La candidatura de Cristina y la política que viene
EDUARDO VAN DER KOOY
Los proyectos electorales en la Argentina ya carecen de secretos.
Cristina Fernández será la candidata del Gobierno para octubre. La oposición no tendrá candidato único: entre tres o cuatro dirigentes buscarán captar las simpatías del antikirchnerismo y empujar la definición a un ballotage.
Una y otra decisión parecieran esconder lecciones surgidas de la gran crisis del 2001. La inclemente realidad política y económica de nuestro país torna, de hecho, impracticable la reelección que consagró la Constitución reformada en 1994. Un segundo mandato implicaría quizás el riesgo mediato de afectar la gobernabilidad.
Roberto Lavagna no se equivoca cuando advierte que un amontonamiento de opositores no despertará más confianza en la sociedad. Está demasiado fresca en la memoria colectiva la dramática experiencia de la Alianza. El interrogante es saber cómo afrontará la oposición ese dilema si, en efecto, alguno de sus postulantes ingresa en el ballotage.
La decisión de Kirchner de apartarse de la lucha presidencial se explica desde aquel impedimento político natural. El Presidente tiene todavía un consenso social ponderable que lo hubiera puesto en los umbrales de una victoria. Pero ese consenso viene en lento declive y podría dejarlo expuesto a la debilidad y la impotencia al promediar el segundo mandato.
De ese modo su ciclo se extinguiría irremediablemente. Porque carecería del predicamento que posee ahora, afuera y adentro del peronismo, para imponer una sucesión.
Cristina no podría ser, en ese contexto, la candidata en el 2011. Tampoco está garantizado que, de ganar en octubre, la senadora disponga de otra oportunidad en aquella fecha. Menos certera parece la posibilidad de un regreso del propio Kirchner. Quizás la nación esté empezando a asistir al segundo y último capítulo de la presencia del matrimonio Kirchner en el poder.
Mucho dependerá de la gestión en el próximo gobierno, si es que sortean el examen de octubre. Cristina se enfrenta con una tarea nada sencilla: su candidatura cabalga sobre la promesa de una mejor calidad institucional que la Argentina requiere. Esa calidad no puede estar divorciada de nuevas bases para una mayor participación y consenso. Pero asoman además dificultades en el plano económico que demandan respuestas perentorias. Las crisis energéticas es apenas un símbolo de aquellas dificultades.
La continuidad del kirchnerismo a partir del 2011 y el destino del matrimonio Kirchner parece también vinculado a la consolidación de un sistema político que, hoy por hoy, no existe. El peronismo no es una expresión monolítica, y el Frente para la Victoria ideado por el Presidente no alcanzó a cubrir el vacío. Vamos a los hechos: la coalición kirchnerista perdió hasta ahora todas las elecciones en las que participó. Esas derrotas pasaron bastante disimuladas para Kirchner por su astucia para mantener alianzas simultáneas con peronistas y radicales.
El diseño de aquel sistema continúa entre brumas. La única alianza más o menos firme ha sido con gobernadores radicales. Pero la candidatura de Cristina está muy anclada a la suerte en Buenos Aires. Allí predomina el viejo peronismo, y sobre él construye su candidatura a la gobernación Daniel Scioli. Kirchner venía insinuando también un acercamiento con el socialismo en Santa Fe, en la convicción de una próxima debacle peronista en la provincia. Pero las recientes elecciones internas que consagraron candidato del PJ a Rafael Bielsa con un volumen insospechado de votos, quizás vuelque decididamente las preferencias del Presidente hacia el peronismo.
El peronismo en el orden nacional ya no es lo que fue. Los radicales están desperdigados con Kirchner, con Lavagna, con Ricardo López Murphy y con Elisa Carrió. Mauricio Macri arrasó en Capital pero su partido, el PRO, carece de influencia en el resto del país. El ARI porteño naufragó, también trastabilló en Santa Fe, pero emergió con sorpresa en Tierra del Fuego.
Faltan dos meses para la elección en Santa Fe. Faltan cuatro para los comicios presidenciales. Ya se empieza a bosquejar en la nación un mapa político diferente, inédito, todavía indescifrable.
