Indicios de que algo podría cambiar
EDUARDO VAN DER KOOY
Suele existir una diferencia enorme entre las apariencias y los actos verdaderos de Cristina y Néstor Kirchner. Puede valer como muestra de ese juicio la declamación política de estos seis años y sus pobres resultados. El ex presidente alardeó durante todo su mandato con la transversalidad y la concertación como expresiones supuestamente superadoras del envejecido sistema partidario. Incluso empinó a Julio Cobos, un radical, al lado de Cristina, y lo terminó catapultando a la vicepresidencia. Habló infinidad de veces sobre su verdad relativa y la necesidad de cotejarla con las verdades ajenas para encontrar la síntesis más adecuada.
Veamos ahora qué fue lo que ocurrió. La transversalidad y la concertación fracasaron como ensayo. Incluso hay un pleito institucional con Cobos desde que el vicepresidente tumbó con su voto en el Senado la resolución 125 sobre retenciones móviles. El refugio político y electoral de los Kirchner son ahora las maquinarias tradicionales del peronismo: el bonaerense en primer lugar; también muchos de los caudillos del interior socialmente más rezagado.
La Presidenta hizo tres invocaciones al diálogo, la cooperación y la unidad al inaugurar el primer domingo de este mes las sesiones ordinarias del Congreso. Hizo lo que también había hecho en otras ocasiones su marido. Pero aquella invocación presidencial asoma contradictoria con la forma en que Cristina acostumbra a formular sus ideas: se suele solazar con la derrota del pensamiento único ultraliberal que detonó esta formidable crisis en el mundo y contrapone otro pensamiento, de diferente signo, sobre el cual también resiste los matices. Pareciera mirarse al espejo de sus hipotéticos vencidos.
Ese ha sido el comportamiento promedio de los Kirchner en sus seis años de imperio. Pero como si la adversidad inminente provocara en ellos ciertos escozores, no podrían dejar de recogerse –sin incurrir en un error u omisión– ciertas señales de cambio de conducta. La primera señal es la admisión pública que el matrimonio hizo sobre la gravedad de la crisis internacional. Ambos recurrieron a la misma frase: “Se avecina el peor año de los últimos cien”. La segunda señal es la marea de anuncios económicos, algunos atinados y otros no, pensados para frenar la recesión y en consonancia con las recetas que se están utilizando en todos los rincones del mundo.
La última señal fue la intervención directa de Cristina en las negociaciones con el campo. Una intervención que evitó el naufragio de una instancia que aparece como la última posible para encauzar un problema que lleva un año, que arrastró al Gobierno a su punto extremo de debilidad y que siembra interrogantes sobre el destino del mediano y largo plazo de la Argentina.
Se hacía complicado entender que ese conflicto se siguiera desarrollando –de ambas partes– con la lógica del año pasado, cuando el contexto ha cambiado de modo radical. Aquella lógica era el ninguneo oficial y la intransigencia del campo. No parece haber ahora en el medio ningún tironeo por una renta excepcional: se trataría solamente de ver cómo se reanima a un sector que puede resultar clave para amortiguar los efectos de la crisis en nuestro país.
No es el campo un gran generador de mano de obra, como lo es la industria. También está en discusión el aporte agropecuario sobre el estirón que tuvo la economía argentina en los últimos cinco años. Según una interesante investigación de Cecilia Bugna y Fernando Porta (ambos de la CEPAL) la actividad agropecuaria aportó el 3.5% del aumento del PBI entre 2002 y 2006, contra el 22.6% de la industria manufacturera o el 15% de la construcción. Esos datos son valiosos pero inconducentes ahora mismo para buscarle una salida a la emergencia. Resulta claro que si la crisis internacional continúa así, las naciones poderosas del mundo sólo tendrán en los tiempos futuros posibilidad de consumir alimentos. La Argentina es, en ese aspecto, un proveedor de importancia.
Los nuevos registros de conducta de los Kirchner, incluso en el conflicto con el campo, responderían a una reinterpretación del estado de la crisis mundial. Habrá que ver si esos registros, como sucedió otras veces, responden sólo a una necesidad coyuntural o si reflejan un cambio capaz de facilitarle al país la salida de este atolladero.
El impresentable mecanismo electoral de Santa Fe
OSCAR BERTONE
La vehemencia con que Carlos Reutemann se lanzó al ruedo político no es el dato principal para definir el complicado panorama electoral del año, que tiene como punto de partida el muy cercano 30 de marzo.
