Solamente una oportunidad
EDUARDO VAN DER KOOY
Sucede en estos casos lo que siempre suele suceder, al menos en la Argentina. Cuando un fenómeno de participación popular, como fue la celebración del Bicentenario, irrumpe en escena, comienzan a correr torrentes de legítimas interpretaciones. Desde aquellas embriagadas por la exaltación que han creído descubrir en cuatro días de fiesta una bisagra histórica –de la cual no habría retorno–, hasta otros decepcionados por entender que la Argentina habría quedado inmersa, otra vez, en una discusión entre el presente y el pasado, por las constantes referencias y comparaciones al centenario de 1910, sin ningún proyecto de futuro.
Quizás haga falta transitar un camino intermedio, alejado de los polos, para rescatar otra porción de la realidad hasta ahora inexplorada en este caso, que además reconoce antecedentes en la historia de la Nación. Lo mejor radicaría en intentar darle a aquel fenómeno social un sentido que no ayude a provocar distorsiones y futuras frustraciones.
La sociedad argentina ha producido un sinnúmero de actos multitudinarios que, sólo aquellos que se cuentan con los dedos de una mano, dejaron huellas hondas en la historia. Podríamos reparar en dos: los días de la gestación del peronismo, en la década del ‘40, y las resistencias populares (el cordobazo, el rosariazo) a las dictaduras que se sucedieron desde 1955. Cabe también una excepción: el golpe del ‘76 sólo encontró oposición en grupos de elite, las organizaciones de derechos humanos. Su epílogo tampoco respondió a la presión popular sino al rotundo fracaso político y militar, a raíz de la derrota en las Malvinas. Eso podría ayudar a comprender la génesis del nuevo y modesto ciclo de democracia en la Argentina.
Un fenómeno popular resultó, justamente, el enfervorizado apoyo a la misma dictadura que venía provocando un baño de sangre, cuando resolvió la reconquista de las Malvinas. Otro caso similar resultó ser el de las esperanzadas caravanas callejeras que empujaron a Raúl Alfonsín al poder en el reinicio de la democracia, bajo la promesa de que con esa democracia se “come, se educa y se cura”. El último estallido, esta vez violento y trágico, hayan sido quizás las manifestaciones de la crisis del 2001, que no pocos interpretaron como un hito de la posible refundación de la Argentina.
El balance de aquellos sucesos no fueron a posteriori lo que se creyó que eran en su momento. La guerra de Malvinas resultó un verdadero fraude de la dictadura que alejó aún más al país de un indiscutible reclamo. La sociedad comprendió que la democracia es el sistema de convivencia más civilizado pero que, ni por asomo, por sí misma, alcanza para solucionar problemas básicos de la gente. La última crisis obligó a reacomodar con acierto varios aspectos la economía. Pero la política y las instituciones no han seguido un rumbo similar.
La Argentina se encamina hacia un año electoral con una diáspora parecida a la del 2003, cuando Néstor Kirchner se coronó presidente con el 22% de los votos. Podrá tener hoy un 25%, según la mayoría de las encuestas, pero el 75% restante constituye un enigma. La oposición es una inconexa sumatoria de líderes mediáticos, lejos todavía de convertirse en una alternativa posible de recambio.
Esa labilidad política sobrevoló los días del Bicentenario con una cantidad de desencuentros –el más sonado, el de Cristina con Mauricio Macri– suficientemente conocidos. La división sólo pasó a segundo plano por la formidable armónica participación que produjo la sociedad. Tal vez, modestamente, allí se esconda el verdadero mensaje del Bicentenario.
Que puedan interpretarlo, al final, el gobierno de los Kirchner, sobre todo, y también la oposición, dependerá que la Argentina no asista de nuevo a una ocasión perdida.
¿Decisiones apresuradas?
