Edición Nº 39- Editorial

Un escenario internacional enredado
EDUARDO VAN DER KOOY

En su primer mes de gobierno, por fatalidad o por impericia, Cristina Fernández está viendo cómo se desinfla una de las mayores expectativas políticas que produjo su ascenso al poder: la posibilidad de recomposición de relaciones de la Argentina con algunas de las naciones más poderosas del planeta.
No es éste el espacio para descifrar el enigma de la valija indiscreta con 800 mil dólares que el ciudadano venezolano-estadounidense, Guido Antonini Wilson, pretendió ingresar al país en agosto pasado, en pleno desarrollo de la campaña electoral. El episodio no fue producto de ninguna ficción: queda por saber si se trató de una gigantesca maniobra de inteligencia, como supone el gobierno argentino mirando a Washington, o de un caso de rutina en el flujo de dinero entre Caracas y Buenos Aires, bien para la financiación de actividades políticas –tema que se verifica en casi todo el Cono Sur- o como producto de los innumerables negocios, a diestra y siniestra, gestados entre ambas naciones durante la administración pasada de Néstor Kirchner y la permanente de Hugo Chávez.
El escándalo tensó hasta un punto complicado las relaciones con Washington. Esa tensión se generó por una mezcla de factores: el manejo imprudente que la justicia estadounidense hizo de la información del caso Antonini Wilson, con divulgaciones apresuradas, y la escalada verbal que protagonizaron Cristina y Néstor Kirchner. A ese cuadro hubo que añadir una comparsa parlamentaria kirchnerista que criticó a coro la conducta estadounidense. Esa crítica retrotrajo la memoria a los días aciagos de la crisis, cuando diputados y senadores ovacionaron la decisión del entonces vacilante presidente, Adolfo Rodríguez Saá, de declarar el cese del pago de la deuda.
Cristina piensa que la mejora de vínculos con Washington ayudaría a una reinserción de nuestro país que venía demorada. Esa pretendida reinserción tendría dos objetivos. El primero, político: el gobierno kirchnerista requiere una apertura amplia en su política exterior para que su identidad no esté rasgada en demasía por el lazo con Venezuela. El segundo, económico: la Presidenta estima que resulta imprescindible un mayor flujo de inversiones para combatir la amenaza inflacionaria y darle en el futuro estabilidad al crecimiento de la economía.
Las nuevas dificultades con Washington frenaron los ímpetus iniciales para acordar con el Club de París. La Argentina debe a ese organismo 6 mil millones de dólares. Ese organismo está integrado por las 19 naciones más importantes del mundo. No habrá flujo posible de inversiones de calidad o acceso a créditos convenientes si nuestro país, antes o después, no logra desatar ese nudo.
El gobierno de Cristina dio señales en busca de alguna salida. Sostiene una relación de privilegio con España, apuntalada por el premier José Luis Rodríguez Zapatero y por el Rey Juan Carlos. Rehizo el vínculo con Francia y hasta envió a París como embajador a un empresario automotriz de una empresa francesa. Intenta el mismo camino con Alemania, adonde acaba de destinar al ex secretario de Hacienda Guillermo Nielsen, hombre clave en la negociación de la deuda externa que comandó en su época Roberto Lavagna.
Todo muy bien, aunque a la vista de la tensión con Washington insuficiente. Estados Unidos siempre arrastra en el Club de París la voluntad de dos países clave: Gran Bretaña y Japón. La Unión Europea tampoco dará una batalla a favor de la Argentina si el conflicto bilateral azuzado ahora muestra detrás del telón la figura de Chávez. El caudillo de Caracas sufre de un deterioro en la primera línea del mundo, en especial luego de la derrota que sufrió el pasado 2 de diciembre en el plebiscito para reformar la constitución.
El distanciamiento con Washington también ha registrado sus primeras ondas expansivas en la región. Cristina tuvo una diferencia respetuosa con Lula Da Silva acerca del papel de los Estados Unidos. Una brecha entre la Argentina y Brasil en este tiempo podría ser fatal también para el destino del MERCOSUR.
Sobre la Argentina y Brasil reposa el equilibrio de una región bien convulsionada donde la desintegración de Bolivia asoma como una amenaza creciente. Las dos naciones tienen además responsabilidad en contener el pretendido liderazgo expansivo de Chávez, acicateado por su papel internacional, en medio de Colombia, Estados Unidos y Francia, en la liberación de los rehenes de la guerrilla colombiana de las FARC.
El panorama internacional que enfrenta Cristina, entonces, es de una complejidad altísima. Cualquier mala apuesta hipotecaría su legítima ambición de ubicar a la Argentina donde debe estar. Se impondría frente a cualquier conflicto en ese campo una conducta madura y serena antes que palabras y gestos destemplados que, por lo general, apuntan a lograr crédito doméstico y no internacional.

