Edición Nº 38- Editorial

Cristina ante un tiempo histórico
EDUARDO VAN DER KOOY

La cantidad de interrogantes que envuelven el bautismo del gobierno de Cristina Fernández no alcanza sin embargo para disolver una percepción: la nación política se enfrenta, tal vez, a una oportunidad histórica para afianzar un rumbo económico que permitió la salida de la crisis y apuntalarlo con un sistema institucional, ahora frágil, que le otorguen estabilidad y una vida prolongada.
¿En qué se funda la afirmación de una oportunidad histórica? En varios argumentos. Cristina no es sólo la primera Presidenta en ejercicio en la Argentina ungida por el voto: es además la primera Presidenta que recibe el mando en la reconquistada democracia con un ciclo económico pujante, en alza. Raúl Alfonsín debió lidiar con las ruinas de todo orden que le legó la dictadura. Carlos Menem cargó primero con el espiral inflacionario de Alfonsín y luego, en su autosucesión, con la extenuación de la convertibilidad. Fernando de la Rúa se hizo cargo de un país con la recesión instalada y una marcada desconfianza externa. A Eduardo Duhalde le tocó sofocar el incendio. Néstor Kirchner apareció cuando se avizoraba un repunte: pero el abismo estaba todavía mas cerca que la resurrección.
Esa situación económica descansa además sobre una autoridad y un poder que se han consolidado. El mérito es de Kirchner, quien con pocos votos iniciales y un estilo que fue disgusto para muchos, rehizo aquellos dos ejes esenciales para la existencia de cualquier comunidad.
El poder y la autoridad se habían evaporado con la caída de De la Rúa y durante esa semana trágica en la cual desfilaron varios presidentes sin brújula.
Kirchner ha marcado, sin dudas, una época. Una época sellada, sobre todo, por la reconstrucción y por una enorme concentración de poder que agrisó demasiado la calidad institucional. Los grandes debates estuvieron ausentes, las bisectrices políticas se diseñaron sólo entre las cuatro paredes del poder, el Congreso funcionó como un apéndice de las necesidades del Poder Ejecutivo. Hubo en ese ejercicio mucho más defecto que virtud, pero sería injusto no reparar en un atenuante: fueron los suyos tiempos de emergencia, en especial durante los dos primeros años de Gobierno.
La época de Kirchner tiene relación también con otros aspectos. Será el primer ex presidente que regresa al llano con importantes cuotas de influencia. Para encontrar una situación similar, quizás habría que revisar la historia hasta 1880, cuando la entente entre Julio Roca y Carlos Pellegrini instaló en la Argentina un sistema político que tuvo vigencia dos décadas. Cada uno de ellos dejó el poder pero siguió conservando peso decisivo en la política.
Alfonsín logró reconocimiento al final de su carrera, Menem quedó aturdido en su indeclinable decadencia, De la Rúa pasó al mal olvido popular, Duhalde consiguió durante la administración de la crisis cosechar algún consenso que nunca había tenido con los votos. Toda democracia que se precie de tal, como en las naciones modernas, requiere de los consejos, la experiencia y la participación de sus ex presidentes.
Kirchner se podrá dar un lujo, entonces, que no se ha dado nadie: es el primer mandatario de los últimos 24 años que se fue con simpatías de mucha gente.
Visto con la perspectiva de ahora su paso al costado fue una acertada decisión política. Retuvo buena parte de un poder que difícilmente hubiera podido conservar en un segundo mandato. Pasó la herencia a su mujer, Cristina, y con ella se propondría reeditar aquel sistema político que en su tiempo compartieron Roca y Pellegrini.
Las simetrías históricas son de sistemas, no de ideologías. Pero Cristina y Kirchner tienen desde el 10 de diciembre una gigantesca responsabilidad para asegurarles a los argentinos un horizonte estable y previsible. Ambos objetivos serían escurridizos si no conciliaran la idea de que ningún modelo económico resulta perdurable sin un adecuado pilar institucional. El modelo está insinuado, aunque falten ajustes y reorientaciones. El pilar institucional es todavía un pobre ramillete de juncos. Éstos son los retos que le aguardan a Cristina en este tiempo desconocido de la Argentina.

 

Vuelo de alto riesgo
OSCAR BERTONE

Si lo que pinta madura, el comienzo para Hermes Binner al frente del gobierno de Santa Fe puede colocarlo rápidamente en un escenario de vértigo que probará desde el mismo arranque su temple de dirigente y la proyección de su figura.
Nadie regala nada en el escenario de la política y todos los gestos tienen su costo. Cristina Fernández de Kirchner no tuvo dudas de que le convenía recibir al gobernador electo de Santa Fe aun antes de que ambos asumieran. La excusa fue un saludo protocolar, el primero en reunión privada con un gobernador electo,  pero el contenido de la reunión avanzó mucho más lejos.
Frase: -Señora Presidenta, no inauguraremos ninguna obra de importancia en la que haya participado el gobierno nacional en mi  provincia si usted no está presente; y si usted tiene problemas de agenda, demoraremos la inauguración hasta que pueda estar allí.    
Otra frase: - Gobernador, si usted cree que las descompensaciones en la cadena de valor de la carne o los lácteos se pueden encarar como usted lo describe, armemos las reuniones que sean necesarias y busquemos la solución juntos; yo los recibo cuando quiera.
O en el mediano plazo alguno de los dos se desdice, o el inminente verano los encontrará demasiado cerca para el gusto de algunos de sus respectivos aliados. Binner asegura que él trabajará para llevar ideas sobre esos temas y que promoverá los encuentros sectoriales con la Presidenta lo antes posible.
Está convencido de que no hay salida para el desbalance social que provoca en la provincia la arremetida imparable de la soja, que está empujando hacia el norte a las explotaciones lechera y ganadera, arrinconándolas y haciendo que las poblaciones migren hacia el sur en busca de ocupación que no consiguen por falta de capacitación.       
Cree que debe haber políticas activas en esas cadenas de producción seriamente dañadas, pero proyectadas hacia el mediano plazo y no sólo para contener el índice inflacionario. “Los agricultores han invertido en tecnología; también hay que reconocer el esfuerzo en la ganadería y en la cadena de lácteos; cuando se toca una variable que pone en riesgo un eslabón, se cae todo el sistema”, repite incesantemente. E insiste: “Si un productor lácteo manda a la matanza una vaca lechera preñada para ponerse a sembrar soja, estamos ante un problema sin retorno.”
Las palabras son parecidas a las que llevaron hace un año a una aliada impensada, María del Carmen Alarcón, a un primer plano periodístico. Pero los gestos son otros: “A los gritos no vamos a arreglar nada”, aclara Binner, y la diputada saliente sólo ocupará un lugar de tercera línea en su gabinete, lejos, bien lejos de toda posibilidad de contacto o roce con el gobierno nacional.
Así dispuesto el escenario, los actores van encarnando un rol de alta exposición. Meterse en asuntos que desvelan, desde una provincia que juega un papel central en la producción primaria y la generación de divisas, con un público que mira atentamente y no perdona errores de interpretación, y amenaza constantemente con perder la paciencia, es un juego de alta política. No da ni para tragedia ni para comedia.
La actuación deberá ser ajustada y el libreto de primer nivel.