Edición Nº 42 - Editorial


Otro Tiempo
EDUARDO VAN DER KOOY
  
Cristina Fernández bien podría mirarse en el espejo de Michelle Bachelet. La referencia no apunta al género de mujer que las identifica sino a ciertas afinidades que reflejan el tiempo político en el cual les tocó actuar y el cambio brusco de escenario que sufrieron cuando aún no habían podido paladear casi nada del poder. Bachelet se enfrentó primero a una inesperada rebelión estudiantil. Los sectores estudiantiles estuvieron siempre cerca del gobierno de la Concertación porque esa alianza de partidos representó el antagonismo a la larga dictadura de Augusto Pinochet. El conflicto con los estudiantes no ha cesado. La mandataria trasandina sufrió luego el reto popular por un nuevo sistema de transporte público en la capital chilena que no tuvo los resultados esperados. La combinación de ambos problemas la forzó en menos de dos años de gestión a dos reestructuraciones de su gabinete. Bachelet inició su gestión con índices de popularidad por encima del 55%, pero aquellas dos cuestiones, entre tantas, minaron su consenso social que ahora no supera el 40%. Al margen de los errores de gestión, Bachelet se topa con otra realidad: la Concertación lleva, con distintos mandatarios, 17 años seguidos en el poder. Su frente interno se ha desgastado, el fantasma de Pinochet, luego de su fallecimiento, desapareció y la sociedad empieza a tener más desencantos que encantos con la coalición. La pelea del gobierno de Cristina con el campo pareció tener la fortaleza, en poco más de 20 días, de la rebelión estudiantil y la crisis del transporte que conmovió a Bachelet. La Concertación desde que arribó en 1990 al Palacio de la Moneda estuvo habituada a muchos sobresaltos provocados por los militares mientras Pinochet tuvo vida. El kirchnerismo, de la mano de Néstor Kirchner, gobernó cuatro años casi sin escollos internos y con la complicidad de una sociedad atemorizada por los estragos dejados por la crisis del 2001. En esos cuatro años, se podría hacer un par de excepciones: la irrupción de Juan Carlos Blumberg, por el tema de la inseguridad, que causó una enorme movilización social pero que se fue apagando como una vela; el largo conflicto con los docentes en Santa Cruz que terminó convertido el año pasado en un lío de alcance nacional. A Cristina le sucedió con el kirchnerismo, antes de tiempo, algo similar a lo que le aconteció a Bachelet con la Concertación. La sociedad empezó a cuestionar un estilo de entender y de ejercer la política que bajo el timón Kirchner había tolerado. La Presidenta se coronó en octubre pasado, además, con la promesa de un cambio, de algún maquillaje respecto de su antecesor. Nada de eso ocurrió; de allí que no resultan válidas ni sus quejas por las críticas ni sus lamentos por no haber tenido, como suele ser habitual con los mandatarios que debutan, una luna de miel política con la sociedad. Ella misma no supo establecer ninguna frontera entre el tiempo pasado y el presente. El conflicto con el campo marcará, con certeza, un antes y un después en su Gobierno. Claro que mucho de lo que ocurra dependerá del modo en que se salde ese pleito. Pero no es lo único: aquella durísima pelea pudo representar además el inicio de un giro en el humor social colectivo. Una señal preocupante por dos razones: a la administración de la Presidenta le restan cuatro años; en octubre del 2009 están las elecciones legislativas que podrían significar, según sean los resultados, un golpe mortal para el proyecto kirchnerista. Por lo pronto, Kirchner debería prestar atención a las fisuras surgidas dentro del propio peronismo en los días del conflicto. Esas fisuras no tiene relación tanto con los gobernadores y funcionarios que lanzaron advertencias públicas como aquellos que lo hicieron en forma reservada. No hubo gobernador del PJ, afectado por el conflicto, que no haya manifestado discrepancia con el modo oficial de encarar el tema. El deterioro de Cristina en el poder podría condicionar a Kirchner en el armado de la fuerza política que viene imaginando. El conflicto ha hecho descender la popularidad de Cristina. No hacen falta las encuestas para darse cuenta, aunque las encuestas también lo revelen así. Esa caída puede ser perfectamente revertida porque la Presidenta tiene la legitimidad y las energías políticas intactas. Sólo no debe caer en el error de creer que no ha pasado nada. O de que ha pasado poco. Sólo no debe caer en el error de suponer que todo se limita a una puja de intereses con el campo. Esa es una parte de la verdad. La otra es que su Gobierno está frente a un tiempo nuevo, donde un reclamo sectorial ha servido para desperezar a la opinión pública y, tal vez, envalentonar a la oposición. Ese desafío sería mas conveniente afrontarlo con los brazos abiertos y no, como acostumbra a tentarse, con los puños crispados.

