Edición Nº 56

Certezas en la región,dudas en la Argentina

EDUARDO VAN DER KOOY

Los partidos políticos de Uruguay elegirán sus candidatos presidenciales para octubre en elecciones internas que se realizarán el mismo domingo de junio en que la Argentina definirá sus legislativas de mitad de mandato. Brasil está pensando en la sucesión de Lula da Silva después de dieciséis años –contando los dos mandatos de Fernando Henrique Cardoso— que estabilizaron y dieron potencia a su democracia. Chile se asoma a la posibilidad de un cambio de signo en el poder luego de una larga hegemonía de la Concertación, un conglomerado político de centro izquierda, que ingresó en el Palacio de la Moneda cuando en 1990 concluyó la dictadura de Augusto Pinochet.

La introducción pretende demostrar una cosa. Uruguay, Brasil y Chile afrontan esos procesos con opciones políticas que, en el espectro de la derecha, el centro y la izquierda aparecen definidas. Cualquier alternancia, en todos los casos, no representaría a priori ni un riesgo ni una gran incertidumbre. Todo lo contrario, al parecer, del panorama que ofrece nuestro país tras 26 años de la reconquista democrática.

No será lo mismo para Uruguay, tal vez, que gobierne el frenteamplista José Mujica, si vence primero al actual ministro de Economía, Danilo Astori, o el ex presidente blanco, Luis Lacalle, si al final le tuerce el brazo al senador José Larrañaga. Quizás Dilma Roussef, la heredera de Lula da Silva, no pueda el año próximo con el poder del empresariado paulista que representa José Serra, del PSDB. La derecha de Sebastián Piñera relegue probablemente a Eduardo Frei en Chile, aspirante de la Concertación y sucesor de la actual mandataria Michelle Bachelet.

Ese juego de alternativas nítidas en países vecinos se convierte en la Argentina, en cambio, en una maraña de interrogantes. ¿Será Néstor Kirchner de nuevo candidato presidencial del peronismo si zafa en las elecciones de este mes?. ¿Lo será del peronismo o sólo de una parte del partido?. ¿Será capaz, al menos, de ordenar la sucesión?. ¿O la batalla interna que ocurrirá en el peronismo se trasladará, como sucedió otras veces en la historia, a las esferas del Estado y del Gobierno? ¿Le alcanzará a la oposición con las legislativas para consolidar un proyecto pensando en el 2011? ¿Cuál será de verdad la oposición? ¿El peronismo desdoblado, el radicalismo resurrecto o el liderazgo que pueda encarnar, por ejemplo, Elisa Carrió?

La preocupación no consiste sólo en esa realidad política desmadejada que exhibe nuestro país. Existe una presunción de que los comicios quizás ahonden ese estado de fragmentación y debiliten todavía más a las representaciones políticas.

Kirchner ha decidido recostar su suerte electoral, casi con exclusividad, en Buenos Aires y en un conglomerado de provincias de menor peso. Esa conducta está resintiendo el vínculo con el eje peronista que conforman Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. A la par, se insinúa una lucha poselectoral entre el ex presidente y Daniel Scioli. Si, en efecto, el matrimonio presidencial sale airoso el día 28, el gobernador de Buenos Aires pretenderá adjudicarse los méritos y avanzar con su proyecto presidencial.

No será Scioli el único aspirante que presente el peronismo. Habrá que seguir, entre otros, los pasos de Carlos Reutemann. Y quizás la previsible lucha entre el gobernador de Buenos Aires y el senador por Santa Fe termine franqueando las puertas a otro caudillo del PJ del interior.

Tampoco se podría despreciar el futuro del peronismo disidente que, en Buenos Aires, representan Francisco De Narvaez y Felipe Solá. La alianza de ellos con Mauricio Macri podría extinguirse el día después de la elección porque a De Narvaez y al jefe del gobierno porteño los distancia un abismo político y personal con Solá. El peronismo es como una marea en la playa que va y viene.

Fuera del peronismo disidente, las posibilidades tampoco asoman claras. Carrió, Julio Cobos y el socialista Hermes Binner compiten en el mismo campamento político. Y sus potenciales candidaturas parecen, en muchos aspectos, más antagónicas que complementarias.

Por lo visto, entonces, no es que Uruguay, Chile y Brasil sean una aproximación al ideal político. Ese espejismo lo produce, sobre todo, el enigma argentino.

La imprudencia como norma

OSCAR BERTONE

Dentro de lo que vulgarmente se denominan "actores sociales", están faltando llamados a la cordura y a la observación de prácticas sociales menos anómicas.

