Edición Nº 60

Un poder que sube ¿y baja?

EDUARDO VAN DER KOOY

La política continúa siendo una verdadera usina de sorpresas en la Argentina. ¿Alguien no imaginó que después de la derrota del 28 de junio el poder de Cristina y Néstor Kirchner empezaría a descender? ¿Alguien no pensó, también, que esa tendencia abriría, de modo inevitable, una nueva escena dominada por el diálogo? ¿Alguien no supuso, además, que la pelea por la sucesión de la Presidenta y del ex presidente comenzaría en el peronismo con el vértigo y el torbellino acostumbrado?

Nada, absolutamente nada de todo eso ha ocurrido. Los pronósticos de la política han fallado otra vez. Tal vez, sea el fracaso de la política misma. ¿Por qué razón las previsiones han resultado inservibles, como aquel cesto arrumbado en un rincón? Porque los Kirchner han desplazado el eje de atención lógico después de cualquier derrota electoral: la opinión pública parece haber quedado relegada a un segundo plano; en el primero figuran las decisiones que consolidan su poder en el corto tiempo, que les conceden margen de maniobra política e institucional, que esterilizan discusiones. El deliberado menoscabo por la opinión pública le otorga al matrimonio presidencial, aunque sea por un tiempo quizás limitado, una discrecionalidad en el manejo de los resortes institucionales y de poder.

Esa mirada sobre la prescindencia con la sociedad posee también algún correlato numérico. La consultora Poliarquía –una de las dos que vaticinó en junio la derrota de Kirchner en Buenos Aires– acaba de divulgar un trabajo con cifras elocuentes: Cristina está en su nivel de imagen de gestión más bajo desde 2007 (19%); el ex presidente tiene una imagen positiva de apenas el 21%. En la formalidad, no ejerce el mando, pero en el año y medio largo de gobierno de su esposa, se derrumbó. La misma empresa le concedía un 54% de buena valoración cuando concluyó sus cuatro años de ejercicio.

Los Kirchner se han valido de estos meses de la transición para conseguir algunos resortes valiosos de gobernabilidad. La prórroga de las facultades delegadas es uno de ellos. Otras leyes parecieran estar pensadas, en cambio, para cuando las mayorías parlamentarias pasen en diciembre a manos de la oposición. La controvertida Ley de Medios es una de ellas.

Tal vez los Kirchner supongan que aquella mella institucional pueda ser reemplazada con un mayor control y participación del Estado en los medios de comunicación. Ese asoma como el espíritu profundo de la reglamentación, mas allá de aceptar consideraciones que los propios medios no podríamos ocultar: en estos 26 años de democracia, por una razón u otra, los medios tampoco ayudaron a propiciar una discusión amplia sobre la Ley. Mientras tanto, el universo de la comunicación se transformó –y se sigue transformando– hasta horizontes que hoy no tienen fronteras.

La ineficiencia de todos los actos hizo, al fin, que el debate terminara alumbrando en el peor momento. Con un Gobierno más dispuesto a imponer que a discutir, como se observó en Diputados y en el Senado, e intentando convertir a la Ley de Medios, para su provecho, en una futura herramienta política.

En ese derrotero no anduvo con miramientos. La nueva Ley dispondrá la quita de licencias de radio y televisión antes de que esas caduquen. Licencias que, no hace mucho, fueron otorgadas por el propio Estado. Algo que ni siquiera Hugo Chávez practicó en Venezuela.

Quizás los Kirchner tengan otros picos en su escalada de poder hasta diciembre. Pero ese fin de año será una bisagra: la oposición, débil y fragmentada como está, incuba la posibilidad de un desquite. ¿Arrebatarle la presidencia de la Cámara de Diputados?

No será una tarea sencilla, pero podría volver a colocar a la transición casi en un punto de ruptura. De segura inestabilidad. En ese caso, las victorias de ahora de los Kirchner, y las que planea la oposición, serían sólo efímeras. Y ambos habrían dilapidado la oportunidad de otorgarle a la política argentina un marco de sentido común y armonía.

Después del alivio, los límites para los sueños

OSCAR BERTONE

Tonificado por el éxito obtenido en las elecciones provinciales, no sería extraño que el gobierno de Hermes Binner insista en una reforma tributaria que no pudo revalidar en la Legislatura sobre el fin del año pasado.