En zona de riesgo
OSCAR BERTONE
Una desafortunada decisión municipal, como fue la de otorgar indemnizaciones en dinero a algunas personas que habían perdido bienes durante las últimas inundaciones, abrió la puertas para que una vergonzosa actitud de presión se tratara de generalizar como norma.
Los esfuerzos de los miembros del gabinete municipal para evitar caer en el reparto de dinero, insumieron dos meses de reuniones maratónicas con vecinos, iniciación y seguimiento de pequeñas obras que los pusieran a resguardo de otros fenómenos climáticos similares, presión para que los emprendimientos importantes demorados se licitaran y se terminaran, y fueran reconocidos por la mayoría de los afectados.
Pero cuando el gobierno municipal cedió ante un pequeño grupo que se empeñó en poner en práctica el método del “escrache” violento, con campamentos frente al Palacio de los Leones y cortes de calles, se inició una serie de reclamos en cadena con peligrosas consecuencias.
Extraña actitud de un Estado que se había puesto como norma no distribuir dinero en efectivo, sobre todo cuando la responsabilidad por la falta de canalizaciones de las corrientes de agua que provocaron el desastre no los comprometía; en todo caso son de competencia provincial.
Tampoco lucen las declaraciones de dirigentes del oficialismo santafesino, que se muestran “ofendidos” por la utilización de fondos de emergencia para esos fines. La costumbre de repartir dinero para serenar climas entre damnificados por las inundaciones es una práctica habitual, no sólo en las zonas rurales en emergencia, sino en la propia ciudad de Santa Fe, que gastó cientos de millones después del desastre del 2003.
Ambas actitudes nos llevan a pensar sobre lo peligroso que se puede tornar el escenario social en medio de una contienda electoral con final abierto.
Las interpretaciones sobre las elecciones del domingo 1º de julio, sus consecuencias, la tonificación del peronismo santafesino, la conveniencia de hacer retoques a la ley de primarias, y otras consideraciones por el estilo, no deben hacernos perder de vista que hasta aquí las campañas políticas no aumentaron los riesgos institucionales ni la credibilidad.
Sea por mérito de la mayoría de los dirigentes políticos, o por prudencia ante posibles reacciones adversas de la ciudadanía, lo cierto es que salvo esporádicas y obscenas cadenas de mails anónimos, todo transcurrió dentro de los límites razonables, si lo comparamos con los excesos que se produjeron en otros distritos electorales, como Capital Federal, Tierra del Fuego o Misiones.
A contrapelo de esta afirmación, se podrá contrastar el manejo discrecional de fondos públicos en estas épocas de campaña hacia el interior de la provincia, donde los recursos para obras probablemente se condicionan a lealtades, y el despropósito en los gastos multimillonarios para publicidad en medios y vía pública por parte del oficialismo.
Pero mientras no se legisle con la mente puesta en las sanciones que le deberían dar un marco de sinceridad a un propósito, y no se apliquen tampoco las normas punitivas, la pésima costumbre de mezclar publicidad de actos de gobierno con campaña política será una ley no escrita, aceptada en los medios y transmitida a la población.
Aun así, en líneas generales no se apeló en estos meses a los agravios, los insultos, la descalificación personal o lo que es peor, a la organización de hechos de boicot, presiones y violencia tan utilizados como herramientas de lucha política en estas épocas.
En los primeros tiempos de democracia, los comandos electorales de las fuerzas en pugna siempre mantenían canales abiertos para fijar algunas normas que impidieran los desbordes. Al fin y al cabo, formaban parte de una convivencia forzada entre fuerzas democráticas para hacer frente a la amenaza de un retorno militar.
Hoy tal amenaza no existe, pero una mirada atenta hacia el vacilante humor social de quienes todavía están afuera del escenario de crecimiento económico de la región, serviría para no poner en riesgo la credibilidad institucional de todos.
El apuntalamiento de los valores de la convivencia democrática no es una tarea épica ni de iluminados que gritan consignas todo el tiempo. Los dirigentes que merecen un lugar en la historia son los que saben medir las amenazas y las oportunidades. Hoy la provincia tiene la oportunidad de seguir dando el ejemplo.