Los herederos de Kirchner y los otros
EDUARDO VAN DER KOOY
Se va instalando en la Argentina un escenario electoral prematuro y también inconveniente. Es la consecuencia, con seguridad, de dos situaciones impensadas cuando comenzó su gestión Cristina Fernández: el prolongado conflicto con el campo y la pérdida de capital político que, a raíz de ese conflicto, sufrió el Gobierno.
La discusión está abierta en el peronismo, pero aquella volatilidad detonó también las urgencias en la oposición. El escenario es amplio: abarca el tránsito que demandará llegar hasta las legislativas del 2009 pero se paladea, a la vez, la sucesión presidencial ante la sospecha objetiva de que le resultará muy difícil a Néstor Kirchner regresar al poder o a su mujer, Cristina, aventurarse a un segundo período.
Kirchner repite en sus encuentros con dirigentes peronistas que volvería en el 2011. No se trata, en este tiempo, de un gesto de fortaleza, sino de clara debilidad: debe aferrarse a esa promesa para intentar preservar una disciplina en el PJ que se relajó por los numerosos errores cometidos en la pelea con el campo. Esa estrategia, además, atentaría contra las posibilidades de Cristina de construir autoridad. ¿Quién repararía en ella en el peronismo, estos tres años que le quedan de poder, si el regreso de su marido fuera irremediable?
Kirchner alterna, en su intento de recomposición, malas con buenas. Quedó a la vista que la construcción política insinuada en sus años de esplendor resultó un fracaso. El fracaso no fue producto de la desgracia sino de la impericia. ¿Cómo se entiende que después de cinco años de bienestar económico el ex presidente esté caminando ahora sobre las ruinas del kirchnerismo?
El fracaso, pese a todo, aparece disfumado. Su liderazgo ha sufrido daño pero no tanto como se presumió luego de la crisis. No ha surgido nadie en el PJ con autoridad capaz de aglutinar al montón de desencantados. La alternativa que está esbozando Eduardo Duhalde se parece, en exceso, a los tiempos prekirchneristas. Eso ayuda a que el éxodo alrededor de Kirchner por ahora se atenúe.
El ex presidente recompuso vínculos con Carlos Reutemann y con Juan Schiaretti. Sabe que, para cualquier elección, necesita imperiosamente de Santa Fe y de Córdoba. Nada indica que el ex gobernador santafesino tenga ambiciones presidenciales. El único que las ha manifestado hasta ahora es Felipe Solá. Las pretensiones de Mario Das Neves, el mandatario de Chubut, son aún marginales.
Solá navega a dos aguas. Se apartó del kirchnerismo pero tampoco se anima a aparecer asociado aún a la alternativa duhaldista. La carta de presentación electoral de Solá es todavía única: es el dirigente peronista que mejor tratan las encuestas nacionales. Bastante mejor que al heredero que sigue protegiendo Kirchner: Daniel Scioli también evidenció un bajón después del conflicto con el campo. Aunque ese bajón encuentra además anclaje en las dificultades que implica gobernar la misteriosa Buenos Aires.
La oposición también debió anticipar su juego. Julio Cobos es, por lejos, el que despierta mayores expectativas. Requiere, de todos modos, bastante más que de su figura popular. Está en su horizonte el radicalismo del cual fue echado por su acercamiento a Kirchner. El radicalismo vuelve a surgir, aún diezmado, como una pieza de la reconstrucción posible de una alternativa de poder. Al radicalismo mira también Elisa Carrió. De allí se explica el antagonismo visceral que la líder de la Coalición Cívica dispensa a Cobos.
Hermes Binner es otra figura electoral que asoma en medio de un intenso forcejeo. Los radicales desearían reeditar con él la alianza que urdieron en Santa Fe. Eso explicaría los pasos dados por Cobos. Pero el socialismo no tiene su proa hacia un solo puerto: una corriente prefiere las cercanías con Carrió.
Mauricio Macri es hoy el dirigente opositor que aparece más aislado, aunque las encuestas no lo traten mal. Su confluencia natural sería el peronismo duhaldista; pero esa unión lo podría alejar definitivamente del gusto de los porteños.