La campaña ya empezó porque en esa inminente fecha se deberán presentar a la justicia las listas de candidatos a concejales de 50 municipios, ocho intendentes y presidentes comunales y miembros de comisiones comunales de 300 localidades.
Esto es así porque un impresentable sistema electoral pergeñado en los tiempos de Obeid dispone la realización de una “elección de selección de candidatos abierta y obligatoria” que se debe llevar adelante, en esta oportunidad, el 28 de junio.
El disparatado dispositivo, que difícilmente se pueda reformar a esta altura del año, establece que si un partido, por minoritario que sea, presenta dos listas distintas en un distrito, obliga a los demás a imprimir sus boletas para estar presentes en el cuarto oscuro, aunque hayan acordado ir a las elecciones de junio con una sola lista.
Si la perplejidad del lector no le permite entender tamaña tontería, un ejemplo hipotético lo puede dejar a las puertas de la indignación: supongamos que al tradicional pero mínimo Partido Demócrata Progresista se le ocurre ir a internas en un distrito importante como Rosario, donde hace rato no pueden colar un candidato. Si eso ocurre, debe haber elecciones generales internas, abiertas y obligatorias; por lo tanto el peronismo, el socialismo y el radicalismo deberán imprimir sus boletas, aunque sea única, y los electores deberán ir al cuarto oscuro, se deberá montar todo el dispositivo de fiscales, presidentes de mesa, conteo de votos, traslado de urnas, certificaciones, seguridad, etc.
Lo mismo ocurriría si dentro del inexistente pero legalizado Partido Blanco de los Jubilados dos mercaderes de la política pugnaran por figurar en primer lugar en una lista.
Durante este 2009, entonces, se votará dos veces por lo menos en la provincia; y si se enmaraña demasiado la puja interna de algún partido, quizás tres.
Con o sin Reutemann presente, con o sin internas justicialistas, el socialismo, o más precisamente Hermes Binner, trazó la agenda de las elecciones provinciales que más le convenía.
En un escenario con alto índice de volatilidad, el máximo referente del Frente Progresista se aferró a algunas presunciones, y dispuso que el 28 de junio se elijan concejales en los municipios, y que, separadamente, el 25 de octubre se celebren las elecciones nacionales de diputados y senadores, donde el Frente Progresista intentará retener las bancas de seis legisladores (un senador y cinco diputados) con que cuenta hoy.
Para evitar que todo se resuma a dos boletas sábana encabezadas por Carlos Reutemann y Rubén Giustiniani respectivamente, Binner separó las elecciones provinciales de las nacionales. Más allá del oportunismo, es justo señalar que, aun cuando le convenían los comicios unificados, siempre el socialismo bregó por las autonomías municipales y la posibilidad de que cada ciudad disponga su propio calendario electoral.
El desdoblamiento no fue mal visto por los peronistas del Frente para la Victoria. Más allá de las declaraciones públicas de compromiso acerca de los costos que conllevan dos elecciones, se sabe que los gastos de la compulsa provincial corren por cuenta del Estado santafesino, y los de las nacionales, por cuenta del gobierno central.
Pero en el fondo, el Frente para la Victoria tiene más posibilidades también de hacer un buen papel en las elecciones por ciudad adelantadas, y tonificarse para presentarse a la de legisladores. Por eso ningún funcionario nacional salió a cuestionar el desdoblamiento de las elecciones santafesinas.
Reutemann se crispó ante la novedad. Tiene menos chance ahora de incidir en los comicios municipales, donde los gobiernos provincial y nacional conservan recursos políticos y materiales a través sobre todo de la obra pública, para mantener a sus adherentes territoriales. El ex corredor solía seducir con una magnética propuesta a quienes se mostraban dispuestos a participar de su campaña: podían figurar en la boleta electoral del único candidato, además de Binner, que concentra votos.
Si el lector tuvo la paciencia de seguir hasta aquí para informarse, se preguntará cómo se consolida esta historia, que debería permitir el mejoramiento institucional progresivo de la política y la representación popular.
Algunas pistas: primero habrá que sortear la elección municipal adelantada en Vera (para designar al sucesor de su intendente asesinado), elección que ganará el Frente Progre-sista. Habrá que ver también si ese frente sigue existiendo en Rosario, o si los partidos que lo conforman presentarán cada uno su lista de concejales. Luego se producirán las recorridas de binneristas, rossistas y reutemistas por el interior. Después, se conocerán los resultados municipales; a partir de allí se conformarán las listas nacionales para octubre.
Como se ve, la cuestión de la candidatura de Reutemann, todavía no oficializada, no es hoy el dato más importante de la política del 2009 para Santa Fe.