Edición Nº 23- Editorial

El peligro de las viejas antinomias
EDUARDO VAN DER KOOY 

La Argentina está todavía muy lejos de las elecciones. Pero el Gobierno y la oposición las viven ya con una pasión que pareciera dejarlos a distancias oceánicas de los verdaderos intereses de la sociedad. Todos los encuestadores coinciden en un punto: más de la mitad de las personas entrevistadas para cualquier sondeo de opinión pública ignoran que en el 2007 se vota o se niegan a contestar sobre posibles candidatos.
Las elecciones, entonces, pasarían a formar parte del interés exclusivo de la dirigencia política y de los medios de comunicación. En esos ámbitos comienza a instalarse un lenguaje hostil y confrontativo de tal magnitud que genera interrogantes y desata temores
sobre el futuro.
La responsabilidad primaria corresponde al Gobierno y a su modo de actuar. Es todavía un problema de estilo antes que de fondo. Pero no hay dudas de que Néstor Kirchner planea y decide omitiendo muchas veces el papel de las instituciones y resistiéndose casi siempre al debate cuando están en juego políticas de Estado. Vale marcar una excepción y una constante: la Ley de Educación fue abierta a una dicusión amplia aun con la participación de sectores no específicos, el conflicto de las pasteras con Uruguay sigue encerrado entre los muros del poder sin que logre avizorarse ni una solución ni un puerto seguro. El Gobierno actuó además con mano implacable en tres temas que despertaron las críticas de la oposición: la reforma de la Magistratura, la reglamentación de los Decretos de Necesidad y Urgencia y la aprobación de los superpoderes. En todos los casos el oficialismo impuso, con legitimidad, su mayoria en el Congreso pero estuvo ajeno al ejercicio republicano que merecerían esas cuestiones.
Es aquella inflexibilidad la que levanta la indignación opositora y da pábulo también a otras conjeturas. A estas conjeturas ayudan además distintos actores del sistema: quienes buscan reelecciones por medio de cualquier vía (Felipe Solá en Buenos Aires, Carlos Rovira en Misiones o José Alperovich en Tucumán) y otros que acomodan los comicios de acuerdo a conveniencias políticas y convierten a la Nación en un aquelarre electoral. De hecho, el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, anticipó la votación para marzo.
La impotencia frente a todos esos hechos consumados pareciera empujar a la oposición a un terreno poco propicio para sus intereses y para los de la Argentina. No es malo discutir y plantear, quizás, el perfil hegemónico del Gobierno o su tendencia autoritaria, aunque sin caer en simplismos o exageraciones irritantes. No impera ningún fascismo aquí, como repite Elisa Carrió. No se vislumbra una tiranía, como dijo Roberto Iglesias, el jefe de la Unión Cívica Radical. Tampoco hay una resistencia republicana ni una democracia plebiscitaria en ciernes. Hay, simplemente, un sistema político que no se repuso aún de la crisis del 2001 y que sólo logró reinstalar algunos patrones primarios para seguir subsistiendo, como el principio de autoridad.
El Gobierno provoca con frecuencia a la oposición, la descalifica y la desconoce. La oposición convoca a pelear contra un monstruo que no existe y en esa pelea guarda la esperanza de una posible unidad electoral, pero con seguridad no de pensamiento. Esa conducta tiene antecedentes lejanos y cercanos en la política. Uno de ellos fue el golpe de Estado de 1955, que sumergió al país en el ciclo más largo de inestabilidad institucional. Ya en democracia, algo similar ocurrió en 1999: la desesperación por vencer a un menemismo insoportable derivó en una coalición heterogénea y carente de proyectos que abrió las puertas al desastre.
Repetir esas historias resultaría fatal. El Gobierno no debiera ver en cada crítica de la oposición o en sus ensayos de unidad ningún remedo de una Unión Democrática. La oposición no debiera cuestionar sólo por acto reflejo o tratar de esconder su propia esterilidad debajo de un motón de rótulos, como el que califica de tirano al Presidente.
Si así no ocurre, la Argentina quizás termine desperdiciando otra inmejorable oportunidad.