Son todos aprontes electorales y políticos precoces de una nación que sigue buscando su destino, en un mundo cada día más crujiente y menos previsible.
La hora del Bicentenario
OSCAR BERTONE
Cuando esta revista esté en sus manos es probable que el gobernador haya anunciado la gran "Obra del Bicentenario" para la ciudad.
Se trata del Puerto de la Música, un emprendimiento que encaja en el pedido tantas veces formulado desde muchos sectores para que Rosario cuente con un centro de espectáculos acorde con la imagen que la ciudad destella al país.
La obra, pergeñada por Oscar Niemeyer, quizás el más influyente arquitecto de la modernidad, se levantaría en la intersección de la avenida Pellegrini y el río, sobre la barranca, y contendría un centro para conciertos y recitales que, en un ámbito cerrado cobijaría a unos 2.500 espectadores, y en una opción abierta hacia el norte aceptaría un público de más de 20.000 personas como moderno anfiteatro.
Hasta el cierre de la edición de esta revista las autoridades provinciales guardaban con exasperante celo la información sobre las particularidades de semejante obra, en la espera del "gran anuncio" del que participarían colaboradores directos del centenario arquitecto. Pero se desprende del tamaño del emprendimiento la ambición del gobierno santafesino de iniciar la tercera centuria de la Argentina como país con una inauguración acorde con la fecha.
Una estructura curva (imposible que Niemeyer pueda imaginar una obra con perímetros rectos), de forma ovoide, de casi 200 metros de largo y más de 60 de alto, será en algunos años el edificio que competirá en la identificación de Rosario con el hasta ahora imbatible Monumento Nacional a la Bandera.
Pero primero el anuncio deberá pasar por las horcas caudinas de la política cotidiana. Hermes Binner está en su segunda gran batalla para asegurarse el control de gestión de la provincia. La primera fue por los aumentos de sueldos al personal.
Ahora viene la reforma tributaria pretendida por el gobernador, que si bien no es el desiderátum de la justicia impositiva, al menos abre las puertas para un régimen más racional de recolección de tributos.
Los objetivos recaudatorios, un aumento de unos 670 millones que parecen poco frente al presupuesto global de 17.000 millones mandado por el Ejecutivo a la Legislatura, persiguen más un objetivo político que monetario. Se trata de hacer valer la autoridad que el socialismo obtuvo en las urnas hace menos de un año.
Pero el peronismo le advirtió en el Senado provincial, con la aprobación sobre tablas de una iniciativa para bloquear la reforma tributaria, que va a dar una pelea a destajo y casi sin códigos. Hizo valer la única mayoría circunstancial a la que se puede aferrar: la de la Cámara que representa a los departamentos provinciales.
La oposición no pudo emblocar en su intento al gremialismo ni a la mayoría de los intendentes y presidentes de comuna. Estos ven que desde la provincia hay un esfuerzo por mejorar los ingresos de las comunas, que vía reforma tributaria se duplicarán en 2009 respecto de los que recibían desde Santa Fe a principios de este año, exiguos frente a las demandas de mejoramiento de los servicios que pueden prestar.
Pero el obstáculo plantado en el Senado está allí, y difícilmente se pueda sortear sin una combinación de pulso firme y ánimo de conciliación.
En este marco, y en medio de los temblores de los mercados internacionales que diluyen cualquier piso de certezas sobre el futuro cercano, Binner tiene que anunciar una obra que lo obsesiona y cuyo costo puede superar los cien millones de pesos.
Otra vez lo mismo; la cifra no parece tan significativa frente al dinero que puede manejar Santa Fe, aun bajo el más pesimista de los escenarios.
Pero el anuncio puede desatar, tal cual es costumbre en la exasperada Argentina de hoy, la aparición de los vigías del statu quo, que con el argumento del cuidado de los dineros públicos dejaron inmóvil y sin iniciativas que merezcan destacarse, a una de las provincias más promisorias de la Argentina.