Demasiado tarde para derramar lágrimas
EDUARDO VAN DER KOOY
La Argentina vivió, en las últimas semanas, días de luto. Fueron los días del adiós definitivo para Raúl Alfonsín. El rito social se repitió, en mayor o menor proporción, como cada vez que alguna figura de la vida pública deja un enorme vacío en la escena: lamentos, llantos, ponderaciones, frases laudatorias, mareas de tristeza. La sociedad argentina suele tener el hábito de exaltar a aquel que desaparece, de considerar cautivantes -sólo por el hecho de haberse apartado para siempre de la comedia cotidiana- los rasgos de una personalidad en otra época criticada a mansalva.
Se trata de una experiencia que nuestro país repite con llamativa consecuencia y que nunca parece terminar de aprender. Existe una recapacitación y un reconocimiento colectivo tardíos que nunca se logran tomar como enseñanza para los tiempos posteriores.
Nadie escapa a este fenómeno. Menos la clase política y dirigente, ansiosa siempre por arrebatar un provecho mezquino. Tampoco los medios de comunicación que han presentado a Alfonsín, con justicia, como el fundador de un tiempo democrático nuevo en la Argentina, pero que también, en su momento, carecieron de equilibrio para juzgar una gestión que se desenvolvió en una instancia crítica. Esa gestión mereció palos en distintas situaciones, y los tuvo. Pero cierta desmesura no ayudó a atemperar un clima que produjo el primer quiebre en la normalidad de la democracia: Alfonsín debió abandonar seis meses antes el poder, empujado por el desorden económico (la hiperinflación y los saqueos) y por el acicate indisimulado de algunos poderes fácticos y de los opositores de entonces. Una característica que se repitió con Fernando de la Rúa y con Eduardo Duhalde. Una característica que nadie garantiza que no pueda volver a repetirse en este presente político destemplado.
Esa cultura nacional no es del tiempo de la democracia nueva. Se remonta a principios del siglo pasado. Hipólito Irigoyen fue estigmatizado por su célebre diario personal, y pasaron décadas hasta que le fue reconocido su aporte a la movilidad social en la Argentina. A Juan Perón se lo cargó por su inclinación autoritaria, que sin dudas la tuvo con creces, y recién después de su largo exilio y de su muerte inoportuna fue posible realzar la transformación social y productiva que detonó en la nación. A Arturo Illía le fueron reconocidos los valores republicanos luego del autoritarismo del general Juan Carlos Onganía, de la ordalía de sangre de la década de los 70 y de la masacre de la dictadura. El proyecto modernizador y progresista de Arturo Frondizi resultó rescatado recién cuando la Argentina ingresó en un ciclo de postración.
El problema argentino no parece radicar únicamente en esa mirada retrospectiva perezosa y cínica. El problema es además el modo en que siempre esgrimió para dirimir momentos cruciales que encerraron, sobre todo, una clara y antagónica lucha de intereses. El modo fue la confrontación, la fractura, la intemperancia. La clase dirigente y la sociedad parecieron acostumbrarse a una práctica antropofágica. Creció al amparo de esa fatalidad un espíritu escéptico y destructivo. No hay así forma de enhebrar una amalgamada historia nacional. No hay identidad que pueda construirse de esa manera.
Tal vez Alfonsín haya sido la víctima más notable de ese fenómeno en los tiempos de la democracia restaurada. Pero también con la década de Carlos Menem, cuya valoración global asoma negativa, hubo un quiebre, una ruptura, y ningún esfuerzo por establecer una transición. En esa vorágine puede incluirse el fracaso de Fernando de la Rúa y la emergencia de Eduardo Duhalde. Néstor Kirchner y su mujer, Cristina, han dado continuidad exacerbada a esa lógica. Pero esa lógica sigue siendo aceptada, casi como una religión, por toda la clase dirigente y por la propia sociedad. Basta con reparar en un caso: el conflicto con el campo involucró a todo el país y ese país, de uno y otro lado, convalidó las maneras detestables de desarrollo del conflicto. Siempre le cabe la responsabilidad primaria del desatino a aquel que ejerce el poder.
Tal vez ese derrotero de la política argentina tenga alguna explicación en la cultura de la providencialidad y de la magia que anida en el alma de todo ciudadano. Cada gobernante que recala en la Casa Rosada parece sentirse poseído de algún mandato divino, fundacional. Cada vez que sucede, la sociedad abre generosamente sus brazos. Menem creyó que no se iba nunca. Duhalde vive aún con la convicción de haber sido un salvador. Los Kirchner suponen que la Argentina no existió antes de ellos. Hasta Alfonsín se tentó con la construcción del tercer movimiento histórico que ocultaba algún afán de perpetuación. Faltó en todos el sentido de proceso que, inevitablemente, posee el curso de la historia.
Alfonsín debió purgar por años el infortunado epílogo de su Gobierno. Muchos de los mismos que se engolaron en los días del luto con los calificativos de prohombre de la democracia y estadista, fueron los que en aquella coyuntura lo tildaban con menosprecio de supuesto puntero mañoso o simple dirigente barrial. Por error o con intencionalidad, jamás se tuvo en cuenta el contexto histórico en el que le tocó gobernar. Una democracia débil que quisieron disimular los millones de votos que cosechó el día de la victoria. Una democracia que alumbró sólo después del desbande que causó en la dictadura la humillante derrota en la guerra de las Malvinas. Que no fue el producto de ninguna épica popular.
