Edición Nº 35- Editorial

Mapa político desconocido
EDUARDO VAN DER KOOY

 

La Argentina, después de las elecciones en Santa Fe y Córdoba, se encamina hacia las elecciones presidenciales de octubre sin poder vislumbrar cuál será a futuro el ordenamiento político y partidario. Vale como nunca retomar el diagnóstico que antes de morir hizo el sociólogo Juan Carlos Portantiero: “Vivimos un tiempo de ruptura del sistema tradicional, pero no podemos saber hacia dónde vamos”.
Portantiero le temía a la instauración de una democracia plebiscitaria, al estilo de la de Hugo Chávez en Venezuela. Ese riesgo está aventado después de las doce votaciones provinciales que se realizaron desde comienzo de año. No hay posibilidad del nacimiento de aquella democracia porque no existe una fuerza homogénea que responda a Néstor Kirchner ni un liderazgo que prometa ser indiscutido en el peronismo que se empieza a desgranar. Algo más: el Presidente se está retirando del poder y su sucesora, si gana el 28 de octubre, será Cristina Fernández, su mujer. Se hará de ese modo imposible el vínculo sin mediaciones entre el líder y la sociedad que requiere todo ensayo de democracia plebiscitaria.
La ruptura está simbolizada ahora mismo en varias cosas. El radicalismo sigue en un tobogán sin tope desde el fracaso de Fernando de la Rúa. Los radicales están desperdigados entre Kirchner, Roberto Lavagna, Elisa Carrió y Ricardo López Murphy. Los radicales volvieron a votar muy mal en Santa Fe y también en Córdoba.
El peronismo ganó seis elecciones pero sólo dos de ellas en estado puro: en Entre Rios y Córdoba. También fue pura la victoria de Alberto Rodríguez Saá en San Luis. Pero el puntano está en las antípodas de Kirchner. Los otros triunfos fueron en sociedad con radicales emigrados o con fuerzas de centro izquierda. El peronismo empieza a dejar de ser la maquinaria fabulosa que alguna vez fue.
El socialismo la perforó en Santa Fe y un dirigente solitario, sin estructura en la provincia de Córdoba, Luis Juez, la puso en jaque con los votos de la ciudad capital. Hay que volver la página de la memoria hacia atrás: una coalición destronó en octubre pasado al gobernador de Misiones, Carlos Rovira; la rosarina Fabiana Ríos, con apenas dos piedritas y dos palitos, doblegó al esqueleto pejotista en Tierra del Fuego.
Si el radicalismo no sale de su agonía y el peronismo ha comenzado a gotear su sangre, está claro que el sistema de partidos tambalea. No ha nacido nada ni nadie, todavía, que acuda en su auxilio. Reparemos en dos ejemplos. Mauricio Macri triunfó este año en Capital pero no tendrá representación en los comicios nacionales. El socialismo acaba de irrumpir en Santa Fe, cortando un dominio peronista de 24 años, pero se enfrentará al mismo dilema de Macri. Hay sectores del Frente Progresista, de cuño radical, que quieren empujar a Binner cerca de Lavagna. Hay socialistas que trabajan en el poder de la Casa Rosada y que apuestan por Cristina. Otro socialismo, cuya cabeza visible es el senador Rubén Giustiniani, trabó un acuerdo con Carrió en la Coalición Cívica.
El enorme hueco en el sistema tampoco lo ha tapado Kirchner. El Presidente vio naufragar en estos años su soñada transversalidad. Reflotó junto a Cristina la idea de una concertación que, por ahora, suena sólo a un atajo electoral. ¿Por qué un atajo? Porque buena parte de las posibilidades de Cristina en octubre parecen sujetas a las grandes estructuras que todavía subsisten en el PJ. La de la provincia de Buenos Aires y la de los gremios, sobre todo.
El kirchnerismo, luego de cuatro años de existencia, se bambolea en esa ambivalencia. Pregona una concertación con otras fuerzas, en especial la UCR, pero depende demasiado todavia de la sustancia peronista. De esa manera, quizás, aborde sus próximos cuatro años de poder.
La ambigüedad, a lo mejor, es uno de los mejores aliados con que pueda contar Cristina para coronarse Presidenta. Al dirimirse previamente muchas peleas en las provincias, no quedará en octubre encerrada en la geografía del PJ y podría recoger votos en electorados que ahora no tienen identidad definida. Existe un solo PJ que le resulta imprescindible y tiene domicilio en Buenos Aires.
Sea Cristina la futura jefa de Estado o sea cualquier otro dirigente, la realidad será muy parecida. Habrá un poder construido y legitimado con los votos, habrá una economía que mientras siga empinada cobijará aquellos votos. Pero habrá también un vacío político partidario que será perentorio cubrir, para que la eventualidad de una crisis se circunscriba a una crisis y no desemboque, otra vez, en una tragedia.

