El país después del conflicto
EDUARDO VAN DER KOOY
El Gobierno de Cristina Fernández y Néstor Kirchner quizás no tenga todavía conciencia de los efectos del sismo que conmovió a la nación en los últimos cien días. En un sismo se convirtió, al final, la prolongada e innecesaria confrontación con el campo.
Hay efectos que están a la vista de todos, incluso del matrimonio presidencial. Son los efectos políticos. El ecosistema político, en especial el oficial, sufrió profundas transformaciones. El peronismo dejó de ser el partido silencioso y obediente que acató hasta ahora la conducción de Kirchner.
Son más o menos conocidas las provincias donde el PJ tomó un rumbo distinto al del Gobierno. Son provincias de peso enorme, como Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. Hubo otras consecuencias dañinas, aunque menos públicas, que el matrimonio presidencial deberá computar si pretende rehacerse con posibilidades para transitar el resto del año y afrontar con posibilidades las elecciones legislativas del 2009.
Buenos Aires es un foco de atención. Daniel Scioli ha sido hasta el presente una pieza política clave en el armado kirchnerista. Lo fue para Kirchner en el 2003 y lo fue todavía mucho más para Cristina en el 2008. El apego forzado del gobernador a la Presidenta y a su esposo durante el conflicto con el campo le produjo un acelerado desgaste.
Scioli no es la única víctima. Jorge Capitanich debió desenfundar su doble faz, con una mirada privada racional sobre el conflicto pero con un comportamiento público que buscó siempre el cobijo del matrimonio. Capitanich ganó El Chaco en soledad sin el apoyo kirchnerista, que nunca creyó en la posibilidad de su hazaña. El gobernador ha quedado ahora aislado en su propia provincia. Algo similar le sucedió al salteño Juan Manuel Urtubey, hijo político de Kirchner, que quedó cercado por los militantes del veterano caudillo Juan Carlos Romero.
Salgamos del campo y repasemos otros comportamientos. Mario Das Neves no tuvo apremios con el plan de retenciones porque Chubut depende del petróleo y no de la soja. Pero el gobernador se animó ya a romper lanzas con el kirchnerismo y a bosquejar alternativas en el PJ para las legislativas del año venidero. Son señales indiscutibles de que Kirchner dejó de ser en el peronismo lo que fue en sus épocas de bonanza.
Tal vez los corcoveos peronistas no sean el problema más serio que le aguarda al matrimonio. El problema más serio sería, en cambio, la relación con la sociedad. El conflicto con el campo y la intemperancia, de vez en cuando matizada, de Cristina y de Kirchner perforaron la confianza pública. Sobre esa confianza ambos habían edificado su poder desde el 2003. Con un partido oficial que empezó a dejar de practicar el seguidismo será una tarea ardua, homérica, la reconstrucción de esa confianza. No se trata sólo de una percepción caprichosa: una encuesta de la consultora Nueva Comunicación revela que Cristina y Kirchner, en ese orden, son los dirigentes con imagen negativa más elevada en Buenos Aires. Están en el 49% y en el 43% de valoración respectivamente. Buenos Aires ha sido el puntal de los Kirchner estos años.
La desconfianza social tiene manifestaciones múltiples. La más vieja posee vinculación con el INDEC y con los increíbles índices de inflación. El matrimonio presidencial persiste en esa línea. La desconfianza ha mojado también las orillas de los niveles de la pobreza y el empleo y avanza con peligro sobre las cifras del crecimiento económico que distribuye el Gobierno. La desconfianza, en síntesis, hace mella sobre la economía. La economía, por sobre todo lo demás, impulsó al kirchnerismo en el poder.
Otra de las patas del sistema también da síntomas de flojedad. No se podría reparar en el peronismo soslayando el universo sindical. Kirchner tuvo por años una alianza sólida con Hugo Moyano. La alianza continúa aunque es menos sólida. El jefe de la CGT sufre el desgaste interno de varios años de conducción, durante los cuales privilegió el interés del gremio de los camioneros por sobre los demás. Esa debilidad lo ha forzado a anticipar el reclamo sobre una nueva actualización salarial cuando todavía no se ha cumplido la mitad del tiempo establecido por las paritarias firmadas a comienzos de año. Esa demanda, que trata de ser demorada por el Gobierno, ha puesto en alerta al mundo empresario inquieto por un horizonte económico cargado de malos presagios.
Esa constituye, a trazo grueso, la nueva Argentina que le espera al matrimonio Kirchner cuando se corra la cortina del conflicto con el campo. Un país mucho menos optimista y más turbado que en los años recientes.
