La fragmentación
EDUARDO VAN DER KOOY
La Argentina camina por un sendero peligroso de división política y social. El Gobierno de Néstor y Cristina Kirchner está enfrentado, sin concesiones, con la oposición. En el partido oficial, el peronismo, hay una vertiente maciza que todavía apoya al matrimonio, pero existe también una fuerte correntada disidente. La oposición es una argamasa casi imposible, filtrada por diferencias políticas, enconos personales y vanidades. Simulan unidad sólo cuando se eleva el fantasma amenazante de los Kirchner. Resultan además indisimulables los conflictos cotidianos entre el Poder Ejecutivo con el Legislativo y el Judicial. La política parece convertida, de ese modo, en escenario de una lucha libre
No hay siquiera un símbolo, ni un trozo de memoria que pueda hacer converger, ahora mismo, a la clase dirigente. Tampoco a la sociedad en su conjunto. Ni siquiera la recordación del 24 de marzo, fecha del último sangriento golpe militar en 1976, permitió superar diferencias. La Plaza de Mayo fue ese día un teatro de fracturas y de confrontación.
Las palabras tuvieron correlato con los hechos. Cristina Fernández utilizó esa jornada y la política de derechos humanos que inició su marido, Néstor Kirchner, para profundizar la confrontación. El poder nunca es inocente cuando trata de instalar una cultura política, y siempre tiene una responsabilidad mayor que el resto de los sectores. Los Kirchner están reproduciendo en la Argentina una polarización social que huele a vieja, que se repite en otras zonas de la región y que nunca ha tenido epílogos felices. Ese clima imperante explica, tal vez, que hasta la titular de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, haya utilizado también aquel día 24 un lenguaje alejado de su clásico tino y moderación.
Tampoco la oposición ayuda a amortiguar la cultura kirchnerista que tiende a confrontar y separarlo todo. ¿Suena acaso sensato proponer en medio de la recordación del golpe infausto, un plebiscito que decida la continuidad o no de los juicios por crímenes de lesa humanidad? La propuesta no salió de cualquier boca. Fue la de Eduardo Duhalde, un ex presidente. La política de derechos humanos ha tenido demasiados vaivenes en la Argentina –juicios, leyes del perdón, indultos– como para intentar darle ahora otro golpe de timón. Una cosa es pretender la marcha atrás, y otra diferente objetar la manipulación política recurrente de los Kirchner con los derechos humanos. Esa alarma la hicieron sonar, entre otros, el radical Ricardo Gil Lavedra y el ex fiscal del juicio a los comandantes, Julio César Strassera.
Semejante diáspora sobre cuestiones medulares del país –como la defensa de la democracia, la vida y el rechazo al golpismo– abriría paso a la reflexión hecha por Beatriz Sarlo: “Los derechos humanos deben ser nuestro acuerdo de civilización”, escribió la pensadora. También se abriría paso a un interrogante: ¿Cómo se ha llegado a la situación actual? El Gobierno alega que el estado de confrontación permanente sería el resultado de sus políticas de cambio profundo. La oposición descarga las responsabilidades en la prepotencia oficial, en su estilo autoritario.
Ambos bandos podrían tener una parte de razón. Pero esa parte no alcanzaría a explicar el panorama general. El salvajismo político que se observa y que se escucha, obedecería a la crisis partidaria e institucional que estalló en el 2001 y que jamás fue subsanada. Sólo la disimuló el reencauzamiento de la economía.
Superado el miedo que provocó la emergencia conducida por Duhalde, los dos principales partidos –el peronismo y la UCR– continuaron su sangría. El peronismo se preservó mejor bajo la forma de divisiones y recomposiciones constantes. Sólo surgieron para acompañarlos en el sistema otros liderazgos cimentados en el personalismo.
Esa enorme desarticulación genera dudas e imprevisión sobre el futuro. Nadie sabe quién podrá suceder a quién en el poder. Nadie sabe, de verdad, con qué fuerzas ni con qué partidos contará. Por eso todos pujan como en una lucha libre. Eso hace de la política una tierra inhóspita en la Argentina de este tiempo.
Distintos pero parecidos
OSCAR BERTONE
El propio gobernador confirma lo publicado en el diario Clarín acerca de la reunión mantenida en Olivos con la Presidenta de la Nación, otros gobernadores y ministros. El diálogo fue amable, como corresponde, pero hubo reproches mutuos en torno al comportamiento de los diputados y senadores, nacionales y provinciales, en las legislaturas.
- “Ustedes piden ayuda económica al gobierno nacional y recurren a la Suprema Corte, pero lo primero que hay que hacer es las reformas en su territorio, como hicieron Córdoba y Buenos Aires”, reprochó Cristina.
- “Pero Cristina, ¿cómo vamos a hacer reformas tributarias si los legisladores peronistas no las quieren votar?”
