Edición N° 71

La degradación del Kirchnerismo

EDUARDO VAN DER KOOY

Lula da Silva lideró en los años 70, desde el sindicalismo, las luchas que fueron agotando la dictadura de Brasil. Michelle Bachelet, la última presidente de la Concertación en Chile, peleó desde la clandestinidad y el exilio contra el régimen de Augusto Pinochet. Se codeó, incluso con el grupo armado del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. José Mujica, el mandatario de Uruguay, estuvo 15 años en prisión y sufrió torturas por su condición de miembro, en los 60 y los 70, de la guerrilla tupamara. Brasil, Chile y Uruguay –también Perú, en menor escala—han hecho un tránsito pausado desde aquellas dictaduras a la democracia, que les permite colocarse entre las razonablemente ponderadas de la región. Un tránsito que no significó el entierro de ningún tiempo sino la asimilación de miradas y dimensiones antagónicas sobre el terrorífico pasado a partir del cual lograron trazar algún horizonte.

El repaso viene a cuenta a raíz de lo que está ocurriendo en la Argentina. El fenómeno que Beatriz Sarlo describe como “la pesadilla circular”. El regreso de aquellos años 70, de nuevo con el sello de la tragicidad de ese tiempo y sin pistas de poder observarlos –o debatirlos—desde un lugar de superación o de cierta lejanía. Por el contrario, se pretenden traspolar situaciones anacrónicas a una época que como la actual, tal vez, demandaría otra cosa.

En aquel regreso ha resultado fundamental el papel de Néstor y Cristina Kirchner. Como lo es, siempre, el papel de los que ejercen el poder. Con su política de derechos humanos convocaron irrefrenablemente al pasado. Eso estuvo muy bien, en el objetivo de intentar cerrar en la Justicia las atrocidades cometidas por los militares. No estuvo bien –y no está--, en cambio, la adulteración de ese pasado para escribir una nueva historia.

En primer término, el matrimonio se ha propuesto levantar el dedo acusador con una supuesta autoridad moral que no le concede ningún pergamino. Los Kichner nunca fueron en los años aciagos luchadores como Lula, Bachelet o Mujica. Prefirieron dedicarse a los negocios inmobiliarios en Santa Cruz. Entre otras cosas, a la compra de propiedades de ciudadanos arruinados por la famosa circular 1050 de José Alfredo Martínez de Hoz.

Quizás en aquella actitud sin humildad radique uno de sus peores pecados. Otro podría ser la inclinación por tomar la bandera de los derechos humanos para librar batallas de la política cotidiana. Batallas, simplemente, de poder. Por ejemplo, la que mantienen con los medios de comunicación, ahora con La Nación y Clarín, por la empresa Papel Prensa. Los Kirchner pretenden vincular la compra de esa empresa, en 1976, con supuestos delitos de lesa humanidad.

La palabra final ha quedado en manos de la Justicia pero el relato de los Kirchner desnudó una notable parcialidad sobre la historia. Hicieron los esfuerzos por ligar a la dictadura con la venta de la empresa de la familia Graiver. En efecto, el negocio se hizo durante ese tiempo infausto. Pero intentaron ocultar, tal vez por incómoda, otra faceta de esa historia: el banquero David Graiver fue financista del grupo Montoneros. Y soporte económico, además, del diario La Opinión, de Jacobo Timerman, y de La Tarde, del ahora canciller Héctor Timerman. Graiver, muerto en un raro accidente aéreo, fue un doble agente ligado a los militares –desde la época del general Alejandro Agustín Lanusse-- y a los grupos insurgentes.

Hace mucho tiempo que los adversarios de los Kirchner venían sembrando dudas sobre su sinceridad en materia de derechos humanos. Estos últimos episodios les han dado buen pasto. ¿Supondrían que están banalizando la mayor tragedia de la historia argentina para sacar ventaja en otro campo?

Los Kirchner ponen en juego un activo importantísimo detrás de ese interrogante. Han abandonado todo intento de renovación de la política, luego de pregonar el progresismo, la concertación y la transversalidad. Basta, con entenderlo, para saber que Carlos Menem es un aliado clave en el Congreso. De siete causas penales pendientes, el ex presidente acaba de ser sobreseído en dos, entre ellas la explosión en Río Tercero.

¿Dinamitan también los Kirchner su último puente con el reino de los valores? Osvaldo Papaleo, el ex secretario de prensa de Isabel Perón, muy cercano a José López Rega, reconocido censor en los 70 (echó a Tato Bores de la TV), es el nuevo socio de los Kirchner en esta supuesta cruzada por los derechos humanos y la reescritura del pasado.

No se trataría sólo de casualidades o metáforas pobres. Serían, sobre todo, indicios de la degradación de un ciclo político que lleva ocho años.

El estrecho margen de la indepedencia política

OSCAR BERTONE

A medida que se acercan los tiempos electorales, los matices de las propuestas políticas van desapareciendo.

Basado en verdades a medias, el gobierno dispuso la liquidación de la empresa Fibertel. Además, promovió una campaña que pretendía –según los opositores– quedarse con la empresa de fabricación de papel de diario.

La reacción del disperso arco anti K, amplificada ad infinitum por los medios afectados, se presenta frente a la sociedad con una serie de afirmaciones tan apocalípticas que llevan, sin mediación racional, a una escalada de enfrentamientos donde los sectores en pugna no reconocen otra salida más que la eliminación del adversario.

Se repite entonces un panorama conocido en tantos periodos de la Argentina, pero con una ciudadanía más experta como para que se encauce, esta vez, sólo por vía electoral.