Los límites de la popularidad
OSCAR BERTONE
La popularidad de Hermes Binner no se parece a la de otros políticos que también disfrutaron una luna de miel con sus votantes. Tiene grados de aceptación que, más allá de las encuestas, se patentizan a cada paso cuando el hombre se muestra públicamente.
Su parquedad contrasta con la grandilocuencia con que lo trata la gente en la calle, un patrimonio que pocos políticos pueden exhibir en estos tiempos, sobre todo en la crispada capital urbana de la soja, Rosario.
Nunca tuvo una declaración belicosa hacia el gobierno nacional ni se encolumnó detrás de las exasperadas manifestaciones de la clase media urbana de la provincia, la que hace seis meses le dio su voto, la misma que desde marzo no pierde oportunidad de despotricar contra la Presidenta.
Cree que si se deja arrastrar por la visión provinciana que ya lo imagina como candidato alternativo a la Casa Rosada, corre el riesgo cierto de no poder ni siquiera comenzar con algunos cambios estructurales que exceden para su concreción su período de gobierno. Tampoco se muestra impactado por las expresiones de apoyo que recibe fuera de su territorio. El último jueves de junio, luego de una de las tantas necesarias visitas al centro político del país, cenó con su familia en un restaurante de Buenos Aires. Le costó probar bocado por las interrupciones a las que lo condenaba cada persona que lo reconocía y lo quería saludar.
Toma nota de todo, pero sigue concentrado en una temática que generalmente no excita a la prensa ni provoca titulares.
Terminar en la provincia con los basurales a cielo abierto, abastecer de agua potable a todos los rincones de Santa Fe, extender la cobertura de salud universal a la mayoría de los comprovincianos, reconstruir los devastados hospitales provinciales, no son obsesiones habituales de la agenda política de los gobiernos de hoy día, pero Binner las tiene como prioridad.
Todas están vinculadas con la salud pública e implican planes de largo aliento, de esos que se suelen llamar “políticas de estado”, aunque en realidad sean elementales propuestas de plataforma electoral para el mejoramiento del capital humano, que llevan implícitas la idea de la inclusión social.
Y todas requieren una inversión importante, con pocos antecedentes. Y una fuerte –y sostenida- ayuda del gobierno nacional.
Esa relación que el gobernador provincial cuida como si fuera capital propio, se encamina, al menos en el futuro inmediato, a ser cada vez más necesaria. Es un secreto a voces que la mayoría de los recursos coparticipables que distribuye la Nación se estarían estancando. Nadie cree seriamente que el aumento de la recaudación del IVA o del impuesto a las ganancias pueda seguir el ritmo de los últimos años. La diferencia entre los porcentajes nominales y los ingresos reales deflacionados empieza a ser notable. Y una parte de ese dinero le corresponde a Santa Fe por ley, pero al achicarse la torta, el trozo también se achica.
Por el contrario, los recursos que generan las retenciones a la exportación agroindustrial y de combustibles crecen al ritmo que refleja la inquietud mundial. Sólo la cosecha de soja que falta exportar le puede sumar al Tesoro nacional el doble de un presupuesto de Santa Fe: más de 20.000 millones de pesos.
El gobierno central se transformó, por el desbalance de recursos, no sólo en autoridad política superior, sino en prestamista de única instancia, supervisor de las iniciativas de largo aliento que necesiten financiación y respaldo indispensable para cualquier traspié que deba afrontar un estado provincial.
Verbigracia: para terminar con los basurales a cielo abierto hacen falta créditos del Banco Mundial respaldados por el gobierno argentino. Para construir hospitales, escuelas y viviendas también. Hasta el Plan Hábitat, iniciativa de pura inspiración local, necesita del apoyo nacional. Si Santa Fe pierde en el Ciadi el juicio por el mal manejo en la privatización del servicio del agua… ¿quién lo va a pagar?
Sólo en el remoto caso de que un hipotético pacto del Bicentenario refunde el sistema impositivo argentino sobre bases distributivas más racionales, el futuro inmediato seguirá siendo definido por la aristotélica sentencia: “la única verdad es la realidad”, y cuanto más creativo se proponga ser un gobernante, más necesita enfocar cuál es hoy la realidad.
El primer paro contra el gobierno socialista, protagonizado por el gremio docente, el que más beneficios recibió en el comienzo de su gestión, lo puso en alerta. La primera reacción fue acordonar la protesta, reuniéndose con los gremios peronistas estatales para que el conflicto no se extendiera.
Así es la política en un interior potencialmente rico pero efectivamente mendicante, donde la fama… es puro cuento.