La soberbia rosarina
OSCAR BERTONE

Cuando los cíclicos enfrentamientos entre Rosario y la administración provincial alcanzan picos incontrolables, se corre siempre un peligro: el del aislamiento político de la ciudad. Sobre esta urbe que crece a un ritmo pocas veces visto en la historia, algunos tratan de cargar el sambenito de la soberbia.
El sambenito, un letrero, escapulario o vestidura que en el Medioevo se colgaba a las personas para distinguirlas de las demás, con el objetivo se que sean castigadas severamente por la  Inquisición, significaba un “descrédito o calificación negativa que sufre una persona”.
En realidad lo que ha resurgido en Rosario, sobre todo a partir de la realización del Congreso de la Lengua, es una recuperación de la autoestima y el orgullo de vivir en una ciudad cuyos logros, aún antes de la realización de aquel congreso, le han cambiado visiblemente no sólo la fisonomía exterior sino la disposición a encarar proyectos de envergadura.
También se ha transformado en un centro de atracción para extraños que, antes de este período, ignoraban a la ciudad y su hinterland como lugar para desarrollar negocios e inversiones.
Pero volviendo al anatema de la soberbia, es justo decir que Rosario no pretende apoderarse de la provincia. Si alguna imputación se le puede hacer a los rosarinos, es el extrañamiento con que vislumbran al estado provincial. No hay demasiado interés en tomar por asalto la Casa Gris de la capital provincial, sino en pedirle a sus funcionarios que nos dejen tranquilos. Lo que es a la vez una virtud y un defecto.
Virtud porque nunca deja de pensar en sus proyectos sin la participación central del esfuerzo privado. Defecto porque no puede desconocer que servicios esenciales como la seguridad, la educación y la vivienda, por dar sólo ejemplos, no se pueden resolver sin el concurso del Estado provincial y/o nacional.
Lejos de desconocer los beneficios de ubicarse en el centro de la Pampa gringa a la cual le entrega servicios esenciales como la salida de sus exportaciones, sus universidades, entretenimiento y, ahora, el consumo de alto valor agregado, Rosario se sabe beneficiada por el auge económico del interior, respeta al sector productivo que la rodea y reconoce que las 200 torres de departamentos que se construyen dentro de su traza se autofinancian con el producido de la agroindustria.
Pero siendo una ciudad con bajísimo nivel de burocracia (en ninguna otra urbe del país hay tan pocos empleados públicos como en Rosario) no se le puede pedir a la Cuna de la Bandera que entienda la exasperante lentitud o los meandros institucionales que hay que sortear para tomar decisiones estratégicas. Es cierto que el rosarino sospecha, cuando se le pretenden recortar los ingresos que deben llegar desde la provincia, que lo están perjudicando con toda la intencionalidad.
Por eso el intendente pronunció una frase extraña a su manera de ser: “Estoy muy caliente”, lanzó deliberadamente cuando se le notificó que, por la instrumentación de la futura ley de Educación, se iban a reducir los aportes de coparticipación que le entrega la provincia.
Lifschitz apeló a un estudio de la Fundación Apertura, que hace años consigue con mucho esfuerzo nutrirse de información fehaciente para saber hasta qué punto los municipios están prisioneros del poder central, sin la necesaria autonomía económica para desenvolver sus potencialidades.
La respuesta provincial no fue tampoco la mejor. Intentó descalificar los estudios privados, en una ciudad que siempre va a tender a confiar en las opiniones independientes, sobre todo cuando vienen avaladas por profesionales de peso.
Así las cosas, será la política bien entendida la que tendrá que zanjar la discusión, y más temprano que tarde deberán las partes sentarse a lograr un entendimiento estable; de otro modo el vendaval electoral generará enfrentamientos de los cuales será difícil volver.
Difícilmente la opinión pública rosarina, galvanizada detrás de los éxitos que ha tenido la ciudad, cambie de opinión. No es por soberbia, es por el orgullo renacido que la atraviesa. Y no son pocos lo habitantes y dirigentes de otras ciudades de la provincia que, lejos de desconfiar de una ciudad que los recibe cada vez más preparada, buscan seguir su ejemplo.