Mejor democracia, mejor periodismo
EDUARDO VAN DER KOOY
Hace un año que Rosario Express convive con los rosarinos. El aniversario coincide con el final de un proceso electoral cuyos resultados globales parecen generar esperanzas que no había sido posible vislumbrar durante la campaña prolongada y tediosa.
¿Qué relación podría existir entre un episodio y el otro? Varias. Pero una de ellas primordial: el periodismo, ejercido con libertad, transparencia y responsabilidad, es una de las herramientas -entre muchas- con que cuenta la sociedad para intentar mejorar la democracia.
Volvemos a los dos hechos simultáneos. Durante un año Rosario Express ha hecho un esfuerzo noble para darle al ciudadano rosarino una posibilidad de lectura diferente, de información jerarquizada, de comprensión sin falsificaciones y de entretenimiento sin tinieblas.
Los argentinos, y entre ellos los santafesinos, votaron el pasado 23 de octubre atisbando una voluntad de cambio, tratando de enderezar la nación política hacia un destino distinto que todavía resulta difícil divisar. Pero no quedan dudas de que se empezó a echar lápida a un sistema viejo, sin que el nuevo esté esbozado.
Los procesos históricos son irremediablemente así. Y la afirmación no pertenece a esta revista ni a este periodista. Fue Alexis de Tocqueville, a mediados del siglo XIX, en varios de sus mejores escritos filosóficos y políticos, quien advirtió que todo nuevo régimen debe construirse siempre sobre los pilares del antiguo.
Ese precepto, aplicado a la Argentina, implica que la crisis sigue vigente. La del país político y también la del periodismo. Una realidad no puede estar divorciada de la otra porque suponer lo contrario sería incurrir en un error o en una ficción. El periodismo tuvo y tiene mucho que ver con aquella crisis.
Pero tampoco conviene llorar o lamentarse siempre sobre ella. El sostenido crecimiento económico, en gran medida, ha despejado el horizonte de pesimismo. El sentido del reciente voto popular enfila en una dirección semejante.
Hay como un intento de arrancar una capa geológica, de darle paso a otra generación. La derrota de Carlos Menem en La Rioja representa su desaparición. El mazazo a Eduardo Duhalde en Buenos Aires, su agonía. La renuncia de Raúl Alfonsín a la idea de retomar el timón del radicalismo, un gesto de realismo. La reprobación electoral de Luis Barrionuevo en Catamarca, un síntoma de salud colectiva.
También fue posible descubrir una revulsión de las identidades políticas tradicionales. El radicalismo tiene presencia en ciertas provincias pero ha perdido liderazgos y capacidad de generar expectativas en el orden nacional. El peronismo es un mosaico. Ya no lo convoca, como siempre antes, ni los retratos de Evita y de Perón. La mayoría de la sociedad bonaerense abandonó ese imán y optó por el apellido Kirchner.
Lo dijo con excelencia el escritor Tomás Eloy Martínez en un relato en La Nación. “El peronismo, que en las últimas seis décadas era una de las marcas de la identidad nacional, ahora representa tantas cosas que pocos saben si representa alguna”.
En ese proceso de cambio con vértigo se abren otras posibilidades, otros espacios. Temporarios o definitivos, se verá. Nunca más clara que ahora la transición luego de haber transcurrido lo peor de la gran crisis. El afianzamiento socialista en Santa Fe tiene que ver con aquello. También la confirmación de Mauricio Macri en la Capital.
El sistema necesita nuevas referencias y nuevos puntos de equilibrio.
El debate se hará con seguridad más rico, el poder tendrá mejor fiscalización y posibilidades de recurrir a otras usinas de ideas cuando las propias se desgasten o se agoten. La gobernabilidad saldrá, sin dudas, fortalecida.
El periodismo puede colaborar en el mismo propósito. Como con la democracia, la sociedad también podría inducir algunos cambios. Es imprescindible no resignar valores fundacionales de la actividad como la objetividad, la rigurosidad y la responsabilidad. La necesidad del espectáculo cotidiano no puede justificarlo todo.
Hace un año que Rosario Express se empeñó en la tarea de empezar a rescatar aquellos principios. Hoy renovamos con convicción ese compromiso hacia el futuro.
