Edición Nº 6- Editorial

Evitemos un papelón institucional
POSCAR BERTONE

Con el fin de evitar una catástrofe institucional es recomendable con urgencia la lectura de “Ensayo sobre la lucidez”, texto gracias al cual José Saramago ganó su premio Nobel de literatura. Allí se narra la historia del pueblo de una ciudad que decide, sin mayor explicación, votar masivamente en blanco.
Para el 7 de agosto habrá internas abiertas, simultáneas y obligatorias, por suerte sólo para elegir concejales y presidentes de algunas comunas de la provincia. A medida que transcurra el tiempo se irán haciendo públicas situaciones tan curiosas como irritantes.
Verbigracia: en 74 comunas se presenta habitualmente un solo partido. Sin embargo deberán hacer previamente una elección interna, nombrar fiscales, imprimir boletas y gastar dinero para poner en regla una decisión que después habrá que corroborar en octubre.
En otras más de 80 comunas se presentan dos partidos, pero jamás se ha hecho una elección interna, porque se seleccionan los candidatos por acuerdo, y cuando un vecino llega a la presidencia comunal lo considera una carga pública. Ahora deberán hacer una primaria, abierta, simultánea y ¿obligatoria?.
Pero además las elecciones internas para diputados nacionales, que se harán el mismo día son también abiertas y simultáneas, pero no obligatorias. Y si, como todo indica hay consenso para la conformación de las listas, será muy difícil convencer a la ciudadanía sobre la necesidad de participar en una interna donde todo ya está decidido, salvo que, con la manipulación de la justicia electoral se inventen adversarios, maniobra peligrosa.
En este marco la probabilidad de una abstención masiva en una elección obligatoria debería ser medida como un riesgo institucional grave, porque coloca al votante, depositario teórico de la soberanía popular, en la incómoda situación de ir a votar por algo que en la mayoría de los casos ya está decidido por la mecánica interna partidaria.
Y si el ciudadano se rebela y no concurre, como seguramente pasará, estaría infringiendo una ley electoral. Y si rechaza de hecho una ley que pretende perfeccionar el sistema de representación estaremos en presencia de un problema institucional grave, no ya para los políticos, sino para el sistema todo.
Hipótesis en consecuencia. ¿Podrá la justicia electoral avalar después una elección general, viciada en origen por no participación en una elección interna?. Teóricamente en Santa Fe todo es legalmente posible, sobre todo si interviene la justicia. Pero en el terreno político lo que se busca es legitimación y no sólo legalidad. Por este camino, las normas no ayudan. La derogación de la ley de lemas no habrá significado una superación.

El legado de Juan Pablo II que se debe atender
EDUARDO VAN DER KOOY

Nunca en las tres últimas décadas el mundo se paralizó, conmovido, como durante los días de la agonía, la muerte y las exequias de Juan Pablo II. La comprensión de ese fenómeno podría remitirse a dos cosas: hubo que registrar siempre, desde que en octubre de 1978 alcanzó el Pontificado, un notable carisma personal del Papa que supo potenciar con perspicacia en un tiempo en que se produjo una auténtica explosión de los medios de comunicación.
Pero esa dimensión sería reducida e injusta si no se supiera apreciar, además, uno de los costados más fuertes de su acción pastoral: Juan Pablo II, como ninguno de sus antecesores, practicó un ecunemismo sin fronteras que lo encontró, entre infinidad de gestos, rezando plegarias en los tres sitios simbólicos de las mayores religiones de la actualidad en Jerusalén: el cristianismo, el islam y el judaísmo.
Este mismo Papa fue el que, sin rubores, se estrechó en un abrazo con el fallecido líder palestino Yasser Arafat, o el que supo reconocer por primera vez en la historia –al menos desde el máximo trono– la responsabilidad de la Iglesia en los tiempos trágicos del Holocausto judío.
No se trata de tener sobre este tramo clave de la historia universal una mirada blanda y benevolente. Pero fue, sin dudas, aquel trabajo como peregrino de la fe, de la conciliación y la paz el que dará a su Pontificado una vida perdurable, vaya a saberse hasta cuándo.
El Papa ha cargado hasta su tumba, también, con la supuesta responsabilidad de haber trabajado en la década del 80 en alianza con Estados Unidos para provocar el derrumbe del sistema socialista y convertir en unipolar y desequilibrado el mapa mundial.
Esa mirada puede ser tan cierta como parcial si, además, no se repara en un detalle: Karol Wojtyla fue un hombre forjado intelectualmente en la resistencia a los regímenes opresivos, como lo fue primero la ocupación nazi de Polonia y la posterior asunción del colectivismo soviético.
Juan Pablo II fue profundamente conservador en materia religiosa, pero ni en este caso ni en el de la responsabilidad que se le adjudica por el giro político del mundo perdió de vista un par de cuestiones esenciales que tienen que ver con Dios y con la misión de la Iglesia: resultó un tenaz defensor de la cultura de la vida –alguno de cuyos aspectos, como la anticoncepción, dividen incluso a los propios fieles– e hizo siempre una apuesta preferencial y resuelta por los pobres.
Los argentinos hemos conocido de modo directo varias de las prédicas del magisterio de Juan Pablo II. Nunca podrá ser olvidada su intervención providencial, a través del cardenal Antonio Samoré, que evitó en 1978 una guerra fraticida por el Beagle entre nuestro país y Chile.
Tampoco su llegada de apuro en 1982 a Buenos Aires, para templar el ánimo colectivo dos días antes de que la dictadura capitulara ante Gran Bretaña en la absurda guerra por las Islas Malvinas.
Juan Pablo II estuvo también de visita, ya con la democracia recuperada, en abril de 1987, cuando rescató de nuevo a los cuatro vientos los valores de la paz, la vida y la lucha contra la pobreza.
Rosario lo recuerda todavía de manera imborrable. Fueron horas de una jornada radiante en las cuales Juan Pablo II convocó multitudes a cada paso, en la cuales también la fe y la alegría atravesaron el corazón de cada rosarino.
Fue él mismo quien, sin estridencias, recibió por primera vez en 1980 a las Madres de Plaza de Mayo en Brasil y quien dejó saber en 1981, a través de L´Osservatore Romano, que los desaparecidos de la dictadura no debían darse por muertos.
Defensa de la vida y lucha contra la pobreza parecen ser, entonces, el legado invalorable que deja Juan Pablo II en su adiós definitivo.
Dos asignaturas que, en coincidencia, mantiene pendientes la Argentina.