- “Bueno, pero ustedes se juntan con la derecha de Pinedo en el Congreso nacional…”
Diálogos de ese tenor, quizás con otras palabras pero en ese tono, se sucedieron un par de veces durante el largo almuerzo. Tienen su lógica, pero delatan una relación que empantana el horizonte de la gobernabilidad, en tiempos que el país no se merece.
La encuesta que publicamos en la nota central de este número trató de indagar sobre el pensamiento de los rosarinos acerca del papel de la oposición. Los resultados son realmente significativos y demuestran un rechazo mayoritario a las peleas entre dirigentes, expresadas básicamente en las patéticas sesiones del Congreso.
Cuando se le pregunta a los encuestados cómo consideran a la oposición al gobierno nacional, más del 40% cree que es obstructiva, y sólo un poco más del 30% cree que es constructiva. Ese primer dato (ver gráficos en la nota: “La torre de Babel”) ya es indicativo, considerando que el gobierno K no tiene una buena imagen.
Ahondando un poco, los encuestadores preguntaron en forma directa: Si gobernara la oposición, ¿cómo cree usted que estaríamos? Lapidario: sólo el 19% considera que estaríamos mejor; el 60% supone que estaríamos peor o igual.
Una tercera pregunta, de ajuste, provoca una respuesta lógica: el 70% de los encuestados cree también que el gobierno nacional es intolerante con la oposición.
Si nos enfocamos en la relación entre el gobierno provincial y sus adversarios, Hermes Binner sale mejor parado, ya que se lo considera más tolerante, pero la matriz de las respuestas es similar: las críticas repercuten más en los medios que en las expectativas políticas de la gente. O, planteado de un modo más pragmático, las denuncias constantes no generan el rédito que suponen los denunciantes.
DESPUÉS DEL TEMBLOR
Las tres semanas sin clases y la paralización del Estado santafesino quedaron atrás, pero los rencores permanecen. Fue un momento de crisis durante el cual nadie ganó. Las perspectivas económicas son interesantes, pero la convivencia política elemental está dañada.
Los socialistas están dispuestos a retirar las medidas cautelares que plantearon en la Suprema Corte para que el Estado nacional les devuelva los fondos retraídos por la ANSeS, que se sigue quedando con ellos, a pesar de que la situación por la que el gobierno de Reutemann/Mercier justificó el despojo, ya desapareció.
En aquellos tiempos, el ahorrativo ministro reutemista les había bajado el sueldo a los empleados y jubilados provinciales para pagar el costo del mantenimiento del sistema estatal jubilatorio nacional porque se creaban la AFJP. Hoy el aporte no tiene sentido.
El monto reclamado es alto. Son mil millones anuales, de los cuales Santa Fe pide por lo menos que le devuelvan la mitad, para “no desfinanciar a la Nación”, asegura Binner atajándose del argumento más esgrimido por el kirchnerismo.
“Cuando hay diálogo hay esperanza”, asegura el socialista al referirse a los resultados de la reunión con Cristina. “Pero cuando dicen que no van a dejar que ninguna provincia entre en crisis, parece que están actuando como bomberos que esperan el incendio para llegar con la manguera”, ironiza.
“Yo no di ninguna instrucción de bajar el nivel de enfrentamiento”, explica cuando se le pregunta por los constantes intercambios de comunicados entre oficialismo y oposición en el ámbito nacional. “Pero…”, vuelve a ironizar, ahora sobre la tropa política que él mismo integra, “…si tenemos que depender del compañero Menem para llevar adelante una idea, estamos mal”. Por esos días, otra sesión de la Cámara de Senadores había quedado trunca porque la oposición no había juntado quórum.
Se le comenta el contenido de la encuesta que publicamos en este número y el descrédito que conlleva para la dirigencia el enfrentamiento constante. Hace un solo comentario: “No sé de dónde saca la plata el ministro Sciara, pero nosotros seguimos haciendo obras. Ayer estuve en Chabás y en Rufino inspeccionando e inaugurando obras que costaron millones; vamos a seguir haciendo, y cuando se tranquilicen las tasas de interés por el arreglo de la deuda, buscaremos financiación donde corresponda. No conozco otra manera de hacer las cosas.”
Mientras, en las rutas alrededor de la ciudad se amontonan miles de camiones, una empresa portuaria anuncia la ampliación de su terminal, los albañiles siguen levantando torres, el consumo crece, y la inflación se come de a poco los aumentos salariales que se consiguen.
Los problemas que enfrentan Binner y Cristina son parecidos. Los métodos con que los enfrentan, no. Empiezan los tiempos del Bicentenario y las expectativas que abren en la economía no se compadecen con las que cierra la falta de convivencia política.
La imagen de su gobierno está lastimada, aunque los encuestadores insisten en diferenciar entre “imagen de gestión” e “imagen personal”. Como sea, aún conservando Binner su prestigio, le urge salir de un escenario muy incómodo.