La resistencia al cambio
OSCAR BERTONE

El mutis por el foro del encuestador Julio Aurelio y el antológico reconocimiento de la derrota por parte del hombre fuerte de Villa Gobernador Gálvez, Pedro González, terminaron por quebrar toda resistencia. Una manera de hacer política en Santa Fe, que con distintas variantes duró 24 años, había llegado a su fin.
Esa noche de domingo electoral, el mea culpa de Rafael Bielsa y el festejo casi simultáneo de Hermes Binner, fueron entonces un trámite. Había terminado el comicio y los socialistas empezaban a hacerse cargo del poder político en la provincia de Santa Fe.
Zumbarán por largo tiempo en torno a los oídos de Jorge Obeid los gruesos comentarios acerca de su incapacidad para retener en manos del peronismo el gobierno provincial. Pero el hombre cumplió la promesa electoral de derogar la oprobiosa Ley de Lemas, pasará a la historia como un administrador razonablemente exitoso, prisionero de una estructura de gobierno que le impedía al peronismo transformar la provincia.
Si bien el justicialimso se había podido desembarazar del sistema de corrupción armado por la otrora omnipotente “cooperativa”, dueña de los negocios que se generaban en torno a la economía estatal, seguía trabada por otras corruptelas.
Capas geológicas de empleados con poder burocrático se acumularon durante más de dos décadas y seis gobernaciones. El caudillismo populista, representado en el Senado Provincial y en varias comunas importantes, neutralizaba el deseo de control de un puñado de políticos y funcionarios de la Capital, más prolijos pero no menos voraces, tercamente empecinados en centralizar el poder.
La gigantesca burocracia controlada por un gremialismo que también se siente dueño del gobierno y los recelos entre obeidistas y reutemistas, nunca saldados, paralizaban la gestión. Frente a situaciones de crisis, como las inundaciones en la ciudad capital, los sectores enfrentados manifestaban más energías en achacarse responsabilidades que en encontrar soluciones de emergencia. El cruce de intereses impedía la formación de un liderazgo fuerte y la concreción de proyectos.
El influjo de un modelo de gestión distinto en Rosario, que recibió el broche final cuando la bonanza económica multiplicó también las inversiones privadas, desequilibró definitivamente la balanza de la consideración pública en favor de los socialistas.
Si hay un concepto que primó en los votantes que acumularon 870.000 votos en una sola boleta electoral opositora, sólo comparable con la que acumuló Reutemann, pero desde el oficialismo, fue el interrogante: ¿por qué no probamos hacer las cosas como en Rosario? El aplauso con que muchos empleados públicos santafesinos de la Casa Gris recibieron a Hermes Binner cuando visitó al gobernador el mismo lunes después del comicio, no puede significar otra cosa.
Contra eso Jorge Obeid ya no podía hacer mucho. Pero le quedan noventa días para revertir definitivamente, si no la imagen de la derrota, la sensación de que es un partícipe de una transición digna de un estado moderno; aunque parece otra vez empecinado en defender aquello que los ciudadanos rechazaron en el comicio.
Por sobre la idea de que la provincia tuvo una administración razonable, emergen las puntas de los icebergs de la corruptela. El empecinamiento en nombrar antes del 10 de diciembre al procurador de la Corte Suprema hace sospechar que existe la intención de cubrir las espaldas de los que se van, sobre todo ante la posibilidad de que alguna vez se revise el proceso de construcción de las obras de defensa en Santa Fe o las adjudicaciones en torno al puerto de esa ciudad.
La constitución del ENRESS, organismo que controla la prestación de servicios sanitarios provinciales, refugio de ex funcionarios reutemistas y usandizaguistas, con sueldos promedio irritantes, también deberá ser revisada, así como la licitación a un costo sideral para la informatización de la Administración Provincial de Impuestos.
Si el gobernador insiste en no entender que también por esas cosas la gente votó como votó, perderá una oportunidad única.
La grandeza en las derrotas diferencia a los políticos de los estadistas.