Región de desafíos e incertidumbre
EDUARDO VAN DER KOOY
Hace tres meses, el Mercosur parecía condenado a la extinción.
Uruguay y Paraguay, disconformes por distintas razones, hacían sus valijas para emigrar del bloque. Ahora se acaba de concretar la incorporación de Venezuela, México ha proclamado también su deseo de integrarse y Chile y Bolivia asisten a los foros como invitados especiales.
¿Qué razón forjó un cambio tan brusco en un tiempo tan breve? Habría que mirar el mapa del mundo para darse cuenta. En primer lugar, la fuerte inestabilidad internacional a raíz de la guerra en Medio Oriente que desparrama incertidumbres en las naciones desarrolladas.
También el rotundo fracaso de la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que dejó enfrentados a la Unión Europea con Estados Unidos y que cierra por ahora a los países del Cono Sur el acceso a los mercados con productos agrícolas.
En suma, la región es institucionalmente frágil pero no está sujeta a ningún conflicto de altísima escala como ocurre en Europa y EE.UU. Los sueños de los vínculos comerciales bilaterales con el mundo, al margen del Mercosur, también parecieran complicarse. El poder relativo lo brinda en ese contexto la asociación y no la autonomía.
El fortalecimiento objetivo del Mercosur no significa, para nada, la solución de sus innumerables problemas. Uno de ellos son los conflictos bilaterales entre varios de los países miembros. Hay un raro escenario en América Latina en el que gobiernos de un supuesto mismo signo político dinamitan la convivencia política y retrasan los proyectos de integración.
La Argentina los tiene con Uruguay, Chile y Perú. Brasil con Paraguay y Venezuela. Chile con Bolivia. Y la nómina podría estirarse más. Cada uno de esos pleitos atenta contra las intenciones de progresar con el armado económico, comercial e institucional del bloque. También están las quejas de los socios menores que se ven amenazados por el potencial de la Argentina y Brasil, a los cuales se añade ahora la Venezuela de Hugo Chávez. Las cifras hablan solas: Uruguay tuvo en el 2005 un déficit con el Mercosur de 849 millones de dólares y, en cambio, un superávit con Estados Unidos de 502 millones. Paraguay acusó el año pasado un desequilibrio comercial de 1.090 millones con la Argentina y Brasil.
El reciente ingreso de Venezuela abre un abanico de dilemas. Uno de sus atractivos es, sin dudas, la abundancia de sus petrodólares que ya están influyendo en la órbita del Mercosur. Le sirven a la Argentina para cubrir sus necesidades financieras y a Brasil para articular acuerdos entre Petrobrás y PDVSA que mitigan su enojo con Bolivia por la nacionalización de los recursos energéticos.
A Venezuela podría sumársele el acompañamiento de Bolivia y, entre ambos, surge la posibilidad de que la región cuente con una pata estratégica de gas y petróleo para intentar desarrollar sus sociedades y sus negocios.
La política aparece en el Mercosur, a propósito de la llegada venezolana, como una materia mucho más controversial que la economía. Por lo pronto ya no asoma indiscutido el liderazgo que vienen ejerciendo en el bloque la Argentina y Brasil: Chávez parece querer desafiarlo con actitudes hostiles hacia Washington y con un protagonismo sorprendente en el plano internacional. El caudillo de Caracas acaba de hacer una gira por Irán (en medio del estallido en Medio Oriente), por Rusia y Bielorrusia, donde celebró acuerdos bélicos con el último dictador europeo, Alexandre Lukachenko.
La situación de Venezuela y su baja calidad democrática fomentan también las dudas sobre un futuro Mercosur bien amalgamado. La historia de las integraciones en Europa se forjó entre naciones democráticas donde el proyecto fue compartido por el oficialismo de turno y la oposición. No es ese el ejemplo venezolano, donde la sociedad está fracturada y donde la oposición ha desaparecido. La política es únicamente Chávez.
Tampoco Venezuela es una solitaria oveja negra en la región. Las democracias en el Cono Sur distan de ser verdaderamente participativas y carecen de atracción. El reto que plantea el Mercosur debería inducir a una obligada mejora del sistema. Un buen estímulo para que la Argentina y su Gobierno hagan también la infinidad de deberes que en ese aspecto tienen pendientes.
Autopistas, trenes, aviones y políticas
OSCAR BERTONE
La fotografía de los primeros días de agosto no podría ser más auspiciosa para Rosario. No se pueden enumerar todos los hechos juntos sin caer en cierto arranque de perplejidad ante tantos anuncios esperanzadores.
Mencionemos sólo algunos: en pocos días empiezan a despegar los aviones de una aerolínea local, las obras para un tren de alta velocidad comienzan en enero, la licitación de la autopista a Córdoba es un hecho, el dragado del río a 34 pies es una realidad, el Plan Hábitat ha recibido una bendición del gobierno nacional que seguramente le dará nuevo impulso.
El gobierno santafesino salió de la parálisis de los dos primeros años, aporta obras a la provincia e intenta dar señales más coherentes para enfrentar el drama de la inseguridad urbana.
Como colofón que no puede pasar inadvertido, está también presente el acto realizado el 2 de agosto, que si bien contuvo ciertos enconos por la fuerza de la presencia de Néstor Kirchner, obligará en el futuro inmediato a mantener la discusión y el enfrentamiento político dentro de carriles más racionales.
La mirada atenta del Presidente sobre Rosario y la provincia se sentirá con fuerza, y es probable que las maniobras y zancadillas entre peronistas y socialistas, y sobre todo, las internas que están siempre a flor de piel dentro de los dos grandes grupos políticos dominantes en la escena provincial, tengan que bajar su nivel de virulencia.
Probablemente, el votante común no lo haya advertido claramente, pero los intentos de hacer fracasar la llegada de Kirchner a Rosario, para confluir en un acto con la presencia de todos, tuvo momentos de insólita agresividad.
El grupo de socialistas acostumbrados al manejo del aparato partidario, cuyas cabezas más visibles son Rubén Giustiniani y Eduardo Di Pollina, contaron ¿circunstancialmente? con el apoyo de la prensa cercana al peronismo para hacer público un comunicado que calificaba al Presidente como un Menem redivivo, lejos del cauteloso lenguaje que utiliza tanto el partido como dirigentes de la talla de Miguel Lifschitz y Hermes Binner.
El artículo y los comentarios llegaron rápidamente al despacho presidencial, pero Kirchner no se inmutó. Tampoco movieron su voluntad las versiones sobre posibles enfrentamientos y reclamos populares ante las paralizadas obras del Plan Federal de Viviendas, ni alguna “movilización espontánea” en dos barrios reclamando por temas vecinales.
Todos tuvieron que asistir, todos los que aspiran a algo necesitaban estar, y allí estuvieron, aunque algunos tuvieran que apretar los dientes. Si algo faltó para sellar el significado ecuménico del acto en la zona oeste fue el ámbito: una gigantesca Iglesia Evangélica que desarrolla un trabajo social asombroso.
Sin ingenuidades, vale la pena señalar que, al menos en los próximos meses, la significación de ese acto tornará más cautelosos a los protagonistas de la política. Muy difícilmente prosperen las zancadillas que llevan muchas veces a frenar obras y planes de gobierno. Muy difícilmente las operaciones políticas y mediáticas se puedan llevar a cabo sin una mirada más atenta del votante común.
Todos deberán tener una conducta más serena e inteligente. Y quizás más provechosa para el presente y el futuro de una ciudad que, sin duda, genera cada vez más expectativas.