Edición Nº 15- Editorial

El peligro de gobernar sin consenso
OSCAR BERTONE

La precariedad del sistema político provincial quita luminosidad a los incontrastables datos de prosperidad económica que estimulan positivamente la vivencia cotidiana de los santafesinos. La sensación de enfrentamiento político cerrado entre las dos fuerzas que seguramente se disputarán la llegada a la Casa Gris está dando lugar a aristas cada vez más difíciles de limar, a pesar de que quedan dos años de obligada convivencia.
No se trata sólo de los desaciertos de gobierno de los últimos cinco años, que fueron abonando una derrota sin precedentes del desgastado oficialismo, sino de la persistencia de seguir actuando como si la crisis del 2001 hubiera sido sólo una catástrofe económica y no una interpelación global del pueblo al conjunto de la dirigencia.
La tensión de la interna peronista sigue intacta, con sus zancadillas y recelos, pero sin aquella ley de lemas que en el momento crucial, el de las elecciones, le permitía al oficialismo tomarse un respiro para enfrentar al enemigo común, siempre a punto de hacer cambiar repentinamente no sólo el gobierno, sino un sistema de distribución de poder y de ingresos regionalmente desbalanceado.
El peronismo acelera su división y el Poder Ejecutivo no alcanza a hacer acuerdos por fuera de un entorno mínimo, copiando el modelo kirchnerista y preservando al menos un perfil ideológico claro que seduzca a propios y extraños, más allá de las prebendas con que maneja a  insaciables capitanes territoriales el gobierno central, con mucho dinero para obras a su disposición.
Un reciente intento de ocultar la fantástica suma de dinero que la provincia tiene inmovilizada en el banco privado oficial, que manejado con otra cintura política podría haberse tomado como sólo como un exceso de austeridad, se convirtió en un escándalo porque fue leído como un testimonio de inoperancia y parálisis en un momento donde la economía privada le exige más que nunca al estado una gestión dinámica que acompañe el vertiginoso ritmo de inversiones que, a su vez provoca un crecimiento exponencial de la recaudación.
Por eso es que los reclamos de Rosario al poder central provincial esta vez fueron escuchados también en ciudades del interior y secundados unánimemente por las entidades privadas, que se sintieron desairadas cuando se volvió a votar un presupuesto que cristaliza el vicio del manejo discrecional de cuantiosos recursos.
La certificación de que existían aquellos 1.500 millones inmovilizados amplificó un clamor difuso pero políticamente más peligroso, que se puede activar apenas termine el período de vacaciones. Hay varios ejemplos: los gremios vinculados al estado, con los docentes a la cabeza, han tomado nota de que un aumento salarial no detiene la realización de ninguna obra prioritaria.
A este panorama se suman cuestiones endémicas santafesinas, como la precariedad de los servicios públicos que controla la provincia, siempre al borde del colapso, y siempre manejados con decisiones que se toman a puertas cerradas sin participación de los usuarios ni de los municipios. Sin embargo, con este procedimiento el oficialismo produjo un hecho que puede leerse como una victoria en lo inmediato y un delicado compromiso en el futuro.
Consiguió en sendas y fulminantes sesiones, que los senadores y diputados provinciales aprobaran el otorgamiento de plenos poderes para que el gobernador negocie el traspaso de la propiedad de las acciones de la empresa  Aguas Provinciales a un grupo empresario formado para ese propósito y sin antecedentes en la materia, en un trámite que no tiene siquiera el visado previo de los propios organismos de control.
El traspaso se hará, pero el mismo día que se votó la extraña decisión, la ciudad más numerosa amanecía sin el suministro de agua ni de energía eléctrica, prestaciones que no crecen en la medida que la demanda le sugiere, y que son administrados por el estado provincial sin permitir a los municipios participación en las decisiones estratégicas ni coyunturales. La provincia se descentraliza de hecho porque la prosperidad se extiende por todo el territorio, pero se encierra institucionalmente dentro de la ciudad de Santa Fe, que mantiene el control de las empresas públicas con el criterio de caja recaudadora más que de servicios que apuntalen el desarrollo económico y social.
Sobrevuela otra vez el problema no resuelto de las autonomías municipales. Encorsetados en una constitución provincial que contradice la Carta Magna nacional, los municipios santafesinos no pueden decidir qué hacer con los servicios como el de agua potable que en todo el país se gerencian y planifican desde los gobiernos comunales.
Un par de días seguidos sin suministro de energía eléctrica o de agua potable, un conflicto gremial mal enfrentado, un traspié administrativo en algunas de las licitaciones que tarde o temprano el gobierno deberá hacer, pueden poner a la provincia cerca del abismo institucional. Nunca es tarde para buscar consensos, reconocer algún mérito ajeno y buscar soluciones de conjunto.
El enfrentamiento entre la ahora avasallante Rosario y el paralizado poder central provincial, ya no refleja una pelea entre socialistas atrincherados en un barrio selecto y peronistas dominadores de territorio, relaciones con el gobierno nacional y recursos. Están chocando dos visiones del ejercicio del poder, que, paradójicamente, se encarnan en protagonistas con ideas políticas globales similares. Pero la distancia entre los dos se abisma cada hora.
Es probable que la oposición también deba tomar nota de que faltan dos años y proponer con paciencia una salida conjunta, porque está en juego la gobernabilidad, y un cimbronazo institucional puede poner en cuestión a toda la dirigencia.
Las vacaciones terminan pronto. Y son sólo una precaria tregua.


