Edición Nº 17- Editorial

Ante lo inevitable, por lo menos dignidad
OSCAR BERTONE

Las cosas son como son, y como una verdad que forma parte de la idiosincrasia rosarina, la mayoría de los habitantes de la hoy floreciente ciudad está convencida de que la instalación de un casino traerá progreso y turismo. El poco espíritu crítico se perdió en aquellas épocas en que un grupo que se decía representativo veía en la sala de juego una tabla de salvación para hacer visible a la ciudad en el calendario turístico.
Muchas cosas cambiaron. La ciudad creció desde otras vertientes. El auge agroindustrial, el increíble despertar cultural, el Congreso de la Lengua, el resurgir de la pymes y otras cosas más hicieron crecer las expectativas hasta niveles donde todo parece posible.
Cierto florecimiento desplazó también a aquella dirigencia que sostenía que el casino sería la salvación, y el nivel de inversión necesario para ocupar un lugar bajo el sol en tamaño emprendimiento le impedirá formar parte del negocio. Pero aunque no precisemos del casino ni siquiera para conseguir los necesarios hoteles de categoría (algunos de ellos van a inaugurarse incluso antes de que se arroje la primera bola) la suerte está echada.
Todo indica que a pesar de las impugnaciones que probablemente lentifiquen el proceso de adjudicación, habrá casino en Rosario pero, al revés de lo que se pensaba, el mismo no aportará al movimiento de la ciudad, sino que se servirá del renacimiento rosarino.
Las siderales diferencias en las ofertas que se conocieron para las tres ciudades habilitadas demuestran a las claras que no es lo mismo ubicar la sala de juego en Santa Fe o en Melincué que en la costa derecha del Paraná en medio de una ciudad que protagoniza un boom similar al de principios del siglo pasado.
La región está perfectamente abastecida con la sala de Victoria, erigida por una empresa argentina que en pocos meses demostró sobrada capacidad para contener la demanda zonal erigiendo un casino lujoso y atractivo, pero eso tampoco a nadie parece importarle.
Los gobiernos provincial y municipal se muestran distantes y ascéticos del trámite licitatorio, pero así como sabemos que los niños no llegan a un hogar en el pico de una cigüeña, los emprendimientos de este tipo no se concretan sino con la autorización y la permeabilidad del poder público.
Lo que se podría haber mostrado como una cierta virtud se vive ahora como un déficit: Santa Fe era el único territorio que se había mantenido al margen del auge de las salas de juego propia del pragmatismo de los noventa. Pero no se pudo resistir el influjo de la visión reutemista y aquí nos encontramos administrando su herencia política, en éste y otros rubros.
Como las objeciones de poco servirán, valga un apunte último como única línea defensiva. Ojalá que la decisión final tenga en cuenta los aspectos positivos que trae una intervención urbanística de este tamaño. Cientos de millones de pesos en construcción en un solo lugar pueden generar impactos positivos importantes en zonas que recién se descubren.
Y cierto sentido común nos obliga a estar atentos para que detrás de una inversión tan importante, Rosario no siga atándose a grupos empresarios que también ven a la ciudad como un objeto deseado para el saqueo moral y material. No lo merecemos. Ya que no supimos desembarazarnos de lo peor de la historia reciente, al menos impidamos que crezca.

El imprescindible debate sobre la oposición
POR EDUARDO VAN DER KOOY 

Que Rosario sea escenario de una actividad cultural no es noticia. Que Rosario congregue a la crema de la cultura, la política, la economía o el deporte, tampoco lo es. Pero debajo de esa vorágine va quedando, muchas veces, un sedimento que tiene que ver con algunos de los problemas cruciales que enfrenta la Argentina. Si no existe un paréntesis para reflexionar, a aquel sedimento siempre se lo termina consumiendo la historia.
Días pasados un grupo numeroso de dirigentes debatió en el Patio de la Madera la situación de la política nacional. Con más y con menos, la discusión fue dejando al desnudo el desequilibrio institucional de nuestro país, caracterizado por un poder muy robusto y una oposición desflecada. Esa película se repitió durante febrero, cuando el gobierno de Néstor Kirchner sancionó una reforma al Consejo de la Magistratura que despierta aprensiones y que dejó a todo el arco opositor –como describió con humor brutal Ricardo López Murphy– rendido “descalzo y en calzoncillos”.
No se trata de establecer parangones pero –al menos en ese aspecto, no en otros– la actualidad se asemeja demasiado a los sufrimientos políticos argentinos de la década del 90. Hay sospechas sobre las fronteras imprescindibles entre los poderes del Estado y hay evidencias sobre el acaparamiento que hace el peronismo. Aquella reforma a la Magistratura tuvo amplias mayorías oficiales en el Senado y en Diputados.
¿No fueron acaso esas mayorías la expresión de las últimas elecciones legislativas?  
En parte sí, aunque el Gobierno hizo un barrido tan amplio que hasta cooptó a legisladores de la derecha. ¿Significa eso que la sociedad termina otorgando siempre un crédito único y generoso al peronismo? No si se consideran las experiencias electorales desde 1983. Hubo dos presidentes no peronistas (Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa) que llegaron al poder con mas del 50% de los votos.
El problema no está entonces tanto en el peronismo sino en la oposición. Alfonsín no concluyó su mandato por la hiperinflación que condiciona la memoria colectiva, pero hizo aportes innegables al reestablecimiento democrático. Su claudicación fue como opositor, cuando se prestó al Pacto de Olivos que convalidó la reelección de Carlos Menem. De la Rúa resultó, en cambio, una verdadera defraudación pública.
La tragedia de la oposición es, en gran medida, la tragedia del radicalismo. De allí han emigrado, por ejemplo, Elisa Carrió y López Murphy. Ambos son dirigentes de muy buena llegada mediática a quienes, sin embargo, les cuesta construir prescindiendo de las estructuras de la UCR. Ese partido carece de conducción y sólo Alfonsín flamea como una referencia nostálgica. Sin liderazgo y sin proyecto, esa fuerza contagió la desorientación al resto de los partidos que no están en el poder.
Aquel paisaje desolador es, quizás, el que concede mayor relevancia a la discusión que tuvo como teatro a Rosario. Se orilló, aunque no pudo evitarse, la especulación electoral pero pareció tomarse conciencia que resulta perentoria la práctica y concepción de políticas alternativas a las del Gobierno. Sería la única forma de evitar que impere en la Argentina, otra vez, la dictadura del pensamiento único. El socialismo no es una agrupación que haya ido al choque frontal con Néstor Kirchner, pero sin embargo sufre sus angurrias: el Presidente no sabe concebirlo como un posible aliado crítico sino, únicamente, como una expresión incondicional.
El socialismo no podrá cubrir la ausencia grande del radicalismo, porque se trata de una expresión política aún focalizada en Santa Fe. Pero puede ayudar a que la oposición se anime a levantar cabeza. Y forzar, de paso, al peronismo a reveer muchas de sus conductas y enterrar muchos de sus vicios. Si eso fuera posible, la política estará eternamente agradecida.