Señales contradictorias
EDUARDO VAN DER KOOY
El 2009 concluyó como había empezado. Con señales políticas y económicas confusas y muchas veces antagónicas de parte del gobierno de Cristina y Néstor Kirchner. Algo, sin embargo, parece haber variado en el paisaje de este tiempo nuevo: el pesimismo por la crisis internacional ha sido desplazado por una moderada expectativa de recuperación.
El Gobierno argentino, con el cúmulo de problemas, intenta recuperar confianza para no quedar a la cola de los beneficios de una economía internacional que atisba ponerse en marcha. La amplia convocatoria que la Presidenta hizo a los empresarios más poderosos tuvo ese objetivo. También su disposición para buscar canales de diálogo frecuente con esos sectores para aprovechar la oportunidad. Aunque esas mismas invocaciones hechas en el pasado hayan resultado luego desvirtuadas por los hechos. El Gobierno, bien o mal, supo en estos años cimentar una base de apuntalamiento sindical. No tuvo la misma eficacia con el frente empresario, donde sólo la UIA, en los inicios del kirchnerismo, acompañó con grados de incondicionalidad.
Las dificultades para rehacer confianza en el frente externo asoman todavía más complejas. La creación del Fondo del Bicentenario con reservas del Banco Central para garantizar los vencimientos del 2010 apuntaría a aplacar los recelos internacionales con nuestro país desde la declaración del default, que distintos gestos políticos de los Kirchner atenuaron, pero que nunca alcanzaron a disolver.
La maniobra ofrecería múltiples vericuetos. La creación de aquel Fondo denunciaría, sin dudas, una voluntad del matrimonio presidencial de cumplir con el universo financiero. Pero desnudaría, al mismo tiempo, equívocos y debilidades.
Echar mano a las reservas implica varias cosas simultáneas. Una: la marcha de la economía y las arcas del Estado no tienen la bonanza que suelen describir los Kirchner. Dos: el mecanismo utilizado denotaría apuros y precariedades. El DNU de Cristina reemplazó al proyecto de ley que en su momento envió al Congreso Néstor Kirchner, cuando decidió saldar el total de la deuda con el FMI. En aquel tiempo la política tributaria iba en ascensor, el kirchnerismo era una expresión política amplia y el parlamento acompañaba. El ecosistema cambió: la recaudación sufre, el kirchnerismo ha quedado casi reducido a la CGT y al PJ bonaerense y en el Congreso talla ahora mucho más la oposición.
Los Kirchner buscan sustentabilidad y gobernabilidad durante el 2010 con caja sólida, acceso menos gravoso al crédito y la chance de continuar inyectando dinero en el mercado para garantizar crecimiento y consumo. El cuadro cerraría con la asignación universal a la niñez que, según sea la eficacia de su implementación, tendrá impacto en amplios bolsones de pobreza.
Pero la plata quizás no sea suficiente para reponer el caudal de confianza interna y externa que está haciendo falta. El mundo financiero mira el Fondo del Bicentenario pero también la política indefinida con el Club de París o las refriegas estériles con los Estados Unidos de Barack Obama. La sociedad argentina añora la recuperación del consenso que desde hace años fue desplazada por la confrontación.
Construir confianza colectiva es una tarea homérica que, en su época, Kirchner supo hacer. Destruirla consume menos tiempo. Cristina es una testigo privilegiada de ese fenómeno. Un estudio nacional de la consultora Hugo Haime retrataría ese estado de ánimo. El 57% de los argentinos manifestaron en diciembre del 2009 su bronca con el Gobierno. Ese índice estaba un año atrás en el 38%. El 29% dice estar ahora desalentado con el país. El mismo índice registraba hace un año un 21%.
Será arduo para los Kirchner remontar la empinada cuesta de malestar, sobre todo si en la tarea priman las contradicciones.
El monseñor de la inefable provincia
OSCAR BERTONE
Si hubo un hecho que causó perplejidad en los ámbitos políticos santafesinos, ocupados en esas horas por la discusión del presupuesto 2010, fue el dictamen de prisión para monseñor Edgardo Storni.
De personalidad fuerte, y sólidos contactos con la política y el Poder Judicial, hombre de consulta del establishment santafesino, autoexiliado en una casa de retiro en Córdoba, el cura volvió a ocupar abruptamente los titulares de los medios, cuando una sentencia que nadie esperaba le descerrajó ocho años de prisión por abuso sexual agravado por su condición de sacerdote.
El fallo fue devastador. Calificado como el número 3 de la iglesia argentina por la prensa internacional especializada, Storni se creyó a salvo hace algunos años, cuando visitó al Papa Juan Pablo II, y aseguró haber regresado con la absolución. Ya había sido sobreseído por una cámara santafesina de apelaciones por el delito de amenaza contra un anciano sacerdote, para silenciarlo en cuestiones vinculadas a su relación con los novicios de su diócesis.
“Con aquella bendición del Santo Padre, el monseñor volvió agrandado a pontificar conservadurismo. Hizo campaña y consiguió que en su diócesis no instalaran casinos, ni repartieran preservativos ni píldoras anticonceptivas, y que el Estado aumentara los subsidios a las escuelas católicas”, relataba el periódico español El Mundo.es.
También había acallado con autoridad rumores sobre un faltante de muchos pesos convertibles en dólares, de una de las tradicionales colectas “Más por Menos”, de Cáritas. Las causas habían recorrido, en 8 años, los escritorios de más de diez magistrados sin resultados firmes, hasta que una flamante jueza, a sólo 40 días de asumir, decidió terminar con un tema que se encaminaba a la extinción por prescripción.
La doctora María Amelia Mascheroni, hermana de un conocido dirigente radical, designada por concurso con el aval del Consejo de la Magistratura, determinó que “ha quedado palmariamente demostrado con la cantidad de testimonios arrimados a la causa e indicios, que las situaciones vividas dentro de los claustros eran anómalas, irregulares y perjudiciales para los seminaristas que han venido trayendo su versión para esclarecer los hechos”. Punto.
La descripción sobre los antecedentes y las relaciones políticas de Storni, más que los escabrosos relatos de los aspirantes a sacerdote que se menearon en medios sensacionalistas, ayudan a explicar los alcances y la significación de la sentencia. Unos días antes, un ex juez federal del menemismo, Víctor Brusa, también otrora hombre fuerte de Santa Fe, había sido condenado a 21 años de prisión por delitos cometidos durante la dictadura militar. Pero era una sentencia esperada y provenía de la justicia federal.
¿Algo ha cambiado en la justicia santafesina? La libertad al ex juez Fraticelli luego de seis años de injusta prisión, la resolución del caso Storni, la instrumentación incipiente de los juicios orales, la cobertura de decenas de cargos con nuevos jueces, van desmantelando el sistema judicial anterior, el de la corporación judicial, como se lo suele denominar en el foro local.
Esto no significa que la profundización de este proceso dejará afuera a los antiguos magistrados. Muchos lo previeron y se retiraron. Otros están advirtiendo nuevos vientos y estudian su reposicionamiento, y los menos se resisten. Quizás sean pocos, pero algunos son importantes.
De todos modos, cuando los cambios se logran por consenso pueden ser más lentos, pero más definitivos. Es harto transitado el concepto de que sin Justicia no hay previsibilidad, y sin previsibilidad no hay desarrollo económico ni social, es decir futuro. La sentencia contra Storni es un hito de cambio hacia una justicia mejor. Y hacia una provincia más fácil de explicar y de entender.