Edición Nº 69

El año pasado, el año que viene

EDUARDO VAN DER KOOY

Ha pasado un año de la victoria política de la oposición en las elecciones legislativas. Falta un año, o poco más, para las elecciones presidenciales del 2011. Entre uno y otro episodio surgiría la conclusión más nítida de este tiempo: la política en la Argentina ganó en volatilidad, en imprevisión y sorpresa. Mas allá de la intención de cualquier enfoque, pareciera que lo que resulta más difícil es darle un destino cierto a los pronósticos.

El 28 de junio de 2009, Cristina y Néstor Kirchner perdieron el control de las cámaras legislativas. Pero ese resultado quedó sellado en el Congreso recién en diciembre. En verdad, con el paso del tiempo se pudo verificar algo: el Gobierno perdió la mayoría en Diputados y el Senado, pero esa pérdida se tradujo, sólo de modo muy parcial, en acontecimientos políticos. La mayor parte de las propuestas opositoras lograron ser trabadas, en una combinación de pinzas, entre el juego parlamentario y las acciones del Poder Ejecutivo.

Sucedieron, de manera simultánea, otros fenómenos. Durante muchos meses, por lo menos hasta marzo, los Kirchner conservaron la iniciativa política. De allí la cantidad de leyes que, con buenas y malas artes, sancionaron hasta la integración de las nuevas Cámaras. A la vez, la oposición confirmó todas las precariedades que se presumieron en los días de la competencia electoral. Bastó con una falsa convocatoria al diálogo del Gobierno para que aquel conglomerado exhibiera fisuras iniciales. Ese paisaje es ahora mismo bien contradictorio: la convergencia entre Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá asoma como un recuerdo; en cambio, el acercamiento entre radicales y socialistas parece haberse tonificado luego de las victorias en internas partidarias de Ricardo Alfonsín y Rubén Giustiniani.

Los Kirchner añadieron a su vocación por retomar la iniciativa una mejora del cuadro económico, apuntalado, sobre todo, en el incentivo del consumo y la utilización de fondos estatales –como la ANSES– para el financiamiento. Podrían encenderse muchas luces de alarma –entre otras, el ocultamiento de la inflación– por la fórmula elegida; pero los Kirchner vuelven a apelar al tacticismo que tan buenos resultados les ha proporcionado. Suponen, con dosis de razón aunque también con optimismo desmedido, que aquel consumo podría ayudar a torcer un humor social que les resulta adverso.

El contexto internacional también podría incidir en el cuadro general. No por las repetidas arrogancias académicas de Cristina Fernández cada vez que sale del país, sino por realidades mucho más tangibles para el ciudadano común: las imágenes de los conflictos en España, Italia, Francia o Grecia tienen mucho más valor que las palabras.

La actualidad, tal como se presenta, fue difícil de prever hace un año cuando ganó la oposición. O se previó, en todo caso, de manera equivocada. Entre la inescrupulosa voluntad de poder de los Kirchner y las flojedades de la oposición, podría esconderse el error apuntado.

La Argentina se está asomando ahora a prolongadas vísperas electorales. Quizás no habría que analizar esas vísperas con la lógica con que se observó el transcurrir del año último. ¿Qué significaría eso? Que ni los Kirchner debieran seguir creyendo que no perdieron aquel 28 de junio, ni la oposición que su camino está allanado para el 2011.

Sólo un imponderable hará que los Kirchner resignen su posibilidad de continuar. Es difícil conocer qué fuerza electoral tendrá esa propuesta. Hay indicios de que el peronismo disidente intenta aglutinarse junto a Macri y a De Narváez. Los radicales, con sus aliados, exhiben a los dos postulantes más taquilleros en imagen: Alfonsín y Julio Cobos. Pero ninguna realidad es definitiva. Se trata apenas de indicios de un tiempo político donde cada bando realiza un recuento de sus fuerzas.

El Mundial de la hinchada

OSCAR BERTONE

Alegría compartida es doble alegría, pena compartida es media pena. Ni Messi ni Maradona pudieron dejar huella en el Mundial de Sudáfrica. Los hinchas, con su inesperado reconocimiento al regreso, sí hicieron historia.

Inédito fenómeno que seguramente tiene connotaciones difíciles de explicar sin merodear el ámbito de la sociología, y probablemente el de la lectura política. Es demasiado complejo para quien esto escribe transformar esas sospechas en certezas.

