Todo lo que se pone en juego
EDUARDO VAN DER KOOY
La reforma electoral anunciada por Cristina Fernández ha disparado la política. Las reacciones del peronismo –kirchnerista o disidente– y de la oposición tomaron direcciones distintas: los peronistas se aprestan a dar batalla para sostener o destronar a Néstor Kirchner en el trayecto hacia el 2011. La Presidenta aparece en este escenario apenas como una invitada de privilegio. La oposición cavila, en cambio, sobre la conveniencia o las supuestas trampas que podría encerrar aquella reforma. Las peleas por las candidaturas en esa geografía tienen un desafío previo: la estrategia parlamentaria desde diciembre, cuando cambien las mayorías en Diputados y el Senado. Si esa estrategia no alcanzara a colocarle límites al implacable dominio kirchnerista, la definición de las candidaturas se podría tornar más compleja e incierta.
Los ojos podrían posarse con mayor seguridad sobre el peronismo. El partido oficial, como tantas veces en la historia, parece marcar la agenda pública y los tiempos propios y ajenos. La reforma electoral, que de política tiene sólo el enunciado, así pareciera indicarlo. La dirigencia ha corrido como un rebaño detrás de esa iniciativa. Algo similar sucedió con la asignación universal a la niñez. Después de aquella palabra oficial, el peronismo entró decididamente en ebullición.
Todavía está por verse el destino de esa reforma. Quizás sólo Diputados tenga la posibilidad de darle media sanción con la actual composición del Congreso. El proyecto deberá definirse en el Senado, cuando las mayorías hayan cambiado. La iniciativa podrá sufrir reformas porque, tal como nace, implicaría que sólo cinco partidos nacionales (el PJ, la UCR, el Frente Grande, el Socialismo y el ARI), tendrían la aptitud de competir en las presidenciales. De esos cinco partidos, dos ya no son lo que fueron: el Frente Grande está virtualmente desaparecido y el ARI fue barrido por los vientos de la Coalición Cívica que inventó Elisa Carrió.
Mas allá de futuras transformaciones, aquello que con certeza quedará en pie de la propuesta oficial será la idea de las primarias abiertas y simultáneas. La medida, en sí misma, difícilmente pueda recibir objeciones graves. Pero tampoco podría observarse sólo a través de un cristal de candor: el mecanismo descubierto por los Kirchner, que ellos mismos ayudaron a archivar en el 2006, obligará a los peronistas a competir únicamente dentro del partido. Frenará los desgajamientos que se venían insinuando. Podrían evaporarse, también, las fantasías de algunos dirigentes sobre una posible convergencia con el radicalismo que impulsa al vicepresidente Julio Cobos.
Kirchner tiene, al menos, esa seguridad en su ilusión nunca muerta de suceder en el 2011 a Cristina. No hay, ahora mismo, liderazgo más fuerte en el peronismo que el que encarna el ex presidente. Aunque ese liderazgo se afinque, en especial, sobre el peso de la caja del Estado. El flanco débil es otro para él. Las primarias abiertas lo podrían someter al juicio no sólo de los peronistas disidentes: también de millones de ciudadanos independientes con quienes ha construido en estos años sólo un vínculo de encono.
La duda radica en saber quién podría convertirse dentro del PJ en el rival capaz de atraer, en forma simultánea, a los disidentes e independientes. Eduardo Duhalde no parece el hombre indicado. El caudillo bonaerense le ha plantado desafío público a Kirchner, pero la realidad no lo acompaña: presenta junto a su desafiado, según la unanimidad de encuestas, una de las imágenes negativas más altas de la clase dirigente. Detrás de Duhalde sólo hay, por ahora, incertidumbre y silencio: es lo que sucede con Carlos Reutemann, Felipe Solá, Mario Das Neves o Juan Manuel Urtubey, posibles postulantes.
Las imágenes de Kirchner y Duhalde podrían ser ahora imágenes falsas del futuro. El peronismo dio muestras muchas veces de una enorme capacidad de adaptación a nuevas circunstancias. Si eso no ocurriera, podría estar llamado en el 2011, otra vez, a abandonar el poder.
La batalla por los impuestos
OSCAR BERTONE
Luego del alivio electoral de septiembre, el gobierno provincial se centra en un tema, la reforma tributaria, aunque no le pierde la vista a otro: la evolución de la percepción de la gente sobre los problemas de seguridad. No hay cuestiones más importantes.
