Una incertidumbre en aumento
EDUARDO VAN DER KOOY
La escena política en la Argentina ingresó en las últimas semanas en otro proceso de reconfiguración. La organización hasta ahora conocida resultó alterada por un imprevisto cuyas consecuencias no se podrían todavía mensurar en su entera dimensión. Ese imprevisto fue el nuevo golpe en la salud de Néstor Kirchner.
El episodio pasó espoleado por el vértigo que caracteriza siempre a la realidad de nuestro país. La recaída del ex presidente produjo un vilo nacional que se evaporó en apenas 48 horas. En la evaporación influyó la audacia política oficial que exhibió a Kirchner en un acto público dos días después de su trastorno en la coronaria. Se buscó mostrar a un hombre fuerte, imperturbable ante la adversidad, recubierto con un manto de cierto heroicismo y fiel a la dramaturgia que acompaña al peronismo desde los días de su nacimiento.
La escena política estuvo hasta ese momento signada por un par de certezas. La primera: que Kirchner sería el año próximo, sin discusión, el candidato del PJ oficialista para intentar suceder a Cristina. La segunda: que la oposición estaba obligada a apurar el tranco para definir alianzas y postulantes, y no quedar rezagada ante la determinación del matrimonio presidencial.
Aquel par de certezas parecieran haber virado ahora hacia incertidumbres. La imagen es, sin dudas, una parte de la realidad. Kirchner acaba de sumar a la figura de un político desgastado el aspecto también de un hombre frágil y vulnerable. Más incluso de lo que muchos imaginaron: dos serias afecciones circulatorias en siete meses no estarían hablando de casualidades. Las estadísticas de la ciencia apuntan que sólo tres de cada diez pacientes que padecen una obstrucción de carótida –como le ocurrió al ex presidente en febrero– repiten luego el incidente en las coronarias.
El peronismo, en su conjunto, ha tomado nota de esa precariedad objetiva. La oposición también: una cosa sería para ellos enfrentar a Kirchner o a Cristina en el 2011, y otra distinta a algún candidato que, de buenas a primeras, pudiera ser bendecido por el matrimonio para hacerse cargo del poder.
El peronismo se ha notificado en silencio. Y no saldrá de ese estado hasta no adivinar los pasos definitivos del ex presidente y de la Presidenta. Pero es difícil imaginar que el partido gobernante esté dispuesto a asumir un firme compromiso político y electoral con una situación tan frágil e incierta de promesa futura de poder.
Aun antes de la nueva adversidad en su salud, varios de los influyentes caudillos bonaerenses habían comenzado a tomar distancia de Kirchner. Está, por ejemplo, el grupo de los ocho que lideran Sergio Massa, de Tigre, y Pablo Bruera, de La Plata.
El problema que ha planteado la salud de Kirchner no sería de fácil resolución para el matrimonio. Y no lo es porque ambos funcionan como tándem: no hay existencia política de uno sin el otro. Kirchner es el jefe. Pero Cristina suele ser la usina argumental e ideológica de las decisiones de poder de su marido.
Esa dependencia tornaría inviable la hipótesis de que fuera Cristina otra vez, y no Kirchner, el candidato del 2011. En nada solucionaría el dilema que plantea la salud del ex presidente porque en ningún caso se apartaría del poder y de las presiones cotidianas. De hecho, la realidad señala una cosa: los dos accidentes circulatorios le sucedieron a Kirchner durante el mandato de su esposa.
A un año de las elecciones, ninguna palabra está dicha en la Argentina. La realidad deambula entre la mala política y las intervenciones del azar.
Son tiempos de internas en el Frente
OSCAR BERTONE
La polémica se desató en el mismo momento en que Hermes Binner consagró como candidato a Antonio Bonfatti para sucederlo como gobernador. Y deberá zanjarse con un acuerdo, no con elecciones internas, porque este último camino puede llevar a liquidar la experiencia de gobernar la provincia a través de un frente político.