OSCAR BERTONE
Será mejor no ignorarlo. La inesperada y contundente participación popular en los festejos del Bicentenario ya trajo consecuencias políticas, en el país y en la provincia. Apenas se desvaneció el impacto de los fuegos artificiales y el rumoreo de las muchedumbres, algunos importantes dirigentes –locales y regionales–, habían tomado decisiones. No lo van a reconocer jamás, pero unos se sintieron estimulados y otros se sintieron golpeados.
No es necesario apelar a la psicología social; aunque sea una demostración por el absurdo, se puede deducir que cualquier dirigente político más o menos sensible, ese 25 de mayo se sintió tocado, y se puso a pensar. Y al día siguiente siguió pensando en cosas que públicamente no se atrevió a decir.
Pero empezó a actuar, quizás estimulado por el efecto que causó la movilización en el periodismo, el primer sector sorprendido por lo que pasó. Ningún medio importante del país había convocado a los actos, ni en Capital ni en el interior.
No fue una actitud conspirativa; sólo suponían que la cosa no iba a ser para tanto. Por eso esta vez no había ni helicópteros ni globos aerostáticos con cámaras, ni puestos especiales, ni competencia previa para que el público eligiera una cobertura periodística en lugar de otra. Los suplementos gráficos y las ediciones especiales en medios electrónicos vinieron después, cuando el producto patriotismo aseguraba que el consumidor quería repasar lo que había vivido.
Aquel escepticismo de los medios se había contagiado a los dirigentes, y algunos habrán preparado argumentos para defender y exagerar; otros para relativizar y desmerecer. La conmovedora marea humana no permitió ningún tipo de argumentación estadística. Propios y extraños se sintieron primero ganados por el entusiasmo y después preocupados por su futuro.
No es casualidad. La primera consecuencia, razonable o no, es que se instaló la posibilidad, hasta ese momento utópica, de que Néstor Kirchner podía ser el candidato del continuismo. El hombre no dijo nada en concreto, sólo levantó ligeramente su perfil y diversas usinas se encargaron de desparramar la posibilidad. Otras más atrevidas especulan directamente con el intento de reelección de Cristina.
En la oposición, al cierre de esta edición, no se había dado ningún paso determinante que significara una reacción. No porque falten candidatos, sino porque nadie acierta a configurarse como opción de peso visible, que nuclee.
En la provincia ocurrió otro hecho (¿casualmente contemporáneo?): Hermes Binner indicó, sin mencionar nombres, que quiere que Antonio Bonfatti sea el candidato a sucederlo. A riesgo de rasgar su alianza imprescindible con el radicalismo, el gobernador cortó de un sablazo las aspiraciones de los socialistas Rubén Giustiniani y Miguel Lifschitz, que nunca negaron su interés por llegar a la Casa Gris.
Para Binner, la interna de su propio partido es más difícil de manejar que la del mismísimo Frente Progresista. Es que la paradoja se resuelve fuera del territorio provincial. El dirigente más popular del PSP sabe que es una carta imprescindible para integrar o alentar cualquier fórmula presidencial que pueda tentar a los radicales. Ese lugar le permite, como parte de una estrategia nacional, exigir por cuatro años el control de la provincia para su grupo más cercano.
La posibilidad de que en un futuro próximo se paralicen algunas obras que empezó en esta gestión, no lo dejan dormir. “Prefiero que el candidato a sucederme sea un hombre de mi gabinete”, resumió. Está en juego la construcción de tres hospitales del tamaño del Clemente álvarez de Rosario, más de 50 escuelas, el Puerto de la Música, la descentralización provincial y las reformas del sistema judicial. Muy pocos de esos proyectos en marcha pueden inaugurarse antes de diciembre del 2011.
El panorama no es el mismo que el de antes del 25 de mayo. Probablemente, los que se definieron primero deban dar marcha atrás; el grado de imprevisibilidad de la política argentina es altísimo. Pero la afirmación de que “falta mucho” para la carrera electoral ya no es tan eficiente para el análisis, porque los competidores comienzan a juntarse en la grilla de partida de una competencia que se empieza a correr en los territorios provinciales dentro de… ¿menos de un año?