Pero lo cierto es que el final de un regreso sin gloria, esperable para algunos analistas, sobre todo los que opinan después del resultado puesto, tuvo momentos que podrían haber sido matices, pero se transformaron en significaciones centrales.

Primero fue, sobre el césped, la actitud de los jugadores derrotados al término del partido. Alguien puede argumentar que el inapelable 0-4 no daba para actitudes de justificación. Pero no puede pasar inadvertido que esta vez no se buscaron argumentos extraños al desarrollo del juego.

No hubo acusación hacia los árbitros, denuncias de conspiraciones, ni patrioterismo vergonzoso. Sólo un reconocimiento cabal de que el adversario había planificado y jugado mejor su partido. Y una disculpa sincera de los deportistas que sintieron que habían defraudado a su gente, a la que pudo ir a Sudáfrica y a los que sufrían desde aquí.

“Lo peor es que hicimos sentir mal a los chicos de Argentina, que son los que más se habían ilusionado”, suspiró amargado Gabriel Heinze, uno de los más experimentados (aunque en principio resistido por los hinchas) futbolistas de la Selección, en un diagnóstico inusualmente humano para un deportista profesional internacional.

Probablemente, el haberse retirado del campo de juego sin escándalos y con una pena sincera por la frustración que sintieron colectiva, fue lo que produjo como respuesta un fenómeno como el del recibimiento en Ezeiza.

Aquella movilización, sin violencia, sin reproches, con pena compartida, sí que fue una novedad. No estaba en el libreto clásico ni en la historia de nuestros fracasos en los mundiales de los últimos 20 años. Entre los jugadores seguramente operó como un hecho que profundizó el sufrimiento, pero para el público fue una catarsis que cerró dignamente la discusión.

Lo que haga Maradona con su futuro dependerá no sólo de él. Sus desplantes injustificados (justificados también hubo) y su falta de autocrítica, probablemente le cierren la puerta a una nueva oportunidad; Maradona siempre fue el peor enemigo de Diego.

Pero no va a ser la prensa (la especializada o la otra) la que decida sobre la continuidad del técnico. La actitud del público en la calle, ese domingo, clausuró la posibilidad de que los medios tengan el poder de mediación que se supone ante una catástrofe de tamaña magnitud. El ídolo sigue teniendo una relación directa intacta con su gente. Para bien o para mal.

A partir de esa demostración, los análisis filosos acerca de tácticas y estrategias equivocadas, que iban directamente por la cabeza del 10 más reconocido de Argentina, empezaron a tornarse más prudentes. El periodista inteligente sabe que, además del medio en que trabaja, también necesita cierto consenso del público que consume información. No se trata de bajar banderas, pero tampoco de lastimar al televidente que sufre. El dedo en la llaga lastima más que lo que cura.

¿Hasta dónde se puede generalizar esta impresión en torno a la relación entre los medios y el público? No se puede saber. Pero lo cierto es que desde hace un tiempo el comportamiento de muchos argentinos parece ser de “rechazo al rechazo”. No cualquier crítica es ya tan escuchada, y cuanto más acerbas y extendidas son las acusaciones, más reacción de escepticismo generan.

Maradona se equivocó fiero, y no sólo los resultados lo demuestran. Pero si de resultados se trata, otros técnicos, con métodos distintos, mucho más racionales y aceptables, tampoco pudieron conseguir mejores logros. Entonces la gente premió a la voluntad, la dedicación y el sentimiento, más que la calidad. ¿Eso está mal? Puede ser; pero en los comportamientos colectivos que apuntan a fines comunes, una cuota de voluntarismo también en necesaria.

Y eso se aplica para cualquier emprendimiento común. El Mundial no lo jugaron sólo los 11 que corrieron detrás de la pelota, aturdidos por las conocidas cornetas rebautizadas vuvuzelas. Negarle a un equipo de fútbol la representación simbólica de un país es tan tonto como creer que un seleccionado va a reflejar mecánicamente los problemas de un país.

Los hinchas argentinos fueron esta vez los que dejaron bien parada nuestra imagen. La catarsis de Ezeiza puso las cosas en su lugar, terminó con cierta charlatanería de ocasión, borró el mal recuerdo, exagerado e intencional, sobre la presencia de los barras bravas argentinos en Sudáfrica, y ajustó la mira sobre el real alcance del drama nacional de abandonar un Mundial antes de lo previsto.

Alegría compartida es doble alegría, pena compartida es media pena. Otra vez será.