Acaba de irrumpir otra nación política
EDUARDO VAN DER KOOY
El viento de la política ha modificado hasta las raíces del paisaje argentino. Después de la tempestad que provocaron los votos, la primera mirada indica esto: parece existir, a priori, un nítido debilitamiento del gobierno de Néstor y Cristina Kirchner y una transferencia ejecutiva y de poder al Congreso. En síntesis, nuestro país deberá iniciar un recorrido rápido entre un sistema hiper presidencial –como han sido todos los que otorgaron gobernabilidad a la democracia– que rigió hasta el 28 de junio, y otro de virtual parlamentarismo que alumbrará ni bien Diputados y el Senado reabran las puertas clausuradas por la campaña electoral.
Acaba de irrumpir otra nación política El viento de la política ha modificado hasta las raíces del paisaje argentino. Después de la tempestad que provocaron los votos, la primera mirada indica esto: parece existir, a priori, un nítido debilitamiento del gobierno de Néstor y Cristina Kirchner y una transferencia ejecutiva y de poder al Congreso. En síntesis, nuestro país deberá iniciar un recorrido rápido entre un sistema hiper presidencial –como han sido todos los que otorgaron gobernabilidad a la democracia– que rigió hasta el 28 de junio, y otro de virtual parlamentarismo que alumbrará ni bien Diputados y el Senado reabran las puertas clausuradas por la campaña electoral. Como bien acaba de apuntar el sociólogo e historiador Marcos Novaro, “un ciclo se termina y se abre otro en el que habrá nuevos debates, líderes y conflictos, y en el que necesariamente tendrán más peso las provincias”.
Algo más para tener en cuenta, señala este investigador del CONICET y profesor de la UBA: “La política argentina suele tener ciclos pronunciados de poder concentrado en torno a líderes fuertes en el Gobierno, seguidos por etapas de provincialización, fragmentación de partidos y federaciones de caudillos locales. Entramos en la fase de predominio de los caudillos. Pero con un riesgo: que pasemos abruptamente de la concentración política a la desconcentración caótica, y que ese desorden político se replique en un descalabro fiscal”.
Parece difícil, con los resultados de la elección aún calientes, ensayar un diagnóstico más aproximado y certero. Las claves del éxito, que implicaría para la Argentina un salto político cualitativo, o del nuevo fracaso, podrían radicar en tres cuestiones: cómo los Kirchner se acomodan a la realidad; de qué manera y con qué celeridad se reacomoda el peronismo; qué conciencia y responsabilidad asume una oposición unida antes por el espanto al matrimonio presidencial que por una amalgama de intereses y convicciones.
Las peripecias serán variadas. El peronismo ha sepultado el liderazgo de Kirchner y le llevará un tiempo largo quizás reconocer un nuevo liderazgo. Así será hasta que se legitime una nueva cabeza partidaria. La oposición no le va en zaga. El ordenamiento final de ese verdadero mosaico se logrará en la medida que se consoliden los presidenciables. Un problema en ambos casos: la elección presidencial está fijada para octubre del 2011 y debe recorrerse todavía, en medio de problemas económicos, sociales y políticos, la mitad de este año y todo el 2010.
Carlos Reutemann es, sin dudas, hasta ahora, el dirigente que mejor parado emergió del berenjenal peronista. Muchos ojos oficiales convergen sobre él porque el peronismo, para disciplinarse, requiere alejarse de los derrotados y arrimarse a los victoriosos. Reutemann sigue evidenciando una voluntad política de la que careció hasta antes del conflicto con el campo, pero no ha abandonado –con buen olfato– su genética cautela. Sabe de los peligros de encaramarse pronto en la lucha presidencial en un peronismo golpeado, revuelto, que termina devorando a todos aquellos que actúan con apuro. Reutemann fue un triunfador indiscutido, pero tampoco le sobra tela.
Mauricio Macri se regocijó con el éxito de Francisco De Narváez sobre Kirchner en Buenos Aires. El empresario político es, en parte, un invento de él. Pero su regocijo quedó a mitad del camino. El jefe porteño hizo renunciar a Gabriela Michetti como vicejefa de su administración para arrasar en la elección de Capital. El resultado fue módico y preocupante: Michetti ganó, pero el PRO perdió 14 puntos respecto de la primera votación del 2007.
Quizás como pocos, Julio Cobos haya consolidado su pretensión de presidenciable. Por tres razones: venció ampliamente en su provincia, Mendoza; se benefició con la derrota de Hermes Binner en Santa Fe y con el pobrísimo desempeño de Elisa Carrió en Capital. Pero nunca la política resulta tan sencilla y lineal.
El de Mendoza era un triunfo descontado por lo fácil. El buen candidato de Cobos –el senador Ernesto Sanz— lidió contra un peronismo provincial desquiciado. La de Santa Fe fue una contienda dura y áspera. Binner debió calzarse el traje de candidato virtual para pulsear contra un Reutemann que había arrancado con una ventaja que parecía indescontable. Fue indescontable, aunque terminó imponiéndose por un 1.6%.
