Mal momento para el periodismo
EDUARDO VAN DER KOOY
El periodismo está atravesando uno de los momentos más difíciles en la Argentina desde la recuperación de la democracia. El punto de partida, para comprender a fondo el presente, debe ser ése y ningún otro. Antes de aquella reconquista existió una dictadura: dejó miles de muertos y desaparecidos, impuso una censura implacable y terminó conduciendo al país a una guerra incomprensible. No hay periodismo posible y auténtico cuando impera el miedo. Sin embargo, ese recuerdo tan horrendo no debería ser utilizado, como lo hace el Gobierno, para soslayar cualquier hecho del presente.
Tampoco podría afirmarse ahora que no existe libertad de prensa. Basta para darse cuenta con leer, ver o escuchar los medios de comunicación. Pero son demasiadas y recurrentes las expresiones de hostilidad y provocación del poder político como para no temer que aquella libertad pueda verse afectada en el futuro.
La tensión entre el periodismo y los poderes forma parte natural de una relación que siempre reconoce costados traumáticos. En la Argentina y en la mayoría de los países del mundo, donde el periodismo se ejerce con libertad. Un reflejo de esa realidad, por ejemplo, lo constituye hoy el enojo de Barack Obama con varios medios periodísticos importantes de Estados Unidos. Pero en la Argentina hay un salto, una suerte de escalada: esa tensión ha dado paso a la confrontación abierta, no exenta de violencia y de señas claramente autoritarias.
Néstor Kirchner le robó la autoría intelectual a Carlos Menem. El ex presidente dijo delante de la plana peronista y sindical, que “la primera fuerza de oposición es la concentración de medios”. Los medios serían, de esa forma, el adversario a derrotar antes que los partidos y los líderes de la oposición. La pelea política está planteada en esos términos, similares a los que blandió Menem al promediar la década de los 90.
Esa construcción dialéctica tiene correlato con los hechos. Hace tiempo que algunas empresas importantes de comunicación, que tienen juicio crítico sobre los Kirchner, sufren presiones de la AFIP e intimidaciones políticas y públicas. Hay un principio básico: la existencia de empresas es la que permite, en buena medida, el desenvolvimiento periodístico. ¿Qué valor o qué influencia tendría la palabra de un periodista si cada uno de ellos fuera simplemente un libertario?
De aquella presión a las empresas se pasó, de modo paulatino, a la difamación y escarnio de muchos periodistas. Con palabras, con afiches, con cataratas de mails y con actos de intolerancia. Fueron varios los episodios registrados en la Feria del Libro que impidieron o entorpecieron la presentación de libros incómodos para el kirchnerismo. Pasó con la disidente cubana Hilda Molina. También con una investigación que refería a las tropelías de Guillermo Moreno en el INDEC. Hubo periodistas que, por temor, cancelaron la presentación de sus libros.
Hasta allí el comportamiento del poder político y de los Kirchner. El mal trance del periodismo, sin embargo, acaba de incorporar una novedad: la participación de periodistas, por coincidencia política o conveniencia, en actos de desacreditación contra colegas. Entre tantos, sobresalió uno por su desmesura: el juicio popular en la Plaza de Mayo contra un grupo de periodistas por su trabajo en los años de la dictadura, impulsado por Hebe de Bonafini. Varios periodistas formaron parte del tribunal enjuiciador. Será nomás, como dijo una periodista de la televisión del Estado, que llegó la hora de “dejar de ser periodistas para ser militantes”.
Aquella novedad en la confrontación entre el Gobierno y el periodismo estaría desnudando, en simultáneo, varias cosas. Por un lado, la dimensión de la crisis política, institucional y de valores que envuelve a la Argentina. Una crisis que no atañe sólo a la clase dirigente: también al conjunto social y a sus infinitas formas de manifestación. Por otro, la sorprendente capacidad de nuestro país para repetir historias y fracasos.
¿O acaso se está hablando y debatiendo algo nuevo y diferente?
Un Bicentenario con pocos festejos y muchos desencuentros
OSCAR BERTONE
Probablemente, el 22 de mayo, cuando se despliegue por la avenida 9 de Julio de Buenos Aires la bandera más larga del mundo –la inefable creación de Julio Vacaflor–, la ciudad consiga un impacto nacional que la provincia no pudo conquistar todavía.
Para los festejos del Bicentenario se está preparando un fasto que, convengamos, es necesario, pero que hasta principios de mayo no había logrado calar en una población de espaldas al acontecer político hastiante de estos tiempos. Y una celebración de tanto contenido simbólico como es la de la gesta de mayo de 1810, tiene y tendrá siempre un voltaje político alto.
La unitaria República Argentina centralizará los actos del Bicentenario en Buenos Aires. El hecho es opinable. Quienes defiendan ese tipo de celebración centralizada podrán sostener que eran todos porteños aquellos visionarios de hace dos siglos, que alcanzaron a llamar argentino a todo lo que sucedía en la ribera sur del Río de la Plata, antes de 1810, en las páginas de El Telégrafo Mercantil, donde entre otros escribía el brillante economista Manuel Belgrano.
La historia no puede negar que las revueltas que derrocaron al virrey de turno tuvieron como protagonistas centrales a los comerciantes criollos cansados del manejo de la burocracia metropolitana española, una virtual organización de contrabandistas que manejaba los derechos aduaneros a su antojo, con leyes que restringían el comercio, arbitrariedad exclusiva de la corona española y sus allegados en estas tierras.
Con esta lógica, el bicentenario de la creación de la Bandera debería centralizarse en 2012 en Rosario, y el de la independencia formal, en 2016, en Tucumán. ¿Será así?
