Edición Nº 7- Editorial

Doscientos años
POSCAR BERTONE

¿Y por qué no proponernos arribar al 2010 sin calles de tierra, sin déficit de vivienda, con una ciudad que contenga a todos? Faltan cinco años para llegar al bicentenario, y bueno sería homenajear a aquellos varones que alguna vez alborotaron la plaza para empezar a ser –diría Borges– lo que ignoraban: argentinos.
También sería bueno honrar a aquellos otros que se tomaron el trabajo de establecerse en este lugar casi desértico, 300 kilómetros aguas arriba del océano, en algún momento impreciso para la memoria histórica. Este territorio sobre el cual, hacia mediados del siglo XIX,  la inglesa Santa Fe Lands Company, empresa que orientaba inversiones inmobiliarias internacionales, dictaminó que “jamás iba a crecer el  trigo”.
Hay un mojón: lo pusieron los que vivieron hacia 1910, hijos de los primeros labradores y comerciantes, pura pujanza, prepotencia de progreso, conjunción de esfuerzos, futuro visible. ¿Por qué no repetimos aquella experiencia 100 años después?.
De aquella época son el Hospital del Centenario, la Biblioteca Argentina, el Hospital Provincial y muchos emprendimientos que le dieron el perfil a la ciudad. Bastaba que estallara una buena idea para que a su luz se juntara el grupo empeñado en hacerla realidad, y la concretaban.
Ahora que todo parece posible, estamos obligados a pensar la ciudad del 2010. No falta tanto. Bien mirado son escasos cinco años que pasarán rápidamente, y más de un indicador señala que esta zona está haciendo los deberes como para recuperar el tiempo perdido en cuanto a su reposicionamiento en el mundo.
Por suerte, desplazadas de los pensamientos paradigmáticos las teorías tan en boga en la década del 90, cualquiera que imagine la ciudad del segundo centenario deberá pensar, antes que nada, en función de su gente. Mucho tiempo desperdiciado, muchas oportunidades perdidas, mucha riqueza no aprovechada, muchas crisis extremas nos han hecho más solidarios y, probablemente, más sabios.
Si la región exportará sólo en commodities, desde aquí al 2010, más de 50.000 millones de dólares, ¿es muy ilusorio pensar que esos tiempos de celebraciones deberían encontrar a todos los habitantes de la ciudad con una vivienda digna, en un entorno habitable? Si este no es el momento para poner fecha a esos objetivos, ¿cuándo será?.
Sufrimos un pecado original. Tontamente creemos que esta tierra feraz da lo que da por bendición divina y no por voluntad de los empeñosos bisabuelos inmigrantes que alguna vez  la hicieron producir para vivir mejor.
Pero... ¿no hay extensos territorios del planeta más fértiles que el nuestro totalmente desaprovechados?  
Esta creencia desvalorizante nos hace fatalmente pesimistas. No somos menos que nadie. ¿Para qué sirve tanta inversión privada y pública si no hay en el horizonte de mediano plazo un objetivo grande, que nos contenga a todos? Es muy probable que los mismos equipos de personas que gestionan hoy la cosa pública estén  dentro de cinco años, tanto en el Mnicipio como en la Nación.
Con el envión de los últimos años, una convocatoria a modelar hoy el Rosario del Segundo Centenario puede hacernos marcar un surco tan fuerte en la historia como el de los coetáneos de aquel 1910. Todo es posible.

Rosario, una puerta a la cultura
EDUARDO VAN DER KOOY
        
Nuestra ciudad se ha propuesto dar un salto de calidad. Va camino a convertirse en una referencia ineludible cuando se menciona al consumo cultural. Está en la buena dirección para quebrar las asimetrías que, en ese terreno, siempre la distanciaron de Buenos Aires.
La reflexión refiere a la postulación de Rosario como Capital Mundial del Libro 2007 promovida por la UNESCO, cuya definición ocurrirá durante la Asamblea Anual de la ONU en octubre. Las rivales serán Bogotá, Amsterdam, Coimbra, Dublin y Viena. Solo esas menciones realzan la jerarquía de la competencia.
Rosario acaricia esta posibilidad por varias razones. En primer lugar, porque su historia es cuna de la cultura aún antes de la llegada de las grandes corrientes inmigratorias de comienzos del siglo XX. Esa tradición no la abandonó nunca, ni siquiera cuando los vaivenes de la nación afectaron su vertebración social y desparramaron pobreza.
También ha incidido una coherencia política que estuvo, por fortuna, más allá de las alternancias partidarias en el Gobierno de la ciudad.
No hay en la Argentina muchos ejemplos de políticas de Estado que no hayan naufragado en las aguas de las intrigas y las discordias.
Rosario exhibe, por lo menos, un par: la transformación formidable de su perfil urbano impulsado desde el regreso de la democracia y el desarrollo de su potencial cultural genuino.
Tampoco existen tantas ciudades que hayan sido descriptas como Rosario por las principales plumas del mundo o que merezcan un lugar en la literatura universal. “Al levantarse la niebla vi que el río había cambiado de aspecto. Muchas islas emergían de las aguas, había acantilados y franjas de arena, y pájaros extraños silbaban y susurraban junto a nosotros. Tuve una sensación de viajar mucho más intensa que al cruzar las fronteras pobladas en el Orient Express”, relató el inglés Graham Greene.
La herramienta para esta aventura a la que se ha lanzado Rosario es el libro. Eso tiene mucho que ver, aunque en apariencia no lo parezca, con la intención de mejorar la calidad de vida de la gente, la democratización del conocimiento y, en suma, la posibilidad de forjar un horizonte menos borrascoso.
Leer es un camino que lleva a que las personas amplíen su propio universo manteniendo un diálogo vivo con la cultura. Por esa razón, en las naciones más desarrolladas son altos los niveles de lectura por habitante y se tiene especial cuidado en promover el uso de los libros en las escuelas.
Ese es un déficit hondo que sobrelleva la Argentina y que adquirió sesgos patéticos con la gran crisis. Hay indicios de una tenue recuperación a la cual Rosario aporta con una notable producción editorial –más de 600 títulos en menos de 10 años– y acontecimientos de una inclaudicable vigencia como el Festival Internacional de Poesía.
La iniciativa entonces de convertir a la ciudad en capital del libro, no es un favor que Rosario se hace a sí misma: se lo está haciendo, en verdad, a toda la Argentina.