntillosamente a lo solicitado por su mentor político. Y desde allí, también se le ordenó rearmar al partido en la provincia, lejos de Obeid y de Reutemann.
En octubre de este año, antes de la muerte de Néstor Kirchner, Rossi era víctima de una movida mediática atribuible a Juan Carlos Mazón, un oscuro operador político de secular llegada a la Casa Rosada. Según la promocionada operación, con algún alcance en los medios del interior provincial, Kirchner promovía las candidaturas de Rafael Bielsa, Jorge Obeid y Omar Perotti, que debían competir contra Rossi en una interna por quién terminaría postulado como candidato a gobernador por el justicialismo.
El jefe del bloque de diputados del Frente Para la Victoria ni siquiera tuvo tiempo de pensar en cómo enfrentar tal disparate. La noticia del 27 de octubre lo arrasó. Tuvo por lo menos 24 horas de desborde emocional. Nada escandaloso, sólo desolación. Cuando pudo verbalizar algún pensamiento, más allá de los bocetos habituales de cualquier responso hacia un amigo, describía el tono de sus reuniones con el jefe: “Era un gran motivador; todas las conversaciones con Néstor terminaban con resultado positivo. No sólo porque te daba ánimos, sino porque te convencía de que él estaba seguro de que las cosas que proponía iban a salir bien.”
LO POCO QUE CONOCÍ
Dos o tres veces pude hablar con Néstor Kirchner. Capté a un tipo de un lenguaje tan llano que podía llevar a engaño. Su prosa no era ni pulida ni grosera, pero se le advertía siempre la intención de buscar una palabra o frase adjetivadora para cerrar un tema. Debió haber sido de mucha tertulia cafetera, porque tenía el chistecito o la ironía –casi nunca cruel– a flor de labios.
Cuando lo entrevistamos en Río Gallegos en 2003, horas antes de que Carlos Menem anunciara que abandonaba la puja presidencial, me cautivó sin vueltas su simpleza, su hábitat familiar, un entorno sin lujos ni atributos de hombre político con poder, la mesa en la sala de espera de la gobernación con su enchapado ordinario.
Por supuesto, no le creí cuando él, el equivalente a un tipo rosarino de barrio que fue a la Universidad pero que nunca se fue del barrio, dijo con cierta solemnidad: –Algo que jamás voy a permitir es que el Estado tenga déficit fiscal. No creía que un tipo que venía de la izquierda le diera tanta importancia a una obsesión económica (teórica) de los conservadores.
Volví de Santa Cruz con una opinión positiva sobre él, pero muchas dudas. Un hombre con perfil socialdemócrata y consignas sencillas había llegado hasta allí casi por descarte, de la mano de Eduardo Duhalde, omnipresente constructor y destructor de liderazgos y de estabilidades institucionales. ¿Cómo iba a deshacerse de esa pesada sombra? En el centro del poder político del país tenía sólo dos funcionarios leales, casi desconocidos: Alberto Fernández, de Capital, y Carlos Kunkel, de provincia. ¿Cómo iba a gobernar? Por cierto: también lo acompañaba, aunque frente a la tarea a emprender no parecía tan relevante, su mujer, Cristina Fernández.
El escepticismo, ese atributo que se supone hace a los periodistas más profesionales, también los hace equivocar. Sobre los poco más de cuatro años del gobierno que allí empezaba, ya escribió Alberto Fernández.
Pero la reivindicación de la política que dejó indeleble en todos los argentinos Néstor Kirchner, será imborrable; además, de nuestra historia como país.
Palabras de emergencia para despedir a Kirchner
ALBERTO FERNÁNDEZ
Revisemos algunos datos para poder entender mejor el problema que enfrentamos. En mayo de 2003, Argentina estaba en default, su deuda externa representaba el 150 % del PBI y en el Banco Central languidecían escasos 8.000 millones de dólares en concepto de toda reserva. La relación con los organismos internacionales de crédito estaba paralizada y la deuda que existía con ellos estaba en mora. El 60 % de los argentinos había quedado atrapado en el corral de la pobreza y uno de cada cuatro padecía el de-sempleo. Los genocidas inexplicablemente gozaban de la libertad y estaban a punto de beneficiarse con un perdón absoluto merced a la vigencia plena de los indultos y de las leyes de amnistía que el máximo tribunal del país preanunciaba.