Santa Fe cruje
OSCAR BERTONE

Los primeros días de gestión del gobierno de Hermes Binner fueron vertiginosos. Algunas decisiones significaron una simple puesta en marcha de promesas preelectorales; otras dan señales de cambios fuertes en el tipo de administración.
Son detalles, pero muy significativos, que rompen una inercia de décadas y llenan de perplejidad a los habitantes capitalinos, que opinan que “aquí las cosas son así y así serán siempre”.
La autolimitación del poder del gobernador en el nombramiento de los magistrados de la Corte, el virtual estado de movilización para poner a las escuelas en mejores condiciones edilicias para el próximo comienzo de clases, o la reforma del Consejo de la Magistratura para minimizar la influencia de los políticos en la designación de jueces, no sorprendieron. Eran promesas, y sólo llamaron la atención por su rápida implementación.
Pero otras decisiones de menor peso sacuden la cultura del empleado público y de sectores tradicionalmente acostumbrados a participar del manejo del Estado provincial.
Se acabó la siesta. Sí, la inveterada costumbre de desaparecer de 13 a 16, de lunes a viernes, se terminó. En una ciudad donde hasta los tickets de estacionamiento en la vía pública no se pueden conseguir en ese horario sagrado, los empleados estatales deben concurrir ahora a su lugar de trabajo.
También deberá permanecer abierta la Casa de Gobierno y otras dependencias, que durante cada mes de enero cerraban, por lo que, además de los agentes, los funcionarios de jerarquía debieron reprogramar pasajes y alistamiento de valijas durante los tres meses del tórrido verano.
¿Quejas gremiales? Hasta ahora ninguna. Parece haber primado cierto sentido de la autoridad formal del gobernador que, justo es reconocerlo, siempre habían tenido los empleados.
Otro frente con novedades: el policial. Los agentes recibieron una bonificación extra de $ 500 y se les adelantó que nunca más deberán pagar de sus bolsillos el costo de la ropa de trabajo y de las municiones que utilizan para la práctica de tiro. Créase o no, ese tipo de costumbres era la norma.
Binner y sus colaboradores creen que es humillante pedirle a los policías que arriesguen el cuero mientras el Estado no los asiste en cuestiones elementales. Gran parte de la tropa vive en condiciones económicas y habitacionales miserables, a pesar de que muchos de ellos deben cursar estudios secundarios y de perfeccionamiento para alistarse en la fuerza. Habrá en lo inmediato algún tipo de iniciativa para que consigan viviendas dignas para sus familias y se saquen de encima el peso de las cuotas que se les descuentan del sueldo por deudas que tienen con “mutuales de ayuda” –en realidad  escondrijos de usureros impiadosos–, que aprovechan el código de descuento para asegurarse el cobro de intereses que nadie toleraría.   
“No nos engañemos”, aseguran los colaboradores directos del gobernador, “con esto solo no nos aseguramos que haya un cambio en la policía de un día para el otro, pero por lo menos sentamos una base de respeto hacia los agentes para poder exigirles más celo en el cumplimiento de sus funciones”, explican.

EL TRAGADERO SANTAFESINO
Rápidamente, el nuevo gobierno comprobó que ciertas costumbres arraigadas no van a ser tan fáciles de desterrar de la sociedad capitalina. Operaciones inmobiliarias ligadas a la infraestructura portuaria que planifica la ciudad, se manejan a través de un grupo que digita licitaciones y compras, apoyado por  los medios de comunicación tradicionales.
“Tragadero” se llama, significativamente, la zona de islas donde se instalará el puerto, un lugar inaccesible que tuvo dueño antes de que la acción de dragado pagada por el Estado lo transformara en una región alta, apta para la explotación portuaria. A nadie le llama la atención. 
Terrenos sobre la costa central, que en Rosario hubieran sido reservados como lugar para uso público, se transformaron rápidamente en un negocio privado, que favorecerá también a los mismos. Las universidades locales también completan sus presupuestos con importantes contribuciones del gobierno provincial (verbigracia: el 40% de los ingresos de la Universidad Tecnológica provienen de acuerdos y convenios para proyectos y pasantías).
Cerca de Binner se preguntan en voz baja: “Si los estudios y proyectos de obras y planes de gobierno los hacen la universidades… ¿para qué estamos nosotros?” O dicho de otra manera, más reduccionista pero más gráfica: “¿Quién gobierna en Santa Fe?”
Algunos chisporroteos empezaron a hacerse notar. La no inclusión de las universidades privadas clericales en el Consejo de la Magistratura provocó fogosos editoriales. Los socialistas se defienden: “Nuestro ministro de Justicia viene de una universidad privada, pero no podemos integrar instituciones para manejar concursos, que no concursan sus propios cargos”.   
No le bastará entonces a Binner con derribar las rejas que separaban la Casa Gris de la gente que reclamaba. Tampoco el éxito de haber solucionado al conflicto lácteo, que lo puso a una altura hasta ahora no alcanzada por otro mandatario santafesino en la consideración nacional.
Una parte del frente interno, esto es, el territorio desde donde gobierna, cruje. Deberá el gobernador convencer a los vecinos con los que se roza a diario en las calles, de que es más saludable gobernar la provincia desde la Casa de Gobierno, y no desde las mesas de bridge del Club del Orden.