Edición Nº 32- Editorial

El riesgo de un diagnóstico equivocado
EDUARDO VAN DER KOOY

Néstor Kirchner camina hacia el final de su mandato. La referencia sonaría a obviedad si no fuera por un detalle significativo: aquel final de mandato no abriría las puertas naturales de su reelección sino, casi con certeza, las de la candidatura de Cristina Fernández .
El Presidente viene repitiendo en público que la hipotética victoria de su mujer en octubre podría inaugurar una etapa de institucionalización en la Argentina. ¿Qué sería eso? Cumplir, tal vez, con algunas de la demandas políticas que suenan en medio del mensaje monocorde que estableció, en estos cuatro años, la sorprendente recuperación de la economía.
Por ejemplo, un remozamiento de la Justicia que pareció estancarse con el recambio en la Corte Suprema. Un papel más protagónico del Congreso, demasiado sumido a las necesidades políticas del Gobierno. También un sistema partidario equilibrado que no descubra, como ahora, un abismo entre el poder y la oposición.
Las intenciones, así formuladas, parecen nobles. Pero podría caerse en el error de suponer que sólo con un maquillaje en la calidad institucional la Argentina lograría encauzarse hacia una consolidación definitiva e histórica. Aunque no se trate de marcar ninguna simetría, porque los momentos políticos e históricos no parecen asimilables, vuelve a la memoria aquella interpretación equivocada que hizo la Alianza de Fernando de la Rúa cuando terminó con la década menemista: supuso que con correctivos institucionales y de conducta pública alcanzaba para contentar a la sociedad. No sólo no cumplió con esos requisitos sino que evitó abordar el fondo del problema, que era el agotamiento de la convertibilidad. Después sobrevino el derrumbe.
Vale le pena remarcarlo: nadie supone, ni aquí ni en el exterior, que la Argentina de hoy, aún con muchos problemas sobre sus espaldas, afronte aquellos peligros extremos.      
La mejora de la institucionalidad es un factor imprescindible pero también insuficiente.
La economía tiene materias pendientes importantes por saldar. Hay una inflación reprimida que no reflejan las estadísticas del Indec. Hay un desajuste en tarifas de servicios y combustibles  que atenta contra las inversiones de calidad en infraestructura que requiere la nación. Quedó a la vista con las restricciones de gas y luz que exigieron los primeros fríos precoces. Hay además un núcleo de desempleo, pobreza y marginalidad que no alcanza para ser reducido sólo con la mayor producción y empleo.           
La crisis dejó en la banquina del despegue económico a un segmento social postrado, más que nada, por la brecha cultural.
Esa percepción empezaría a calar de a poco también en sectores de la sociedad. Un trabajo reciente de la Consultoría en Opinión Pública de Graciela Römer, cedido a Rosario Express, revela varios aspectos para ser tenidos en cuenta. Primero: las expectativas económicas respecto del 2008 han descendido bruscamente en los últimos meses. Segundo: la evaluación de la situación económica presente sufre un deterioro de opinión similar. Tercero: la sociedad supone que los precios y el costo de vida seguirán en aumento.
Conclusión: lo que parece estar en estado de erosión son las expectativas sobre el rumbo económico. El rumbo económico fue el pilar de este Gobierno. Kirchner amasó su poder apelando mas a las expectativas que a la contundencia del sufragio. Ganó con el 22% en las elecciones del 2003 y revalidó el título con el 40% en las legislativas del 2005. Su imagen osciló siempre entre un 60% y un 70% de aprobación.
La candidatura de Cristina podría ayudar a recrear expectativas políticas menguadas. Pero la mejora de la institucionalidad y la atención de los dilemas que plantea hoy la economía deberían encararse en forma simultánea, si no se desea que aquellas expectativas políticas se escurran sin remedio.

Son buenos tiempos, pero...
OSCAR BERTONE

Un ícono extraño, fundacional de la argentinidad, cumple 50 años. Está emplazado en Rosario y seguirá siendo por siempre el símbolo que identifica a la ciudad. No se conoce en el mundo un emplazamiento como el nuestro, que homenajee a una enseña nacional con estas características, lo que lo hace único.
Los rosarinos más de una vez nos lamentamos por la falta de origen cierto, de un acta constitución, sin ver que la historia ha sido más generosa con Rosario que con otras ciudades que suelen mostrar pergaminos fundacionales de prosapia más ligados a la heráldica que a la Argentina real.
Belgrano cortó por lo sano aquel día que optó por los colores celeste y blanco como propios, tomados de la escarapela. El cruce de intereses, los miedos, la incertidumbre sobre quién se quedaría con el puerto de Buenos Aires, las vanidades personales que alimentan los apetitos de poder, tenían al Triunvirato que se había hecho cargo del incierto país en un cabildeo permanente.
La falta de una bandera que identificara a nuestras atribuladas tropas no era un tema menor. ¿Qué importancia tiene Rosario entonces en la fundación de la Patria?: la máxima. En nuestra ciudad y en la vecina San Lorenzo, un año después, con el bautismo de fuego de los Granaderos, empezó la historia argentina en serio.
Algo de esta conciencia figura en el inconsciente colectivo. Por alguna razón, salvo algún mínimo grupo político extraviado, nadie se atrevió, aun en épocas de virulenta agresión a edificios públicos y monumentos, a tocar al denominado altar de la Patria con el indeleble aerosol, responsable de tanta depredación del patrimonio común.  ¡Y eso que tiene paredes para manchar!
El cincuentenario encuentra a la ciudad en uno de sus mejores momentos. Y no tanto por la relativa prosperidad económica. Basta señalar que hoy tenemos objetivamente más ciudadanos pobres que hace cincuenta años y eso significa una deuda interna ciclópea.
Pero sí podemos enorgullecernos de atraer las miradas nacionales y regionales, de haber aparecido en calendarios turísticos, y de ser un extraño caso de progreso con voluntad de integración social como pocos en el país.
En esa voluntad, similar a la de comienzo del siglo pasado, con una costumbre sana de conjugar esfuerzos públicos y privados, controlando los abusos de los unos y los apetitos de los otros, con parecida austeridad de recursos pero derroche de creatividad, está el secreto de la ciudad donde todo parece posible.
En la convivencia dentro de la pluralidad de ideas, en la posibilidad de manifestarse, de plantear los disensos a viva voz, se ha gestado una manera de vivir singular, y la ciudad mejora. La discusión de un nuevo código urbano, de un modelo urbanístico de ciudad, es quizás el ejemplo más acabado, a pesar de las discusiones que genera, o precisamente por ello, de una ciudad que trata de manejar su futuro, un intento de refundación.
En medio de la emoción y el orgullo que seguramente generarán los festejos del cincuentenario, sería conveniente que nos apropiáramos de aquella dosis de voluntad que llevó a Belgrano, hombre de leyes, militar improvisado, economista, pero sobre todo un argentino, a actuar con la grandeza de los fundadores.
Porque son buenos tiempos… pero falta tanto por hacer.