Edición Nº 36- Editorial

El país después de octubre
EDUARDO VAN DER KOOY

En la noche del próximo domingo 28, habrá concluido la campaña electoral más atípica que conoció la Argentina del regreso democrático. No fue atípica por su desarrollo, caracterizado por muchos desbarros verbales y pocas ideas, sino más bien por su aparente desigualdad: la candidata oficial, Cristina Fernández, caminó bajo el amparo de un poder macizo que levantó en cuatro años su marido, Néstor Kirchner. La oposición dejó siempre la impresión de estar atravesando un largo e interminable desierto.
Aquella desigualdad es la desigualdad de una crisis política que afloró en el 2001 y que todavía no ha desaparecido. Se trata de la crisis político-partidaria más grave  -a excepción de Venezuela-  de todo el Cono Sur. Mirando hacia atrás es evidente que en ese terreno poco y nada se avanzó: en el 2003 imperaba la misma debilidad partidaria que no puede disimular ahora el mandato consolidado del Presidente.
Ese es un conflicto, de los más importantes, que le aguarda al Gobierno que será entronizado en diciembre. La reedificación de las agrupaciones políticas es la única garantía para la estabilidad de la democracia y para que la Argentina pueda alejarse al fin de la providencialidad de los hombres políticos.
Ese carácter tuvo la irrupción sorpresiva de Kirchner. Sería esperable si triunfa Cristina que aquella providencialidad vaya desapareciendo. El mismo desafío correspondería a la oposición si alguno de sus líderes lograra desembarcar en la Casa Rosada.
Kirchner trabajó estos años como un hombre providencial. Se enfrascó en la metodología de la crisis, de la atención del día a día, para reanimar la confianza de una sociedad que en el 2003 estaba todavía profundamente desanimada. Habrá que reconocerle al Presidente, entre muchos errores, algunos aciertos fundamentales.
Recuperó la institución presidencial hecha añicos con el desprestigio y la caída de Fernando de la Rúa. Repuso el sentido de autoridad desvanecido con aquella misma gran crisis. Reinstaló la noción de gobernabilidad que también se había esfumado. Comenzó a rehacer el sistema productivo paralizado desde 1998 y el tejido social lacerado por el quiebre de la convertibilidad y la brutal devaluación.
Se podrá argumentar, con razón, que Kirchner cabalgó sobre una orientación económica cuyo primer envión habían dado Eduardo Duhalde y Roberto Lavagna. Es una porción de la verdad: no existe plan económico posible sin una conducción política que lo apuntale. La misma lógica cupo para la década menemista: la convertibilidad de Domingo Cavallo resultó factible por el formidable sostén político que le brindó Carlos Menem.
Kirchner careció, en cambio, de una visión estratégica. Quizás la propia crisis haya impedido esa mirada. Pero lo cierto es que después de cuatro años, el próximo Gobierno, con Cristina o sin ella, debería pensar en una reformulación de la presencia argentina en la región y en el mundo. Las únicas alianzas más o menos estables en América Latina han sido con Hugo Chávez en Venezuela y con Lula en Brasil. Se apilaron diferencias con Chile, con Uruguay, con Perú, con Ecuador, con Paraguay. El vínculo con Washington casi se detuvo luego de los desacuerdos en la Cumbre de las Américas en el 2005. Recobró algún reflejo cuando el Gobierno enfocó al régimen de Irán por el atentado en la AMIA. La única puerta abierta de par en par con Europa es España. El apoyo español, en muchos sentidos, resulta encomiable.
El próximo Gobierno se encontrará con una economía que pese a varios trastornos, entre ellos la incipiente inflación,  continúa en crecimiento. Pero se encontrará también con una mayor demanda social en todos los planos, económico y político, que augura un tiempo de tensiones. Sobre ese escenario, la política y el poder se someterán a ensayos.
¿Cómo será y cómo se hará el traspaso de la autoridad de Kirchner a Cristina? ¿Cómo podrá la senadora eludir la percepción popular de un poder de dos cabezas? ¿Cómo podrá ejercer conducción sobre el peronismo o sobre la fuerza oficial que se vaya diseñando? ¿Cómo asimilará la sociedad esa experiencia inédita?
Los interrogantes de futuro no son sólo un patrimonio del juego entre Kirchner y Cristina. Si la oposición da el batacazo y gana la noche del último domingo de octubre o en el posterior ballotage,  esos interrogantes, con seguridad, se multiplicarán.