Un cambio también en las actitudes
OSCAR BERTONE
No debe haber estado de buen humor el gobernador Jorge Obeid, el martes 25 de octubre pasado. Los datos que arrojaron las elecciones, sobre todo en nuestra ciudad, fueron adversos no sólo para él; dinamitaron también la inefable arquitectura que armó hace dos años para tratar de hacer pie en territorio socialista.
Jamás una lista a concejales del justicialismo obtuvo tan malos resultados en la historia desde la existencia misma de esa agrupación. El nombre de Hermes Binner lo debe haber irritado lo suficiente como para espetar sin calcular las consecuencias: “Si está dispuesto a pedirme disculpas… yo no tengo ningún problema en recibirlo”.
No parecía la frase más adecuada después del paso del tifón socialista por toda la geografía santafesina, sobre todo teniendo en cuenta que cierta predisposición al diálogo aparece como indispensable para mantener la provincia institucionalmente firme a fin de resolver cuestiones importantes como la morosidad en la gestión, los problemas en el área educativa o el increíble incremento de la inseguridad.
Hermes Binner tampoco debe haberse sentido a gusto cuando leyó el miércoles 26 esas declaraciones exclusivas que publicó “La Capital”. Antes de tomarse un descanso, redactó una respuesta un tanto insólita: “Rosario, 26 de octubre de 2005. Excelentísimo Sr. Gobernador de la Provincia de Santa Fe, Ing. Jorge OBEID, S/D. De mi mayor consideración: Me dirijo a Ud. para pedirle perdón y le envío el TE de la mamá de Pocho Lepratti (03442-425127), por si Ud. quiere hacer lo mismo con ella. Atte.Hermes Binner. Rosario. Adjunto CD “Por favor, perdón y gracias” de León Gieco”.
Los partidarios del socialismo, que habían protagonizado su Epifanía la noche antes en la Sociedad Rural, festejando el éxito del domingo, deben haberse sorprendido primero y aprobado después la ingeniosa respuesta de su habitualmente inmutable líder.
Pero el ingreso de Hermes Binner al escenario de los referentes nacionales le impone también medir las consecuencias de cada acto. Es cierto que Jorge Obeid no tiene actitudes acordes a las circunstancias que le tocan vivir; y que tampoco las tuvo cuando surgió ganador de las últimas elecciones celebradas bajo el influjo de la ley de lemas en el 2003. Su conducta tiene perplejos incluso a los más altos funcionarios del gobierno nacional.
Es cierto también que todo tiene un límite y que la presión que debió soportar el jefe socialista, con dos viajes del presidente Kirchner en campaña para tratar de dar vuelta una elección que venía ganada de antemano, puede provocar estallidos de euforia en el más hierático.
Pero muchos de quienes ven en Hermes Binner un agente del cambio para poner esta provincia en el camino que la coyuntura económica le está señalando, dudan que la persistencia de la chicana y el enfrentamiento personal sea un buen instrumento para una modificación positiva del rumbo político.
Los triunfos obligan también a la mesura y el excelente intendente que tuvo Rosario sabe que la falta de diálogo directo nos puede hacer perder el tiempo en estos próximos dos años. Como el mismo Binner lo señala en la entrevista que ofrecemos en este número aniversario de Rosario Express los problemas de Santa Fe no pueden esperar.
Y, seguramente, en la otra vereda, pasado el período de desorientación, el peronismo también va a hacer esfuerzos para renovarse y sacarse de encima todo aquello que lo desnaturalizó a partir de los 90. Agustín Rossi, luego del posicionamiento obtenido a pesar de la derrota, no pertenece –en principio- al tipo de dirigente que asimiló el menemismo, y va a recibir apoyo nacional para conformar una propuesta política más adecuada a las necesidades provinciales y a la nueva visión que impera en el país.
Es de esperar entonces que, terminado el período de maduración que hace falta para formar un dirigente de la nueva política como Binner, no se malgaste tanto esfuerzo colectivo, perdiendo de vista el objetivo último y principal de la lucha por el poder: la gente. El cambio también es una cuestión de actitud.