Prácticamente ninguno de los anuncios que atemorizaron en los últimos años a amplios sectores sociales, tuvo correlato en la realidad. El dólar no fue el refugio rentable para el colapso económico que no se produjo, el suministro de energía eléctrica aguantó hasta el límite, la inflación, con todo lo malo que implica, es aceptada por la mayoría, que la considera la contrapartida para la generación de empleo, no hubo que importar ni leche, ni carne, ni trigo.

El consumo sigue subiendo, y poco le importa al público si la relativa pero palpable prosperidad de estos días proviene sólo del “viento de cola de los precios internacionales”, del empuje de una economía “en serio” como la brasilera, o del ingreso de productos argentinos a los mercados chino e hindú. Como sea, le tocaron estos tiempos a este gobierno, y los aprovecha.

Sobre la base de ese escenario internacional favorable, el kirchnerismo armó un discurso verosímil para sectores sociales cada vez más amplios, muchos de los cuales sospechan del enriquecimiento de la familia gobernante, y repudian la manipulación de las cifras del Indec y la prepotencia sindical de los gremialistas aliados al gobierno. Pero creen firmemente que existe un modelo económico que funciona, y le exigen a la oposición que se defina en torno a él.

Pero la oposición evita la discusión.

FIBERTEL, UN ERROR GRAVE

Nacida en la época del comienzo de la revolución tecnológica, Fibertel ganó mercado en un contexto de zonas grises de la legislación argentina, que no acertaba a dar un marco jurídico para un fenómeno nuevo. Consiguió una penetración envidiable y un servicio de calidad que la transformó en líder del segmento masivo. Es probable que otras compañías brinden una atención mejor, pero sólo a condición de atender un mercado restringido en número.

La cantidad de abonados es un dato relevante que el gobierno debió haber tomado en cuenta. El acceso a Internet por banda ancha se considera en Occidente prácticamente como un derecho, y, legislado o no, ese derecho fue afectado por la decisión de liquidar a la empresa de un día para el otro.

Es la mejor defensa que tiene la compañía, que, desde el punto estrictamente operativo, es rehén de una batalla ajena. Si su estrategia queda subordinada al enfrentamiento de la corporación mediática a la que pertenece contra el gobierno, le costará salir airosa. Sería un retroceso, probablemente transitorio pero sin duda notable, para la calidad del servicio que se presta en el país.

PAPEL PRENSA, EL MANIQUEISMO

Los enfrentamientos entre los diarios líderes y los gobiernos de signo parecido al que administra la Argentina por el voto popular, son un clásico que, vale informar, no es nuevo en el país ni en el mundo. La magnitud de la pelea que varía según las épocas, hoy recrudece en nuestro país.

Como representante de la comunidad de negocios más concentrada, la autodenominada prensa libre siempre objetó el intervencionismo del Estado en cualquier ámbito, salvo cuando sus decisiones “ayudan a fomentar la actividad privada de sectores considerados estratégicos”. Por supuesto que la producción de papel para diarios está dentro de este tipo de actividades.

Ni el gobierno, con el acomodamiento forzado de hechos horribles sucedidos en los primero años de la dictadura militar, ni la oposición que agita viejos fantasmas de sesgo macartista, dicen toda la verdad. Le asiste al gobierno la derecha cuando argumenta que el clima vivido a partir de 1976 configuraba un marco perfecto para que grupos interesados se apropiaran de la fábrica de papel, con métodos que no son los de la libre compraventa de empresas.

Pero la sucesión de acontecimientos relatados en el discurso presidencial no se ajusta a la realidad cronológica, aunque configure una historia verosímil. No hay ángeles es esta demoníaca historia. Y, por desgracia, no se avizora ningún indicio de convivencia racional.

LAS CAVILACIONES DE BINNER

Entre estas batallas homéricas se tiene que mover el gobierno de Hermes Binner, tratando de reflejar, y sobre todo mantener, cierta independencia y convicciones. Cargó contra la intempestiva decisión oficial de disolver la empresa de Internet, pero no objetó en el fondo la decisión del gobierno nacional de mandar a investigar otra vez lo actuado durante el traspaso de Papel Prensa a mediados de los turbulentos años 70.

Intenta que se lo respete por mantener convicciones de vieja data. Y sufre cada vez que incorpora a su equipo de gobierno a funcionarios extraños a su visión política. Le pasó en su momento con María del Carmen Alarcón, y ahora con Pablo Ferrés.

La primera prometía asegurarle alguna relación razonable con el ruralismo enardecido. El segundo tenía como misión asegurarle un proyecto de largo plazo para reactivar la terminal portuaria de Rosario y garantizarle la realización de uno de sus grandes sueños: el Puerto de la Música. Los dos provenían del pensamiento conservador.

Los dos terminaron muy lejos del universo del Frente Progresista, le hicieron pasar muy malos momentos al gobernador y probablemente le hayan hecho reflexionar sobre la rigidez de los márgenes ideológicos a la hora construir una fuerza política alternativa. Y sobre la relación entre ideas e intereses.

Cuando esta revista llegue a manos de los lectores, probablemente haya salido a luz un acuerdo para que el Estado nacional firme el visto bueno para la construcción de la obra de Niemeyer. Claro que habrá que hacer algunas concesiones.

Pero por un escenario que hasta hace poco tiempo nadie habría imaginado, la terminal rosarina quedaría en pocos años reequipada a un nivel de competitividad más que razonable, con muelles nuevos y terrenos recuperados, algo que deberían haber hecho los privados hace tiempo.

Si esto se produce, sumado al inicio de las obras de dragado del Paraná Medio, más el anuncio esperado de la concreción del primer tramo del Circunvalar rosarino que intuye la Bolsa de Comercio, el salto de calidad de infraestructura en la provincia sería histórico.

No son fáciles los caminos que obliga la política a transitar cuando se quiere participar de realizaciones trascendentes.