Espíritu de superación
POR EDUARDO VAN DER KOOY 

Hace con exactitud un año planteábamos los desafìos que se le abrían a Rosario en su ambición por proyectarse adentro y afuera del país. El tiempo de esa discusión parece haber avanzado de manera más vertiginosa que el propio calendario: se está empezando a hablar del papel doméstico e internacional que podría ir adquiriendo la ciudad.
El último disparador fue la definición de un semanario porteño que describió a Rosario como la nueva Miami. La elección y el gusto son opinables y discutibles, pero ya no existen dudas del enorme salto cualitativo que ha dado la ciudad en la consideración de todos.
¿Quién no habla de su modernización? ¿Quién no habla de su empuje económico y comercial? ¿Quién no refiere a Rosario como un centro de atracción turístico o un polo cultural?
Daría la sensación de que el progreso llegó de modo súbito, a borbotones, y que nuestra ciudad está todavía en busca de una identidad. ¿Acaso la de Miami?       Nadie duda de la buena intención que pudo haber tenido aquel parangón, pero resultaría un esfuerzo digno de ficción asimilar la gran ciudad de La Florida con el trazo de perfil clásico que va orillando el Paraná.
Miami, precisamente, carece por su composición multiétnica del sello cultural que se va afincando de a poco en Rosario. Hagamos volar un poco la imaginación y también el arbitrio: nuestra ciudad podrá soñarse más en el futuro como una réplica en pequeño de Barcelona, el gran soporte económico y cultural que posee la metrópoli española, Madrid.
Los catalanes fueron una de las importantes corrientes inmigratorias que a comienzos del siglo pasado hicieron pie en Rosario. Pero la definición no vendría por ese valioso antecedente sino por la estructura económico-social que va tomando cuerpo en nuestra ciudad. Rosario bien podría significar con el tiempo a Buenos Aires lo que Barcelona a Madrid.
El desarrollo económico agro-industrial podría consolidar una burguesía capaz de convertirse en un motor adicional al poder innegable que tiene Buenos Aires. Desde hace tiempo y sobre todo en los dos últimos años Rosario se ha plantado además como un mojón ineludible de la cultura argentina.
El Congreso Internacional de la Lengua hizo viajar a la ciudad por todo el mundo. Y esa plataforma global parece haber sido aprovechada: galerías de arte que rivalizan con algunas sofisticadas de Buenos Aires, museos –como el de Arte Contemporáneo sobre el río– que hacen cosquillas a la imaginación, libros y espectáculos que convocan multitudes, restaurantes que atraen la mejor gastronomía, son algunos de los indicios que explican el resplandor rosarino.
También se podría mencionar, en ese afán por identificar Rosario con un lugar en el mundo, el perfil urbano, que fue mutando con los años. Nadie podrá negar, en ese aspecto, una coincidencia básica entre nuestra ciudad y Barcelona: ambas eran urbes construídas de espaldas a la naturaleza, que le han abierto después de grandes cambios una ventana al río y al mar. Otro símil: Rosario ha dado vida a viejas construcciones abandonadas del siglo pasado; en Barcelona hay ahora una revalorización de casco histórico, ya no como lugar de tránsito y visita sino de permanencia. Se están rehabilitando para viviendas cantidad de construcciones que se remontan a la Edad Media.
Barcelona no es, por supuesto, Rosario. Pero Rosario, también parece haber puesto proa definitivamente hacia el futuro.