Algo cambió en los últimos tiempos
EDUARDO VAN DER KOOY
Un episodio que debió tener a priori una significación política menor forzó uno de los cambios más vertiginosos y bruscos del Gobierno. La derrota de la reelección indefinida en Misiones, que noqueó a un delfín kirchnerista, instaló una coreografía diferente en el teatro de la política nacional.
Néstor Kirchner comprobó, por ejemplo, que no está solo en la escena y que tampoco goza de los atributos de un monarca. La sociedad envió un claro mensaje de rechazo a la perpetuación de sus gobernantes y, por primera vez en casi cuatro años, privilegió las virtudes de la política por encima de la bonanza económica. La oposición dejó, a la par, de dormir una larga siesta y se animó con todas sus precariedades a desafiar al poder. Aquel remezón permitió esbozar ciertos trazos de una Nación algo más normal.
No es poco lo sucedido en las últimas semanas, aunque no a todo pueda ligárselo con la onda expansiva de Misiones. Lo están las abdicaciones de Eduardo Fellner, en Jujuy, y de Felipe Solá en Buenos Aires, para insistir con otro mandato. Pero Kirchner pareció leer el mensaje colectivo misionero aún con mayor profundidad: tampoco le permitió al senador Miguel Angel Pichetto completar en nombre del oficialismo otro período en el Consejo de la Magistratura. La reforma a ese organismo había sido resistida por la oposición, convencida de una ruptura del equilibrio político con las modificaciones que impuso el poder.
Kirchner juraba y perjuraba que no haría nada con la Corte Suprema hasta el final de su mandato porque, en verdad, no sabía bien qué hacer. Rechazaba la idea de nombrar a otros dos jueces para alcanzar los nueve miembros, pero tampoco estaba conforme con el presente incompleto del Tribunal.
Cristina Fernández fue la autora intelectual de una excelente decisión institucional de retrotraer a cinco los integrantes de la Corte, retomando una idea original que en 1860 puso en práctica Bartolomé Mitre. Pocas resoluciones institucionales cosecharon tantos aplausos y construyeron un consenso espontáneo en los tres años y medio que el Presidente está en el poder.
¿Tiene la decisión de la Corte algo que ver con aquel vendaval opositor en Misiones? Tiene. El rechazo a la perpetuación de los gobernantes apunta a la renovación de la clase dirigente y, con certeza, a la mejora de la calidad política e institucional. No hay mejora institucional que no contemple a la vez el respeto a la división de los poderes y el remozamiento de los mismos. La Justicia es uno de los resortes más decadentes de la Argentina. Y no habrá transformación posible que no arranque por la cabeza y continúe hasta los pies.
Soplaron también otras ráfagas que quizás no estén anudadas con lo ocurrido en Misiones pero que algún vínculo por lo menos indirecto reconocen. Ha asomado un Presidente menos confrontativo, un Gobierno con su dosis de soberbia atenuada y tendiente, por lo menos, a revisar algunas cosas. La relación con Washington no podía seguir tan distante y el fallo de la Justicia sobre el atentado en la AMIA ayudó a acercarlas. Habrá que saber encontrar el punto de equilibrio, porque en el medio de ese acercamiento están los vínculos con una nación complicada como Irán. También pareció atinado el freno a la injerencia de Hugo Chávez en la política argentina, aunque la relación de fondo con Venezuela no vaya a cambiar.
Kirchner ha dado todas estas pinceladas en silencio, sin hablar de las razones que lo impulsaron a concretarlas. Aquel silencio, sin embargo, pareció tan intenso como su capacidad de escuchar las lecciones de una derrota.
Por un buen año para todos
OSCAR BERTONE
Detrás de las barricadas que se formaron al día siguiente de la tormenta, los rostros eran los de gente desesperada. Y si hubo lugar para alguna actividad ideológica ululante y apocalíptica, fue porque para muchos, aquella tarde de noviembre el Apocalipsis se había hecho presente.
La tormenta, de un poder devastador imprevisible, había dejado a miles de familias humildes sin su techo. Ensimismados en las espectaculares imágenes del tamaño de las piedras, en los frentes con ventanales de vidrios arrasados, en la dilucidación sobre si el seguro automotor cubre o no los daños, o si el costo de las persianas rotas los paga el propietario o el consorcio, pocos tomaron nota de que muchas familias no tenían más techo.
Y no se puede decir que el estado no actuó. La vicegobernadora, el intendente, y varios funcionarios nacionales, pusieron la cara. Quizás lo que falló fue la evaluación rápida de los daños materiales que se habían producido. No por el costo, al fin y al cabo se trataba de chapas, sino por la extensión.
Y tampoco se valoraron rápidamente los otros daños. No es lo mismo que a los edificios céntricos se le rompan miles de vidrios o a los automóviles otros tantos parabrisas. Cuantitativamente eso significará muchos millones. Pero cualitativamente, las viviendas sin techo que cobijan, además de las vidas, los pocos bienes que tienen los más humildes, suman mucho más. Aunque cuesten menos.
No es lo mismo quedarse a la intemperie que reponer tres vidrios en una casa, un parabrisas y diez abolladuras en un auto. Y eso fue lo que explotó en la calle durante varios días. Por eso el granizo provocó una serie de reacciones que lastimaron seriamente la imagen de la ciudad próspera, confiada de sí misma, orgullosa, desarrollada. Porque nos avisó que la deuda interna sigue vigente. Y los acreedores no se van a quedar quietos.
Lo positivo. A pesar de que el pánico demudó a muchos dirigentes, se actuó en forma coordinada, aunque podrían haberse evitado muchos disgustos con una evaluación correcta de los daños y la comunicación sincera de que la logística de apoyo iba a tardar varios días en completar la ayuda. Pero al fin y al cabo, llegó.
Lo negativo. Algunos sectores del peronismo siguen bailando en el Titanic. Hubo dirigentes que prefirieron caminar los barrios y azuzar el fuego, en vez de colaborar con los que trataban de apagarlo.
Y lo más difícil. Rosario Express, desde el momento de su aparición en la calle, previene sobre la falta de políticas de vivienda. Los miles de metros cuadrados de construcción que se montan en la ciudad, no tienen que ver con planes y radicaciones de viviendas, no sólo para los sectores medios, sino para los que más las necesitan.
“El mercado solo no puede abastecer el déficit” nos dijo el titular de la empresa que hoy más metros cuadrados está construyendo. Y el estado nacional, el provincial y el municipal, no aciertan. Van tres años de cierta normalidad institucional y nada se ha avanzado en la política de viviendas; el déficit crece. Dejemos de lado el exitoso plan Hábitat, porque en realidad, más que construir viviendas nuevas, es un proyecto de ordenamiento ambiental para gente que está radicada precariamente.
El hecho es que por una causa u otra, no se levantan viviendas para los que más la necesitan, justo en el momento de mayor superávit de recursos públicos que recuerda la historia argentina. Y eso es un hecho.
En estos días, en el medio del fárrago de consumo en los shoppings, en la peatonal, en los bares y restaurantes, lo que pasó aquella semana de noviembre ya entró en el olvido. Para algunos.
Los otros, los acreedores, siguen esperando. Cuando brindemos para invocar un Año Nuevo mejor, deseemos que el 2007 nos ilumine, y nos haga entender que habrá Rosario para todos o no habrá Rosario para nadie.
Por un buen año. Felicidades.