Edición Nº 62

Un año político muy complicado

EDUARDO VAN DER KOOY

Las señales de la economía doméstica e internacional, aún con cautela, augurarían esperanzas para el año próximo. Resulta muy difícil trasladar en la Argentina esas mismas esperanzas o expectativas al campo de la política, de las instituciones y los partidos. Casi nunca existe un saldo favorable para una nación cuando la economía y la política conviven en ese estado de contradicción.

Con más de cinco meses de demora llegó el día después del 28 de junio. Por primera vez en la era kirchnerista, que lleva seis años, la oposición tomó el control de la Cámara de Diputados. Por primera vez el oficialismo será allí una clara minoría. Un cambio de fuerzas parlamentarias suele ser algo bastante normal en las democracias respetables del mundo. No es, claro está, lo que ocurre aquí.

Las elecciones de junio marcaron una derrota política de los Kirchner, aunque el kirchnerismo siga siendo en el orden nacional la primera minoría. Aquella derrota quedó grabada, sobre todo, por la caída en Buenos Aires, el principal distrito electoral, a manos de un candidato novato, Francisco de Narváez, y luego de recurrir a mil argucias, entre ellas las candidaturas testimoniales.

El desacople de los tiempos políticos fue usufructuado al extremo por los Kirchner, haciendo uso demasiadas veces de un poder irracional. ¿Por qué irracional? Porque impusieron sin ningún miramiento una mayoría en el Congreso que había quedado parcialmente deslegitimada por el mensaje popular del 28 de junio. No se ocuparon de sembrar bases de diálogo para el tiempo posterior, para ese tiempo que comenzó a correr en los primeros días de este mes.

Obtuvieron, entre un fardo de leyes, las facultades delegadas, la prórroga por dos años –algo que no había logrado ni siquiera Eduardo Duhalde– de la emergencia económica y el impuesto al cheque, la reforma electoral y la ley de medios, que promete añadir en el 2010 a la tensión política existente entre Gobierno y medios de comunicación, una batalla judicial.

Ese ensayo fue incubando un espíritu de desquite en la oposición, en algunos casos también lejos de la racionalidad y la moderación. Imposible, entonces, que el recambio parlamentario transitara carriles normales. Una oposición heterogénea, con varios liderazgos divergentes, como los de Mauricio Macri con De Narváez y Felipe Solá, o los de Elisa Carrió con Julio Cobos y Hermes Binner, se unió quizás en una sola coincidencia: trazar un límite a los Kirchner, recortarles poderes parlamentarios, hacerles conocer el sinsabor de la humillación pública. El Gobierno primero y la oposición más tarde, no compusieron el mejor espectáculo para el sistema democrático.

La oposición tiene un camino arduo por recorrer. La mayoría que cosechó para arrinconar a los Kirchner difícilmente pueda ser conservada a la hora de promover proyectos o sancionar leyes. No se puede perder de vista otro detalle: esa misma oposición deberá ir construyendo el año próximo las alternativas presidenciales del 2011. Es posible que se acentúen muchas diferencias.

La pelea entre el Gobierno y la oposición no empezará y terminará en Diputados. Cualquier ley tiene también la estación obligada del Senado. Allí el kirchnerismo mantiene una supremacía inestable de apenas dos votos sobre la oposición. El fluir de posiciones es también moneda corriente entre los senadores.

Cada ley tendrá, por lo tanto, el desarrollo de un verdadero laberinto. La oposición poseerá capacidad de bloqueo para las iniciativas oficiales, pero mucho menos capacidad para rever leyes ya sancionadas o progresar con proyectos de envergadura. El Congreso podría dejar de ser escenario de debates y acuerdos para convertirse en teatro excluyente de riñas y venganzas. Sólo es un trampolín para el 2011. No se trata de un buen presagio para la Argentina.

La calma luego de las tempestades

OSCAR BERTONE

Uno de los sapos que hay que tragarse cuando se gobierna”. Así calificó Hermes Binner al episodio de verse obligado a dar marcha atrás, en el transcurso de pocas horas, con la decisión de nombrar a un policía como subsecretario de Seguridad de la Provincia.