Binner y el "Que se vayan Todos"
OSCAR BERTONE

Todo lo hace para recuperar la expectativa de los que gritaban “que se vayan todos” en el año 2002, porque su objetivo es reformar el Estado, y para hacerlo pretende que participe la sociedad civil. Hermes Binner teoriza que en aquel tramo horrible de la historia reciente se disolvieron los mecanismos de representación política. Cree que si no puede seducir a la sociedad civil para que medie entre Estado y mercado no se conseguirán cambios que permitan hacer manejables conflictos como el que estalló en el campo. Es difícil encasillarlo en las ofertas políticas conocidas, incluso en la de algunos dirigentes de su propio partido. ¿Sueña Binner, posicionado demasiado temprano como una alternativa a nivel nacional, con su candidatura a Presidente? Bromea: “¿Tengo que firmar un escrito que diga que no quiero; dénmelo y lo firmo?”, propone sonriendo, y vuelve a evocar la frase tanguera: “No tengo el mate lleno de infelices ilusiones”. Por ahora quiere probar con la constitución de un Consejo Económico Social provincial. Lo considera imprescindible para generar consensos que amplíen la base de sustentación para cualquier cambio de fondo. Cree que es un ámbito para lograr una masa crítica, que aún con gente que no piensa como él en términos globales, esté interesada en la reforma del Estado. Vuelve con el concepto de la participación de la sociedad civil. HITOS Sabe que algunos gestos pequeños le dieron réditos que no lo son tanto. El primer día de gobierno hizo sacar las vallas que rodeaban la entrada de la Casa de Gobierno. Le envió al Museo Rosa Galisteo de Santa Fe una pintura original gigante de Quinquela Martín que colgaba de una pared del despacho que heredó. Se pregunta “¿Qué sentido tiene un cuadro tan importante en mi oficina cuando puede estar en un lugar donde la gente lo pueda ver?”. Eliminó de hecho fondos de libre disponibilidad que el gobernador tenía asignados en el presupuesto 2008. Eran unos 10 millones de pesos que destinó a mejorar las instalaciones del deteriorado hospital Iturraspe de Santa Fe. Otra vez pregunta: “¿Para qué necesita un gobernador fondos disponibles a su antojo?”. Entre todos los ministerios, el presupuesto que se estimaba para ese tipo de manejo arbitrario sumaba 200 millones. Un gol de media cancha: envió a una veintena de empleados a Buenos Aires para terminar con una demora secular en la entrega de documentos personales de identidad, reclamados por 80.000 santafesinos. Pero advierte que lo de las vallas, el cuadro, los gastos reservados o los DNI, son sólo actos simbólicos. Para él lo medular fue la reforma del Consejo de la Magistratura que autolimitó su poder y mejoró el sistema de nombramiento de jueces. Está a favor de los reclamos del campo, pero prefiere que el hombre visible en las negociaciones con el gobierno nacional sea Juan José Bertero, gestor de aquél acuerdo con la cadena láctea que desorientó a la oposición peronista, íntimamente convencida de la incapacidad socialista para las cuestiones productivas. Por eso, apenas la incontrolable María del Carmen Alarcón se quiso proyectar públicamente como la representante del pensamiento oficial santafesino en cuestiones agropecuarias, la separó de su Ministerio de la Producción. No fue un castigo; la mantiene como funcionaria en otro ámbito, pero quiere cuidar puntillosamente su relación con el gobierno nacional y la unidad de discurso provincial. Se manifiesta celoso vigilante de cualquier aporte que pueda hacer, desde la oposición, para cuidar la gobernabilidad en su territorio y en el país. Sabe que sin ese requisito nunca se aventarán los fantasmas del 2001.