En diciembre de 2007, Argentina era muy distinta. Su economía ya no estaba en default. Su deuda externa estaba regularizada, y se había reducido tanto que para entonces representaba poco más de la mitad del PBI. En el Banco Central se acumulaban 50.000 millones de dólares después de haber pagado más de 20.000 millones de dólares a organismos internacionales de crédito y de haber saldado íntegramente la deuda con el Fondo Monetario Internacional. La pobreza se había reducido al 25 %, y el desempleo a sólo un dígito. El sistema legal del perdón fue anulado, y los cultores del terrorismo de Estado fueron sometidos al juzgamiento de tribunales ordinarios.
En esos cuatro años, la Argentina creció ininterrumpidamente a un ritmo del 8 % anual sin déficit fiscal ni comercial. Los planes sociales se redujeron a un tercio de los existentes al comienzo del período y se crearon cuatro millones de empleos.
Es evidente que hubo dos Argentinas. Tan evidente como que hubo un límite exacto entre las dos, que operó como un antes y un después. Ese límite se llamó Néstor Kirchner.
Kirchner llegó a la política argentina teniendo en claro que para cambiar el país era imperioso romper una serie de reglas impuestas. Nunca participó de la idea de lo “políticamente correcto”. Siempre tuvo en claro que era necesario dar batallas enormes para poder romper muchas de las estructuras que mantenían al país en estado de postración permanente.
Con semejante bagaje de coraje, nunca en el gobierno actuó desconociendo el escenario en el que se movía. Sabía que no contaba con mayorías parlamentarias y por eso dedicó gran parte de su gobierno a fortalecer la estructura política que fuera capaz de sostenerlo. Tanto es así que en procura de fortalecer la gestión incorporó a la misma a dirigentes partidarios. Vivía con la preocupación constante de ampliar los límites del espacio social que lideraba pensando en la pluralidad como herramienta. “Somos dueños de una verdad relativa que, confrontada con otras verdades, nos permitirá alcanzar una verdad superadora”, repetía.
Con semejante amplitud de criterio, en sus días de presidente tuvo la singular capacidad de saber escuchar la demanda ciudadana y de ponerse al frente de ese enorme colectivo social. Encabezó el reclamo popular y así removió a los “jueces de la mayoría automática” para poner en ese lugar a magistrados probos y técnicamente reconocidos. Encabezó el reclamo popular, y contra la voluntad de muchos en la política, sentó a los genocidas en el banquillo de los acusados. Encabezó el reclamo popular y acordó con los acreedores del Estado tras someter sus créditos a una quita del 75 %. La lista podría seguir.
Administró las cuentas públicas con el rigor que no tuvieron los mismos ortodoxos que reclamaban “severidad en el manejo de los recursos fiscales”. Recompuso el enjuiciamiento de los genocidas con la decisión que no tuvo la izquierda.
Precisamente, fueron todas esas acciones las que le permitieron lograr la adhesión social de que gozaba el día en que culminó su labor de gobierno. Puso la racionalidad a la gestión económica. La misma racionalidad que los mismos ortodoxos que la pregonaban nunca le pusieron. Impulsó el castigo a la violación de los derechos humanos. El mismo impulso que ningún político progresista fue capaz de darle al tema.
Fuera del gobierno, hubo un Kirchner diferente. Más errático. Con serias dificultades para encontrar su lugar en el escenario político. En la búsqueda de su nuevo destino, fue presidente del justicialismo y candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Como consecuencia del resultado electoral de junio de 2009, renunció a aquella presidencia. Después reasumió. Más tarde se incorporó a la cámara baja para ocupar el lugar por el que había sido electo, y no conforme con ello, también asumió la secretaría ejecutiva de la UNASUR.
En ese tránsito circular, encaró muchas batallas que para algunos de los que lo acompañamos desde el inicio fueron muy difíciles de entender. En esas luchas, dejó parte de la adhesión social que acumulaba.
A pesar de tantas ida y vueltas, con una oposición atomizada y confundida, nunca dejó de ocupar el centro de la escena política. Fue el punto referencial de la política argentina hasta el mismo instante en que lo sorprendió la muerte. La dirigencia se posicionaba más cerca o más lejos de Kirchner. Por eso, para muchos que hicieron de la confrontación con Kirchner su principal objetivo político, su muerte los dejó sin sustento. Pero además, también han quedado sin sustento muchos de los que lo acompañaron incondicionalmente y hoy no saben cómo seguir.