Por ahora, el Ministerio de Economía decidió pedir un plazo extra para la presentación del presupuesto, demora que no le cae bien al socialismo, generalmente celoso en el respeto de las formas. Pero el fondo de la cuestión es que los números no cierran, al menos para mantener un ritmo adecuado de las obras que figuran en su agenda de anhelos, además de las que incluyó en la agenda pública, anuncios mediante.

Los síntomas de reactivación y el cambio de expectativas hacia escenarios más favorables en la actividad privada ya no son un secreto. Pero de allí hasta que las ventanillas fiscales concreten en recaudación los pronósticos favorables, deberá pasar un tiempo que incluye el pago del aguinaldo y algún probable retoque salarial para los empleados del Estado.

Muchas fábricas de la agroindustria han retomado un ritmo de trabajo similar al de antes de la crisis. No están incorporando personal, pero sus obreros empezaron a hacer horas extras. Los pronósticos de lluvia y la percepción de que el frente financiero externo no compromete la capacidad de pago argentina, generan una situación de menor riesgo para el clima de negocios. La reactivación es despareja pero palpable.

No obstante, a los relatores de los secretos de la macroeconomía se les suele escapar una variable. Los estratos más bajos de la sociedad, aquellos que dependen de actividades no reguladas, han sufrido por la caída de los precios internacionales más que la mayoría de los empresarios con prensa. Trabajadores informales, prestadores de servicios domiciliarios, o las miles de familias que se mueven en torno al cirujeo, hoy tienen menos ingresos que hace un año. Y allí debe ir el Estado a socorrer, y el socorro es, de una manera u otra, con recursos económicos. Ahí hay un espeso mar de fondo que amenaza con salir a la superficie. Y el río revuelto le viene bien a muchos.

La Vieja Política

Mientras esto ocurre, asoman algunos mecanismos de lo peor de la política. El gobierno provincial tuvo que tragar un sapo indigesto, cuando accedió a cubrir los cargos vacantes del Enress, exótico organismo de control de los servicios de agua potable y saneamiento de la provincia.

A partir de la re-estatización de Aguas Santafesinas SA, el ente perdió toda razón de ser. En rigor, en los tiempos de la empresa privada tampoco controló mucho. Y no suena lógico que el propio Estado nombre a una serie de funcionarios sin formación en el tema sanitario para controlarse a sí mismo, habiendo mecanismos institucionales de todo tipo.

A casi dos años de asumir el nuevo gobierno, la maraña legal le impedía a la empresa tomar decisiones sin el funcionamiento del malhadado ente. Ni ajustar la tarifa, ni aprobar planes de inversión, ni siquiera habilitar un barrio nuevo. Se podría haber eliminado el organismo como alguna vez lo sugirió el propio Binner, pero como es ley de la Legislatura y existían cinco tentadores cargos sin cubrir, con buenos sueldos (uno, lógicamente, para el gremio), se optó por una decisión argentinamente salomónica: el socialismo se autoexcluyó, repartió los lugares entre los otros partidos del Frente Progresista y la oposición no reutemista.

Más por convivencia que por connivencia, el socialismo sorteó un inconveniente que, cerca del verano, puede transformarse en una amenaza. Aguas Santafesinas sólo puede pagar el 70% de los gastos operativos, incluyendo sueldos, con los recursos propios. Sus empleados, acostumbrados a trabajar con buenos estándares de eficiencia, comparan con cierto de-sánimo las inversiones realizadas para mejorar los servicios en la Empresa Provincial de Energía.

Los pronósticos de lluvia para el próximo estío, que según los meteorólogos parece llegar menos feroz que el pasado, pueden ayudar a salvar la dramática demanda estacional de falta de agua por las constantes temperaturas altas. Pero los pronósticos no siempre se cumplen. Es mejor preservar la posibilidad de actuar rápido. El lunes 5, un día común, la planta potabilizadora dejó de bombear sólo durante una hora. La reposición de la presión en una ciudad con más de un millón de habitantes tardó media jornada en un día con baja demanda.

Parece un tema menor, pero en estas cuestiones se suelen ver los límites que la política real a menudo le pone a las mejores intenciones.