Edición Nº 43- Editorial

El problema de fondo
EDUARDO VAN DER KOOY

Detrás de los conflictos que enfrenta el gobierno de Cristina Fernández, en especial la confrontación con el campo, asoman síntomas que denuncian problemas primarios, serios e irresueltos de nuestra democracia que tampoco fueron solucionados, pese a las apariencias, durante los años post crisis que lideró el ex presidente Kirchner.
El Gobierno sufrió un desgaste descomunal. Lo reflejan dos trabajos de opinión pública entre tantos que existen y que el oficialismo disimula. Según la encuestadora Graciela Rommer y Asociados, la imagen de Cristina se ubica en el 41% de aceptación. Hace un mes la misma empresa medía un 54%. Management & Fit –consultora argentino española—revela que el 61.8% de los argentinos reprueba la gestión de Cristina. Se trata de valoraciones de coyuntura que la propia Presidenta, enderezando su administración, podría revertir. Pero aun así la radiografía resulta preocupante. Ni Fernando de la Rúa padeció un deterioro tan abrupto: fue más gradual aunque, por desgracia, irreversible. No sería ése el caso de Cristina.
En el deterioro influyen problemas previstos o no. También la hasta ahora incapacidad del matrimonio presidencial para advertir que los tiempos políticos cambiaron, que los humores y la mansedumbre sociales no son los que eran durante la post crisis. Influyó la ausencia de márgenes temporales y fácticos de Cristina para consolidar su identidad en el poder y concederle algún perfil a su liderazgo. En suma, lo que asoma de nuevo son los déficits de gobernabilidad de la democracia argentina.
Dos dirigentes en las últimas semanas hicieron un primer llamado de atención. Hermes Binner, el gobernador de Santa Fe, pidió mayor autonomía para Cristina. Fabiana Ríos, gobernadora de Tierra del Fuego, hizo un diagnóstico desde la psicología. “Cuando una persona invade a otra, es porque la otra se deja invadir”, apuntó. Hay mucho de política pero también de psicología en la fórmula que la pareja presidencial pergeñó para seguir manejando otros cuatro años las riendas del país.
La Argentina enfrenta un ensayo político e institucional desconocido. Conviven un líder político (Kirchner) formalmente fuera del poder y una Presidenta (Cristina) con una notoria sujeción política a aquel líder. No hay conflicto interno por su condición de matrimonio y de militantes de una larga vida. Pero empieza a plantearse un conflicto hacia fuera del Gobierno: los factores de poder, la ciudadanía en general, advierten que el líder impone y que la Presidenta acata y sólo matiza aquellas imposiciones. Se daña irremediablemente la institución presidencial.
Ese daño es más grave en una nación como la Argentina apegada a un presidencialismo ancestral, donde el juego de los restantes poderes es, por lo general, bien acotado. Basta sobrevolar el papel que desempeña el Congreso. Pero hay más: el deterioro de la institución presidencial podría envolver al líder que lo provoca. La valoración social de Kirchner, según todas las encuestas, está también en descenso.
La reconstrucción del poder y de la autoridad se hizo en base al consenso que edificó Kirchner, pero sobre un sistema institucional o de partidos muy precarios. Está el viejo peronismo y poco más. ¿Qué podría suceder si la declinación del matrimonio presidencial no se frenara y la revalorización popular resultara inviable?
El interrogante nos remite al problema de nuestra democracia, que no es la economía ni la inflación: es la falta de garantías de la gobernabilidad, que viene desde 1983 atada de un hilo, como una constante de la historia de nuestro país que convendría tener presente en los umbrales del Bicentenario.
Un repaso sobre la nueva democracia concluye terminantemente. Raúl Alfonsín emigró seis meses antes del poder. Fernando de la Rúa duró la mitad de su mandato. Ni siquiera Eduardo Duhalde pudo completar la emergencia en los plazos que había propuesto. La de Carlos Menem fue una gobernabilidad engañosa; hay gobernabilidad cuando un Gobierno sale e ingresa otro del mismo o de diferente signo sin sobresaltos. Menem dejó abierto un abismo.
Kirchner alentó una ilusión cuando renunció a su reelección y dejó el lugar a Cristina. El método sucesorio no fue el ideal pero abrió la posibilidad de un intento de mayor estabilidad, de una gobernabilidad que no dependiera sólo de una persona. De escapar al providencialismo. Contra aquella ilusión, por sus conductas de estos cuatro meses, parecen estar atentando Kirchner, sobre todo, y también Cristina. En manos de ellos, antes que de otros, está la chance de que la Argentina no se asome a una nueva frustración.