Esa incógnita se develará con los años, pero la Semana de Mayo bicentenaria está por comenzar. El gobierno central dispuso que la ancha y simbólica avenida que atraviesa la Capital Federal se transmute en mega exposición con espacios para que cada provincia muestre lo que considere su aporte a la argentinidad.
El 22 de mayo, a doscientos años del histórico cabildeo, Santa Fe va a participar con una expresión artística que se supone de impacto. Mientras se despliega la rosarina “bandera más larga del mundo” por la 9 de Julio, artistas locales leerán párrafos de la Constitución Argentina, nacida y perfeccionada en la ciudad de Santa Fe, enlazando en un mismo acto a las dos ciudades más importantes de la provincia.
Quiere mostrar la administración santafesina que tanto la creación de la Bandera como la Constitución, o el único combate que San Martín desplegó en tierras argentinas, el de San Lorenzo, o la primera colonia de inmigrantes, en Esperanza, contribuyeron indeleblemente a la construcción de una identidad cultural que trasciende los límites de la provincia donde tuvieron lugar aquellos hechos.
El planteo puede parecer aldeano, pero ocurre en el marco de una discusión política acerca del federalismo, que es sin duda nacional y trascendente. Aunque también transcurre en tiempos donde todo lo que sea debate aparece negado, o velado por una lucha donde los unos se niegan al reconocimiento de los otros.
Seguramente, todo quedará en el terreno del simbolismo, y lo más rescatable sea que por una semana el país haga un alto en una confrontación cansadora, que involucra desgraciadamente como actores destacados a medios y periodistas en una suerte de escalada agresiva más propia de adolescentes descontrolados en un viaje de estudios que de profesionales de la comunicación en una etapa de interesantes cambios de paradigmas en todo el mundo.
El Bicentenario podría servir no ya para bajar banderas, pero por lo menos para rescatar algunos tramos de nuestra historia donde podíamos confiar en el futuro. Hoy sólo la relativa vuelta a la prosperidad nos salva de un escenario de enfrentamientos violentos. Pero la retórica, que suele preceder a los hechos, alcanza niveles insufriblemente peligrosos.
La coyuntura internacional nos es propicia como en esas épocas donde los sueños eran admisibles. Los números de la economía no proporcionan ningún indicio serio de cataclismo social, ni inminente ni en el mediano plazo. Pero cada diferencia política, por más pequeña que se desnude cuando se la analiza desde una perspectiva histórica, hace crujir la credibilidad en las instituciones.
EJEMPLO DEL DESPROPÓSITO
Un solo ejemplo basta para retratar lo maltrechas que están las relaciones sociales. Y se debe dar con nombre y apellido: Magdalena Ruiz Guiñazú, una ciudadana y profesional ejemplar, comprometida, más valiente que adjetivadora, no puede ser manoseada en lo que pretende ser un debate público sobre la cuestión de los medios de comunicación.
Nadie niega la importancia de la discusión, ni lo áspero que inevitablemente serán lo argumentos para imponer posiciones en cuestiones tan centrales, tan tapadas durante demasiado tiempo, y donde se juegan intereses multimillonarios. Quien esto escribe siempre apoyó la modificación sustancial de la legislación sobre los medios y ve más aspectos positivos que negativos en la norma que se quiere imponer desde el gobierno.
Pero el agravio personal, el escrache, el reemplazo, aunque sea paródico, de un enjuiciamiento formal por una manifestación que se parece a un circo romano, no puede formar parte de ningún dispositivo eficiente para la democratización de los medios y la defensa de la libertad y acceso a la información. Y no sólo Magdalena ha sido agraviada.
Cuando se pasan ciertos límites, se allana el camino para las escaladas sin control. Cuando se entra en el enfrentamiento personal, se desdibujan las ideas, y el resultado más probable es el peor: el público, hacia quien se supone van dirigidos los argumentos, se pone de espaldas a un debate que necesita el oxígeno vivificante de una amplia participación popular.
Algunos colegas argumentan que la prensa no puede denunciar que hoy peligra la libertad de expresión, dado que cualquiera puede opinar sin que el gobierno lo persiga. Eso es tan cierto como parcial. La sociedad toda, no sólo el gobierno al eliminar la penalización del delito de injuria para los periodistas, clausuró la posibilidad de que los organismos del Estado persigan a los particulares por sus dichos y sus ideas.
Pero para ejercer coerción en estos tiempos, no hace falta la presencia de un oficial de justicia, de una credencial de funcionario, o del uniforme de una fuerza de seguridad. Valga el ejemplo de lo sufrido por dirigentes políticos del oficialismo que recibieron deplorables agresiones durante el conflicto entre el gobierno y las entidades ruralistas.
Y es que desde el gobierno debe partir, por su responsabilidad social y política, la señal más clara de repudio a cualquier intimidación. Eso no ocurre.
UNA SEMANA DE CALMA
Probablemente sólo sea una expresión de deseo. Pero algo del espíritu reflexivo que debería campear en la conmemoración de la Semana de Mayo quizás se cuele en la sociedad argentina en estas semanas. Aferrémonos a eso.
No se observan esas señales, pero con los argentinos nunca se sabe. Son tiempos de serenarse, porque como dirían los maestros del materialismo histórico: están dadas todas las condiciones objetivas para volver a creer.
Alguna idea, un discurso acertado, algo que nos demuestre que no nos hace falta una nueva tragedia para ponernos razonables. ¿Es mucho pedir?
“La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
(Jorge Luis Borges. De “Oda Escrita en 1966”)