Pero por fuera de todo ello, en sus últimos años Kirchner cumplió una tarea primordial para el gobierno. Fue su gran constructor político. El que mantenía los cimientos en el que se erigía el poder institucional de Argentina. El hombre que articulaba acuerdos y sostenía adhesiones con muchísimo esfuerzo.
Esa fue una labor fundamental que el gobierno “tercerizó” en Kirchner. Vivió esos últimos años con la permanente preocupación de que el gobierno de Cristina se consolidara y avanzara en momentos en que las circunstancias lo sometían a un incansable debate público. Con todo, siempre se arremangó y se sobrepuso a todas y cada una de las dificultades que se le opusieron en el camino, y de ese modo, siempre sacó a flote al gobierno tras cada una de las tormentas en las que se metió. Fueron muchas las veces en que lo consideraron vencido y finalmente revivía.
Cuando el tiempo pase y la historia se escriba, ninguna de estas dificultades últimas que debió enfrentar Kirchner borrará lo trascendente de su paso por la política nacional. El saldo de su vida pública es evidentemente positivo, y es eso lo que explica el nivel de apoyo que se expresó en las calles una vez conocido su deceso.
No me es fácil escribir sobre él. Simplemente porque fue mi amigo. Uno de esos hombres que siempre están para dar una mano. Pero tampoco me es fácil porque también fue un maestro en el difícil arte de gobernar un país por momentos tan complejo como es la Argentina.
Kirchner fue un líder político pero nunca dejó de ser ese hombre. Fue pasional e impetuoso, siempre irreverente, profundamente osado y a veces testarudo en sus errores.
Junto a él protagonicé la más maravillosa aventura que pueda vivir un hombre de la política argentina. La búsqueda de la presidencia y el gobernar el país.
Algo que supo hacer como ningún otro de la democracia. Y estoy seguro de que así será recordado.
(*) Ex Jefe de Gabinete de Ministros de la Argentina
Hip City
EDUARDO REMOLINS
¿Qué se puede visitar en Salto?”, le preguntamos al mozo del restaurante en la pequeña localidad uruguaya. “Muchas cosas”, nos respondió, con marcado orgullo local. “Aquí nomás, a la salida por la ruta, hay un Carrefour muy grande. Dicen que de los más grandes del mundo”.
La respuesta era simpática, sin dudas, pero demostraba el abismo que había entre lo que valoran los habitantes de un pueblo y los turistas venidos de una ciudad más grande. Nosotros esperábamos que nos indicaran paisajes bucólicos, angostas callecitas empedradas o placitas con farolas antiguas y casas coloniales. Ellos admiraban la modernidad y los aires de ciudad. Y en Salto la modernidad era el Carrefour.
Ya pasaron seis o siete años de la anécdota pero sigue pareciéndome el mejor ejemplo de lo que llamaría (y lo digo sin ningún tipo de maldad), provincianismo en estado puro.
Hace veinticinco años, más o menos, Rosario, aunque más grande, era también bastante provinciana. Luego de un pasado dorado en el que fue la ciudad con mayor porcentaje de extranjeros del país, con buques de pasajeros que cubrían directamente la ruta de Rosario a Italia, la ciudad se cerró sobre sí misma.
Rosario era el destino al que se llegaba como viajante de ventas o para pernoctar en viaje hacia destinos turísticos del norte. Hablar en esos días de turismo local era tentar al sarcasmo. ¿Turismo? ¿Para ver qué?
Un cuarto de siglo después Rosario ha cambiado bastante. La “ciudad de espaldas al río” se ha transformado casi en un balcón corrido sobre el Paraná que, con sabiduría y a diferencia de otras ciudades, preservó grandes espacios públicos y creó un corredor verde que hoy le da personalidad y atractivo.
El correlato de esas transformaciones urbanísticas, la renovación y ampliación de la plaza hotelera, la construcción de centros de congresos y la promoción de sus actividades culturales, es que la ciudad recibe un número de turistas que se va aproximando al millón anual.
