Edición Nº 41 - Editorial

El doble comando

EDUARDO VAN DER KOOY

La nación política asiste a una experiencia desconocida. Ese desconocimiento provoca una corriente de temores y conjeturas que suele echar sombras sobre la confianza de la sociedad. ¿Cuál es aquel experimento? La existencia de un poder compartido en el gobierno que desde hace tres meses encabeza Cristina Fernández.
Esa realidad, en otra época de su historia, hubiera colocado a la Argentina al borde de un colapso institucional. De hecho, esos colapsos existieron. El más dramático se remonta a la década del 70 cuando el poder real de Juan Perón, fuera del gobierno luego de concluido su exilio, deshizo el poder formal de Héctor Cámpora, ganador de las elecciones presidenciales con la bendición del anciano general. Se desató entonces una crisis que desplazó a Cámpora, entronizó a Perón y coló a Isabel en la antesala del poder. Cuando murió el ex presidente, la pobre y débil mujer fue la excusa perfecta para el sangriento golpe militar de marzo de 1976.
No existe ahora, en cambio, ninguna analogía posible con ese antecedente. Simplemente porque no hay competencia de poder entre Cristina y su marido, Néstor Kirchner. Tampoco se aglutinan detrás de ellos fuerzas políticas antagónicas. El peronismo que se alinea con la Presidenta es el mismo que reconoce la autoridad política indiscutible del ex presidente.
Esa radiografía no constituye la mejor muestra de un sistema institucional saludable. Menos todavía en un país, como la Argentina, donde la referencia de un presidencialismo fuerte resulta una evidencia insoslayable. Pero es verdadero también que el poder bifronte advertido hoy en la Argentina no trasunta ningún conflicto ni un peligro para la gobernabilidad.
En todo caso habría que admitir, con las prevenciones debidas, que este sistema de doble comando matrimonial no es otra cosa que la expresión de un mecanismo político todavía precario y provisional que debería evolucionar hacia formas normales. Todo, en definitiva, tiene que ver con todo. Al doble comando en el Gobierno lo confronta una oposición disgregada y anárquica que ofrece sólo fórmulas de personalismo sesgado y de partidos ausentes para intentar seducir a sectores sociales que rastrean algún anclaje político.
Cristina y Néstor Kirchner representan una sociedad de poder con intereses coincidentes. Predomina también entre ellos, al menos hasta ahora, el afecto societatis. No se detecta ninguna competencia. Kirchner hace valer desde el llano la autoridad que se llevó de sus cuatro años de gobierno. Esa autoridad la coloca al servicio de su esposa. La Presidenta se ocupa de la gestión cotidiana y usufructúa como propia aquella fortaleza política de su marido.
El doble comando parece ser observado con mayor aprensión por los polítólogos y cierta clase dirigente que por la propia sociedad. Vale la pena reparar en dos referencias. Según un trabajo del Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP), el 64% de los argentinos es conciente de la existencia de un poder compartido. De ese total, al 56% le parece correcto. Otra consultora, Poliarquía, viene midiendo la imagen de aceptación popular de Cristina desde su asunción. Oscila siempre entre un 54% y un 56%. El contrato político con su marido, en principio, no la daña.
Kirchner tiene desde su cuartel político en Puerto Madero el mismo protagonismo que Cristina en la Casa Rosada. Recibe diariamente a dirigentes peronistas, sindicales y también a aliados. Urde maniobras para que después las corone la Presidenta: ocurrió con el líder de la CGT, Hugo Moyano, cuando firmó un convenio salarial del 19.5% tras escuchar los discretos aleccionamientos que recibió de boca de Kirchner.
El riesgo del poder como un bien matrimonial posee, sin embargo, dos acechanzas. Una política: que tanto protagonismo compartido termine inclinando, por peso propio, la balanza hacia el lado de Kirchner y vaciando la administración de Cristina. Otra institucional: que el posible éxito de este sistema inédito induzca a pretender instaurarlo como un régimen definitivo y no de transición, tal como se lo analiza y se lo admite bajo el cristal de una crisis política todavía no superada.