Los protagonistas, aspirantes, operadores y actores secundarios que han ensayado hipótesis de escenarios para dirimir candidaturas en elecciones abiertas, chocan con la certeza de que, lejos de fortalecer al frente, una interna lo debilitaría.
El mecanismo electoral santafesino, destinado a afianzar el sistema de partidos, es letal cuando se quiere aplicar a los frentes políticos en desarrollo, una experiencia que ha demostrado ser útil para alcanzar la gobernabilidad en países que salen de una crisis o que arrastran pasados de inestabilidad congénita.
También le ha servido a los socialistas y radicales santafesinos, que en el transcurso de los últimos tres años han crecido notoriamente. El Frente Progresista ya no es un agregado de dirigentes en torno a la figura de Binner, sino un conglomerado de intendentes y legisladores que han podido refrendar indirectamente su gestión en las elecciones legislativas locales del año pasado.
En localidades como Santa Fe, Reconquista, Santo Tomé, San Lorenzo, Firmat, por citar sólo algunas, los intendentes del Frente dejaron de ser una promesa para transformarse en opción clara, y si bien cada gestión deberá ser juzgada por sus vecinos oportunamente, terminaron con la preeminencia justicialista indiscutida de otros tiempos.
Pero las dos fuerzas principales se necesitan, y otras menores tampoco pueden abandonar el barco. Los seguidores de Elisa Carrió en la provincia se hacen los sordos cuando su líder emprende contra Binner, y los de Margarita Stolbizer no darán un paso sin consultar al gobernador. El destino del PDP, otro de los integrantes del Frente, es tópico de la hermenéutica más que del análisis político; pero difícilmente pueda ese partido sacar los pies del plato.
Y todos saben que esta vez no va a estar el gran elector en la boleta, por lo que la imagen de solidez interna se hace imprescindible.
En este marco, un eventual enfrentamiento en las internas abiertas entre Bonfatti (socialista) y Mario Barletta (radical), in-tendente de Santa Fe, significaría un debilitamiento del Frente Progresista. Muchos conspicuos dirigentes del radicalismo creen que su partido no ha madurado lo suficiente como para hacerse cargo de la gobernación prescindiendo del socialismo, y prefieren que siga el proceso de crecimiento que ha hecho rebrotar a la UCR.
Estos dirigentes tampoco confían demasiado en el esquema de Barletta, una experiencia de fuerte raíz capitalina que supo acumular poder desde los claustros de la Universidad Nacional del Litoral, donde se pergeñan no sólo proyectos, sino licitaciones, concesiones de obras y una visión que consideran elitista.
Son líderes territoriales, más ligados al radicalismo clásico de comité y a cuadros barriales y regionales, y creen que la experiencia del intendente santafesino no es trasladable. Y se han revelado como gestores solventes, cuya imagen, muchas veces, se proyecta más allá de sus municipios, una materia pendiente en la imagen clásica de la UCR. Valoran, en ese sentido, el apoyo recibido desde la Casa Gris, aunque reclaman más protagonismo en el próximo gobierno.
El socialismo le sugiere a Barletta esperar y seguir cuatro años más al frente del municipio capital. Trata de convencerlo de que una gestión no se consolida en un solo período de gobierno, y que en el próximo turno su figura será más popular. En el fondo está la intención de Binner, su obsesión declarada de que quien lo suceda termine las obras que necesariamente va a dejar inconclusas.
Y si el razonamiento no funciona, está el argumento principal. El gobernador es una pieza que no puede faltar en la construcción de una fórmula presidencial para el 2011. Todos lo saben. Ya se empezaron a acumular papeles con proyectos de plataforma electoral para discutir con Ricardo Alfonsín. Algunos economistas, no sólo locales, están trabajando en ello.
A más tardar en febrero se debe hacer la convocatoria a elecciones provinciales. Ya no sirve la gastada frase elusiva –“falta mucho”– que se utiliza para escapar a las definiciones públicas ante el requerimiento periodístico.