Dos adolescentes no regresan a su hogar por la noche. El barrio se conmociona, los mecanismos de alerta se ponen rápidamente en funcionamiento, las fuerzas de seguridad se hacen presentes, se inician las investigaciones para la búsqueda, se involucra el Ministerio de Seguridad, se distribuyen las fotografías de las jóvenes por todos los medios televisivos. A pesar de la experiencia en este tipo de casos, que obliga a los investigadores policiales a esperar un tiempo prudencial para saber si se trató de una fuga o una travesura, se empiezan a escuchar los previsibles comunicados acerca de la falta de seguridad, el Estado desertor, la ineficiencia policial, y todo el repertorio imaginable. Por supuesto los vecinos cortan el tránsito en las calles del barrio, algunos aprovechan para robar a los automovilistas que se desvían por caminos laterales, y las especulaciones interesadas, donde no falta el tinte político, empiezan a circular por los medios. El desbarajuste es tan grande que no se sabe con certeza si los opinólogos de toda laya que parlotean sin cesar en radios y televisoras están interesados realmente por el paradero y el destino de las chicas. Cuando las protagonistas del escándalo aparecen, y confiesan que habían escapado con integrantes de una banda musical de moda, todo termina de repente y se pasa a otro tema.

Un grupo de "vecinos" de un asentamiento precario de la zona oeste corta la salida y el ingreso principal a la ciudad desde y hacia Córdoba, porque afirma que un empresario privado les había prometido reparto de tierras y viviendas y no cumplió.

Un grupo de estudiantes de la carrera de Enfermería, encabezado por la exótica corriente estudiantil Alde, ocupa la sede del Rectorado de la Universidad en reclamo de horas de cátedra y nombramientos de docentes. Cuando todo termina hay roturas y falta de elementos.

Dirigentes de la inefable Corriente Clasista y Combativa, inspiradores de la agrupación estudiantil mencionada, llevan a un grupo de indigentes a ocupar la sede del Anses, cortan también el tránsito en pleno de centro de la ciudad, arman un campamento y exigen planes de vivienda, dinero, y otras reivindicaciones.

En la empresa Mahle, que luego de cerrarse provocó la intervención eficiente de los poderes del Estado provincial y nacional hasta que se consiguió una solución tan inédita como esperanzadora, nadie pudo impedir los cortes de tránsito a pesar de que las autoridades mostraron en todo momento su voluntad de acompañar los reclamos obreros.

Por si lo relatado fuera poco, y para demostrar que no se trata sólo de personas y agrupaciones políticas que refieren a un mismo espacio ideológico o condición social, los escraches a candidatos del Frente Para la Victoria, de una violencia que únicamente se puede creer cuando se la observa por televisión, obligan a integrantes de la Mesa de Enlace de las entidades gremiales del campo a tratar de separarse públicamente de los hechos.

Son acontecimientos que se multiplican en la geografía local, y si bien no alcanzan para caracterizarlos como una premeditada campaña de desestabilización, por lo menos hablan de una creciente costumbre de interpelar a las autoridades con métodos violentos, mediante los cuales se propone una supuesta negociación que no tiene salida si no se satisfacen íntegramente los reclamos exigidos, aun cuando los mismos sean, muchas veces, imposibles de llevar a la práctica.

Desarmar estos microconflictos, que no se pueden perder de vista para que no se generalicen, lleva a los organismos del Estado a un ingente esfuerzo de movilización de recursos de todo tipo, sobre todo humanos, cuando no sobran personas con capacidad de poder suficiente como para estar detrás de cada negociación.

Generalmente, los funcionarios que dedican horas de su tiempo a destrabar estas actitudes son los mismos que fueron seleccionados por el gobierno para cuestiones de política estratégica y/o mejoramiento de las prestaciones de las distintas reparticiones. Como en estos conflictos está en juego la seguridad de las personas, los máximos dirigentes ponen celo en evitar desbordes y sólo confían en lo mejor que tienen al lado. Muchas de las organizaciones que generan los disturbios lo saben, y exigen a estos funcionarios como interlocutores. Es así como ministros y secretarios de Estado, en sus tres niveles, están obligados a utilizar espacios de tiempo valiosos en discusiones sobre conflictos que, en la mayoría de los casos, son protagonizados por unas pocas decenas de personas que sólo se representan a sí mismas.

Quizás los tiempos electorales, que generan ansiedades de todo tipo, hayan agudizado estas prácticas. Quizás se atenúen después del 28 de junio.

Pero así como se rechazan ciertos modos que desde los estamentos políticos más altos de la sociedad parecen degradar la vida democrática, también sería razonable repudiar más enérgicamente a quienes se arrogan legitimidades que no tienen. Y en esto los medios de comunicación también tendrían mucho para decir.