Alfonsín se enfrentó con poderes consolidados en la Argentina que no estaban persuadidos sobre la conveniencia de vivir en un sistema diferente. De hecho, sufrió su primer revés político cuando le fue rechazado en el Congreso el proyecto de ley para un nuevo ordenamiento sindical. De hecho padeció una sucesión de alzamientos militares por pretender revisar la historia sobre violaciones a los derechos humanos. También pulseó con la Iglesia cuando incorporó al debate social la ley de divorcio, una discusión que vista ahora asomaría bien anacrónica
Es necesario siempre traer a la memoria aquel 1983 para comprender la dimensión de lo sucedido. Es necesario recurrir al pensamiento para reconstruir en el imaginario aquel país diezmado por la violencia, por el rencor ideológico por la decadencia social. Sólo así es posible apreciar la dimensión de una obra polìtica que tuvo dos trazos imborrables: la decisión del juicio a las Juntas Militares definieron el perfil de su conducta moral y de su época; su modo tenaz de entender la polìtica sobre todo como diálogo y armonía, otorgaron el primer contenido sustancial a la nueva democracia. Esa tenacidad contó también errores y claudicaciones, como lo fue el pacto de Olivos con Menem y la reforma constitucional que en casi nada mejoró la calidad institucional del sistema.
Toda pretensión de análisis definitivo puede resultar aún apresurado y parcial. Puede estar atravesado también por brisas de tristeza y de nostalgia que perduran. Pero la despedida de Alfonsín, sin dudas, le brinda a la Argentina una nueva oportunidad: la de aprender una lección que nunca termina de aprender, para darle sentido a su existencia.
Un Binner centrado en la obra de gobierno
OSCAR BERTONE
-¿Cómo se entiende que por un lado se hable de crisis y de disminución de los recursos y por el otro se siga anunciando la construcción de escuelas, obras públicas y equipamiento?
- Porque la crisis alguna vez pasará, y el tiempo que hoy perdamos en empezar las cosas después no se puede recupera. Además, tomamos la precaución de licitar las obras más importantes, por ejemplo los hospitales, por etapas; al término de mi mandato, si no están totalmente terminados, por los menos se habrán empezado a construir racionalmente.
Pregunta simple, respuesta simple. El diálogo con Hermes Binner viene a cuento porque las disputas con el gobierno nacional por los recursos, si bien transitan por caminos institucionales, son continuas y a veces ásperas.
Sin embargo, el gobierno provincial no parece dispuesto a retroceder con las inversiones previstas. Y son cifras gruesas: hospitales, acueductos, autovía Santa Fe-Córdoba, construcción de escuelas, equipamiento para las fuerzas de seguridad, reforma del sistema judicial, siguen su marcha, ya sea que estén en etapa de obras, adjudicación o licitación.
Conociéndolo a Binner, tampoco es fácil pensar que vaya a abandonar otro tipo de iniciativas que lo pueden exponer a polémicas, como el Puerto de la Música de Rosario, o el parque central de Santa Fe, así como alguna iniciativa en el tema viviendas cuyas características siguen siendo un secreto, aunque la cuestión figure como obsesión en su agenda personal.
¿Y LAS ELECCIONES?
Binner parece transitar el comienzo del período electoral en calma, por más que uno intente descubrir alguna inquietud detrás de su característica impenetrabilidad. Uno supone que no ignora que Carlos Reutemann arranca la carrera con un caudal de votos propios interesante, pero el desdoblamiento electoral, con elecciones nacionales en junio y locales a fines de agosto, da la posibilidad de una revancha. Todo es pura hipótesis.
Por lo pronto, no va a abandonar a su suerte a Giustiniani, el candidato a senador nacional que empezó a aparecer en los actos públicos provinciales. Este deberá hacer un esfuerzo de creatividad política distinto al que lo caracteriza para no exponer a la gestión provincial a un plebiscito adelantado. En rigor, son las elecciones del 30 de agosto las que sí pondrán a prueba el armado político territorial del gobernador y el Frente Progresista.
Está en la historia que el socialismo, luego de una elección contundente que impuso a Binner como gobernador, no pudo repetir la victoria en las legislativas nacionales, dos meses después. Fue hace sólo dos años.
Los desvelos de esa fuerza política no son menores que los de la oposición provincial. El peronismo deberá otra vez hacer gala de su inagotable capacidad de imaginación, o participar fracturado. La división entre Carlos Reutemann y Agustín Rossi es inevitable, lo que presagia sólo una cosa para el 28 de junio: en el cuarto oscuro figurará una boleta del Frente para la Victoria y otra del Frente Federal. Es más, el partido, para evitar el usufructo de la sigla por parte de terceros, acordaría prohibir la oficialización de la sigla.
¿Peronismo? ¿Radicalismo? ¿Socialismo? Denominaciones de otros tiempos que probablemente no vuelvan a figurar en las boletas electorales. Han sido reemplazadas en la dinámica política por el arrastre personal que cada candidato tiene en su momento.
No sería grave si los protagonistas principales mantuvieran, perfeccionándolas en el tiempo, sus visiones sobre la política y los mecanismos para mejorar la vida de los santafesinos.
Y si los votantes, sobre todo aquellos a los que les gusta declamar su compromiso con la provincia y el país, supieran premiar y castigar, participando de la vida democrática con la misma racionalidad que le exigen a los políticos.