La concentración en boga
EDUARDO VAN DER KOOY
La Argentina es un país proclive a las modas. La política tampoco es ajena al fenómeno. La palabra concertación está en este tiempo en boca de todos los dirigentes. Del Gobierno y de la oposición. Pero muy pocos saben desarrollarla o darle contenido.
Néstor Kirchner habló de aquella concertación y de un gobierno más plural en el masivo acto de la Plaza de Mayo. El mensaje y el escenario fueron contradictorios: el mitín resultó de neta identidad y composición peronista. Pero el Presidente reitera que el partido oficial, en soledad, no está en condiciones de mejorar la calidad política e institucional de la nación.
Los bocetos sobre la concertación se hacen, hasta ahora, a través de hombres. Quizás porque algunos de esos hombres representan mucho más que los partidos. Kirchner la convoca. Algunos sectores de la oposición radical se ilusionan con Roberto Lavagna; otros con una confluencia entre Elisa Carrió y Ricardo López Murphy.
Esa tendencia descalifica la posibilidad de imitar el ejemplo chileno. La Concertación en Chile nació al amparo de la democracia cristiana y el socialismo, y tuvo durante muchos años como amalgama el temor que despidieron las Fuerzas Armadas de Augusto Pinochet. Democristianos y socialistas se alternaron en el poder hasta catapultar por primera vez en la historia a una mujer al Palacio de la Moneda. A Michelle Bachelet, de todos modos, le tocará gobernar con una coalición que ha perdido parte del sentido comunitario de su fundación.
El peronismo y el radicalismo nada tienen que ver con la democracia cristiana y el socialismo. El PJ sigue dependiendo de un liderazgo unipersonal, y ese liderazgo –el de Kirchner– está apuntalado hasta ahora por los vientos de bonanza. Habrá que ver qué sucede en la adversidad. El radicalismo viene de fractura en fractura y amaga con fracturarse todavía más.
El Presidente prefiere remitir más como modelo, a los tiempos del posfranquismo en España. El Pacto de la Moncloa, la transición de Adolfo Suárez y los primeros años de Felipe González. En ese lapso, a juicio suyo, se fue consolidando la institucionalidad que reina ahora en la Madre Patria.
No hubo Presidente de la restauración democrática en la Argentina que no remitiera a La Moncloa. Siempre quedó en una simple remisión. Antes de eso, la dirigencia política debiera encontrar puntos nodales de coincidencia. Pero entre todos ellos prevalece todavía la ambición de los liderazgos y las posibles candidaturas antes que el debate de ideas y proyectos.
El sayo les cabe a todos. Kirchner se resiste a hablar de la reelección, pero su entorno trabaja a todo vapor, mucho más después del acto en la Plaza. Carrió lanzó su candidatura a presidente para el 2007 días pasados en Mendoza. En sus apariciones públicas, Mauricio Macri sólo menciona sus dudas para competir por el poder de la jefatura porteña o de la Casa Rosada.
Entonces los planos se invierten. Y la posibilidad de una concertación queda indefectiblemente atada a cualquier carro electoral. Carrió corteja a López Murphy y López Murphy se arrima a Macri para no desalentar la alianza con Jorge Sobisch, el gobernador neuquino. Kirchner tienta a gobernadores del radicalismo para darle al peronismo una pátina de pluralidad.
Bajo esa lógica hay tres distritos que quedan en observación. En Mendoza el Presidente promueve una sociedad con el radicalismo. En la Capital podría acontecer lo mismo si Lavagna lograra convertirse en prenda de unión. El cuadro sería un poco más complejo en Santa Fe.
La candidatura de Carlos Reutemann está descartada. Agustín Rossi, el jefe del bloque de diputados, transita un tramo de crecimiento y la vicegobernadora María Eugenia Bielsa continúa bien consolidada. Pero Kirchner no querría confrontar a cara de perro con el socialismo, que otea por primera vez en el horizonte el poder provincial.
Los socialistas forman parte en el ideario del Presidente de aquella concertación nacional que cree en ciernes. ¿Podría haber acaso también una confluencia en Santa Fe? Conviene obviar las conjeturas y remitir a palabras escuetas que Kirchner le dijo a este periodista: "Todo puede ser".
El laboratorio de la política para el 2007 ya está abierto.
El cinismo y la crítica
OSCAR BERTONE
La ciudad se estremece a veces por cosas inexplicables. Una discusión subida de tono entre dos concejales moviliza a medios, jueces y policías. La disputa por un cargo provincial de tercer nivel lleva a la publicación de fotos de una fiesta privada casi inocente en un geriátrico, transformándola en un escándalo nacional; otra vez participan activamente los medios, los jueces y los funcionarios de turno perdiendo tiempo y malgastando dinero público.
La grosería lisa y llana suele ganarnos la voluntad con una frecuencia poco digna de tiempos de refundación de la ciudad. El análisis es reemplazado por un cinismo hipócrita, sin el menor contenido crítico. Un colega escribió que parece más grave contratar un stripper como sorpresa para un breve festejo de cumpleaños que tolerar sin investigación la muerte de trece presos en Coronda.
No exageraba. Las sanciones por el primer hecho involucraron a más funcionarios públicos que los castigadoos por el segundo. Los dos sucedieron en dependencias del Estado provincial, pero uno de ellos no perjudicó a nadie, sólo se disparó por alguna apetencia para lograr uno de esos cargos públicos que, como se sabe, aseguran a su poseedor una renta prácticamente vitalicia.
Hipercríticos como somos, dispuestos siempre a exagerar calificando como graves ciertas conductas que en propios y amigos forman parte de la cotidianeidad, perdemos la oportunidad de encontrar en cada hecho, aunque sea de menor cuantía, la oportunidad de reconocernos y mejorar.
Probablemente, los medios locales y ciertos mezquinos intereses influyan, pero no es menos cierto que el nivel crítico global de la sociedad rosarina está un tanto adormecido.
Veamos dos ejemplos: en las páginas anteriores damos cuenta de una encuesta que revela hasta qué punto los vecinos descalifican la labor del Concejo Municipal. La compulsa no refleja los indudables esfuerzos que el cuerpo deliberativo hizo por curarse en salud: bajó el número de sus ediles, el presupuesto que insume, viaja periódicamente a sesionar en los barrios, y objetivamente, exhibe componentes cada vez más representativos y genuinos.
La desesperada avidez de un concejal por figurar en los medios (Jorge Boasso) y la inexperiencia de otro (Daniel Peressotti), quien reconoce que jamás debió haberse metido en ese lugar, generó una catástrofe que dejó al Concejo en ridículo. Nadie dice que detrás del episodio está la intención de algunos medios y periodistas de lograr la renuncia del empresario farmacéutico para colocar en su lugar a un edil más afín con ciertos negocios que se solían realizar desde las bancas.
Otro episodio no menor, que repercutirá sobre el futuro de la vida rosarina: el casino. Sin debate social hemos aceptado la concreción de un emprendimiento que sin duda desde el punto de vista urbanístico será fantástico, difícil de comparar con cualquier otra obra privada, y un símbolo de la atracción que Rosario ejerce sobre muchos inversores y puerta para nuevas iniciativas.
¿Somos concientes del efecto que puede causar la instalación de 2.000 máquinas tragamonedas y decenas de juegos de paño en una ciudad orgullosa del renacer del espíritu de trabajo? Probablemente algunos lo hayan estudiado. La sociedad rosarina, como conjunto, no.