En esa, como en otras cuestiones de gobierno, más que la pugna por los espacios de poder, prevalecen los compromisos políticos, basados en una determinada visión ideológica, que llevaron al socialismo a la conducción de Santa Fe. No está mal, abona cierta coherencia, pero exige más cuidado con los anuncios.

La sucesión del ministro Daniel Cuenca, obligado a renunciar por cuestiones de salud evidentes y por ninguna otra causa, cayó en manos de álvaro Gaviola, jefe del Registro Civil, quien ya participaba activamente de las discusiones sobre seguridad, un tema de especial preocupación para un gobierno que debuta sin mayor experiencia en el área.

Hasta allí todo era explicable, pero la difusión del nombre del posible secretario, José Luis Giacometti, un policía que se había recibido de abogado pero no pudo resistir el archivo, terminó con su carrera de funcionario político antes de que empezara. Aparecieron declaraciones justificatorias del accionar policial en un caso donde se sospecharon, justificadamente, apremios ilegales contra un joven, hace una década.

Las especulaciones sobre el origen de la publicación de ese archivo son secundarias. Probablemente hayan existido radicales enojados por el reemplazo de uno de ellos (el dirigente Carlos Iparraguirre) por un policía. Para los radicales, no hay nada peor que retroceder dentro de un espacio ganado en la coalición que sustenta a Binner. Esa relación será un hito político en el año que entra.

Pero no fue eso lo que determinó la marcha atrás con el nombramiento. El nombre del Giacometti era intragable dentro del propio socialismo y otros aliados históricos. Así que el costo lo pagaron el gobernador y el ministro Antonio Bonfatti. La prolijidad de la que le gusta hacer gala al oficialismo quedó resentida.

El escandalete ocupó algunas jornadas en las primeras planas, pero quedará pronto en el olvido. En primer lugar porque las cuestiones vinculadas a la seguridad no se resuelven sólo con una designación. Son temas de alta política, sobre los cuales el flamante ministro aseveró que “pronto se verán resultados”. ¿Se verán? Esperemos.

La Plata

Además, el fin de año tiene otro parámetro más importante para medir la fortaleza del gobierno que lidera el socialismo: la cuestión presupuestaria.

Pocas veces esta revista dio tan en el clavo como cuando decidió auspiciar, en su aniversario, un debate sobre los ingresos públicos provinciales, tomando como disparador los estudios que desde hace diez años realiza la Fundación Apertura. Es un trabajo minucioso, difícil, enmarañado, que consiste en tomar las partidas ejecutadas cada año por el gobierno santafesino, para determinar hacia dónde se dirige efectivamente el gasto público.

La importante concurrencia al debate y los conceptos que allí se vertieron dejan la puerta abierta para que, sobre la fecha del envío del presupuesto anual a la Legislatura, una parte importante de los actores económicos pueda interesarse y debatir cada año el manejo del dinero público.

No deja de ser una experiencia estimulante y quizás única en el ámbito nacional. Es que la polémica refleja cierta calidad institucional. La provincia alberga a dos fuerzas políticas con equivalente poder. El peronismo y el Frente Progresista son agrupaciones con cuadros y dirigentes que permiten suponer un futuro con alternancias y cierto equilibrio. Y eso quedó reflejado en el debate del que damos cuenta en el extenso informe que se publica en este número.

En pocos lugares del territorio argentino los empresarios pueden poner reparos públicamente a las políticas tributarias que impone un gobierno sin temor a represalias. No es poco.

Rosario no es capital provincial, y su empresariado se de-sarrolló prácticamente al margen de los negocios del Estado, que tienen epicentro y manejo en la ciudad de Santa Fe, con sus estudios de abogados y contadores prolijamente dedicados a estos menesteres. Quizás allí esté la génesis de esta especial relación.

Entonces, lo que está en debate no son sólo negocios. Son visiones. Es la definición en torno a si el Estado, el mercado, o una equilibrada conjunción de ambos, determinarán los planes de gobierno.

Es, en parte, una cuestión de autoridad, de gobernabilidad. El gobierno se juega una carta fuerte, vital, con su proyecto de reforma impositiva. La presión que ejercen los ahogados municipios y los gremios lo puede llevar a imponerse.

Después empezará una experiencia inédita y apasionante. En diciembre del 2010 se hará el balance, como prólogo a un año político. ¿Será con calma luego de estas tempestades?