Conspiradores abstenerse
OSCAR BERTONE
El triángulo político que dibujan las relaciones entre los gobiernos nacional, provincial y municipal parece desbordarse de a ratos, a pesar del estado de ánimo positivo que reflejan los rosarinos según la encuesta que publicamos en este número.
Todos ven conspiraciones y exageran. Algunas existen, pero no tienen el grado de articulación ni potencia que se le atribuyen. Veamos.
Un paro salvaje en el transporte de pasajeros, que coincidió con la enésima rebelión de los taxistas desbocados por la inseguridad, marcó la finalización del mes pasado. Por suerte, prevaleció el diálogo y las cosas se normalizaron, aunque dejaron los ánimos en alerta.
Funcionarios del gobierno municipal intuyeron en algún momento que el exagerado reclamo salarial de los choferes del transporte urbano (exigieron un 36% de aumento y de inmediato convocaron a un paro) se empalmaba con las visitas de enviados de Hugo Moyano a la ciudad, para lograr el consenso de los recolectores de residuos para cambiar de gremio y ensanchar la base de los camioneros.
El panorama inmediato se oscurecía para algunos socialistas; creyeron ver la punta de un plan coordinado para paralizar dos servicios esenciales, transporte y recolección de residuos, alentado por algún funcionario nacional o por operadores del peronismo santafesino.
No había nada de eso. El gobierno provincial no tiene capacidad ni contactos para instrumentar semejante operativo. Incluso Agustín Rossi, que sí tiene una base de adherentes políticos en Rosario, colaboró para que los conductores de colectivos se calmen y ubiquen sus reclamos en los márgenes que pautó el gobierno nacional. La situación, aunque se revisará en junio, se encauzó.
Al socialismo le apareció desde su interna una novedad no esperada. Un descomedido afiche firmado por su brazo universitario, el MNR, intentó emparentar la imagen del presidente Kirchner con lo peor de la historia reciente argentina. Ni el intendente Miguel Lifschitz ni el candidato Hermes Binner disfrutan con esas estudiantinas que sólo sirven para molestar y dar argumentos a quienes sueñan con ver una ruptura frontal del socialismo con el gobierno nacional.
Al peronismo la interna infinita tampoco le permite presentar un mensaje opositor homogéneo. La situación de Agustín Rossi es complicada porque está designado para trabajar como vocero y brazo ejecutor de las iniciativas presidenciales. Entrevió también una conspiración cuando una delegación de funcionarios y ediles rosarinos organizó una embajada a su despacho para pedirle que intervenga en auxilio de Rosario, que ante la necesidad de mantener un servicio de transporte aceptable, necesita de subsidios parecidos a los que tienen los empresarios de Capital Federal.
Rossi dejó trasuntar su mal humor: “Los socialistas sabían que no hay posibilidad de subsidios porque oficialmente Jaime (secretario de Transporte) se lo había dicho…me quieren hacer pagar el costo político a mí y por eso contesté de malas maneras”, confía. Sabe que en Rosario la idea de que no hay apoyo nacional ni provincial ha prendido muy fuerte en una población que apoya la gestión municipal mayoritariamente. Como nunca, la ciudad se siente hija de su propio esfuerzo.
Pero es importante señalar también que el gobierno provincial parecer haber salido de la parálisis de los dos últimos años. Las visitas del gobernador Obeid a la Casa Rosada finalizan con novedades que ahora tienen más sustancia. Nada indica que las obras de la prometida autopista a Córdoba, el ferrocarril sobre La Picasa o los planes de vivienda, por nombrar algunas iniciativas, esta vez no se concreten.
¿Podrán los actores políticos ponerse a la altura de las circunstancias históricas que deben pilotear en una región que no para de crecer?
La amenaza que perturba a Kirchner
POR EDUARDO VAN DER KOOY
Los rosarinos, según un trabajo exclusivo que Rosario Express publica en este número, confían en que Néstor Kirchner domine la inflación. Si el Presidente supiera de semejante optimismo, y si ese optimismo se desparramara también en el resto del país, quizás le evitaría peleas y tormentos como los que encara en este tiempo.
Kirchner se enfrascó desde que arrancó el año en la batalla contra el aumento de los precios. Castigó a los supermercadistas, participó de una infinidad de acuerdos sectoriales y lanzó una embestida contra el sector ganadero. No se exagera si se admiten dos cosas: el Presidente se ocupó en el primer trimestre sólo de la inflación y del conflicto por las papeleras con Uruguay; su protagonismo en el área económica opacó hasta la inconveniencia la frágil figura de Felisa Miceli.
¿Qué motivaría tanta obsesión?. Kirchner consolidó después de las elecciones de octubre su poder político y esa consolidación asoma aún más grande por la fragmentación opositora. Este es un año de transición que usaría para afianzar su proyecto político del 2007. Se verá si él mismo continúa manejando el timón o si lo presta a un discípulo. El único rival de envergadura sería una economía cuyo motor pierda fuerza o una inflación que retrotraiga la memoria colectiva de los argentinos a las peores épocas.
Salvo un imprevisto —que podría ocurrir en el ámbito internacional— el crecimiento para el 2006 y el 2007 prevé un piso del 5% y un techo que oscilaría entre un 7% y un 8%. En cambio, existe menos unanimidad entre los pronosticadores acerca de la evolución inflacionaria.
Kirchner pretende doblegar a los pesimistas y evitar que la sociedad olfatee siquiera el riesgo de la inflación. El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, acuñó en ese aspecto una figura ilustrativa: “El argentino es con la inflación como un alcohólico recuperado. Siempre está el miedo a la reincidencia”, advirtió.
La meta presidencial es conseguir que el alza de los precios del primer trimestre no supere el 3%. Estaría así más de un 1% debajo de lo acontecido en igual período del 2005. Probablemente tenga en el último trimestre otro pico estacional, pero nada lo alejaría de la previsión del 12% anual que establece la Ley de Presupuesto.
La realidad no se domestica sólo a los gritos y a los golpes. El fenómeno inflacionario es más amplio que el simple control de los precios. Hay componentes importados en muchos productos. Hay una saturación productiva en varios sectores, entre ellos el textil. Hay una demanda que sigue en aumento. Y quedan todavía vestigios de un reacomodamiento tardío de precios como producto de la gran devaluación del 2001.
Está, además, la recomposición de los salarios y la actualización tarifaria. El primer trimestre es, por historia, una época de demandas. Diariamente circulan noticias sobre conflictos. Un repentino estruendo en los salarios podría echar por tierra todas las previsiones que viene adoptando el Presidente.
Se comprende, en ese contexto, la alianza firme que Kirchner estableció con Hugo Moyano. El líder camionero tuvo una incidencia significativa en las últimas decisiones oficiales que ayudaron a la expansión salarial. Impuso ante el propio Julio De Vido, ministro de Planificación, los criterios para la modificación del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias. Y será el responsable de que los pedidos gremiales no desborden las bandas de entre el 16% y el 20% que maneja el Gobierno para los hipotéticos aumentos. Moyano cumple ahora en el terreno gremial el papel de brújula que en los 70 correspondió al metalúrgico Lorenzo Miguel.
Es sabido que la inflación golpea, antes que a nadie, al universo de los pobres. Y que empuja a miles de argentinos que aspiran a fluctuar en los sectores medios hacia aquel mismo infierno. En esos pliegues de la sociedad, a trazo grueso, está la matriz del proyecto político que pretende encarnar el Presidente.