Edición Nº 37- Editorial

Los desafíos de Cristina
EDUARDO VAN DER KOOY

La sociedad argentina se pronunció con mensajes bien claros en las elecciones presidenciales de octubre. Prefirió evitar sobresaltos políticos y consagró de un solo gesto, eludiendo la posibilidad de un ballotage, a Cristina Fernández como mandataria de los próximos cuatro años.
Se pronunció también de manera todavía más rotunda a favor de un modelo productivo que ha hecho renacer las ilusiones del país, aunque esas ilusiones parezcan mucho más sólidas en el interior que en las ciudades grandes. Cristina obtuvo el 45% de los votos pero en los votos que consiguió Roberto Lavagna (alrededor de tres millones) se encerraría también la bendición a una política económica de la cual fue fundador.
Estableció lìmites testimoniales, no de facto, al poder que tendrá el Gobierno que vendrà donde a la voluntad popular habrá que sumar el claro dominio del Congreso que tendrá el oficialismo. ¿Cuáles serían aquellos límites? El voto de rechazo en las ciudades importantes, donde prevalecen los sectores medios, y la inclinación por las expresiones opositoras que hicieron una campaña dominada por el discurso ético.
La identificación opositora con esas propuestas y esas geografías desnuda también el primer fracaso kirchnerista de estos años de convertirse en una instancia política superadora. No ha podido amalgamar el voto peronista, anclado en los sectores populares bajos y bajos medios, que se llevó a paladas, con los segmentos más altos de la pirámide social. Ese puente entre dos culturas, peligrosamente, aún no existe.
La definición de límites testimoniales también tiene su explicación. El voto en los centros urbanos nunca terminó de diagramar una expresión política unificada que pueda ser interpretada a futuro como la posible construcción de una alternativa: en Capital se impuso Carrió, en Còrdoba Lavagna y en San Luis Adolfo Rodríguez Saá. Las únicas tres provincias que se fueron de las manos de Cristina.
Buenos Aires se levantó como un espejo de un fenómeno parecido. En todas las ciudades bonaerenses (La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca, entre varias) donde se impuso la Coalición Cívica de Carrió para la presidencia, Daniel Scioli ganó como candidato a gobernador. Se podrían inferir dos cosas: sectores medios con Carrió plantearon un voto de protesta al kirchnerismo más que de crédito para funciones ejecutivas; Scioli consiguió en Buenos Aires la alianza social de la que carece el kirchnerismo en la nación.
Antes que todo, la Argentina decidió darse otra vez un Gobierno fuerte. Lo había robustecido a Kirchner en el 2005, después de un débil bautismo, y le ha servido a Cristina pleno poder. Un Gobierno poderoso y una oposición testimonial y desorientada. Con ese paisaje resulta muy difícil avizorar cuál podría ser el perfil del sistema político que reemplazará al de la crisis del 2001 y que, por lo observado en las elecciones, sigue bien vigente.
¿Podrá la oposición, en alguna instancia, consolidar una nueva propuesta que abarque el plano nacional y no se refugie sólo en nichos? ¿Podrá la oposición aunar nuevos liderazgos y proyectos? ¿O como viene ocurriendo desde 1995, cada destello luminoso en una elección se apagará en la siguiente? ¿Podrá el kirchnerismo articular una nueva fuerza donde el PJ sea su eje o persistirá en el intento de replicar la estrategia de Juan Perón de anexar sólo a socios menores?
En el destino del oficialismo y la oposición, Santa Fe y Rosario podrían jugar su papel. La irrupción de Rafael Bielsa y Agustín Rossi permiten abrigar la ilusión de que los viejos barones peronistas pasen de a poco a retiro. La llegada de Hermes Binner al poder provincial, la consolidación de Miguel Lifschtiz en Rosario y la aparición de Rubén Giustiniani en la escena nacional permiten plantear, al menos, la hipótesis de la influencia que podría tener el socialismo en el diseño del futuro sistema de partidos.
Las expectativas de la Argentina están abiertas. Habrá que resguardar con los cambios necesarios una estabilidad económica y un crecimiento que entusiasman. Habrá que combinarlos también con el ejercicio de una democracia más plena, sin las restricciones del período de excepción que signó al actual Presidente. Con un parlamento activo.
Cristina consideró que su victoria se debió al reconocimiento popular por la gestión de Kirchner, su marido. Ella deberá ir desde diciembre en busca de su propio reconocimiento, que llegará si atiende algunas de las demandas sociales, políticas e institucionales que exhibe la Argentina.

No es frase hecha: oportunidad histórica
OSCAR BERTONE

No es ciencia ficción. Algunos datos son tan objetivos como inverosímiles.
Uno: la provincia tiene inmovilizados, sin destino, más de 1.600 millones de pesos a plazo fijo en al Banco de Santa Fe. Otro: del Plan Plurianual de Viviendas II (con fondos nacionales no retornables), Santa Fe tiene adjudicadas 21.000 viviendas, pero sólo se presentaron a noviembre proyectos para construir 3.000 (ver entrevista a Cristina Fernández de Kirchner).
Encontrar alguna racionalidad en estos datos es un ejercicio intelectual demasiado arduo. Seamos piadosos: conformémonos con la certeza de que esa es una parte de la extraña realidad de una provincia con una economía que creció a un ritmo no previsible, que no pudo ser acompañado con una gestión que aprovechara tal cantidad de recursos para ejecutar políticas inclusivas más firmes.
De estos datos se desprende también una segunda conclusión que ya deberían haber apuntado quienes se harán cargo del gobierno provincial. La oportunidad del despegue es histórica. No sólo se trata de acertar con la visión adecuada a los tiempos que corren y al mandato popular; están al alcance de la mano ingentes recursos que, bien ejecutados, pueden transformar a Santa Fe en un territorio modelo.
Es cierto que en lo institucional el atraso provincial es de grandes proporciones. Su Poder Judicial es básicamente corrupto, el sistema constitucional el más anacrónico del país, la división política territorial está armada en función del caudillismo prebendario, el estado en general  carece de un sistema de informatización que permita tomar decisiones rápidas con información fidedigna, las políticas de seguridad han fracasado miserablemente y la pobreza se acumuló en los dos grandes conglomerados urbanos en un nivel inédito.
Pero la base para ir desarmando todas esas bombas de tiempo aparece hoy más sólida que nunca en la historia provincial. Tres elementos indispensables la definen: la voluntad de cambio que se expresó en las urnas, bastante homogénea en todo el territorio; las expectativas políticas favorables que los encuestadores midieron después del comicio de setiembre son aún mayores; y están los recursos, los económicos que reflejan algunos datos, y los humanos de un equipo de gobierno que, en su núcleo central, ya se fogueó administrando con éxito Rosario.
La combinación de tantos factores no debería dar malos resultados. Aunque sobrevenga un escenario de ciclo económico muy desfavorable, que no está en los cálculos de nadie, Santa Fe enfrenta una oportunidad histórica.
Hermes Binner y su gabinete, que en su presentación en sociedad luce homogéneo como pocas veces se vio un gabinete santafesino, llegan en una coyuntura que los obliga: no deberían fracasar.
La oportunidad es muy grande. La responsabilidad también.