Más importante aún, la percepción que se tiene de Rosario ha dado un salto de proporciones, pasando de ser la ciudad asociada a los problemas económicos y sociales del país, a lo que en inglés se denominaría “hip”. Una “hip city” es una ciudad que tiene un movimiento cultural vibrante, una urbe interesante para visitar y conocer, un lugar con servicios modernos y atractivos.
Un indicio de esta nueva percepción es que el diario La Nación publicó hace pocas semanas, en base a consultas con expertos en turismo y sus propios lectores, una especie de “Top 40” de los destinos turísticos nacionales. En esa lista, aunque parezca extraño, figura Rosario. La nota se llamó “Las 40 experiencias que hay que vivir una vez” y lo más llamativo es que entre recomendaciones para avistar ballenas en Península Valdés, esquiar en Las Leñas o visitar las Cataratas del Iguazú de noche, “Pasar un fin de semana en Rosario” es una de las poquísimas experiencias urbanas que se mencionan.
Esto sirve para distinguir cuál es nuestro perfil turístico. La provincia de Córdoba, por ejemplo, tiene dos menciones en la lista (las Altas Cumbres y Cuchi Corral), que definen el perfil de su turismo: rural y paisajístico. No hay menciones, sin embargo, a la ciudad capital. Tampoco a la ciudad de Mendoza, cuya belleza es innegable y reconocida. ¿Por qué no existen esas menciones? No porque no las merezcan sino porque Rosario se ha vuelto “hip”. Le queda cerca a la mayoría, tiene intensa vida cultural y nocturna y en ciertos círculos, para qué negarlo, está de moda.
TODO LLENO
Este cambio favorable en materia turística es lo que ha alimentado en los últimos 6 o 7 años un reconocimiento local del potencial turístico de la ciudad. Una especie de revaloración interna, en gran medida sana y necesaria.
Sin embargo, a la par de esa legítima revaloración se ha instalado también en algunos ámbitos una suerte de autocomplacencia que no es tan sana. Es la sensación de satisfacción y achanchamiento de quien se relaja en los logros obtenidos, como si fuesen el non plus ultra del progreso.
Esa actitud nos acerca peligrosamente al mozo uruguayo que citaba al comienzo. Felicitarnos mutuamente porque hemos logrado transformarnos en un destino turístico local es bueno, pero si exageramos nos puede hacer caer en un provincianismo casi cómico.
“La plaza hotelera repleta para el fin de semana largo” es ya un título repetido. Festejable, por supuesto. Pero no es para creernos que estamos en el mismo club que Barcelona o San Francisco. Somos una “hip city”, pero aún de cabotaje.
El punto es ¿hasta dónde vamos a llegar? O mejor dicho ¿hasta donde queremos llegar?
Que durante los fines de semana la ciudad se llene de compatriotas que compran en los shoppings, pasean por la Costa Central y van a la noche al teatro es bueno, pero no es el pináculo de nada.
Déjenme explicarlo así: si en una cena en Nueva York o en Londres alguien dice: “México DF” todos sabrán de qué habla; si dice: “Buenos Aires”, al menos algunos sabrán de qué está hablando, aunque crean que es la capital de Brasil. Pero si dice: “Rosario”, es probable que crean que está hablando de una actriz española o del collar de cuentas que usamos los católicos para rezar. ¿Se entiende? No saben que “el fin de semana largo la plaza hotelera estuvo al full”. Tampoco recuerdan o nunca supieron del Congreso de la Lengua o el Mundial de Hockey, aunque hayan sido hitos importantes para nosotros.
Lo que quiero plantear es: ¿en qué círculos queremos que nos reconozcan? Lo que es lo mismo que decir: ¿qué tan ambiciosos somos?
ROSARIO NO DA
Seguro estarán pensando: “Rosario no da para tanto”. Y quizás tengan razón, aunque eso lo vamos a decidir entre todos. Porque el techo del desarrollo y el progreso lo pone, antes que nada, la capacidad de concebir un objetivo. Si se cree que se puede, podemos probar y quizás lograrlo. Si creemos que no se puede, seguro que no podremos.
