Edición Nº 50

Ante todo, reconstruir la confianza

EDUARDO VAN DER KOOY

Un mundo tambaleante por la crisis financiera y económica y un interior malhumorado y escéptico conforman el laberinto en el cual se mueven ahora Cristina y Néstor Kirchner. Es, al fin, el mismo laberinto que envuelve al Gobierno.

La única buena noticia de las últimas semanas sería que Cristina y Kirchner han tomado nota de aquella inestabilidad del mundo y de las inevitables consecuencias que acarreará en la Argentina. Existen menos certezas, en cambio, de que tengan conciencia cabal del estado de ánimo que embarga a la sociedad. Sin esa toma de conciencia la salida de aquel laberinto se tornará muy ardua.

De todos modos, la decisión de no continuar prohibiendo la realidad, como vinieron haciendo hasta hace poco, demostraría que los sensores de Cristina y de Kirchner no están desactivados. El matrimonio viró su discurso angelical de los meses pasados por otro más realista que está advirtiendo a los argentinos sobre la llegada de un 2009 tal vez plagado de zozobras.

La iniciativa gubernamental para proteger la producción y el empleo no estaría mal como aporte para amortiguar los efectos locales de la crisis mundial. La iniciativa, en todos sus aspectos, debe todavía atravesar el filtro natural del Congreso. Pero en condiciones críticas como las actuales, esa iniciativa no podría convertirse en un certificado de inmunidad. Una crisis que golpea al mundo tendrá una verdadera solución sólo a escala universal.

Los Kirchner no son una pareja de andar con los brazos cruzados en el poder. No estarán inactivos, con aciertos y con errores, ante los tiempos enigmáticos y duros que se avecinan. Pero la acción, por sí misma, no es efectiva ni ayuda a resolver problemas si no está bien ligada a la confianza y a la credibilidad social. Se trata de valores primordiales para la convivencia y determinantes en la relación que cualquier político mantiene con la sociedad.

Tanto la confianza como la credibilidad son términos abstractos y, por ende, volátiles. En cualquier orden de la vida cuesta mucho ganarlos y se evaporan con celeridad. Es bastante más serio cuando ese fenómeno le sucede a un gobernante.

La reconquistada democracia en la Argentina es un ejemplo constante de esas tenencias y pérdidas. Raúl Alfonsín fue el presidente que mayor porcentaje de votos obtuvo en 25 años, pero debió entregar su mando seis meses antes porque la gobernabilidad de la nación estaba en riesgo. La popularidad le permitió a Carlos Menem reformar la Constitución a su antojo y acceder a la reelección. Pero se fue, dentro de cierta normalidad, acusado de ser uno de los principales contribuyentes de la ruina de las instituciones argentinas. Fernando de la Rúa supo convertir una parva de votos y esperanzas en una tragedia, en apenas dos años.

La línea de Kirchner ha sido casi la de un serrucho. Arrancó desde muy abajo con el 22% de los votos pero dejó el Gobierno con un alto índice de popularidad. Sin embargo, empezó a hundirse en la opinión pública durante el primer año de gestión de Cristina y hundió, de paso, a su mujer. El prolongado e inútil conflicto con el campo fue el primer disparador. Fue letal. A esta altura, también queda claro que la idea del poder como un bien ganancial resta mucho más de lo que suma a Cristina y Kirchner en la consideración popular.

La presidenta ha tenido después de la severa derrota con el campo insinuaciones de cambio. Volvió incluso con una de sus ideas preliminares de un acuerdo económico-social que pueda conceder sostén a sus iniciativas. También es cierto que muchas de aquellas insinuaciones se perdieron en la nada. Quizás la dimensión de la crisis le termine de hacer entender al matrimonio que sin una sólida reconstitución de la confianza perdida cualquier esfuerzo económico y político podría resultar vano.

La memoria de la gente

OSCAR BERTONE

No deja de ser llamativo que la opinión pública rosarina considere que la desigualdad social es la deuda principal que la democracia tiene con la gente, después de 25 años.

Un prejuicio razonable permitiría suponer que el encuestador, puesto a pulsar la opinión de los habitantes de una ciudad atravesada por el conflicto con el campo, una creciente ola de violencia ciudadana, o el temor al impacto de la crisis global, podría privilegiar la falta de seguridad como una cuenta pendiente del sistema que cumple 25 años desde aquel 10 de diciembre de 1983.

En otro apartado de la encuesta que Rosario Express le encargó a Andrés Mautone y Asociados, los rosarinos todavía muestran alguna confianza en el futuro y en la posibilidad de que la crisis no alcance la profundidad de otros períodos olvidables de nuestra historia.

A pesar de los riesgos que siempre se corren cuando se sacan conclusiones apresuradas de una encuesta, se podría decir que cierto capital de confianza y alguna certeza de que la inclusión social es indispensable para una sociedad mejor, siguen prevaleciendo entre los rosarinos.

Es un contexto que debería provocar ciertos interrogantes a aquellos políticos que privilegian los reclamos sectoriales por encima del progreso conjunto, y creen que cuestionando las medidas del gobierno desde la lente de la ortodoxia económica pueden construir una oposición viable.

Podrá haber otros requisitos en juego a la hora de elegir representantes políticos. La democracia va exigiendo cada vez más idoneidad, capacidad de gestión y de control. Pero cualquier propuesta que sea sospechada de querer provocar un retroceso en lo que se valora como una mejoría en los últimos años, y cierto compromiso con los sectores de menores recursos, corre el riesgo de transformarse en un fenómeno mediático pasajero, sin chances de supervivencia política.

Vale la pena testear de vez en cuando, a través de un consultor independiente, algunas cuestiones que suelen quedar en segundo plano. Esta de la inclusión social percibida por la mayoría como un valor, es una de ellas. Probablemente en la mente de los rosarinos queda inmanente el recuerdo de aquella movilidad social que hasta la década del setenta era, a pesar de las dificultades que siempre hubo, un carácter distintivo de la ciudad.

La gestión socialista, municipal y provincial, sigue siendo vista en los ámbitos nacionales como un modelo a imitar. Pero algunos de sus nuevos “admiradores” toman de ella aspectos formales. Para cuidar el capital político no basta con aparecer en las encuestas nacionales.

Si el esquema funcionó en Rosario se debe no sólo a cierta prolijidad en los métodos sino a que dejó traslucir preocupación real por el equilibrio social. Y se les perdonaba a los socialistas, por la falta de recursos, el crecimiento de indicadores que se le atribuían a una mala gestión provincial.

Binner asumió con un aumento de la mortalidad infantil en Santa Fe. Fue él mismo el que lo señaló. El retroceso de esas estadísticas, como sabemos, está más ligado a planes integrales de inclusión que al reparto más o menos razonable de ayudas económicas personales y familiares. Concretamente la vivienda, la salud pública, los servicios elementales.

Pasó un año. No es mucho, pero ya que hablamos de estadísticas, se consumió el 25% de una gestión.