Como puede observarse, la definición de los presidenciables en la Argentina es todavía un enorme enigma. Alrededor de ese enigma deberá girar la gobernabilidad en el largo tiempo que viene. Será el tiempo en que los Kirchner deberán mostrar si son capaces de mutar rigidez en elasticidad. Será el tiempo en que el peronismo tendrá que resolver el desafío de sostener un Gobierno derrotado y no de alentar su fuga, como sucedió con Ricardo Alfonsín y con Fernando de la Rúa. Será el tiempo, además, en que la oposición deberá dilucidar si su irrupción respondió a puro oportunismo o a un concienzudo aprendizaje para darle de verdad mejor calidad a la democracia.
Son muchísimas las dudas que dejan todos los protagonistas, es cierto. Pero nunca es demasiado tarde para la sensatez.
El rencor y la gobernabilidad
OSCAR BERTONE
El disgusto se le nota, pero el fantasma que lo molesta es que se recicle con renovada virulencia el encono entre santafesinos y rosarinos. El resultado electoral lo golpeó pero confía en los efectos a mediano plazo de la gestión que encabeza, y de algo está seguro: la elección legislativa no le indica que tenga que cambiar a nadie en el elenco que lo secunda, porque no se estaba juzgando su gestión.
Debe estar pensando en alguna nueva estrategia de funcionamiento de su Frente Progresista. Cree –no lo dice abiertamente pero lo masculla- que el armado de las listas para las legislativas nacionales fue más fiel al cumplimiento de los acuerdos internos previos que a las verdaderas necesidades electorales.
Él, acérrimo defensor del funcionamiento de los partidos, y fervoroso creyente al mismo tiempo de que sólo los frentes políticos aseguran la gobernabilidad, trata de encontrarle la vuelta al ejercicio de un liderazgo que reúna fortaleza en la conducción y respeto por las diferencias. La falta del segundo de esos atributos es lo que más le achaca al sistema de conducción K, una etapa que considera terminada en la Argentina a partir del enfrentamiento entre el gobierno y el campo.
La malhadada frase aludiendo al Síndrome de Estocolmo se le escapó a Hermes Binner en la mañana siguiente al acto electoral. Después de disculparse decenas de veces le atribuyó el traspié dialéctico al stress que le provocó un episodio que acompañó el escrutinio adverso: corrió peligro la vida de la hija de uno de sus mejores amigos, el ministro de Salud. La joven tuvo que superar con mucha ayuda una complicación respiratoria justo en el día en que se empezaban a conocer los datos de las primeras muertes de personas afectadas por la gripe A en la provincia.
Pero Binner dijo lo que pensaba, así como Reutemann también dijo lo que pensaba cuando le imputó al socialista haber armado “una máquina de publicidad hitleriana”. Los dos se disculparon, pero con esos hitos dejaron planteada una rivalidad que va a tener impacto en la gobernabilidad después de que pase el período de abstinencia política que supone la grave epidemia de influenza.
Ya hubo dos chispazos. Los senadores reutemistas colaron en la primera reunión legislativa postelectoral, citada para votar la emergencia sanitaria, una iniciativa típica de la política caudillesca tradicional en el interior santafesino: los fondos que la provincia gira a los municipios y comunas para pequeñas obras públicas podrán ser utilizados para gastos corrientes. Una travesura.
Más indicativas del estado de beligerancia fueron las declaraciones del senador santafesino sobre la propuesta del ejecutivo de suspender las elecciones internas abiertas y obligatorias que se debían haber llevado a cabo el 5 de julio: “Yo la atribuiría la medida un 30 por ciento a la intención de cuidar la salud y un 70% a la especulación política por el efecto arrastre”, disparó Reutemann.
Sólo un rencor profundo puede generar este tipo de declaraciones, considerando sobre todo que los postergados comicios no enfrentan a los partidos políticos entre sí, sino que dirimen internas para la conformación de listas de concejales, donde disputan lugares miembros de un mismo partido. Los siete muertos por gripe A que ya contabilizaba la provincia no eran el marco propicio para subir el nivel de confrontación personal.
La alternancia entre dos fuerzas es lo más saludable que pueda manifestar una sociedad democrática. Y por suerte para Santa Fe, la aparición de un agrupamiento que desplace a otro luego de 20 años de gobierno, con cuadros sólidos y cierta coherencia, le dan al esquema político una salud que pocas provincias pueden exhibir.
No hace falta mucha imaginación para suponer cuántas zozobras ahorraría la Argentina si pudiera, como Santa Fe, tener una opción cada cuatro años para elegir entre dos fuerzas más o menos equivalentes que, aun con concepciones políticas distintas, puedan conformar, cada una por su lado, una opción que tenga capacidad razonable para manejar el país.
Hoy Argentina aparece con un gobierno cerca del límite de credibilidad y una oposición tan presente como inorgánica, que ni siquiera puede conformar un liderazgo confiable y aglutinante. Nada de eso le falta a Santa Fe. Que el rencor no la haga retroceder.