Las elecciones ya terminaron
OSCAR BERTONE

Hermes Binner se escandaliza cuando escucha a dirigentes referirse con epítetos, insultos y descalificaciones personales hacia la Presidenta. Cree que es gravísimo, y si bien la comparación sugiere aristas difíciles de asimilar, recuerda lo que pasó cuando no se tuvo la paciencia para esperar el plazo de gobierno que le faltaba a Isabel Perón y lo que vino después con la dictadura.
“Las elecciones terminaron”, sentencia como para cerrar la idea, y da como ejemplo de convivencia en la provincia la presencia de Agustín Rossi durante la apertura de las sesiones legislativas el 1º de mayo, cuando el líder de los diputados nacionales del Frente Para la Victoria escuchó sin inmutarse su discurso.
Argumenta que la cultura política fuertemente presidencialista argentina es responsable de los desequilibrios y la sensación de ingobernabilidad que sobrevuela el país cuando hay una crisis como la que enfrentó al campo con las autoridades nacionales.
-Gobernador -desafiamos para salir de lo estrictamente teórico- ¿cómo hace el gobierno para satisfacer a los productores tamberos que ahora, después del acuerdo que usted promovió, piden $ 1,30 por litro de leche…? Con ese precio de partida, la leche llega a las góndolas a un inaceptable $ 3,50 por litro.
-Tiene que haber manera de compensar el alto precio que acepta el mercado externo con el del interno; por ejemplo compensando, o sacando el IVA para un producto tan necesario, pero lo importante es buscar la salida. Hay miles de toneladas acumuladas de leche en polvo envasada que no se pueden exportar, y eso es un pecado- sugiere.
Por eso se empeña en su territorio en buscar mecanismos de consenso que amplíen la base de sustentación del accionar del ejecutivo. Se entusiasma: “Participaron 1.200 personas en una reunión en Reconquista para lanzar las bases del plan estratégico de esa región, y ya nos pusimos de acuerdo en los temas que se discutirán”, asegura.


Lo cotidiano
Un operativo de saturación inundó de móviles policiales un barrio muy complicado de Santa Fe, y faltó poco para que alguno chocara con otro, porque se cruzaban en las esquinas. Por supuesto, durante ese día y esa noche no pasó nada, pero pocos minutos después de terminar el operativo, mataron a un chico de 14 años. ¿Para qué sirve entonces una acción de ese tipo?
La anécdota forma parte de una larga reflexión, que enlaza varias cuestiones de gobierno, sobre la complejidad de la situación social en la ciudad capital, calificada después de Bogotá y el Gran Lima como uno de los centros urbanos de mayor violencia en Latinoamérica.
Binner le atribuye gran parte de esa anomia a las secuelas del flagelo de las inundaciones, con su rémora de desánimo, indefensión e impunidad. “En los barrios inundados se volcó mucho dinero, pero $ 2000 pesos por mes no arreglaron nada”, asegura. Por eso argumenta que la solución no pasa sólo por invertir presupuesto.
Dice tener detectadas 4 zonas donde la inseguridad va de la mano de la desnutrición, de la desocupación y de una menor expectativa de vida. “La gente se muere antes, es estadístico: el desocupado se muere antes que el que trabaja en negro, y el que trabaja en negro se muere antes del que tiene trabajo en blanco”, simplifica.
“Por eso tenemos que pasar de la demanda al derecho, y todo gira, en última instancia, en torno al derecho a la salud”. Y se pregunta: “¿Quién va a negar que hay que promover el derecho a la salud de todos?”. Contesta que formalmente nadie lo haría, pero se remite a cuestiones aparentemente desvinculadas, como la resistencia al trabajo registrado, o a la formación de comités de seguridad laboral en las empresas.
Recomienda un artículo de Ricardo Lagos publicado en Clarín. El exitoso ex presidente socialista de Chile sentencia que los Estados latinoamericanos tienen que garantizar ciertas condiciones mínimas de vida, sobre todo ahora que sus economías florecen.
“Todos sabemos lo que pasa, lo que tenemos que definir es el cómo y el cuándo de las soluciones. Aunque tengamos que resignarnos a que por 20 años vamos a seguir teniendo problemas, empecemos hoy con el cómo y el cuándo”, propone, y vuelve con la frase: “porque las elecciones ya terminaron”.