Edición Nº 21- Editorial

Desempleo, pobreza e inflación
EDUARDO VAN DER KOOY 
                                                       
La Argentina conoció en las últimas semanas quizás una de las mejores noticias desde los tiempos de la crisis: el desempleo cayó por debajo de dos dígitos (9,8%), algo que no acontecía desde 1994.
Los guarismos son alentadores, sobre todo, si se tiene en cuenta que el motor del crecimiento económico no se detiene. El país estaría ante la posibilidad de cerrar de ese modo el llamado ciclo de alto desempleo. Aunque cabe plantearse el interrogante de si ese éxito ha tenido compensaciones similares en los índices de bienestar y equidad.
Por supuesto, todo depende del cristal a través del cual se observe la nueva realidad. Los indicadores sociales mejoraron respecto de la salida de la gran crisis que se ubica en el primer semestre del 2003.
Pero no ocurre lo mismo cuando se toma como referencia 1994, fecha estimada para el comienzo del ciclo de alto desempleo. Veamos algunas referencias: la indigencia es hoy casi tres veces más alta que entonces; la pobreza sigue afectando a dos tercios más de personas; el trabajo informal es 13 puntos más elevado. Las conclusiones pertenecen a un estudio de la consultora de Ernesto Kritz.
Todo ese lastre tiene que ver con la crisis del 2001 que profundizó la indigencia y la miseria y, a lo mejor también, con una política oficial que supone que la combinación del crecimiento productivo con la asistencia social es la única receta adecuada para recomponer la dañada pirámide social.
De pronto cabría interrogarse si la política de subsidios del Gobierno no debiera orientarse antes que a sostener tarifas de servicios y transportes al fomento de pequeñas y medianas unidades productivas que generen una mayor explosión en la oferta de empleo. También estaría faltando la aplicación de un programa educativo intenso en el universo de los más desposeídos. El Estado debería permitirle a los hijos de los todavía hoy desocupados fugarse del infeliz destino de sus padres.
La generación de empleo tampoco aleja de forma automática a los ciudadanos del castigo de la pobreza. De todas formas devolver a las personas a la costumbre del trabajo implica fortalecer una cultura que siempre tuvo que ver con la Argentina de los buenos tiempos.
Una cuña que se suele meter entre el trabajo y la pobreza es la inflación. Ese fenómeno degrada los salarios y el poder adquisitivo. Quizás el Gobierno no ha sido tan eficaz en neutralizarlo y lo hace además con metodologías discutibles.
La baja global del desempleo tendrá con certeza también su reflejo en Rosario. Pero nuestra ciudad sigue exhibiendo el privilegio indeseado de ser, pese a todo, la de tasa de desocupación más alta de la Nación (14,6%). En ese sentido posee un contraste notable: se habla mucho del boom económico rosarino pero poco de esa otra cara de la realidad. 
Los motivos que se esgrimen para justificar aquella distorsión son varios.
De nuevo una perceptible migración desde el norte atraída por la supuesta prosperidad que exuda la ciudad. La irrupción de muchas personas que antes no tenían trabajo y tampoco lo buscaban por falta de las expectativas que ahora fogonea el mercado laboral. La meseta de crecimiento que experimentaron algunos sectores clave como el metalmecánico o el de la construcción.
Sería prudente que las autoridades desmenuzaran cada una de esas y quizás otras razones. Y que pusieran los pies sobre la tierra sin dejarse seducir por el brillo de lo que aparenta ser oro. Nada se resuelve cuando la obstinación le gana a la evidencia.

Un merecido aplauso
OSCAR BERTONE

El balance no provoca, por supuesto, la ovación ululante y desenfrenada de 1986, pero tampoco la pena sin gloria del 2002. Terminó el Mundial para la Argentina con un quinto puesto,  así lo considerarán los amantes de las estadísticas, también con pena, pero con algo de gloria.
Las razones de la vuelta antes de tiempo pueden atribuirse un poco a la mala suerte, ¡justo cuando hay penales nos quedamos sin Abondanzieri!. Tampoco nos favorecieron los sorteos iniciales ni el recorrido complicado de partidos que debíamos ganar para llegar al 9 de julio.
Quizás también hubo cierta megalomanía, entendible, de un director técnico abrazado porfiadamente al concepto de “trabajo en equipo”, que centralizaría en caso de éxito el mérito en el entrenador por sobre alguna individualidad que quedó en el banco.
Los análisis, sobre todo en el terreno futbolístico, se prolongan indefinidamente. Puede entonces que sobre la cabeza de Pekerman penda un molesto estigma si, como dice la prensa deportiva de todo el mundo, Lionel Messi se posiciona en los próximos meses al nivel de las superestrellas. Esto sin considerar la lejana posibilidad de que el rosarino, dentro de cuatro años, se transforme en el más destacado en Sudáfrica.
Pero con 21 jugadores escogidos entre quienes ya habían sido campeones olímpicos o juveniles y un estilo ofensivo, propio de la Argentina, la opinión mundial aprecia a nuestra selección como una de las más personales y compactas del torneo que finalizó en Alemania. 
Ni Pekerman ni los jugadores han hecho un mal papel. Nadie duda de que el trabajo realizado fue minucioso, profesional, y al mismo tiempo apasionado. Jugaron con estilo, quedaron invictos en el campo de juego y con una diferencia de gol de + 8. No se puede hablar de fracaso entonces.
Y por momentos, y esto no es menos importante, nos deslumbraron, nos hicieron recordar viejos buenos tiempos, desataron la alegría colectiva que pocos acontecimientos pueden provocar como el éxito deportivo.
Se mostraron humildes, generosos, compañeros, entregados al trabajo y talentosos. No llegamos a la final, pero dejamos un excelente recuerdo, solo empañado –al fin y al cabo somos argentinos– por los descomedidos puñetazos después del último partido.
No deben quedar dudas de que se estableció una base para el futuro inmediato. Ustari, Messi, Palacio, Mascherano, Tévez, Maxi, Saviola, Milito, junto a algunos que esperan como Agüero, Gago o Figueroa pueden perfectamente seguir el camino de esta selección, y van a mantener a la Argentina en el nivel de los equipos con personalidad y estilo propios que todo el mundo quiere ver jugar.
Sería un gesto de ingratitud olvidar la alegría del seis a cero, el golazo de Maxi, los cruces de Ayala o esos minutos de ilusión durante los cuales los alemanes no encontraban la pelota con el peso de un gol en contra.
Por el respeto al juego, por la frescura, por la concentración, porque nos representaron dignamente: muchas gracias, un merecido aplauso y hasta la próxima.
Los vamos a estar esperando como siempre, cada vez más esperanzados.