Una marcha forzada

OSCAR BERTONE

Hermes Binner consiguió un éxito político: las clases comenzaron en la provincia sin los conflictos que fueron una norma en los últimos años. Y no tuvo que conceder un aumento de salarios extravagante para un economista ortodoxo, o normal para un gremialista combativo.
Pero todo es efímero. Porque el grado de expectativa que generó el nuevo gobierno de Santa Fe no le permite sentarse un segundo a disfrutar un logro: inmediatamente detrás viene otra exigencia que lo obliga a saltar a otro tema. Verbigracia: el ejecutivo santafesino ni siquiera pudo chequear con el periodismo un balance sobre su audaz iniciativa de poner a punto todas las escuelas antes de comenzar el ciclo escolar.
Cuando era tiempo para eso le imprimió más velocidad a su gestión y abrió un frente con un sector del empresariado por la creación de los comités de seguridad en las empresas, una respuesta de fondo a los títulos de los diarios que dan cuenta de las muertes de trabajadores que podrían haberse evitado.
También guarda con celo un anuncio de cinco megaobras, una por cada distrito con que anhela a estructurar políticamente a la provincia. Paralelamente, clava un estilete en el establishment judicial (“Están crujiendo algunos privilegios”, lanza Binner en persona), y no hace caso a una señal que en otro momento hubiera escandalizado a cualquier gobernador: 47 jueces han pedido el pase a la categoría de jubilados.
Algunos números en la Justicia merecen un párrafo: el nuevo Consejo de la Magistratura no tendrá respiro, y a mediados del año próximo Santa Fe contará con un 25% del plantel elegido por el nuevo sistema propuesto desde el poder político. Un desafío sustancial.

LA ESCENA NACIONAL
Sólo ciertas mezquindades de funcionarios de tercera línea de los ministerios nacionales y la prudencia con que trata de moverse el gobernador santafesino, impidieron que la cuestión de las carnes se encauzara por un carril similar al de la cadena láctea.

Binner rozó el límite de su protagonismo cuando funcionarios de Economía y de Planificación Federal dejaron trascender por los medios nacionales su molestia por la intromisión de Santa Fe en cuestiones centrales que tocan la gastada política de precios.
El líder del socialismo no se siente cómodo cuando lo presionan desde el ruralismo para que emerja más alto en discusiones tan delicadas. Prefiere preservar a toda costa su buena relación con la Presidenta y el ministro Lousteau, una garantía para la gobernabilidad de la Provincia, enredada en compromisos por miles de millones de pesos en obras que apuntan sobre el territorio.
Por eso le pidió a su ministro de la Producción, al atribulado Jorge Bertero, que profundice tanto los proyectos como los consensos. Desde esa cartera, todos los informes dan cuenta de oportunidades; no hay sector productivo donde Bertero no vea la posibilidad de que Santa Fe juegue un papel. El funcionario no podía ocultar su asombro cuando, después de participar como “oyente” en una reunión gestada por la Secretaría de Industria de la Nación para planificar la fabricación de 500.000 motores en el país para abastecer la industria automotriz, terminó sentado en la mesa promotora de la iniciativa.
El ministro de Trabajo de la Nación, Carlos Tomada, alienta un proyecto de su par provincial, Carlos Rodríguez, para que Santa Fe lidere la creación de comités de seguridad en el trabajo que incorporen a los empleados a la prevención de accidentes laborales.  
Caben interrogantes. ¿Se pueden jugar dos torneos al mismo tiempo y con la misma intensidad? ¿Hasta dónde el equipo soportará esta marcha forzada?.
Rosario Express publicó en su número anterior un exhaustivo informe sobre la inversión pública y privada que puede volcarse en la provincia: es tan gigantesca como imposible de concretar si no se cambian sustancialmente algunas reglas de juego (ver nota en pág. 12).
Todo indica que no está lejos el momento en que habrá que priorizar objetivos. O explicitar de qué modo se pretende concretarlos a todos al mismo tiempo.