Recordemos que hace pocos años creíamos que no podíamos recibir turismo (ni siquiera interno) y que, más cerca en el tiempo, algunas mentes lúcidas previeron que “Rosario no da para dos shoppings”. Yo mismo le escuché decir en los ochenta a un empresario local, que “Rosario no da para poner un McDonald´s”. De tan ridículo da vergüenza recordarlo. Pero ¿cómo sabemos que lo que pensamos hoy, las limitaciones que creemos que tenemos, no serán consideradas ridículas más adelante?
Depende de lo que pensemos y de lo que decidamos hacer. En materia de ciudades todo cambia. Tokio fue alguna vez una aldea de pescadores, Washington un pantano y, más cerca nuestro, Buenos Aires un villorio barroso y maloliente, al que las esposas de los virreyes odiaban ir.
Lo cierto es que para tener reconocimiento internacional hay que darle a la gente algo que pueda reconocer. Y, mal que nos pese y por más bonito que sea el Paraná, la Rambla no califica para ese objetivo. Entonces, ¿qué hacemos?
Lo mismo que hicimos hasta ahora, pero a otra escala. Volver a la ciudad “hip”, pero a nivel internacional. ¿Y cómo se logra eso? Eviden-temente no nos alcanza (aunque sume), la “movida” cultural, tal cual está planteada hoy. No sería un “gancho” suficiente, no tiene volumen, por sí sola, para ese objetivo.
Sí se puede posicionar a la ciudad en el ámbito cultural, apalancando sus virtudes y las de sus artistas, pero alrededor de un proyecto-ícono, algo que haga fácilmente identificable a la ciudad en muchos lugares. Un proyecto con volumen cultural y singularidad estética. Lo que fue la Opera para Sidney o el Museo Guggenheim para Bilbao. Lo que sería, ya adivinaron, el Puerto de la Música para Rosario.
¿Qué significaría un proyecto como el Puerto de la Música para nosotros? Básicamente dos cosas: marca internacional y turistas extranjeros.
El reconocimiento local existe y es un logro. Necesitamos ahora un reconocimiento de ese calibre en arenas más exigentes: el mundo. Los norteamericamericanos aprendieron a pronunciar “Bilbao” desde que descubrieron que Frank Ghery había construido un edificio para un museo que parecía desafiar la gravedad y no tenía una sola línea recta.
Nuestra apuesta sería que el Puerto de la Música le enseñe a las mismas personas a pronunciar “Rosario”, y que ese reconocimiento se transforme en flujo turístico y en ingresos económicos.
La aclaración vale la pena porque nada asegura, en principio, que el desarrollo cultural se transforme en desarrollo económico. Este es un proceso que debe ser guiado, administrado. La gestión del Puerto de la Música no debe ser para lucirse con la programación de conciertos y conseguir “roce” en la aristocracia de la cultura, debe ser usado como una herramienta de desarrollo, en el sentido amplio de la palabra.
SEDUCIENDO AL CAPITAL (INTELECTUAL)
Pero no es sólo el gasto en turismo y el movimiento económico asociado a él lo único que importa. La relevancia de crear ciudades atractivas va mucho más allá. Las ciudades son el motor económico de cualquier país, y lo son porque es en ellas que se produce el bien más preciado en la economía moderna: el conocimiento. Todos los bienes que tienen un precio relativamente elevado en función de atributos intangibles, como su tecnología, diseño, valor artístico o sofisticación (sean empresas web, avisos publicitarios o restoranes exclusivos), son los que se llevan una cuota cada vez mayor del crecimiento y dinamismo de la economía mundial.
Quienes crean esos bienes y movilizan esa economía son aquellos que el profesor de la Universidad de Toronto Richard Florida llama “la clase creativa”. Los consultores, arquitectos, ingenieros, artistas, diseñadores y otros profesionales liberales o creativos que dan dinamismo y crecimiento a los países y que pueden y suelen darse el lujo de elegir en donde viven.
Es por eso que los aspectos económicamente más importantes para una ciudad moderna son dos:
1. quiénes deciden vivir en ella y
2. por qué deciden vivir en ella.
No da lo mismo a qué tipo de individuos atrae una ciudad. Las ciudades se pelean, literalmente, por crear las condiciones para que ese 40% de la población mundial las elija para vivir y trabajar.
En este sentido, las mismas acciones que son importantes para hacer a una ciudad atractiva para los turistas extranjeros, son útiles para atraer a ella a aquellos individuos que la van a potenciar económicamente.