Nuevas leyes, viejos vicios
POSCAR BERTONE
Nadie salió a las calles a festejar la desaparición de la Ley de Lemas, producida por la sola comparencia a trabajar de los senadores provinciales justicialistas que, vale tenerlo presente, no votaron en ningún momento la derogación. Ni uno de ellos.
Una norma creada por Víctor Félix Reviglio, Carlos Reutemann y Horacio Usandizaga para esquivar las internas políticas -en un momento de repudio generalizado, no sólo al peor gobierno democrático de los que pasaron por la Casa Gris, sino a todo el sistema de funcionamiento político- quedó en la historia.
Deberá el pueblo votar ahora en forma obligatoria, según el texto de la nueva reglamentación aprobada, dos veces cada año que haya elecciones: una vez para la interna y otra para la elección general. Dimos un gran paso adelante, pero también nos llenamos de dudas, porque esta norma que nos regirá no tuvo el consenso necesario; la oposición accedió para evitar un problema mayor.
Así, aunque un partido o alianza se ponga de acuerdo para designar sus candidatos, de todos modos deberá imprimir millones de boletas electorales que nadie usará, conformando una comedia patética armada solamente para el que el oficialismo dirima de una buena vez sus diferencias.
Aunque mirar hacia atrás constantemente, según la enseñanza bíblica, puede convertirnos en estatuas de sal y no en críticos serios del futuro, antes de que termine este período vale la pena señalar algunos hechos que conforman casi un pecado original de la nueva ley electoral.
Hay que decir que para que los senadores justicialistas dieran quórum el martes 30 de noviembre, posibilitando el final de la ley de lemas, los señores diputados votaron un proyecto por el cual se distribuirán, sin asignación específica, 20 millones de pesos por año a comunas y municipios, reparto que sin duda se realizará en los meses previos a las elecciones, como cuando se derivaron fondos de las inundaciones a localidades que nada tenían que ver con el desastre.
Hay que decir que el escenario electoral tendrá como autoridad máxima otra vez a un miembro de la Corte Suprema, Rafael Gutiérrez, hermano de uno de los candidatos del oficialismo, Julio.
Hay que señalar además que las listas sábana se mantienen. Y que el senador Joaquín Gramajo, uno de los que más defendió la ley de lemas, demoró una semana el trámite de derogación porque se llevó el expediente oficial a su casa, en el departamento 9 de Julio, hasta que se votara el reparto de fondos señalado anteriormente.
Respecto de este reparto, por último, digamos además que dos diputados radicales, Mónica Peralta y Juan Carlos Millet, apoyaron este dispendioso desparramo de dinero. Los diputados que se suponen representantes de Rosario siguen votando alegremente la repartija de fondos que en su mayoría se generan en la ciudad y no vuelven.
Por otra parte, parece que nadie ha leído bien las consecuencias de lo que se votó. Si esto no se reforma, y será muy difícil hacerlo porque así está aprobado, hay que reglamentar la ley antes de fin de año, y convocar a "primarias abiertas" en febrero.
Esto provocará un año electoral constante y larguísimo. Pasaremos así de la negociación a puertas cerradas para definir candidatos a un hiperactivismo que puede espantar al votante que puso sus expectativas en cambiar las prácticas en boga.
Y todo porque no se entiende una norma elemental de la política: las transformaciones de fondo se hacen por consenso o no se hacen. Dimos un paso adelante, pero no arrancamos bien. Por eso nadie salió a festejar.
El gran momento de Rosario
EDUARDO VAN DER KOOY
Hay ciudades que se identifican, simplemente, con un monumento o una plaza. Hay ciudades que, por sus bellezas naturales, parecen atraer como un imán a los turistas. Hay ciudades que tienen un poco de cada cosa: son, en general, los grandes conglomerados. Pero no todas esas ciudades, a lo largo de su historia, consiguen necesariamente construir una identidad, una pertenencia.
Rosario se está asomando con fuerza renovada a esa posibilidad. Desde hace muchos años la cultura, la arquitectura y la naturaleza conviven en un mismo espacio. Pero desde hace poco, en cambio, el rosarino parece dispuesto a asociarse con ese invalorable patrimonio, a hacerlo propio y a permitirse delinear un perfil que resulte inconfundible.
El Congreso de la Lengua representó el acontecimiento internacional de mayor magnitud en la historia de Rosario. Tuvo, entre muchas, una virtud gigantesca: no involucró sólo a los especialistas y a los entendidos, sino a cada ciudadano común, a aquellos que le dan razón de ser y vida al lenguaje.
El Congreso estuvo también secundado por otros acontecimientos, sociales, comerciales y hasta deportivos como la ciudad no recuerda desde hace muchas décadas. Y en todos hubo una multitudinaria participación, una revalorización de cada milímetro del suelo y de la cultura de la ciudad.
¿Qué fenómeno ha impulsado esta especie de resurrección? Rosario parece ser la proa del barco de la recuperación de la Argentina, luego de la hecatombe del 2001. En la ciudad brilla como un diamante la prosperidad que la producción agroindustrial empezó a volcar en la provincia.
El desafío sigue, pese a todo, estando abierto. La explosión productiva del campo, como modelo final, resulta insuficiente en el país y en la provincia para encarar la rehabilitación colectiva y saldar la deuda social pendiente. Rosario puede jugar, en ese aspecto, un papel clave para ayudar a recomponer la realidad de la provincia y la región.
A no dejar encandilarse. Vivir y disfrutar del auge está muy bien. Pero a la par de la bonanza de este tiempo subsisten en la misma geografia un 42% de personas en situación de pobreza, un 16% de indigentes y casi otro 16% que carece de un empleo.
Como dijo Roberto Fontanarrosa en el epílogo del Congreso de la Lengua: “Aquí no terminó nada”. De verdad, todo esto recién empieza.