En otra situación, los paros docentes le habrían quitado el sueño al gobernador. Pocas cosas le molestan más que fallar en el tema educativo. Los gremialistas, sobre todo los rosarinos, consiguieron un título de fin de año molesto para los socialistas: no se pudo terminar el ciclo escolar sin paros.
Pero desde el gobierno prefirieron esta vez endosarle la factura a los sindicalistas docentes aliados. “Si hubo apertura de paritarias, aumentos de sueldos, miles de titularizaciones, recomposición para los jubilados, 2.000 viviendas y un presupuesto considerable en equipamiento, e igual hacen paro, ya no es un problema nuestro”, sería el resumen, brutal, del pensamiento oficial respecto de la convulsionada AMSAFE, que traslada al servicio público la feroz interna entre los gremialistas rosarinos y los provinciales.
El gobierno no va a confrontar con ellos. Sabe que abrir la canilla salarial a los maestros derivaría en una catarata de reclamos imposible de contener. Punto y aparte. Para el 2009 no hay más plata, y que el costo político de dejar a los chicos sin clases lo paguen los que dejaron vacías las aulas, razonan. Intuyen que pocas veces como ahora la medida de fuerza es impopular.
LA REFORMA
Difícilmente el gobierno del Frente Progresista logre imponer en la Legislatura, por un acuerdo político, la reforma tributaría que pretende. Depende, inevitablemente, de que algún sector de la diáspora peronista se anime a enfrentar a la sublevada opinión empresaria, sobre todo la de los industriales, reflejada sin tapujos en los discursos del encuentro que la UIA realizó en Rafaela.
Allí manifestaron que no les interesa que Entre Ríos y Córdoba hayan conseguido mejorar la recaudación vía generalización de Ingresos Brutos. Se exasperan cuando escuchan hablar a Binner del “injusto paraíso fiscal santafesino”.
Una excepción se abrió en el campo empresario: “En la construcción estamos dispuestos a hacer un esfuerzo”, sorprendió Ricardo Griot, de la Cámara Argentina de la Construcción de Santa Fe, haciendo una salvedad… “siempre que nos garanticen que ese 0,5% de Ingresos Brutos vaya a obras de infraestructura”. Algo es algo.
A los que suponen un pacto del socialismo con el sector de Agustín Rossi, cerca del legislador jefe de la bancada kirchnerista, le responden con firmeza: “bastante costo pagamos con sectores del campo para enemistarnos ahora con la industria”.
Los reutemistas, que ni siquiera estuvieron de acuerdo con Obeid cuando blanqueó la situación irregular de decenas de miles de empleados –lo que llevó en aquella época el costo de la plantilla salarial de 3.000 a 7.000 millones de pesos– , difícilmente sean aliados de un retoque impositivo.
Las expectativas oficiales están centradas entonces en dos sectores. Los intendentes y presidentes de comunas, que recibirían 400 millones más de coparticipación automática, y los gremios del Estado.
“No se puede hablar de reforma sin sacarle a los que más tienen”, repite Jorge Hoffman, secretario general de ATE, un sindicato cada vez más poderoso. Los municipales de Santa Fe también empiezan a alinearse en ese pensamiento, y una gran parte del gremio docente debate la posibilidad de presionar por una recomposición tributaria. Empiezan a mandar mensajes hacia los legisladores peronistas. “No haber aumentado los impuestos en las épocas de bonanza favoreció a los que más tienen; no lo exhiban como una virtud”, suelen decirle al obeidismo.
Por el lado de los presidentes de comuna, en una provincia tan extendida, es difícil analizar un panorama heterogéneo. Cierto es que con el primer triunfo provincial del reutemismo en junio, muchos abrigaron la expectativa de cobijarse como opositores debajo del paraguas del ex corredor. Pero los comicios de la primavera castigaron duro a una gran cantidad de dirigentes comunales opositores, que vieron evaporarse gran parte de su capital político.
Sin votos y sin ayuda económica a la vista, con compromisos económicos crecientes y un sistema de coparticipación automática, ¿se limitarán a ver la discusión por los impuestos a través de la televisión?
La batalla está por empezar; debe terminar antes que el año. De otra manera, ganadores y perdedores pagarán el costo en 2010.