Edición Nº 19- Editorial

¿Más importante que Buenos Aires?
OSCAR BERTONE

Probablemente el título, extraído de una frase del intendente Miguel Lifschitz, un hombre generalmente prudente, suena más a un exabrupto que a un eslogan. Pero en el contexto que fue dicha bien puede tomarse como un desiderátum, una aspiración, un deseo que aún no se ha cumplido, un objeto de un vivo y constante deseo, o lo más digno de ser apreciado según al diccionario que apelemos para buscar el significado.
¿Qué tan exagerada puede ser la aspiración planteada por el intendente en el reportaje que publicamos en esta revista? Lo primero que puede decirse es que muchos rosarinos actúan para que efectivamente la ciudad se transforme por lo menos en un centro de decisión insoslayable a la hora de definir el rumbo de la Argentina.
Repasemos y sumemos. Su Bolsa de Comercio hace todos los deberes como para plantarse nuevamente como rectora del precio de las proteínas que se consumen en el mundo moderno.
Si además los anuncios que ha dejado caer el gobierno nacional sobre las obras de infraestructura que se van a levantar en torno a la ciudad son ciertos, la fisonomía  urbana  adquirirá necesariamente características de de una orbe a la cual no le faltará nada.
Un tren rápido, la autopista a Córdoba y el plan Circunvalar, si son acompañados por una decisión burocrática pendiente de liberar la profundidad del calado del río que ya está operable, no son iniciativas menores.
Y completan el círculo de crecimiento, sólo en la faz estrictamente económica, las cuantiosas inversiones que el sector privado está terminando en torno a los puertos, y el fenómeno inmobiliario, con por lo menos dos hoteles cinco estrellas a punto de iniciarse y otro en las vísperas de inaugurarse.
Qué puede resultar de todo esto: nada malo. Es que el fenómeno se produce en el marco de una ciudad que siempre tiende al equilibrio social, y aun con una parte importante de sus habitantes debajo de la línea de pobreza, no está dispuesta a aceptar la exclusión como un fenómeno natural.
Son muchas las novedades como para que pasen inadvertidas, y sus consecuencias tendrían que ser previsibles. Desde Rosario debería salir sin dudas el próximo gobernador provincial, y esa tiene que ser una consigna para todos los participantes de la vida política regional. No es una actitud excluyente ni petulante; lo que hizo esta ciudad en los últimos años es suficiente merecimiento como para liderar un proceso de cambios que le dé a Santa Fe el toque institucional necesario para transformar en desarrollo social el crecimiento económico de esta provincia.
Iniciativas como las que esta revista encaró junto al Foro de Rosario (ver páginas centrales) están en ese camino. Todos los sectores que hoy participan del crecimiento deben involucrarse en las decisiones, sin prejuicios.
Rosario nunca será más grande que Buenos Aires y el país perdería identidad si la megalópolis porteña viera empequeñecida su encanto de ciudad fundadora de la Argentina moderna. Pero que el poder político y las decisiones económicas deben y pueden descentralizarse, que el sueño federal de los fundadores puede tener en Rosario un lugar estratégico de equilibrio, más que una expresión de deseo, es casi un imperativo del sentido común.
De otra manera no tendría valor el esfuerzo silencioso que hizo la gran mayoría de los rosarinos en los últimos años para transformarla en una “ciudad estrella”, al decir de un colega periodista. Fue el modo de gobernar, pero también fue una oposición que colaboró.           Fue el ímpetu del privado, pero también el oído atento del funcionario. Y un marco elemental de manejo pulcro. Hay mucho para mostrar.

Sobre Néstor y Cristina
POR EDUARDO VAN DER KOOY       

El año no alcanzó todavía la mitad de su vida. Pero la política argentina lo da casi por terminado. Las miradas colectivas le apuntan únicamente a la economía y a la inflación. Los medios de comunicación machacan con el gravísimo conflicto con Uruguay por la instalación de las papeleras. Y hacen bien. Pero ese conflicto parece no haber perforado aún –como ocurre en la orilla de enfrente— la conciencia nacional.
¿La política argentina está anestesiada?. En gran medida lo está. Tres factores contribuyen a ese estado: el personalismo del Gobierno resumido en la figura de Néstor Kirchner; la respetuosa disciplina peronista y la impotencia opositora para construir una alternativa, delinear una esperanza.
Las conjeturas, entonces, merodean siempre el mismo campo. El interrogante consiste en saber que sucederá el año próximo, que sorpresas podría deparar el calendario electoral. El rastreo involucra, con ese paisaje, antes al Gobierno que a la oposición.
Kirchner insiste en que no se presentará a la reelección. Se lo dijo, incluso, en uno de los últimos encuentros al gobernador de Santa Fe, Jorge Obeid. ¿Razones?. Apunta que todos los segundos mandatos en la historia argentina concluyeron mal (Juan Perón y Carlos Menem). Admite que su estilo de gestión, confrontativo y obseso durante ocho años consecutivos puede resultar cansador  para la sociedad. No le esquiva tampoco a la fatiga física que provoca el poder.
Ese diagnóstico atendible se contrapone, sin embargo, con los hechos. Kirchner hizo en estos años una formidable acumulación de poder que jamás compartió con el partido que, de hecho, conduce. De aquella acumulación solo forman parte los hombres incondicionales, una tendencia que se agudizó después del triunfo electoral en las legislativas de octubre. No ha dejado despuntar tampoco ninguna figura política que pueda echarle sombra.
Kirchner piensa además que la gestión actual, para perdurar con sus resultados, debería extenderse por lo menos tres mandatos. En suma, doce años. Supone que hasta habría que ensayar una nueva reforma constitucional para subsanar los serios errores de la realizada en 1994 que habilitó la reelección de Menem.
¿Cómo podría el Presidente, de no optar por la reelección, confiar ese poder y todo ese proyecto a otra persona?. ¿Cómo podría hacerlo en el peronismo, donde la conversión suele ser la moneda mas corriente?. Kirchner conoce eso bien: llegó al poder, casi por imperio del milagro, de la mano de Eduardo Duhalde. Y terminó asestándole al ex presidente un golpe político mortal.
La idea acerca de que no existe espacio para otro postulante la sembró Felipe Solá. El gobernador de Buenos Aires se candidateó en el 2007 solo para la vicepresidencia. Se supone que de Kirchner. O, por lo menos, de la familia Kirchner.
En ese ámbito –y en ningún otro lado— habría que buscar la respuesta al dilema que plantea el Presidente con su aparente negativa a la reelección. Y en ese ámbito está Cristina Fernández. La senadora es la única persona a la que Kirchner podría rentar su poder y su confianza. No se trata de una simple especulación: el nombre de la primera dama es el único que figura, junto con el de su marido, en la estrategia electoral que el Gobierno tiene pensado desarrollar.
Kirchner repite en privado que su hipotético alejamiento del poder no implicará, en ningún caso, su alejamiento de la política. Allí estaría la clave para la transición de cuatro años de Cristina y para el supuesto retorno posterior de Néstor.