Binner y la justicia santafesina
OSCAR BERTONE

“Una vez, cuando yo era intendente, una jueza de Casilda me ordenó que traiga dos osos y un león desde Venado Tuerto, que los cure, los alimente y los atienda; y lo tuve que hacer con plata de los contribuyentes rosarinos”, reflexionaba el hombre en voz alta, durante una charla que no llegó a reportaje.
La anécdota viene a cuento porque quiere explicar que una cosa es la independencia de los poderes y otra muy distinta que los magistrados hagan lo que se les de la gana. Pero no se exalta demasiado. Confía que el cambio de los tiempos politicos obligará también a los jueces a exponerse a la luz pública, con sus fallos y con sus actitudes personales.  
Habla de jueces que creen vivir dentro de un palacio de mármol desde donde dictan sentencias como dioses intocables…y opina que se equivocan si no entienden que el tiempo político ha cambiado y -se incluye- “todos vamos a tener que dar la cara”
La charla informal con Hermes Binner giraba en torno a la decisión impulsada por Jorge Obeid, y avalada por mayoría legislativa peronista, de apurar los nombramientos de un ministro y del procurador de la Corte santafesina. Dice no sentirse tan molesto por el tema: “Más me hubiera preocupado que nosotros hubiésemos cambiado de opinión, sobre todo después de las elecciones generales”
Para Binner la provincia transita un espacio de tiempo neutro, “donde la gente carece de instrumentos de reprochabilidad; la gente ya votó y se pronunció por un cambio, si el gobierno que se va quiere seguir actuando contra ese pronunciamiento que lo haga”.
Pero algunos diputados que integran el Frente Progresita votaron afirmativamente por uno de los ministros. Binner se planta; cree que si sus partidarios cuestionaban el método de nombramiento no podían mirar para el costado porque uno de los propuestos (Daniel Erbetta) era un candidato “zaffaroniano” (en alusión al apoyo que el nombrado obtuvo del juez nacional Eugenio Zaffaroni, que llamó a algunos legisladores para respaldar la idoneidad de Erbetta).
Sostiene que si en Santa Fe se quiere hacer con la corte provincial lo que Kirchner hizo con la nacional, y que le dio buen resultado, no se podían convalidar ninguno de los nombramientos. Se pone sentencioso: “Para nosotros es tiempo de estar abiertos a la gente y decir lo que pensamos”.
Dice que cada vez que se junta con gente de negocios no le piden, como algunos dirigentes empresariales,  bajar impuestos; le hablan de la inseguridad jurídica. Amontonamiento de trámites, fallos contradictorios, regímenes especiales que cambian. Se pregunta: “¿Por qué no aspiramos a la transparencia?”.
Pocas veces se lo ha visto tan tranquilo. Uno lo vislumbra relajado, y cuando le pregunta a quienes creen distinguir cuándo el hombre está angustiado, nervioso o simplemente preocupado, sostienen lo mismo: está tranquilo. El gobernador electo habla fuidamente, no se toma el trabajo de pensar mucho lo que dice, justo él, el más hierático de los dirigentes provinciales.
Mientras el cotilleo lo rodea, como a todo hombre que ganó una elección y tiene que designar decenas de colaboradores, parece sólo entusiasmado en explicar lineamientos generales de gobierno,  valores y  principios. El tema de la justicia, de todos modos, lo centra.
“Lo perfecto es enemigo de lo posible -ensaya- así que lo primero que haremos es sacar un  decreto igual al que emitió Néstor Kirchner para dar otro marco al nombramiento de los jueces, y  avanzaremos hacia la reforma constitucional hasta donde la sociedad y sus organizaciones nos acompañen”
Confía en que manejándose con información clara se pueden generar las adhesiones que necesita para conseguir transformaciones. La llamada ley de derecho a la información es para él un tema clave. “Sólo pretendo que la gente sepa quién y por qué vota un ley”, asegura.  
Cree que la fortaleza de su futuro gobierno se consolidará si el ciudadano confía en lo que dicen sus funcionarios.
¿Será tan sencillo?. Gran parte del misterio se develará en pocos meses, en medio del furioso calor de la capital santafesina, que pone a prueba la voluntad del más templado de los humanos.